Escalera al… ¿averno?: Rock and roll II

27 febrero 2012

Queen

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

“La música es sinónimo de libertad, de tocar lo que quieras y como quieras siempre que sea bueno y tenga pasión, que la música sea el alimento del amor”.
Kurt D. Cobain

Cuando la fama y el dinero llegan cual catarata a la vida de un individuo, resulta sencillo que este en algún momento pierda de vista sus verdaderos objetivos o principios, dejándole paso libre a la soberbia y la vanidad. Cuando John Lennon aseguró en 1966 a un reportero del Evening Strand que su banda era más famosa que Jesucristo –palabras más, palabras menos-, este hombre estaba atrapado en la vorágine de la euforia sin precedentes que su cuarteto había desatado.

Tal aseveración causó en su momento la reprobación por parte de grupos cristianos, pero no pasó de ser un desliz –tal vez incluso sin mala intención-. Ahora bien, en las décadas de los 60s, 70s y 80s la música rock sufrió varias transformaciones, tanto en su estética visual como en su estructura propiamente sonora; mientras que sus protagonistas se erigían como estrafalarios o caóticos personajes cuyas vidas distaban mucho de ser en  envidiables para una persona que preciase en algo su salud.

Las drogas, el alcohol y el sexo se encontraban claramente identificados con un género musical que por sí mismo no tiene elementos malignos o nocivos; sin embargo, la interpretación de la parafernalia que rodeaba por aquellos ayeres al rock, así como muchas de sus letras -que ya no reflejaban la rebeldía de una juventud confundida, sino una clara intención de optar por oscuros y misteriosos caminos-, hicieron que ciertos sectores religiosos los condenaran de manera irreversible.

Y ciertamente no es que se les tuviese “mala fe” a estos grupos musicales, sino que sus integrantes parecían empeñarse por llevar a cabo conductas autodestructivas que eran copiadas por miles de chiquillos sin seso, quienes antes de detenerse a pensar en las diferencias entre la vida de sus ídolos y la propia, llegaban prontamente a la conclusión de que los comportamientos de quienes dominaban los escenarios internacionales era digna de emularse.

Con respecto a las drogas, estas fueron las culpables de extinguir la luz de estrellas tan extraordinarias como Janis Joplin o Jimmy Hendrix en 1970, hecho que dejó un hueco en el corazón de sus miles de seguidores; tan lamentable pérdida vino a ser empeorada por la separación del Cuarteto de Liverpool al año siguiente y la muerte de otra leyenda, Jim Morrison del grupo The Doors.

Tales agujeros en el género no podían pasar inadvertidos, de manera que por alguna razón –probablemente para captar la atención de una generación que se enfrentaba a una paranoica Guerra Fría- los grupos musicales se volcaron hacia el lado obscuro, dedicando sus producciones –o parte de ellas- al Maligno, causando el terror de los padres y la censura absoluta por parte de cristianos y católicos. Sin embargo, habíanse realizado ya ciertos acercamientos a infernales tópicos en la década de los 60s, como por ejemplo el álbum Their Satanic Majesties Request (1967) de The Rolling Stones. Más aún, Mick Jagger, su vocalista y Keith Richards, su guitarrista, fueron calificados como Lucifer y su ayudante Belcebú por algunos de sus fanáticos más acérrimos.

Otro grupo que entró con singular alegría a esta tenebrosa corriente fue Black Sabbath, quienes llegaron a dedicar una canción a Aleister Crowley, un conocido ocultista fundador –líder o integrante- de ciertas agrupaciones de siniestro carácter. También otros grupos menos obvios como Led Zeppelin fueron acusados de tener sus devaneos con estos asuntos con éxitos como Stairway to Heaven, la cual presuntamente tiene un mensaje satánico cuando se reproduce al revés.

Entre los mitos y las verdades podemos mencionar una gran cantidad de canciones de diversos grupos, pero no es aquí la intención, de manera que únicamente nos enfocaremos a aquellos que optaron abiertamente por hacer demoniacas o monstruosas alusiones para satisfacer a sus seguidores. En este caso encontramos a AC/DC con sus piezas Highway to Hell o Hell ain’t a bad place to be, y en cuyos conciertos su guitarrista Angus Young gustaba de aparecer portando cuernos y rabo de diablo.

Por su parte el grupo Iron Maiden en su disco Number of the Beast tuvo a bien incluir algunos textos de la Biblia Satánica; mientras que la banda Venom declaraba su admiración por el averno con discos como In League With Satan, Welcome to Hell o Black Metal. Tampoco podemos dejar de lado al estrambótico Alice Cooper, también ubicado como “la bruja del rock”, ya que elaboró terroríficos escenarios para sus conciertos en los cuales se mostraba como una bruja o bien como un cadáver errante –cabe destacar que su gusto por el rock, desde que era muy joven, se había mezclado con su fascinación por las películas de horror-.

No obstante, dejando de lado los lazos demoniacos, la calidad musical de los grupos no desmerecía –aunque esto por supuesto está sujeto a la opinión de quien escucha- en absoluto, como es el caso de KISS –cuyo presunto significado es Kids In Satanic Service- que en su nombre quisieron evocar al beso de amor o de muerte y cuyos maquillajes estaban más relacionados con la ciencia ficción y el humor negro que con el diablo; pero cuya música tenía un “corazón palpitante”.

