La tragedia de una insensata ilusión: Isabel de Urquiola I

30 enero 2012

Isabel de Urquiola

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

“Demasiado poco valor es cobardía y demasiado valor es temeridad”.

Aristóteles

Tan apasionante como puede parecer en los libros o en las películas, la exploración de nuevos territorios ha probado no ser exactamente igual a como seguramente se presentó en la imaginación de los aventureros, quienes arriesgaron su vida en pos de algún descubrimiento que les ganase un sitio en la memoria de la humanidad.

Ahora bien, la literatura en este sentido ha planteado dos opciones: la novela de aventuras o los relatos –a manera de bitácoras, ensayos, artículos o biografías- que provienen del puño y letra del propio trotamundos; de este modo, mientras en la primera podemos ubicar muchos de los relatos elaborados por Julio Verne, Emilio Salgari o Robert Louis Stevenson, en la otra categoría deben localizarse los escritos de personas como David Livingstone, Mary Kingsley, Richard Burton o el mismísimo Marco Polo.

Siendo de ficción los primeros y reales los segundos, la constante lectura de ambos puede llevar a ciertos individuos sensibles a visualizarse a sí mismos cruzando los siete mares, adentrándose en el espacio sideral o atravesando las más escabrosas selvas; pero mientras algunos se conforman con concluir el viaje tras cerrar el libro, otros deciden que lo mejor es tratar de llevar a cabo las ambiciosas hazañas de sus vívidas fantasías.

A tal grupo de hombres perteneció un explorador español, nacido en la ciudad de Vitoria (Alavesa, España) en julio de 1854, de nombre Manuel Iradier. Habiendo perdido a sus padres a temprana edad, el inquieto jovencito quien quedó al cuidado de unos tíos, comenzó a leer sin descanso el tipo de libros que despertaban la sed de aventuras en los chiquillos decimonónicos, de forma que el chico decidió conformar una asociación conocida como La Exploradora, cuyos miembros no pasaban de los dieciséis años, pero tenían una decisión comparable a la del intrépido Fernando de Magallanes.

También a La Exploradora pertenecía otro muchacho de nombre Enrique de Urquiola, quien acostumbraba llevar a su hermana Isabel para que escuchase los discursos dados por Iradier y los demás en las sesiones, siendo sus favoritos los del primero; queriendo entonces el destino que aquella señorita, hija de un panadero de nombre Domingo de Urquiola y una dama llamada Sebastiana de Urtala, se enamorara perdidamente de un hombre –Manuel- cuyo pragmatismo había salido por la ventana en cuanto abrió la primera novela de aventuras y que poseía una temeridad propia de un niño de tres años.

Así, para otoño de 1873 y siendo estudiante de filosofía y letras –aunque quería ser ingeniero de minas-, Manuel acudió a ver al experimentado explorador Henry Stanley – quien se encontraba de visita en Vitoria para cubrir un conflicto armado-, explicándole así su plan para atravesar África desde el Cabo de Buena Esperanza (Sudáfrica) hasta las costas de Trípoli (Libia); sobra decir que el curtido viajero percibió de inmediato la imposibilidad –para el muchacho- de la empresa, por lo que procedió a aconsejarle que se limitase a explorar los territorios españoles ubicados en el golfo de Guinea.

Persuadido por Stanley, el chico llevó la noticia de su próxima –y más sencilla- travesía a La Exploradora, aprobándose el plan el 14 de octubre de 1874; entonces, ante la perspectiva de perder a su amado, Isabel de Urquiola le comunicó inmediatamente que no tenía intención de dejarlo partir sin ella. Tal declaración tomó por sorpresa al caballero, decidiendo así la pareja que contraerían nupcias el 16 de noviembre de 1874, ante el espanto absoluto de la familia de la novia y el beneplácito de los amigos y compañeros del valiente jovencito. No obstante, las sorpresas aún no terminaban para la familia De Urquiola, ya que tan pronto Manuel e Isabel se encontraron proyectando el viaje, la pequeña cuñada de Iradier, Juliana –de diecisiete años- decidió unirse a la expedición.

