Como vencer con un paraguas a un hipopótamo: Mary Kingsley. 2ª parte

Mary Kingsley

Por: Patricia Díaz Terés

“No me arrepiento en absoluto de haber corrido todos los riesgos por aquello que me importaba”.

Arthur Miller

Admirada por reconocidos escritores como Rudyard Kipling –autor de El Libro de la Selva (1894), colega aventurera de exploradores como Henry Stanley –famoso por sus expediciones en África Central- y asesora de políticos como Joseph Chamberlain –Ministro Británico de las Colonias-, Mary Kingsley fue el vivo ejemplo de que, como dice el refrán popular, “el hábito no hace al monje”, ya que al verla caminar tranquilamente por las calles londinenses, nadie podía imaginarse por su simple apariencia que estuviesen ante una de las exploradoras pioneras del África más tenaces y valientes de las cuales se tenga registro.

Después de hacer un “breve” reconocimiento de las costas del Continente Negro durante nueve meses, Mary Henrietta Kingsley decidió lanzarse nuevamente a la aventura, esta vez apoyada por diversas organizaciones a quienes sus hallazgos habían impresionado, entre ellos el Museo Británico, que había quedado en posesión de los varios especímenes de peces e insectos por ella recolectados, o la compañía Hatton and Cookson que percibió en ella un elemento valioso en su labor comercial con los nativos africanos.

Así, el 23 de diciembre de 1894, a bordo del vapor Batanga y con lady McDonald por compañera, regresó a sus entrañables selvas y sabanas. Tras dejar a su amiga en Nigeria, la científica emprendió camino hacia los bosques de Duke Town y Creek Town, ejerciendo ahí por primera ocasión como enfermera al cuidar a enfermos víctimas de una epidemia de tifus.

Cuando el peligro de la epidemia hubo cesado, Mary decidió satisfacer la curiosidad que sentía por conocer a una mujer quien, como ella, había abandonado su hogar para vivir como una nativa en los lejanos territorios de Okoyong; diferente tanto en carácter como en propósito, Mary Slessor era una misionera escocesa, bajita y pelirroja, que había encontrado la felicidad entre los caníbales. A pesar del poco respeto que Kingsley sentía por los evangelizadores –por considerar que interferían negativamente en la forma de vida de las tribus-, las referencias que había recibido sobre Slessor eran tan extraordinarias que no podía dejar escapar la oportunidad de conversar con aquella dama.

De este modo y a punta de machetazos, la intrépida aventurera se abrió camino hasta la aldea de Ekengue, en donde gracias a su tocaya consiguió valiosos datos sobre los pueblos Igbo e Ibibioyefik.

Terminada su estancia en este lugar, fijó rumbo hacia territorios aún menos conocidos, llevando como única defensa un cuchillo largo, un revólver y su inseparable paraguas, así Mary remontó caudalosos y peligrosos ríos, a la vez que atravesó espeluznantes pantanos; en uno de ellos, viajaba tranquilamente sobre una endeble canoa cuando tuvo que emprenderla a paraguazos contra un hipopótamo que estaba decidido a derribar su vehículo, la misma suerte corrió un pobre cocodrilo que fue alejado por ella a punta de remo al tratar de embestir la embarcación.  

Si algo no conocía Kingsley era el miedo, de tal suerte llegó a una misión francesa dirigida apaciblemente por un matrimonio francés de apellido Jacot en la región de Gabón en el Congo Francés; los misioneros habían erigido con sus propias manos una pequeña escuela en la cual enseñaban a los niños de la tribu Fang –conocidos y temidos caníbales- e Igalawa.

Extravagante fue el primer encuentro entre la londinense y los caníbales. Resulta que caminaba ella por aquellos inhóspitos parajes, en busca de nuevos especímenes, cuando en un descuido rodó colina abajo de forma estrepitosa; cual no sería su sorpresa cuando al llegar al pie del montículo vio correr despavoridos a un grupo de caníbales a quienes semejante intrusión de una extraña creatura de negros ropajes, sorprendió cual la llegada de un monstruo horripilante. Fue este el inicio de una relación en la cual los nativos aprendieron a respetar a esa extraña mujer extranjera, solitaria y comprensiva; valorando a su vez la científica costumbres tan poco victorianas como la poligamia y la misma antropofagia –ambas extensamente explicadas, y en cierta forma defendidas, en sus relatos-.