También en los setentas cuatro jóvenes británicos: Freddie Mercury, Brian May, Roger Taylor y John Deacon se unieron para dar lugar a una de las bandas de rock más famosas de la historia, Queen, cuyas propuestas musicales incluían complejos arreglos musicales y acercamientos a la ópera.

De este modo, después de que todos los rockeros y músicos de folk optaron por el empleo de la guitarra eléctrica, el género comenzó a diversificarse de tal manera que dio lugar a una gran cantidad de ritmos que eran una mezcla de varios estilos como fue el caso del rock psicodélico de Frank Zappa o Pink Floyd; o el soul rock de Jethro Tull. Los músicos de entonces querían experimentar y crear, dando rienda suelta a sus extraordinarias habilidades en grupos como King Crimson, Genesis o Yes.

El punk rock por su parte optó por el camino underground, proponiendo grupos como Sex Pistols un estilo diferente, aunque terrorífico para oídos menos expertos; mientras retomaban ese aire de rebeldía de los años 50s y lo mezclaban con una pizca de anarquismo y una ración de política.

Así fue en los 80s cuando los géneros surgieron cual margaritas en primavera, originándose el new wave, el post punk, el techno, el dark, el rap, el break dance o el dark metal; a la vez que grupos que mezclaban los ritmos de antaño con los nuevos como The Police –que empleaban el jazz y el reggae- dominaban la escena para 1985.

Y así a finales de dicha década, surgió U2 la banda irlandesa que hasta el día de hoy puede reconocerse por la calidad de su música y sus letras, realizando espectáculos asombrosos –como 360º Tour-, habiendo sido acompañada –en el aspecto temporal- en su largo camino por otros renombrados grupos como Gun’s and Roses, Nirvana, Radiohead o Blur.

Muchos grupos han quedado sin mencionar, no por su poca calidad, sino por falta de espacio, pero lo que sí puede decirse es que el rock ha sido uno de los géneros más prolíficos en cuanto a bandas y propuestas musicales, de modo que aun cuando hoy en día no puede determinarse a ciencia cierta la diferencia entre sus distintas ramificaciones y cuando el pop parece haber tomado por asalto los escenarios de concierto y todas las estaciones radiofónicas, no son pocos los seguidores de aquellas bandas que antaño hicieron historia tanto por las caóticas existencias de sus protagonistas como por su amor por esa arte a la que no le importa ser ejecutada por Chopin o por Kurt Cobain, siempre y cuando sea tratada con pasión y respeto.

Para conocer:

“Satisfaction” The Rolling Stones: http://www.youtube.com/watch?v=znNM-uG9VQI&feature=fvst

“Paranoid” Black Sabbath: http://www.youtube.com/watch?v=_aIhh9nFYv4

“Stairway to Heaven” Led Zeppelin: http://www.youtube.com/watch?v=dmKeIlJq4gM&ob=av3n

“Highway to Hell” AC/DC: http://www.youtube.com/watch?v=1VRO2TJwkVM

“Hallowed by Thy Name” Iron Maiden: http://www.youtube.com/watch?v=7vP2hFFV57E

“Welcome to my Nightmare” Alice Cooper: http://www.youtube.com/watch?v=71hVIGjvuVY&feature=related

“I Was Made for Loving You” KISS: http://www.youtube.com/watch?v=kNGNLo8K6Fk&feature=fvsr

“Every Breath You Take” The Police: http://www.youtube.com/watch?v=OMOGaugKpzs

“Bohemian Rhapsody” Queen: http://www.youtube.com/watch?v=irp8CNj9qBI

“Smells Like Teen Spirit” Nirvana: http://www.youtube.com/watch?v=hTWKbfoikeg

FUENTES:

“Kiss, el sonido que desnudó al rock and roll”. Aut. Salomón Risk Fontes. Periódico El Día. México, 10 de octubre 1982.

“La herencia Beatle en la banda de la década: Rapsodia Bohemia, el núcleo musical de Queen”. Aut. Salomón Risk Fontes. Periódico El Día. México, 31 de octubre 1982.

“Alice Cooper: terror y rock en Dada”. Periódico El Día. México, 17 de marzo 1984.

 “Historia del Rock and Roll”. Aut. Carlos Vega López. Junio, 2004. Univision.com

“Breve historia del rock satánico”. Aut. José Miguel Jiménez y Pedro M. Martínez. www.margencero.com

“History of Rock Music”. www.scaruffi.com


Escalera al… ¿averno?: Rock and roll I

20 febrero 2012

Chuck Berry

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

“La música debe ser algo que provoque que usted se mueva, hacia dentro o hacia afuera”.
Elvis Presley

Pocos –o tal vez ningún otro- géneros musicales han tenido la posibilidad de erigirse como transformadores no sólo de la música como tal, sino de toda la sociedad, influyendo en diversos aspectos de la vida cotidiana, principalmente de los jóvenes, encontrando a su vez la oportunidad de reinventarse cada vez que se topan con un músico con ideas innovadoras.

Ostentando gran cantidad de peculiaridades, el rock and roll se ha desatado también discusiones que hasta el día de hoy no han podido ser resueltas de manera satisfactoria, siendo la más importante de ellas la cuestión de su “creación”.

Como todos sabemos en la primera mitad del siglo XX surgieron ritmos como el blues y el jazz, los cuales encontraron gran aceptación por parte del público. Ahora  bien, a mitad de la centuria se originó un nuevo ritmo que causó conmoción tanto en los salones de baile como en la radio y del cual se han señalado como creadores a varios personajes, cuyos respectivos defensores se enzarzan aún hoy en violentas discusiones defendiendo a su paladín.