Sin embargo los Iradier no eran como las Tinne, de modo que lejos de viajar con barcos repletos de equipaje y mascotas exóticas –además de cientos de libras-, tuvieron que empacar sus modestas pertenencias y hacerse a la mar con las escasas diez mil pesetas que poseían, primero hacia las islas Canarias –donde permanecieron un tiempo acoplándose al clima- y luego el 25 de abril de 1875, a bordo de un horrendo buque de carga –el Loanda- que no tenía siquiera un baño, los tres aventureros sortearon tormentas y huracanes hasta llegar a Guinea Ecuatorial.

Llevaban ya veintiún días navegando cuando llegaron a la bahía de Santa Isabel, donde desembarcaron en la isla Fernando Poo, en cuya ciudad principal –Clarence- Manuel sostuvo una entrevista con el gobernador español Diego Santiesteban. Preocupado por la seguridad de sus compatriotas, el caballero trató de disuadirlos, pero ellos continuaron su viaje arribando a Elobey el Chico –un islote que albergaba una diminuta colonia- el 18 de mayo de 1875.

Por esa época las muchachas rebosaban de emoción, así que la pequeñez de la isla e incluso el precario estado en que se encontraba la casa donde se alojarían –que era poco más que una choza- les pareció romántica y fascinante, dedicándose de inmediato a reparar puertas, pisos, techos y ventanas, deshaciéndose a la vez de los numerosos insectos que hasta entonces habían infestado la vivienda. Una vez instalados, Iradier compró una embarcación de nombre La Esperanza, abordo de la cual se dirigió, junto con su fiel sirviente Elombuangani, hacia las costas de cabo San Juan, adentrándose en el río Muni, donde cazó diversos animales, hizo observaciones científicas y se enfrentó con la tribu caníbal, Fang –la misma que quedó aterrorizada cuando Mary Kingsley literalmente cayó sobre ellos-.

Mientras tanto Isabel y Juliana sufrían lo indecible bajo el cambiante y cruel clima –dándose a la tarea de anotar cualquier cambio en la temperatura, el viento, las nubes, etc., por encargo de Manuel-, y con la constante angustia de no saber el estado en que se encontraba Iradier; todo esto sumado a la ineludible monotonía de una vida desarrollada en un pedazo de tierra, sin contacto con sus seres queridos, afectó al ánimo de las damas.

Por ese tiempo Isabel guardaba celosamente un secreto, estaba embarazada, circunstancia conocida únicamente por su querida hermana, quien solícitamente le procuraba todos los cuidados que la futura madre necesitaba, mismos que debieron intensificarse cuando la joven cayó en cama. Al mismo tiempo Manuel yacía al borde de la muerte, habiendo sido envenenado por los traicioneros nativos, el valiente explorador sufrió terribles fiebres le impedían seguir su camino. Una vez recuperado lo suficiente para caminar, regresó prestamente con su familia.

El 18 de enero de 1876 fue un día de gozo para los Iradier, ya que fue la fecha del nacimiento de la pequeña Isabela; con este acontecimiento Isabel pensó que su marido optaría por olvidar su afán aventurero y se dedicaría a actividades menos peligrosas, por ejemplo el comercio, sin embargo nada estaba más lejano de las intenciones de su esposo. Temerario con su persona mas no –tanto- con su familia, Manuel accedió –aunque a decir verdad un tanto a regañadientes- a trasladarse a Santa Isabel para procurar el bienestar de las mujeres; no obstante este hecho fue contraproducente ya que el clima en este sitio era mucho peor que en Elobey por lo que todos cayeron víctimas de violentas fiebres.

Pero los contratiempos no habían terminado en la aventura de los arrojados Iradier, pero ya veremos el resto de sus peripecias en la siguiente entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“Las reinas de África”. Aut. Cristina Morató. Ed. Plaza y Janés. España 2003.

“Detrás de hombres como Livingstone había una mujer que salía a cazar”. Aut. Rocío Ruz. www.abcdesevilla.es. Junio, 2003.


Testigo y víctima: Notre Dame de París

24 enero 2012

Catedral de Notre Dame de París

Por: Patricia Díaz Terés

“La arquitectura es el testigo insobornable de la historia, por que no se puede hablar de un gran edificio sin reconocer en él el testigo de una época, su cultura, su sociedad, sus intenciones…”

Octavio Paz

Cuando admiramos las grandes maravillas arquitectónicas construidas por el hombre a lo largo de los siglos, complicado le resulta a nuestra mente imaginarse el arduo proceso que, habiendo involucrado la participación de cientos y a veces miles de personas durante décadas o centurias completas, dio como resultado edificaciones que en ocasiones parecen haber podido ser logradas únicamente gracias a la intervención de sobrenaturales poderes.

