Una ambición malevolente: Madame de Montespan

23 abril 2012

 

Madame de Montespan

 

Por: Patricia Díaz Terés

“Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”.

Nicolás Maquiavelo

De funestos personajes está plagada la historia de las monarquías europeas de los siglos pasados, encontrándose en ella sujetos egoístas, megalómanos y a veces hasta psicópatas; tan extravagantes individuos no siempre detentaron el poder de manera oficial, sino que tuvieron a bien establecer benéficas relaciones que les permitieron pasearse en la corte cometiendo fechorías.

Algunas de tan extraordinarias personalidades surgieron de las habitaciones íntimas de los monarcas –y no precisamente del lecho matrimonial-, apareciendo destacadas y ambiciosas damas que se dieron el lujo en algún momento de presumir la influencia que ejercían sobre sus reales amantes.

Pero dentro del catálogo de estas cortesanas, bien podemos distinguir algunas inteligentes, audaces y bienintencionadas señoras –como en cierta medida Madame de Pompadour- quienes trataron de hacer algún bien al reino; pero también ubicaremos fieras y codiciosas arpías que buscaron el poder para poder regodearse en él y cumplir con fines que nada tenían que ver con el bien común.

En esta última clase se encuentra Françoise Athénaïs de Rochechouart de Mortemart, mejor conocida en la historia como Madame de Montespan. Corría el año de 1640 cuando este singular personaje llegó al mundo el 5 de octubre, en una familia acostumbrada a conducirse en la corte, siendo su padre un reconocido caballero y su madre dama de honor de la reina Ana de Austria.

Voluntariosa, segura de sí misma y hermosa, la joven arrancó suspiros a sus admiradores hasta que, cuando cumplió 22 años, se casó con Louis-Henri de Pardaillan de Gondrin, marqués de Montespan. Difícil debió haber sido tal unión, considerando que la esposa tenía un explosivo carácter y el marido era celoso, violento y despilfarrador; sin que esto les impidiese engendrar dos hijos: María Cristina, quien murió a la escasa edad de doce años y Luis Antonio, marqués de Antín.

Por aquella época reinaba en Francia el Rey Sol, Luis XIV, quien estando desposado con María Teresa de Austria y Borbón, siempre tuvo a bien poner sus ojos y afectos en las bellas acompañantes de su consorte, lo cual le ocasionaba a la reina gran tristeza y desazón.

Habiendo sido Athénaïs nombrada dama de honor de la cuñada del rey, Enriqueta Ana Estuardo, era aún desconocida para el licencioso soberano quien se encontraba cautivado por la ingenua Louise de La Vallière; sin embargo, cuando Montespan pasó a ser miembro del grupo de damas de honor de María Teresa y asistió a un baile en 1666, Luis XIV quedó prendado de la ingeniosa e irónica fémina, quien tenía la inusual habilidad de cautivar a los caballeros no solo con sus azules ojos y su rubia cabellera, sino también con su perspicaz conversación y peculiar sentido del humor.

Extraña combinación se daba en nuestra protagonista, ya que a la vez que se trataba de una fría, encantadora y calculadora mujer, que no temía llevar a cabo cualquier acción con tal de lograr sus metas, también se le conoció como católica devota, que cumplía puntualmente con oraciones, misas y ayunos; combinando estas actividades con sus “desenfrenos” en las reuniones sociales.

Es posible que fuese tan cautivante mezcla la razón por la que el rey quedó a merced de Montespan, a quien nombró “favorita” toda vez que la alejó de su cruel marido, quien tendiendo al melodrama paseaba por las calles parisienses en un carro negro adornado con unos cuernos (!), vistiendo riguroso luto por la “muerte” de su cónyuge, conductas indignaron a la marquesa.

Ahora bien, Athénaïs sabía bien que la debilidad de su amante eran las mujeres exquisitas, por lo que pensó que sería un hijo lo que lograría colocarla no solo en el centro de los afectos de Luis, sino también en una posición prácticamente inamovible. Gobernante de conductas disipadas, pero preocupado por las formas y el protocolo, cuando la chica se embarazó, el rey insistió en que tuviese su condición en el mayor secreto posible, de modo que ella comenzó a utilizar ciertos vestidos carentes de cinturón -a los cuales se les apodó L’Innocente-, siéndole arrebatados los infantes tras su nacimiento.

La dama logró dejar de lado sus sentimientos, siendo lo más importante el reconocimiento del monarca hacia sus vástagos –fueron siete-, cosa que en efecto sucedió. Así, para 1674 Montespan logró ser ama y señora de las estancias cortesanas, ya que habiendo despedido el rey a De la Vallière, la favorita disolvió al grupo de damas de honor de la soberana, para eliminar de a su competencia.

Por otra parte, le dio al Rey Sol ideas para estructurar el palacio de Versalles, otorgándole su Majestad algunos sitios específicos destinados a su diversión y deleite, construyéndose así suntuosas y excéntricas habitaciones –como el Templo de Venus- a las cuales acudía con regularidad el estadista.