Referido en sus inicios como “race” o “rhythm and blues”, cuando el género era la especialidad de las bandas de color, tomó su nombre actual gracias al locutor Alan Freed quien empleó este término -que en su acepción original, proveniente de la jerga de los barrios negros, hacía alusión a las relaciones sexuales- para designar a ciertas canciones que sonaban en su programa radiofónico. No obstante, no es el problema la palabra con que se designa al rock sino el creador del mismo, sobre el cual se ha entablado un espinoso debate en el que han aparecido –principalmente- los nombres de tres músicos destacados: Chuck Berry, Little Richard y Elvis Presley.

En el caso del primero, se explica que fue en 1955 cuando su música se transformó en un éxito de la noche a la mañana; sin embargo, siendo un hombre afroamericano sufría por entonces los embates implacables del racismo, por lo que se ha dicho que su logro fue robado por la gran industria disquera para hacer famosas con su música a otras personas, normalmente de raza blanca. Little Richard por su parte aseguró él mismo haber sido el verdadero artífice del ritmo, mientras que fue la revista Rolling Stone en el año 2004 la que tuvo la “brillante” idea de designar a Presley como el creador del rock, suscitando inmediatamente reacciones que llevaron a la realización de diversas ruedas de prensa en las cuales los veteranos del género como Lloyd Price solicitaban su reivindicación.  

Pero una realidad es que el Rey del Rock nunca afirmó haber sido el creador del género – aunque algunos como Carlos Vega López señalan la canción That’s All Right de Elvis como la primera pieza de rock en la historia; explicando el mismo autor que ciertos historiadores consideran como tal a Rock Around the Clock de Bill Halley and his Comets-, por el contrario, reconocía abiertamente que había comprado algunas canciones para poder grabar sus propias versiones como fue el caso de Lawdy Miss Clawdy de Lloyd Price y Hound Dog de Mamma Thornton; asimismo en numerosas ocasiones Presley expresó su admiración por los músicos antecesores del ritmo que lo catapultó a la fama y lo entronizó como ícono de una generación rebelde ante el llamado “establishment[i].

De esta manera el origen del rock and roll puede atribuirse a gran cantidad de extraordinarios músicos, quienes colaboraron con diversos elementos para hacer de ese género tal vez el más emblemático del siglo XX; en este sentido resulta pertinente mencionar en el proceso nombres como el de Fats Domino, Ike Turner, Ray Charles o Jerry Lee Lewis, quienes tan solo conforman un puñado de todos los personajes que con su pasión y sus conocimientos alimentaron la música.

Dejando de lado la cuestión de su accidentado origen, lo cierto es que el rock se alzó como algo más que un simple estilo musical, encontrando sus adeptos en todos aquellos jóvenes que no se encontraban a gusto con las condiciones de la sociedad circundante, quedándose sin representante principal cuando Elvis decidió enrolarse en el ejército, retornando a los Estados Unidos hasta 1960. Así, a mediados de la década de los sesenta estalla la guerra de Vietnam, minando el espíritu de la juventud estadounidense. Necesitados de una forma de expresión, los muchachos se volcaron nuevamente en el rock y el folk –para este periodo algunos consideran a Bob Dylan como el músico más importante-, identificándose con las letras de protesta.

Sin embargo existía otra parte de la población que pedía diversión para olvidarse de las trágicas escenas que sucedían en Asia, encontrando también en el rock una herramienta para lograrlo gracias a las canciones de grupos como Beach Boys quienes crearon la música surf.

Acompañando al folk y al surf surgió también el Motown Sound gracias a las grabaciones de Motown Records, una disquera dedicada a la música negra y que tenía como objetivo rendir tributo al R&B –rhythm and blues-, al soul y al funk, destacando en esta etapa grupos como The Supremes, The Marvelletes, The Shirelles y Stevie Wonder, entre otros.

Por otra parte, también en la década de los 60s aparece en el mapa musical Inglaterra, en donde el blues se había desarrollado en gran medida en los clubes clandestinos, logrando las bandas que se presentaban en los escondidos recintos, enriquecer su música con armonías vocales e innovaciones con la guitarra. Precursores resultaron tales agrupaciones de bandas como Rolling Stones, The Yardbirds, The Kinks o The Animals.

The Yardbirds, una banda que gustaba de elaborar piezas experimentales, se convirtió por azares del destino en una suerte de grupo de entrenamiento para grandes figuras que posteriormente harían carrera como solistas o en otras bandas de gran renombre, como fue el caso de Eric Clapton, Jeff Beck y Jimi Page, generándose así los grupos Cream y Led Zeppelin.

No obstante, a pesar de su calidad, la popularidad de estos grupos se vio un tanto eclipsada por cuatro chicos procedentes de Liverpool que respondían a los nombres de John Lennon, Paul McCartney, Ringo Starr y George Harrison, quienes conformaban el grupo The Beatles.

Contundente fue la reacción del público al conocer la música de esos muchachitos vestidos de negro, quienes con sencillos como Love Me Do, From Me to You o She Loves You conquistaron el corazón de millones de personas en ambos lados del Atlántico; sus caras y sus sonidos estaban en todas partes. Como dato curioso podemos mencionar el hecho de que el dibujante argentino Joaquín Salvador Lavado Quino incluyó a esta banda –o al menos su influencia- de manera representativa en sus tiras ya que hizo de su personaje Mafalda una gran fanática del Cuarteto de Liverpool, mientras que su amigo Manolito –un hijo de inmigrantes españoles según la trama de la tira- era reprobado por el resto de sus compañeros cada vez que expresaba a voz en cuello su disgusto por la “beatlemanía”.