Pero obras como las pirámides de Egipto o de Teotihuacan, la ciudad inca de Machu Pichu, la Gran Muralla China, el Taj Mahal, el palacio de Westminster o el palacio de Versalles, atestiguan que el potencial humano muchas veces va más allá de los límites de su propia imaginación.

Durante la Edad Media, una época en la que la línea entre la Iglesia y el Estado era difícilmente perceptible, el ser humano se avocó a elaborar construcciones cuyo propósito era acercar a Dios y al hombre, creándose gran cantidad de portentosas iglesias, destacando entre ellas la catedral de Nuestra Señora de París o Notre Dame.

Habiendo sido su ubicación previamente utilizada para realizar ceremonias celtas en la antigua Lutecia, cuando Julio César conquistó el territorio en el año 52 a.C., también decidió emplear el sitio con fines contemplativos, construyendo un templo dedicado a Júpiter; continuando después los cristianos con los propósitos espirituales al edificar ahí mismo la primera iglesia cristiana de París, la basílica de Saint-Etienne, un proyecto llevado a cabo por el rey franco Childeberto I aproximadamente en 528 d.C.

Sin embargo fue hasta seiscientos años después (1160 d.C.) cuando el obispo de París, Maurice de Sully destinó a la isla de la Cité para albergar la más grande catedral jamás construida –hasta entonces-. Siendo la idea entusiastamente apoyada por el rey Luis VII, el eclesiástico procedió a ordenar el derribamiento de las iglesias de Santa María y San Esteban, así como de varias casas que ocupaban el terreno.

Fue entonces en el mes de junio de 1163 cuando el papa Alejandro III presidió la ceremonia correspondiente a la colocación de la primera piedra de la catedral, identificándose como arquitectos principales a Pierre de Montreuil y Jean de Chelles. Ahora bien, la obra se terminó hasta 1345, hecho que fue posible gracias a la participación de diversos equipos de expertos en las distintas partes del levantamiento –en aquella época estos grupos se trasladaban hacia los pueblos y ciudades conforme la construcción de sacrosantos recintos requería de su pericia-; obteniendo la materia prima en los alrededores de París, donde podía encontrarse piedra de calidad con diversas características. 

De esta manera con magníficos esfuerzos se erigió una imponente y maravillosa estructura cuyas torres de la fachada principal llegaban a los 69 metros de altura, mientras todo el edificio rebosaba de espléndidos detalles entre los que destacan esculturas de santos –cabe mencionar que las puertas se emplearon para retratar imágenes bíblicas cuya finalidad era hacer llegar algunos de los principales episodios de las Sagradas Escrituras a quienes no sabían leer-, gárgolas y los famosos rosetones –sobreviviendo hasta ahora, principalmente, el central cuyo diámetro es de 10 metros-.

Pero el trabajo de Maurice y Eudes de Sully –sin parentesco alguno, pero provenientes de la misma ciudad, quienes supervisaron eficientemente la construcción- fue “devaluado” cuatrocientos años después de su conclusión, cuando el estilo Gótico característico de la catedral de Notre Dame cayó en desuso –y casi en desgracia- al serle adjudicadas connotaciones negativas durante el reinado de Luis XIV, siendo el recinto bárbaramente ultrajado al removerse tumbas y vitrales, construyéndose a la vez un nuevo altar mayor. Tal era la obsesión de los franceses del siglo XVII por deshacerse de aquello que consideraban como crudo y retrógrada, que acabaron por modificar todo el interior de la iglesia, remodelación que les tomó quince años.

No obstante, lo peor estaba aún por venir. Cuando en 1789 estalló la Revolución Francesa, la ferocidad de sus anticlericales y antimonárquicos ideales llevó a los agitadores a emprenderla de forma inmisericorde contra Notre Dame, de manera que destruyeron las veintiocho estatuas de la galería de los reyes de Judá e Israel, pensando equívocamente que se trataba de los reyes de Francia (!); de este modo, arrojaron furiosamente frente a la catedral los rocosos cuerpos decapitados, llevándose este hato de ignaros las cabezas de las esculturas como botín de guerra.

