Destellos de la civilización: El Faro de Alejandría

Faro de Alejandría

Faro de Alejandría

Por: Patricia Díaz Terés

“La arquitectura es el gran libro de la humanidad”.

Victor Hugo

La creación de un entorno cómodo y satisfactorio ha sido, desde los orígenes de los primeros pueblos sedentarios, una cuestión de gran relevancia para el ser humano.

Así los conocimientos y recursos de las distintas épocas, han sido empleados por la humanidad para cubrir sus necesidades básicas de alimentación y albergue, pero también las de protección, comunicación, desarrollo, etc.

De esta manera, la arquitectura se ha convertido a través de los siglos en un reflejo de las prioridades de las distintas civilizaciones; desde los grandes templos helenos que nos muestran su interés en la mitología, las pirámides egipcias que expresan el respeto de esta cultura hacia la muerte, hasta el Coliseo romano que denota la importancia de la competencia en Roma o el Empire State que denota la preocupación por el desarrollo económico que se vive en nuestra época.

Pero en ocasiones una sola construcción, por su versatilidad, puede cubrir una amplia gama de necesidades, tal es el caso de los faros.

La palabra “faro” proviene -de acuerdo con varios autores- del nombre del sitio en el cual se construyó la primera de estas edificaciones, la isla de Pharos en Egipto, en donde Sóstrato de Cnido se dio a la tarea de levantar el célebre Faro de Alejandría.

Erigido durante el reinado de Tolomeo II, el Faro de Alejandría era un sólido edificio de 180 metros de altura, en cuya cima albergaba una inmensa fogata alimentada con madera –misma que tenía que ser importada debido a la escasez en la ciudad de este combustible- y que a la vez tenía un espejo el cual, según cuenta una leyenda, podía reflejar la luz solar con tal potencia que era capaz de abrasar cualquier nave enemiga que amenazara al puerto.

Muchas son las referencias que se conservan sobre esta impresionante obra –actualmente conocida como una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo- en distintas fuentes que van desde inscripciones en mosaicos y monedas, hasta escritos elaborados por viajeros o arquitectos árabes, abarcando todas ellas diferentes aspectos y detalles del edificio.

De estos documentos se han obtenido descripciones que mencionan al Faro como una edificación sólida con 30.6 metros de lado en su base, levantada con grandes bloques de piedra diestramente colocados para dar fortaleza a la estructura y que a su vez estaba constituido en su interior por un hueco que abarcaba su parte central, mismo que era rodeado por una rampa helicoidal – similar a la cadena del ADN- y que además tenía diversas salas y terrazas; sosteniendo en la cima la gran hoguera que servía como guía.

Imaginemos por un momento a un marinero a bordo de una embarcación mercante con destino al puerto de Alejandría. Después de una muy larga y sin duda peligrosa travesía, el individuo en cuestión vería ya desde una distancia de 50 kilómetros de la costa, una monumental construcción que arrojaba un potente rayo de luz con el propósito tanto de guiar a los visitantes bienintencionados, como de descubrir a los enemigos.

Ahora bien, si nuestro marinero era extranjero, vería una serie de símbolos grabados en las paredes del Faro, cuyo significado quedaría oculto; sin embargo, si nuestro aventurero fuera, por azares del destino, versado en el latín, descubriría la siguiente inscripción: “Isóstrato, hijo de Decífanes -Dimócrates según otros-, de Cnido, dedicó este edificio a los Dioses Salvadores en nombre de quienes navegan los mares”.

Sin darse cuenta, el navegante estaría experimentando tres de las finalidades del faro, la primera servir como guía a las embarcaciones para que se alojaran en el puerto más importante de la Antigüedad –sólo Alejandría y Siracusa tenían capacidad suficiente para albergar una flota de considerable tamaño y gran calado-, la segunda, rendir culto a los dioses y de esta manera aplacar su ira e invocar su protección permitiendo así que el tercer objetivo se cumpliera, establecer un comercio exitoso con base en el intercambio por vía marítima.

Pero como toda gran construcción, además de ser ya de por sí impresionante, a la gente común le agrada rodearlas con un halo místico y misterioso a través de mitos y leyendas; así de esta edificación se dice por ejemplo que su base estaba hecha en realidad con bloques de cristal, mismos que le proporcionaban su extraordinaria solidez. Otra leyenda explica cómo el Tesoro de Ptolomeo estaba escondido en sus cimientos; y por último uno de los mitos más descabellados describe cómo, al utilizar un talismán, una persona que lograra llegar hasta la cima y observara el reflejo del gran espejo, podría sin problemas contemplar todo lo que ocurría en la lejana Constantinopla.

Habiendo durado su construcción solamente 15 años y teniendo un costo de 800 talentos –aproximadamente 6 mdd actuales-, el Faro de Alejandría funcionó durante 17 siglos; siendo restaurado en varias ocasiones, ya que era constante víctima de desastres naturales como tormentas eléctricas o terremotos; o bien de los ataques enemigos, ya que servía en un momento dado como atalaya o incluso fortaleza de defensa.

De este modo la primera reparación tuvo lugar en el año 736 d.C. cuando un fuerte terremoto dañó la parte superior; otra modificación a la estructura se dio en 1274 al instalarse una pequeña mezquita en la terraza superior. Sin embargo, se conoce por el escrito del viajero árabe Ibn Battuta, que para 1371 la construcción se encontraba ya totalmente en ruinas.

Pero independientemente de los méritos técnicos que su construcción implicó, la importancia del Faro de Alejandría también puede ser explicada por su ubicación. Se trataba de un lugar próximo a una de las costas comerciales más importantes pero que a la vez era sumamente peligrosa, ya que los bajíos y escollos, así como los temporales impredecibles y la espesa niebla del Nilo, hacían que las embarcaciones corrieran grandes riesgos al querer cumplir con la entrega de los productos que transportaban.

Asimismo, a pesar de que las condiciones geográficas –en cuanto a superficie y clima se refiere- no eran óptimas en Alejandría; económica y políticamente tenía una relevancia sin igual, debido a que poseía tres ventajas principales: la primera era su proximidad con el delta del Nilo, la segunda era la facilidad con la que los barcos podían aprovechar los vientos y la tercera la amplitud para albergar a las grandes flotas.

Sortear obstáculos y sacar ventaja de condiciones geográficas adversas fue una de las características del pueblo egipcio –rasgo compartido con todas las grandes civilizaciones-, como bien lo muestra el Faro de Alejandría, el primero de su tipo y predecesor de una serie de importantes edificaciones que ayudarían a los imperios y naciones, en su difícil camino hacia el crecimiento y consolidación. 

FUENTES:

“El Faro de Alejandría”. Aut. Filippo Coarelli. La Aventura de la Historia Año 9 No. 102.

Faros con Historia”. Aut. José Ma. Rodríguez Montoya. Historia de la Iberia Vieja No. 36.

Grandes Maravillas del Mundo” Aut. Russell Ash. Ed. Planeta Infantil. México, D.F., 2001.

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