Hemos visto entonces hasta ahora cómo la música es un arte incluyente en todos los sentidos, ajena a problemas sociales en su estructuración melódica, pero que sin embargo puede ser utilizada como un medio de expresión para los fines más justos y las inquietudes más legítimas; no obstante los vientos de la moda llevarían al rock por otros derroteros, dirigiéndose hacia malignos horizontes, como lo veremos en la próxima entrega.   

Para conocer:

Roll Over Beethoven (Chuck Berry) http://www.youtube.com/watch?v=gsp4VCbVvn4

Jailhouse Rock (Elvis Presley) http://www.youtube.com/watch?v=gj0Rz-uP4Mk

Blowin in the Wind (Bob Dylan) http://www.youtube.com/watch?v=KsT4MgLS81k&feature=fvst

Surfin’ USA (Beach Boys) http://www.youtube.com/watch?v=Grj7sjQ0_p4

 Baby Love (The Supremes) http://www.youtube.com/watch?v=23UkIkwy5ZM 

Dazed and Confused (The Yardbirds) http://www.youtube.com/watch?v=58mQvW0ROag   

Love Me Do (The Beatles) http://www.youtube.com/watch?v=zwqzRXDibeM    

FUENTES:

“History of Rock Music”. www.scaruffi.com

“How Blacks Invented Rock and Roll”. Aut. Kevin Chappell.

“Who Really Invented Rock ‘n’ Roll”. Aut. Jack Newfield. Septiembre, 2004. www.nysuncom

“Historia del Rock and Roll”. Aut. Carlos Vega López. Junio, 2004. Univision.com


[i] Unión de élites dirigentes de los diversos grupos de interés que existen en una sociedad, las cuales han aprendido a trabajar juntas, se han unido entre sí y han generado una conciencia de su identidad como grupo y de sus intereses comunes, que frecuentemente se contraponen con los intereses de los grupos que representan. Fuente: www.eumed.net


Un amor víctima de pasiones y venganzas: Abelardo y Eloísa

13 febrero 2012

Abelardo y Eloísa, por Edmund Blair Leighton (1882)

Por: Patricia Díaz Terés

“La pasión para el hombre es un torrente; para la mujer un abismo”.
Concepción Arenal

La imprevisibilidad es una de las características principales de ese fenómeno que tiene la capacidad de hacer de los seres humanos poderosos reyes o lastimosos guiñapos –o al menos que se sientan como tales-, el amor. Los relatos sobre los grandes amores que han aparecido tanto en la realidad como en la ficción tales como Romeo y Julieta, Tristán e Isolda, Enrique VIII y Ana Bolena, Cleopatra y Marco Antonio, Lancelot y Ginebra, etc., contienen una gran cantidad de detalles que nos llevan a reflexionar cuál era el verdadero sentimiento que los unía: ¿era amor o era pasión?

Los testimonios registrados a lo largo de la historia nos han mostrado grandes amores cuyo resultado es el embellecimiento del alma de los amantes, es decir cuyos protagonistas han experimentado la sensación de que el bienestar del amado es más importante que el propio, siendo por consiguiente la generosidad y la comprensión los principales ingredientes de la relación; por otro lado existen otros casos en los cuales la pasión arrebatadora –e irreflexiva- roba la cordura de los involucrados, llevándolos a la catástrofe.

Es así como encontramos un curioso y malhadado ejemplo en las personas de Pierre Abelard y Eloísa. Pierre –o Pedro- fue un notable filósofo de la Edad Media, nacido en el año 1079 en Le PalletPalatinum- una población bretona en la que su padre, Berengario, se encontraba al servicio del duque de Bretaña. Queriendo el progenitor que su vástago se dedicase a la milicia, este no encontraba en su ser las cualidades propias de un soldado, por lo que decidió dedicarse a la filosofía, trasladándose a sus diecisiete años a la villa de Loches para ser discípulo de Roscelino de Compiégne, un sabio que entró en conflicto con la Iglesia Católica por sus peculiares ideas sobre la Santísima Trinidad.

Nuestro “héroe”, apasionado de la dialéctica, gustaba de discutir con cuanto erudito se encontraba, superando en numerosas ocasiones a sus contrincantes, quienes descubrían en el joven tal elocuencia y capacidad de raciocinio que acababan por reconocer la superioridad de Abelardo, tal fue el caso con Guillermo de Champeaux -a cuyas clases Pedro asistió en 1099 al trasladarse a París-, a quien el joven acusó por plagiar las ideas de otros filósofos, careciendo de pensamientos propios.

Tales osadías le ganaron al muchacho merecida fama, la cual le permitió –después de completar los estudios básicos del trivium, que consistían en gramática, retórica y dialéctica- ocupar un puesto como preceptor en las escuelas de Melum y Corbeil. Pero Abelardo tenía una mente tan ágil en lo intelectual como imprudente en situaciones tan elementales como el cuidado de la salud, de tal suerte que su ritmo exhaustivo de trabajo -escribía, leía e impartía clases sin momento de sosiego- lo llevó a caer enfermo teniendo que a retirarse cuatro años a su tierra natal en donde lentamente se recuperó.