Por supuesto los líderes del movimiento no se quedaron atrás. Impugnando el carácter espiritual del recinto, Maximilien Robespierre “invistió” a Notre Dame como templo para el culto de la diosa Razón; al mismo tiempo que otros elementos fundamentales de la iglesia fueron destruidos como las campanas conocidas como Angélique-Françoise, Antoinette-Charlotte, Hyacinthe-Jeanne y Denise DavidEmmanuel, la más grande (con un peso de 13 toneladas) y localizada en la torre sur fue la única respetada-, las cuales se fundieron para hacer cañones.

Tras la Revolución la majestuosa Notre Dame había perdido su dignidad, pero se alzaba aún incólume como corazón de París en la Place du Parvis, siéndole restituido su honor por Napoleón Bonaparte quien en 1801 le devolvió la catedral a la Santa Sede, procediéndose de inmediato a su restauración para que el dictador pudiese coronarse a sí mismo como emperador en 1804.

En 1831 Notre Dame de París recibió gustosa un nuevo aire proporcionado por la publicación de la novela Notre Dame de París de Víctor Hugo, quien hizo al templo protagonista del famoso relato de las aventuras del jorobado Quasimodo y la gitana Esmeralda. La atención captada entonces por el santuario llevó a su completa remodelación entre 1845 y 1865, la cual estuvo a cargo del arquitecto parisino Eugène Viollet-Le-Duc quien le retornó su justa gloria –aunque hay quienes afirman que el experto realizó las reparaciones y añadiduras de manera arbitraria, no completamente adecuada-, regresando incluso el hermoso sonido de sus cuatro campanas perdidas al ser estas donadas por Napoleón III en 1856 para celebrar el bautismo de su hijo.

A partir de entonces Emmanuel –reservada para eventos especiales como celebraciones litúrgicas relevantes, funerales presidenciales o visitas papales- ha celebrado grandes acontecimientos como la beatificación de Juana de Arco (1909), el fin de la Primera Guerra Mundial (1918) y la liberación de París tras la ocupación nazi (1944); habiendo recordado también solemnemente a las víctimas del fatídico 11 de septiembre de 2001 y anunciado la muerte de Juan Pablo II (2005) con 84 repiques.

Este año 2012 Notre Dame de París vuelve a tomar especial relevancia, ya que el próximo 21 de diciembre cumplirá 850 años, hecho que ha llevado a su actual rector el Rev. Patrick Jacquin a iniciar varias acciones para hacer ciertas remodelaciones, siendo la mayor de ellas la refundición de las cuatro campanas donadas por Napoleón III, ya que de acuerdo con expertos en campanas como Hervé Goirou los instrumentos han perdido ya su sonoridad original repicando en tonos poco armónicos.

Dejando de lado los presuntos significados ocultos que Notre Dame de París pudiese albergar –de acuerdo con Fulcanelli[1]- lo cierto es que esta monumental construcción se erige como un magnífico testigo de la intrincada historia europea, habiendo presenciado algunos de los episodios tanto reales como ficticios más memorables para el hombre, ya que como dijo el propio Víctor Hugo: “La arquitectura es el gran libro de la humanidad”.

 

FUENTES:

 “Notre Dame de París: La majestuosidad del Gótico”. Aut. D. Fuentes. Revista Arqueología, historia y viajes sobre el mundo medieval. No. 19. España, abril 2007.

“Notre Dame de Paris”. Aut. José Luis Corral Lafuente. Revista Historia National Geographic. No. 49.

“A Melodic Emblem Falls Out of Tune”. Aut. Maïa de la Baume. The New York Times. 18 de oct. 2011. www.nytimes.com

“Notre Dame de Paris”. Aut. Rhey Cedron y Nicole March. www.elore.com


[1]  Autor de identidad no corroborada quien publicase en 1929 (aunque hay fuentes que afirman que fue en 1922 y otras en 1926) el libro El misterio de las catedrales.


Un genial artífice: Orson Welles II

16 enero 2012

Orson Welles

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

“Lo que más vale en el hombre es su capacidad de insatisfacción”.