De este modo, fueron muchas las características propias de Mary las que le ayudaron a sobrevivir en su aventura, siendo una de ellas su marcada tozudez. Conocidos, amigos y parientes, durante su estancia en Londres, le habían aconsejado abandonar su victoriana indumentaria para vestir como una “genuina” exploradora, recomendándole vestir pantalones al estilo de Florence Baker –esposa del explorador Samuel Baker-; sin embargo, la enjuta fémina se negó terminantemente a cambiar sus ropas, queriendo la suerte que fueran precisamente sus amplias faldas y estorbosas enaguas las que salvaran su vida cuando cayó accidentalmente en una trampa para animales, que consistía en un profundo agujero en la tierra, cubierto con maleza, en cuyo interior se encontraban afiladas estacas, y de la cual asombrosamente Kingsley salió vociferando y con sólo unos cuantos moretones.

Así, tras recorrer las selvas, ser la primera mujer en subir a la cumbre del Mungo Mah Labeh –Trono del Trueno-, el pico más elevado -4 070m- del Monte Camerún, y reunir invaluable información sobre diferentes etnias africanas, la dama conocida por los Fang como “Only Me” –por su costumbre de viajar siempre sola-, regresó a Inglaterra en donde ya, en el puerto de Liverpool, la esperaba una marabunta de ansiosos periodistas.

Instalándose en un pequeño apartamento adornado con los numerosos –y a veces aterradores- trofeos obtenidos en África, Mary se dedicó una temporada a compartir sus experiencias con cuantos quisiesen escucharla; de esta manera impartió conferencias, publicó libros –por ejemplo Viajes por el África Occidental (1897)- y asistió a numerosas cenas de beneficencia, acordándose nuevamente en una de éstas de que era un ser humano, con sentimientos y emociones como cualquier otro, al conocer a un joven del Cuerpo de Ingenieros –y que posteriormente sería Gobernador de Sierra Leona- de nombre Matthew Nathan, con quien la simpatía surgió inmediatamente, pero cuyo amor fue desvanecido por las diferentes opiniones políticas que ambos sostenían –él frenó súbitamente su correspondencia cuando Kingsley publicó en 1899 el libro Estudios del África Occidental, en donde proponía un gobierno conjunto de los colonos británicos y los nativos africanos-.

Para 1899, la exploradora se sentía ya nuevamente infeliz en Londres, por lo que decidió embarcarse otra vez hacia el inhóspito continente africano, en esta ocasión con rumbo a Sudáfrica, en primera instancia para recolectar desconocidas especies en el Río Orange, pero donde finalmente decidió trabajar como enfermera voluntaria en los hospitales de campaña colocados durante la Segunda Guerra de los Boers (1899-1902) –enfrentamiento de colonos independentistas, también llamados afrikáners, de origen germano, y la Gran Bretaña-. Ahí, combatiendo las condiciones insalubres, atendiendo heridos y enfermos de tifus, su salud no pudo aguantar más y murió víctima de la disentería el 3 de junio de 1900.

Imparable aventurera, comprometida científica y dama polémica, Mary Kingsley es recordada tanto por su incomparable valor y alegría, como por sostener opiniones gravemente censuradas en el siglo XIX, ya que ella prefería comprender al ser humano en lugar de juzgarlo, evaluando sus condiciones de vida, costumbres y tradiciones con ojos nativos en vez de británicos, y así esta mujer nos recuerda a la frase de G.K. Chesterton que reza: “La aventura podrá ser loca, pero el aventurero ha de ser cuerdo”. 

FUENTES:

“Travel, gender and imperialism”. Aut. Alison Blunt. Ed,. Guilford Press. Nueva York, E.U., 1994.

“Ideals of womanhood in Victorian Britain”. Aut. Lynn Abrams. www.bbc.co.uk Londres, U.K., 2001.

 “Las reinas de África: viajeras y exploradoras por el continente negro”. Aut. Cristina Morató. Ed. Plaza y Janés. 2003

“Tan lejos, tan cerca”. Aut. Christian Kupchik. www.henciclopedia.org.uy

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