En 1108 volvió a París para cursar el quadrivium –aritmética, astronomía, geometría y música- realizando posteriormente sus estudios de teología en Laon con el venerable Anselmo; no obstante ninguno de sus mentores le satisfizo plenamente, por lo que decidió fundar una escuela propia en la cual fueron muchos los alumnos que le escuchaban embelesados. Asimismo en 1114 obtuvo un puesto como profesor en la escuela catedralicia de París, siendo nombrado rector de la escuela de Notre Dame, otorgándosele así el mote de “el león de París”.

Incólume había transitado el hombre por el río de mujeres que sin duda hacían de él sujeto de admiración –se le describe como un individuo alto y apuesto, con una grave voz que cautivaba a sus oyentes-, siendo el celibato una condición ineludible de su profesión –se consideraba que el matrimonio distraía la mente de las cosas importantes-, el caballero dedicaba sus pensamientos y energías al saber.

Orgulloso y vanidoso –según sus propias palabras en su Historia Calamitatum-  un Abelardo de 35 años aceptó con gusto –en 1117 (otros dicen que en 1115)- la comisión del canónigo de Notre Dame, Fulberto, para que se convirtiese en el tutor particular de su amada sobrina, Eloísa, quien a la sazón tenía 15 años y se mostraba como una hermosa señorita, vivaz e inteligente que había quedado al cuidado de su tío al morir sus padres cuando aún era muy pequeña.

Un momento bastó para que El Palatino [i]se convenciera inmediatamente de que la joven era la criatura más hermosa que había posado jamás sus pies en la faz de la tierra, instante en el cual también firmó sin saber su terrible sentencia. Con veinte años más que su pupila, el filósofo cayó en las redes de la más arrobadora de las pasiones, en la cual arrastró también a Eloísa. De esta manera, maestro y alumna dedicaban sus largas sesiones –mismas que podían llevar a cabo sin problema en la residencia de Fulberto, ya que el sacerdote había alquilado una habitación al maestro- a actividades más “sublimes” que el estudio de los clásicos; ni qué decir se tiene que la inexperiencia e insensatez de los amantes provocaron por supuesto el embarazo de la chica.

Buscando una rápida solución a la complicada situación –y sin querer renunciar a su derecho a la enseñanza y el estudio-, Abelardo “sugirió” a Eloísa que esperara el alumbramiento en casa de su hermana en Le Pallet –otras fuentes afirman que fue un rapto-, cumpliendo la dama con el requerimiento y bautizando a su hijo como Astrolabio, quien murió al poco tiempo. Sin embargo el honor de la muchacha estaba aún en juego, por lo que Fulberto suplicó a los amantes que contrajeran matrimonio, petición que encontró una previsible objeción por parte de Pedro quien argumentaba con razón que si este hecho fuese conocido su carrera terminaría, y otro reparo inesperado por parte de Eloísa quien sostenía que prefería ser la amante y no la esposa de su amado. De mala gana los dos accedieron a realizar la ceremonia, siempre y cuando esta se mantuviera en secreto.

Fulberto, desesperado por el bienestar de su sobrina intentó hacer pública la noticia, a lo cual Pedro respondió proponiendo a su enamorada que se recluyera en el monasterio de Argenteuil para acallar los rumores; montando en cólera el canónigo mandó castrar al sabio –crimen que le costó al autor intelectual la expropiación de sus propiedades y el destierro-, con lo cual le impidió que continuara con su carrera, ya que otro de sus requisitos era contar con los varoniles atributos físicos.

Loco de vergüenza y dolor se recluyó en el monasterio de Saint-Denis, donde también discutió con sus compañeros a causa de la leyenda de su santo patrono; posteriormente sus ideas sobre la Santísima Trinidad le acarrearon una condena oficial que le obligó a retirarse a Troyes, fundando entonces en Champagne el monasterio del Paráclito –el “Espíritu consolador”- en donde recibió a su amada Eloísa para nombrarla abadesa. Para este momento la pasión carnal de Abelardo y Eloísa se había convertido forzadamente en un amor platónico, cuya vía de comunicación eran las apasionadas epístolas que intercambiaban incesantemente.

Para 1136 logró regresar a la enseñanza en París, contando con discípulos como Arnaldo de Brescia y Juan de Salisbury; sin embargo sus revolucionarias ideas le habían granjeado ya la enemistad del poderoso Bernardo de Claraval, quien lo acusó de hereje en el concilio de Sens, siendo condenado a la hoguera y, tras una retractación –al parecer parcial-, a pasar el resto de su vida en silencio.

Este periodo no sería largo, ya que falleció en 1142 a los 63 años recluido en el monasterio de Cluny, siendo enterrado secretamente en El Palatino, sobreviviéndole veintidós años su Eloísa a quien únicamente la muerte le permitió reposar junto a su amado Abelardo.

Amor y pasión se unen entonces en esta trágica historia que ilustra las palabras de André Maurois: “En los inicios de un amor los amantes hablan del futuro, en sus postrimerías, del pasado”.

FUENTES:

“Arrebato y castigo”. Aut. Franco Franceschi. Revista La Aventura de la Historia. No. 20. Junio, 2000.

“Abelardo: El filósofo que enamoró a Eloísa”. Aut. José Luis Corral. Revista Historia National Geographic. No. 62. Abril, 2009.

“Abelardo y Eloísa: Pasión y escándalo en la Edad Media”. Aut. Carme Mayan. Revista Historia National Geographic. No. 80. Octubre, 2010.

“Amores prohibidos”. Aut. Anna M. Vilá. Revista Historia y Vida. No. 408.