José Ortega y Gasset

Ambicioso, brillante, activo y con una insaciable necesidad de crear, así era el joven Orson Welles cuando en la década de los 30 comenzó a dejar sus huellas en la historia de las artes. Había para entonces formado ya el Mercury Theatre of the Air, en alianza con la CBS Radio, cuando en su programa transmitido el 31 de octubre de 1938 realizó la más escalofriante adaptación de la novela de ciencia ficción La guerra de los mundos de H.G. Wells, que se haya escuchado jamás.

La imaginación de Welles – junto con Howard Koch y John Houseman- lo llevó a elaborar una dramatización a manera de noticiario en la cual un aterrorizado locutor narraba paso a paso la llegada de naves espaciales que transportaban alienígenas cuya intención era acabar con la humanidad y tomar posesión del planeta Tierra. Por supuesto que Orson incluyó la presentación de su programa, pero muchos de sus oyentes se perdieron ese vital segmento que les refería el contenido como ficción, por lo que un gran número de personas se lanzó a las calles gritando que el fin del mundo había arribado.

Este curioso hecho le ganó la estima de los empresarios, ya que a pesar de que se consideraba anteriormente que el programa tenía una audiencia escasa, la conmoción causada por aquella transmisión de la Noche de Brujas fue contundente, de manera que Campbell’s Soup se convirtió en patrocinador de Welles surgiendo Campbell’s Playhouse cuya esencia era la misma que la del Mercury pero con un presupuesto mucho más holgado que permitió al director invitar a las más grandes estrellas del momento para compartir sus micrófonos, apareciendo entonces en las transmisiones íconos como Katherine Hepburn o Sir Laurence Olivier.

Al año siguiente el panorama mundial se transformó al estallar la Segunda Guerra Mundial. Con un notable sentido patriótico Orson trató de enrolarse en el ejército, siendo rechazado a causa de su pie plano; no obstante, nuestro tenaz genio decidió que era el momento para dedicar un tiempo a una pasión largamente reprimida: la magia, de manera que realizó una gira con la European Theater of Operation montando un acto en el que lograba partir por la mitad a la legendaria Marlene Dietrich.

Pero la radio y el teatro no le proporcionaban al genio todas las herramientas que su imaginación requería para manifestarse, de manera que decidió probar suerte en el séptimo arte, cuyas herramientas le vinieron como “anillo al dedo”. Así, en 1941 dirigió y protagonizó su primer filme, Citizen Kane con RKO Pictures, resultando en un rotundo fracaso en taquilla –el estudio perdió 150 mil dólares en la aventura- pero con tal éxito con la crítica que le valió después el título de la mejor película jamás filmada, según los expertos.

Experimentando de manera magistral con perspectivas innovadoras, claroscuros y otros elementos cinematográficos Welles captó la atención de sus colegas realizadores; sin embargo también provocó la ira del magnate William Randolph Hearst, quien vio su persona reflejada en el personaje de Charles Foster Kane, tratando entonces el millonario de frenar al director –llegó a ofrecer un millón de dólares para que se quemasen los negativos- sin lograr amedrentarlo ni siquiera con amenazas legales.

Continuando la exploración de diversos caminos para dar rienda suelta a sus propuestas, realizó un viaje por México y Brasil en 1942 por expreso encargo del entonces presidente Franklin D. Roosevelt para que elaborar un filme que pusiera en evidencia la “política de buena vecindad” que Estados Unidos estaba estructurando con aquellas naciones –en este mismo proyecto participó después Walt Disney produciendo Saludos amigos (1942) y Los tres caballeros (1944)-. Esta travesía no resultó como había planeado el mandatario norteamericano ya que el documental It’s all true quedó inconcluso, hecho que los detractores del cineasta aprovecharon para acusarlo de haber malgastado el tiempo y el presupuesto en fiestas y chicas, en la cautivadora ciudad de Río de Janeiro.

Ahora bien, los trabajos inconclusos no son precisamente ajenos a la historia de nuestro protagonista –en 1955 comenzó el rodaje de Don Quixote en México y París, tomando el director también el papel de protagonista haciéndose acompañar por el actor Akim Tamiroff, pero sin llegar a concluir la obra, misma que logró ver la luz gracias al trabajo llevado a cabo décadas después (1992) por Jesús Franco y Patxi Irigoyen, con la finalidad de estrenar el filme en la Exposición Universal de Sevilla ’92-, sin haber tenido esto nada que ver con desidia o ineptitud, sino con un afán de perfección extralimitado que llevaba a Orson a querer controlar –al igual que su colega Alfred Hitchcock- cada uno de los aspectos de los filmes que dirigía, tornándose entonces el proceso sumamente largo y costoso. En este sentido se puede ubicar de igual manera a Welles escribiendo el guión, modificando las luces, guiando a los actores, trabajando codo a codo con los intérpretes en escena o en la sala de edición supervisando cada uno de los cuadros que aparecerían en la gran pantalla.