“Eloísa y Abelardo: Un amor signado por la adversidad”. Aut. Pau Gilbert. Revista Arqueología, historia y viajes sobre el mundo medieval. No. 3.


[i] Nombre con el que se conocía también a Abelardo.


La tragedia de una insensata ilusión: Isabel de Urquiola II

7 febrero 2012

Isabel de Urquiola

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

“El más desgraciado de los hombres es aquel que no sabe soportar una desgracia”.
Benjamín Franklin

La aventura ha sido un imán ineludible para ciertos apasionados espíritus, de la misma forma que estas personas han ejercido una atracción igualmente irresistible para las almas sensibles; no obstante en tales romances, a menos que la fortaleza de carácter de ambos integrantes de la pareja sea equiparable, siempre uno de ellos es vapuleado o incluso aplastado –generalmente de manera accidental- por el sueño del otro.

Peligrosos han resultado entonces los propósitos de notables individuos como los exploradores decimonónicos que recorrieron el África enfrentando innumerables obstáculos; de este modo en los registros de tales travesías podemos encontrar dos tipos de situaciones: o nos topamos con Samuel y Florence Baker quienes lograron sobrevivir su búsqueda de las fuentes del Nilo gracias a su extraordinaria resistencia y convicción; o bien ubicamos gente con espíritu indomable como Alexine Tinne, rodeada de resignadas acompañantes a quienes el viaje les cuesta la vida –en este caso su madre y su tía-.

Justo en el punto intermedio localizamos a otra pareja –o mejor dicho trío, por la inclusión de la cuñada, Juliana- de exploradores españoles, Manuel Iradier e Isabel de Urquiola, quienes permanecieron en los territorios del golfo de Guinea para realizar numerosas investigaciones científicas. Ahora bien, Iradier no era tan arrojado como Baker quien exploraba con Florence hombro con hombro, enfrentándose ambos a los peligros y salvándose la vida mutuamente en varias ocasiones; por el contrario, Manuel era un hombre aventurero que había “tenido que cargar” con su esposa y su cuñada para poder ver realizado su sueño de conocer el continente negro.

Para algunos romántica situación, la joven Isabel se había empecinado en acompañar a su amado en la exploración, ya que aparentemente no podía vivir sin él; a pesar de sus sentimientos por la señorita, Iradier intentó por todos los medios posibles disuadir a De Urquiola de unirse a la expedición, enumerándole las abominables situaciones a las cuales se enfrentaría: un clima inmisericorde, enfermedades terribles como la malaria, animales salvajes… Pero ni siquiera la perspectiva de enfrentarse cara a cara con un león pudo desviar a Isabel de su propósito.

Pero el destino se encargó de demostrarle a la dama cuán equivocada estaba al pensar que su amor la protegería de todo mal –y no es que a Iradier no le importase su esposa, sino que le era físicamente imposible mantenerla a salvo de todos los riesgos-, ya que con solo diez meses de edad su pequeña hija Isabela –la primera española nacida en África- falleció víctima de las fiebres.

Isabel estaba devastada al igual que Juliana y a Manuel la culpa lo perseguía. Tratando de sobrellevar la pena, la madre ingresó en una escuela para niñas en la cual enseñaba a las pequeñas a leer y a escribir, mientras su marido recorría los rincones inexplorados que quedaban en la región de Santa Isabel. Algún tiempo después la pareja recibió con alegría la noticia de que la señora Iradier se encontraba otra vez en estado de buena esperanza. En esta ocasión su decidido cónyuge no tentó al destino, optando por mandar a la encinta y a Juliana hacia las islas Canarias, de modo que con Manuel ausente –permaneció 15 meses más en África-, Isabel dio a luz a Amalia en la ciudad de Santa Cruz.

En 1877 la pareja se reunió nuevamente para llegar a Cádiz en el anonimato total, sin ser recibidos siquiera por sus familiares. África se convirtió entonces en la obsesión de Iradier y la maldición de Isabel. Sin trabajo ni experiencia en campos “útiles”, Manuel se vio imposibilitado para conseguir un empleo que le remunerara lo suficiente para sostener a su familia; con una situación económica precaria –tanto que tuvieron que refugiarse en casa de  Domingo de Urquiola, incapaces de pagar la renta- y una herida nunca sanada Manuel e Isabel se fueron distanciando, encerrándose cada uno en su dolor y evitando el contacto para suprimir las posibles peleas y reproches. Ambos se estaban consumiendo.

No obstante en los tiempos difíciles es cuando se conoce a los verdaderos amigos y los antiguos integrantes de La Exploradora no dejaron solo a su atribulado líder, de modo que intentaron animarlo invitándole a participar en tertulias y salir en pequeñas excursiones, mientras le ayudaban a conseguir algunas lecciones privadas que le permitiesen ganar algún dinero.

Por otra parte Iradier ansiaba publicar sus investigaciones, logrando realizar esta meta a través del Boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid, lo cual por fin le granjeó el reconocimiento de la comunidad científica, desapareciendo poco a poco los obstáculos; mas había uno que el explorador no podía sortear y era la muralla de indiferencia que su esposa había impuesto a su alrededor. Considerándolo un simple perdedor y culpándolo por la muerte de Isabela, Isabel se dedicaba a criticar a su marido –fuera en silencio o de viva voz-.

A pesar de las terribles condiciones en las que vivía su familia, Manuel Iradier decidió que regresarían a África, emprendiendo el viaje en 1884 siendo esta vez auspiciado por la Sociedad Española de Africanistas y Colonialistas; cinco meses después, tras haber enfrentado él mismo la muerte a causa de espantosas enfermedades, regresaron a España.

En enero de 1885 en medio de grandes vítores los Iradier retornaron a Vitoria, publicándose las anotaciones de ambos recorridos en el libro titulado África en 1887, adquiriendo el aventurero gran fama pero eludiéndolo en igual medida la fortuna. En la miseria, severamente deprimida, llena de rencores y sin un propósito en la vida, Isabel de Urquiola existía sin espíritu un día tras otro.

A pesar de los enormes esfuerzos que hacía Manuel por reconfortar a su esposa y sostener a su familia ejerciendo los oficios más variados -que iban desde la minería hasta los ferrocarriles y el comercio, teniendo la familia que trasladarse de un lugar a otro- la actitud de Isabel no se modificaba; ni siquiera logró transformarla el nacimiento de su pequeño Manuel en 1888.

Y por si no hubiese sido ya suficientemente terrible la vida de Isabel otro gran dolor golpeó su alma cuando su hija Amalia se suicidó el 21 de abril de 1899 en la víspera de su boda –se cree que el sufrimiento ocasionado por las enfermedades que tenía como secuela de su estancia en África la llevó a terminar con su vida-. Esta situación hermetizó a Isabel, no hablaba, no salía de su casa, no vivía. Harto de la actitud “derrotista” de su esposa Manuel un romance con Petra –la niñera de su hijo-, una viuda joven, atractiva y positiva que prestamente lo ayudaba incluso con su trabajo.

Sin importar que Isabel solo mostrase desdén por su marido, la aventura con Petra le dolía; encontrando solo un poco de solaz cuando se trasladaron a la región de Andalucía, donde la dama pudo gozar de su pequeño hijo, paseando tranquilamente por los parques y la ribera del Guadalquivir.

África le pasó una factura muy cara a los Iradier. De esta manera aquello destrozara el alma de Isabel de Urquiola, aniquiló el cuerpo de Manuel Iradier falleciendo el caballero en agosto de 1911 en la ciudad de Balsaín, siguiéndole su esposa a las pocas semanas -ambos habían cumplido 57 años-.

Amor, fama, ilusión, pesadillas y tristeza, todos estos factores estuvieron presentes en la vida de Isabel de Urquiola, quien de una hermosa y testaruda jovencita se transformó en una amargada y taciturna anciana –en espíritu mas no en edad-, por no haber sabido enfrentar los reveses de la vida ya que como bien advertía Gustave Flaubert hay que tener “cuidado con la tristeza” porque “es un vicio”.

FUENTES:

“Las reinas de África”. Aut. Cristina Morató. Ed. Plaza y Janés. España 2003.

“Detrás de hombres como Livingstone había una mujer que salía a cazar”. Aut. Rocío Ruz. www.abcdesevilla.es. Junio, 2003.

 


La tragedia de una insensata ilusión: Isabel de Urquiola I

30 enero 2012

Isabel de Urquiola

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

“Demasiado poco valor es cobardía y demasiado valor es temeridad”.

Aristóteles

Tan apasionante como puede parecer en los libros o en las películas, la exploración de nuevos territorios ha probado no ser exactamente igual a como seguramente se presentó en la imaginación de los aventureros, quienes arriesgaron su vida en pos de algún descubrimiento que les ganase un sitio en la memoria de la humanidad.

Ahora bien, la literatura en este sentido ha planteado dos opciones: la novela de aventuras o los relatos –a manera de bitácoras, ensayos, artículos o biografías- que provienen del puño y letra del propio trotamundos; de este modo, mientras en la primera podemos ubicar muchos de los relatos elaborados por Julio Verne, Emilio Salgari o Robert Louis Stevenson, en la otra categoría deben localizarse los escritos de personas como David Livingstone, Mary Kingsley, Richard Burton o el mismísimo Marco Polo.

Siendo de ficción los primeros y reales los segundos, la constante lectura de ambos puede llevar a ciertos individuos sensibles a visualizarse a sí mismos cruzando los siete mares, adentrándose en el espacio sideral o atravesando las más escabrosas selvas; pero mientras algunos se conforman con concluir el viaje tras cerrar el libro, otros deciden que lo mejor es tratar de llevar a cabo las ambiciosas hazañas de sus vívidas fantasías.

A tal grupo de hombres perteneció un explorador español, nacido en la ciudad de Vitoria (Alavesa, España) en julio de 1854, de nombre Manuel Iradier. Habiendo perdido a sus padres a temprana edad, el inquieto jovencito quien quedó al cuidado de unos tíos, comenzó a leer sin descanso el tipo de libros que despertaban la sed de aventuras en los chiquillos decimonónicos, de forma que el chico decidió conformar una asociación conocida como La Exploradora, cuyos miembros no pasaban de los dieciséis años, pero tenían una decisión comparable a la del intrépido Fernando de Magallanes.

También a La Exploradora pertenecía otro muchacho de nombre Enrique de Urquiola, quien acostumbraba llevar a su hermana Isabel para que escuchase los discursos dados por Iradier y los demás en las sesiones, siendo sus favoritos los del primero; queriendo entonces el destino que aquella señorita, hija de un panadero de nombre Domingo de Urquiola y una dama llamada Sebastiana de Urtala, se enamorara perdidamente de un hombre –Manuel- cuyo pragmatismo había salido por la ventana en cuanto abrió la primera novela de aventuras y que poseía una temeridad propia de un niño de tres años.