Ni qué decir se tiene que este proceder le retribuyó con obras maestras que lo han entronizado como uno de los mejores directores cinematográficos de toda la historia, pero que en su momento le llevaron literalmente años en el rodaje como su Othello (1956) que fue filmado entre 1949 y 1952 logrando después la Palma de Oro en el Festival de Cannes.

Y es así como podemos afirmar que las películas con el toque Welles eran oro para la crítica y los festivales pero repelentes en taquilla. Aun cuando películas como A Touch of Evil (1958) obtuvo un premio en la Feria Mundial de Bruselas en 1958 sus ingresos fueron deplorables, mismo caso de otras producciones como The Magnificent Ambersons (1942) o Chimes at Midnight (1965).

Por otro lado Orson Welles no era una persona precisamente equilibrada ya que toda la constancia y disciplina que tenía para la elaboración de sus cintas, parecía perderla a la hora de cuidar de su persona –tanto en el sentido físico como emocional-. Así, tras haberse divorciado de Virginia Nicholson, en 1943 contrajo matrimonio con la despampanante Rita Hayworth a quien había conocido durante la filmación de The Lady from Shanghai (1947) –con quien procreó a su hija Rebecca- separándose cinco años después, para volver a contraer nupcias en sus andares por Europa –tras haber sufrido la persecución del Comité de Actividades Antiamericanas, decidió viajar a lo largo y ancho del mundo filmando en donde y como se lo permitiesen- con la actriz italiana Paola Mori con quien tuvo a su hija Beatrice.

Habiendo luchado toda su vida por conseguir el dinero que eventualmente le permitiese realizar sus sueños, Orson Welles se ha erigido como una figura controvertida, misteriosa y a la vez magnífica ya que resultó casi una broma del destino cómo aquel a quien un osado crítico del periódico The New York Herald Tribune llamado Walter Kerr tildó de bufón –después de que Welles actuase en silla de ruedas durante una presentación de King Lear debido a un tobillo fracturado-, recibió en 1971 un Óscar por los logros de una vida, siendo reconocido después tanto por la American Film Institute como por la Directors Guild of America –otorgándole esta última su máxima presea, el premio D.W. Griffith-.

Pero a pesar de todos sus logros un ser humano debe responder finalmente a su naturaleza, por lo que siendo Orson un hombre grande –medía 1.90 m- y grueso que tendía a excederse en el trabajo y despreciar el cuidado de su alimentación, el día 10 de octubre de 1985 mientras trabajaba en un guión que filmaría más tarde, sufrió un infarto que lo mató al instante, concluyendo así una vida que sigue marcado aún hoy la existencia de miles de cineastas alrededor del orbe, descansando pacíficamente las cenizas de sus restos mortales en una hacienda en la provincia de Málaga (España).

 

FUENTES:

“Orson Welles is Dead at 70, Innovator of Film and Stage”. Obituario www.nytimes.com. Octubre, 1985.

 “El genio de la lámpara”. Aut. José María Aresté. www.decine21.com Octubre, 2002.

“Condenados a la eternidad: George Orson Welles”. Aut. Gustavo Rubén Giorgi. Revista Letralia No. 231. Mayo, 2010.

“Orson Welles: El ilusionista”. Aut. Federico Lisica. www.almamagazine.com. Febrero, 2011.

“Cuestiones teóricas sobre el cine de Orson Welles”. Aut. Pedro García Cueto. www.cinecritic.biz Septiembre, 2011.

“Orson Welles”.  Aut. Enrique Martínez-Salanova Sánchez. www.uhu.es

www.thebiographychannel.co.uk

http://www.mercurytheatre.info/history


Un genial artífice: Orson Welles I

9 enero 2012

Orson Welles

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

“Nunca vayas por el camino trazado, porque conduce hacia donde otros han ido ya”.