Así, para otoño de 1873 y siendo estudiante de filosofía y letras –aunque quería ser ingeniero de minas-, Manuel acudió a ver al experimentado explorador Henry Stanley – quien se encontraba de visita en Vitoria para cubrir un conflicto armado-, explicándole así su plan para atravesar África desde el Cabo de Buena Esperanza (Sudáfrica) hasta las costas de Trípoli (Libia); sobra decir que el curtido viajero percibió de inmediato la imposibilidad –para el muchacho- de la empresa, por lo que procedió a aconsejarle que se limitase a explorar los territorios españoles ubicados en el golfo de Guinea.

Persuadido por Stanley, el chico llevó la noticia de su próxima –y más sencilla- travesía a La Exploradora, aprobándose el plan el 14 de octubre de 1874; entonces, ante la perspectiva de perder a su amado, Isabel de Urquiola le comunicó inmediatamente que no tenía intención de dejarlo partir sin ella. Tal declaración tomó por sorpresa al caballero, decidiendo así la pareja que contraerían nupcias el 16 de noviembre de 1874, ante el espanto absoluto de la familia de la novia y el beneplácito de los amigos y compañeros del valiente jovencito. No obstante, las sorpresas aún no terminaban para la familia De Urquiola, ya que tan pronto Manuel e Isabel se encontraron proyectando el viaje, la pequeña cuñada de Iradier, Juliana –de diecisiete años- decidió unirse a la expedición.

Sin embargo los Iradier no eran como las Tinne, de modo que lejos de viajar con barcos repletos de equipaje y mascotas exóticas –además de cientos de libras-, tuvieron que empacar sus modestas pertenencias y hacerse a la mar con las escasas diez mil pesetas que poseían, primero hacia las islas Canarias –donde permanecieron un tiempo acoplándose al clima- y luego el 25 de abril de 1875, a bordo de un horrendo buque de carga –el Loanda- que no tenía siquiera un baño, los tres aventureros sortearon tormentas y huracanes hasta llegar a Guinea Ecuatorial.

Llevaban ya veintiún días navegando cuando llegaron a la bahía de Santa Isabel, donde desembarcaron en la isla Fernando Poo, en cuya ciudad principal –Clarence- Manuel sostuvo una entrevista con el gobernador español Diego Santiesteban. Preocupado por la seguridad de sus compatriotas, el caballero trató de disuadirlos, pero ellos continuaron su viaje arribando a Elobey el Chico –un islote que albergaba una diminuta colonia- el 18 de mayo de 1875.

Por esa época las muchachas rebosaban de emoción, así que la pequeñez de la isla e incluso el precario estado en que se encontraba la casa donde se alojarían –que era poco más que una choza- les pareció romántica y fascinante, dedicándose de inmediato a reparar puertas, pisos, techos y ventanas, deshaciéndose a la vez de los numerosos insectos que hasta entonces habían infestado la vivienda. Una vez instalados, Iradier compró una embarcación de nombre La Esperanza, abordo de la cual se dirigió, junto con su fiel sirviente Elombuangani, hacia las costas de cabo San Juan, adentrándose en el río Muni, donde cazó diversos animales, hizo observaciones científicas y se enfrentó con la tribu caníbal, Fang –la misma que quedó aterrorizada cuando Mary Kingsley literalmente cayó sobre ellos-.

Mientras tanto Isabel y Juliana sufrían lo indecible bajo el cambiante y cruel clima –dándose a la tarea de anotar cualquier cambio en la temperatura, el viento, las nubes, etc., por encargo de Manuel-, y con la constante angustia de no saber el estado en que se encontraba Iradier; todo esto sumado a la ineludible monotonía de una vida desarrollada en un pedazo de tierra, sin contacto con sus seres queridos, afectó al ánimo de las damas.

Por ese tiempo Isabel guardaba celosamente un secreto, estaba embarazada, circunstancia conocida únicamente por su querida hermana, quien solícitamente le procuraba todos los cuidados que la futura madre necesitaba, mismos que debieron intensificarse cuando la joven cayó en cama. Al mismo tiempo Manuel yacía al borde de la muerte, habiendo sido envenenado por los traicioneros nativos, el valiente explorador sufrió terribles fiebres le impedían seguir su camino. Una vez recuperado lo suficiente para caminar, regresó prestamente con su familia.

El 18 de enero de 1876 fue un día de gozo para los Iradier, ya que fue la fecha del nacimiento de la pequeña Isabela; con este acontecimiento Isabel pensó que su marido optaría por olvidar su afán aventurero y se dedicaría a actividades menos peligrosas, por ejemplo el comercio, sin embargo nada estaba más lejano de las intenciones de su esposo. Temerario con su persona mas no –tanto- con su familia, Manuel accedió –aunque a decir verdad un tanto a regañadientes- a trasladarse a Santa Isabel para procurar el bienestar de las mujeres; no obstante este hecho fue contraproducente ya que el clima en este sitio era mucho peor que en Elobey por lo que todos cayeron víctimas de violentas fiebres.

Pero los contratiempos no habían terminado en la aventura de los arrojados Iradier, pero ya veremos el resto de sus peripecias en la siguiente entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“Las reinas de África”. Aut. Cristina Morató. Ed. Plaza y Janés. España 2003.

“Detrás de hombres como Livingstone había una mujer que salía a cazar”. Aut. Rocío Ruz. www.abcdesevilla.es. Junio, 2003.


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