Alexandre Graham Bell

Hombre de mirada penetrante e imponente presencia, con la capacidad de despertar fervorosos halagos o ácidas críticas, así ubicamos a uno de los más grandes cineastas de todos los tiempos, quien causó revuelo con sus propuestas visuales e impactantes guiones transformándose así en un punto de referencia casi obligado para las futuras generaciones de creadores cinematográficos, me refiero al inigualable Orson Welles.

George Orson nació un 6 de mayo de 1915 en Kenosha, Wisconsin (E.U.A.), dentro de una singular familia conformada por el empresario –tesorero y secretario general de la firma Badger Brass- e inventor Richard Head Welles y la pianista –y activista política que luchó para conseguir el voto de las mujeres- Beatrice Ives. Siendo el segundo hijo, fue relegado a un segundo plano hasta que sus progenitores detectaron que su hijo mayor, Dickie, tenía problemas mentales hecho que los llevó a internarlo en una institución especializada.

Recayendo todas las expectativas en el hermano menor, a muy corta edad George demostró tener una inclinación artística poco común –gracias a que su madre se dedicaba al teatro, pisó por primera vez un escenario a los dos años, en una producción de la ópera Madame Butterfly; pero menos usual aún era su habilidad para dominar distintas disciplinas como la música, la pintura y el teatro, mostrando una afición particular por la magia, catalogándosele así como un niño prodigio. Cuenta una anécdota que un buen día su tutor el Dr. Maurice Bernstein, asistió con su pupilo de cinco años a un concierto en donde se interpretaba música de Igor Stravinsky, sucediendo que al concluir la presentación el pequeño Orson disertó sobre lo escuchado con un discernimiento muy superior al de su edad.

Pero cuando cumplió el pequeño genio los 7 años su familia comenzó a desmoronarse, ocurriendo entonces el divorcio de sus padres y al poco tiempo el fallecimiento de su madre a causa de la ictericia. De espíritu aventurero, su padre lo llevó consigo a un viaje alrededor del mundo, pero Richard se dio entonces a la bebida. Esta situación provocó que el chiquillo buscase la figura paterna en Bernstein, hasta que entró en la Todd School –institución especial para muchachos superdotados ubicada en Woodstock (Il.)- a los 10 años, donde se encontró con Roger Hill, quien a la sazón dirigía el lugar y que lo impulsó en el quehacer teatral, llegando ambos a escribir el librillo Everybody’s Shakespeare, el cual tuvo un buen índice de ventas en los años subsiguientes. Cabe mencionar también que a tan corta edad el pequeño adaptó, dirigió y protagonizó su primera obra de teatro, eligiendo como base el texto de Robert Louis Stevenson, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

Ahora bien, ciertamente Welles tenía un carácter un tanto similar al de otro genio cinematográfico, Alfred Hitchcock, compartiendo ambos personajes tanto su enérgica personalidad como su gusto por las bromas pesadas, aunque ciertamente nuestro protagonista en este momento gustaba de las chanzas macabras, llegando a fingir en cierta ocasión su suicidio por ahorcamiento. Tal fue el susto que sufrió su pobre profesor de historia, quien lo encontró pálido –gracias al maquillaje, por supuesto- y colgando de una cuerda, que casi sufrió un infarto.

No obstante, esta habilidad histriónica le ayudó cuando intervino en obras escolares como Finesse the Queen (1926), The Physician in spite of himself (1928) o Androcles and the Lion (1930). Con el inquieto espíritu que le caracterizaba, después de concluir con éxito los cinco años de educación en Todd School, decidió declinar la opción de la universidad para estudiar pintura durante breve periodo en el Chicago Art Institute, para posteriormente partir hacia Irlanda en donde disimulaba su escasa edad apareciendo en público fumando un puro.

En Dublín, participó en varias producciones del Gate Theatre como The Death Ride Fast o Hamlet –algunos dicen que en este sitio él afirmaba ser una estrella de Broadway-. Si bien Orson era un tipo explosivo, también poseía una personalidad atrayente y hasta cierto punto carismática, hecho que le granjeó la amistad del dramaturgo Thornton Wilder y del crítico Alexander Woolcott, quienes lo recomendaron con Katharine Cornell, quien dirigía una compañía de teatro e inmediatamente lo incluyó en el elenco de sus obras, llegándose a presentar entonces nuestro aventurero jovencito en montajes como Romeo y Julieta con el personaje de Teobaldo, ya sobre escenarios neoyorkinos.

Siendo su talento evidente para cuanta persona lo conocía, se fue colocando en la industria del entretenimiento, de modo que fue contratado para colaborar en programas radiofónicos interpretando por ejemplo a The Shadow, un misterioso mago de profunda voz que perseguía criminales. Por estas fechas llegó a su vida la actriz y socialité Virginia Nicholson, con quien contrajo matrimonio y tuvo una hija, Christopher -que con el tiempo fue conocida como Chris Welles Feder, autora de materiales educativos-. La unión no duró mucho separándose el matrimonio en 1939.

Por otra parte, para estas fechas Welles había encontrado ya a John Houseman, con quien colaboró en el proyecto gubernamental Works Progress Administration, siendo uno de sus programas el Federal Theater, el cual era administrado por John y dirigido por Orson. Ambos lograron poner en escena, en 1936, La Escocesa –nombre con el que se conoce a Macbeth- con un reparto conformado por actores afroamericanos y ambientada en Haití; además llevaron al escenario The Tragic History of Doctor Faustus de Christopher Marlowe (1937) y el musical The Craddle Will Rock –basada a su vez en obras de Bertolt Brecht y Kurt Weill- de Marc Blitztein, montaje que no fue bien visto por el gobierno debido a los tintes izquierdistas del guión. Tal fue el disgusto de los altos mandos que se prohibió el estreno, rebelándose entonces todo el equipo de producción el 16 de junio de 1937, encaminándose todos los involucrados y simpatizantes –en total unas dos mil personas- en una marcha hacia el Venice Theatre, donde se llevó a cabo una puesta en escena improvisada.

Dos meses después Welles y Houseman decidieron crear una compañía independiente a la que nombraron The Mercury Theatre, con un capital de cien dólares y con la cual llevaron a cabo la puesta en escena de la tragedia Julio César escrita por William Shakespeare. Controversial –y exitoso- resultó el espectáculo, debido a que la mente de Orson trasladó la historia a la Italia fascista causando gran revuelo en una sociedad que ya comenzaba a mirar temerosa hacia la tensa Europa, generando como siempre opiniones enfrentadas de quienes lo alabaron y quienes lo vituperaron.

Habiendo aparecido en 1938 en la portada de la revista Time con el sobrenombre de Wonder Boy[1] -del teatro-, Orson Welles, era para entonces un joven atractivo, enérgico, ambicioso y decidido, que aún no había cumplido los 25 años cuando ya era famoso en Estados Unidos; sin embargo aún no había logrado ganarse su lugar en la historia, mismo que le fue concedido gracias a que asustó a medio país con una invasión extraterrestre, exhibió a un poderoso magnate del ámbito periodístico y “transgredió” las pautas de la estética cinematográfica, entre otras cosas, todo lo cual será tratado con detalle en la próxima entrega.

FUENTES:

“Orson Welles is Dead at 70, Innovator of Film and Stage”. Obituario www.nytimes.com. Octubre, 1985.

 “El genio de la lámpara”. Aut. José María Aresté. www.decine21.com Octubre, 2002.

“Condenados a la eternidad: George Orson Welles”. Aut. Gustavo Rubén Giorgi. Revista Letralia No. 231. Mayo, 2010.

“Orson Welles: El ilusionista”. Aut. Federico Lisica. www.almamagazine.com. Febrero, 2011.

“Cuestiones teóricas sobre el cine de Orson Welles”. Aut. Pedro García Cueto. www.cinecritic.biz Septiembre, 2011.

“Orson Welles”.  Aut. Enrique Martínez-Salanova Sánchez. www.uhu.es

www.thebiographychannel.co.uk

http://www.mercurytheatre.info/history


[1] Chico Maravilla.


¡Feliz Navidad!

19 diciembre 2011

Columna Pensando En… se toma unas pequeñas vacaciones, pero estaré de regreso el próximo 9 de enero de 2012. Gracias querido lector por leerme, por tu apoyo y tus comentarios, te deseo una muy feliz Navidad y un 2012 lleno de dicha. Atte. Patricia Díaz Terés.


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