No obstante, conforme pasaba el tiempo Athénaïs detectaba cómo poco a poco el monarca perdía el interés en su persona, llegando la amenaza esperada con Isabelle de Ludres quien con 28 años en 1676 se entregó a Luis, derrocándola su propia soberbia en el momento en que pensó que podía controlar al rey, provocando la ira de este, quien procedió a expulsarla de sus reales dominios. Dos años después llegó a la corte otra dulce jovencita de 18 años, Marie Angélique de Scoraille de Roussille, duquesa de Fontagnes, que pareció regresar al soberano a su época adolescente, ya que el ilustre hombre estaba embebido con la chiquilla, despertándose la cólera de la tambaleante “favorita”.

Siendo la desesperación la más terrible consejera, en esta situación se dice que Montespan recurrió a las más nefandas herramientas para defender su posición, refiriéndose –en el llamado Asunto de los Venenos[i]- que participó en misas negras que involucraban el asesinato de niños y adquirió pócimas diabólicas que le permitirían obtener los favores de Luis XIV; a la vez que se le acusó de haber envenenado a Fontagnes –quien murió en 1681 tras dar a luz a su hijo (quien falleció)- y de haber tratado de asesinar al rey empleando una carta envenenada. Teniendo ya fama de ser una mujer cruel y despiadada, cuando los testimonios de Lesage y La Voisin llegaron a oídos del  horrorizado rey, este disolvió la Cámara Ardiente y mandó quemar todos los documentos contenidos en sus archivos.

Habiendo triunfado en ocasiones anteriores sobre sus detractores –como aquella en la que Luis XIV la despidió para dejar en paz su conciencia antes de partir hacia la guerra en Flandes-, esta vez fue desterrada para siempre de los afectos del rey y por supuesto de la corte –el monarca no se había apresurado a despedir a Montespan por miedo a las habladurías, por lo que desplazó sus habitaciones al primer piso como signo inequívoco de su desprecio y repulsión-, retirándose Athénaïs finalmente en 1691 –en este momento la dama trató de regresar con su legítimo esposo pero fue repudiada- a un convento en donde continuaba actuando como si aún fuese la favorita.

Terrible casualidad fue la causa de su muerte cuando la tan destacada fémina que presuntamente profirió en algún momento la ignominiosa frase “si no tienen pan, que coman pastel” –atribuida erróneamente, de acuerdo con la historiadora Antona Fraser, a María Antonieta- ingirió descuidadamente una dosis excesiva de tártaro emético –un fuerte purgante- falleciendo en el balneario de Bourbon l’ Archambault el 27 de mayo de 1707, con su hijo Luis Antonio como única compañía.

Mujer de encantadora personalidad, aterradora tenacidad y malévolo corazón, Madame de Montespan bien puede ser ejemplo de las palabras del escritor Jonathan Swift: “La ambición suele llevar a las personas a ejecutar los menesteres más viles. Por eso para trepar, se adopta la misma postura que para arrastrarse”.  

FUENTES:

“Amantes y reinas. El poder de las mujeres”. Aut. Benedetta Craveri. Fondo de Cultura Económica. Ediciones Siruela. México, 2008.  

“Mujeres perversas de la historia”. Aut. Susana Castellanos De Zubiría. Grupo Editorial Norma. Colombia, 2008

“Madame de Montespan: Veneno en la corte”. Aut. Manuel Moros. Revista Clío no. 99. Enero, 2010.

[i] En una cacería de brujas llevada a cabo en el siglo XVII, fueron capturados un alquimista de nombre  Adam Coeuret “Lesage”, una mujer de nombre Catherine Deshayes Monvoisin –apodada La Voisin- y a la hija de esta, Marguerite; estas tres personas testificaron que Madame de Montespan había participado en rituales satánicos y había adquirido pócimas mágicas. El proceso de los prisioneros estaba a cargo de Nicolás Gabriel de la Reynie, jefe de policía, a quien le fue cedida la Cámara Ardiente –sitio donde se realizaban los juicios del tribunal especial creado por Luis XIV el 8 de marzo de 1679, que tomó su nombre de las antorchas que rodeaban una estancia tapizada en negro-.


Aciertos y hecatombes: Personajes reinventados II

16 abril 2012

Benedict Cumberbatch como Sherlock Holmes y Martin Freeman como John Watson en la serie de la BBC

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

“Discúlpeme, no le había reconocido: he cambiado mucho”.

Oscar Wilde

Variados han sido los resultados en la historia del cine y la televisión cuando los personajes literarios han sido trasladados a las pantallas. Dependiendo tanto de la creatividad del guionista como de su respeto hacia los originales que manipula, los resultados de tales aventuras pueden ser terribles catástrofes o maravillosas propuestas.

De esta manera, ni siquiera los personajes infantiles que son conocidos por la mayoría de las personas desde muy tierna edad, han esquivado los intentos para hacerlos más “modernos” o “creíbles”. Así podemos encontrarnos con una inteligente Cenicienta llamada Danielle de BarbaracDrew Barrymore- que rescata a su caprichoso príncipe HenryDougray Scott- en la película Por siempre cenicienta (1998) dirigida por Andy Tennant; mientras que Blancanieves ha pasado de ser una dulce jovencita a una valiente guerrera en la reciente cinta del cineasta Rupert Sanders, Blancanieves y el cazador (2012) protagonizada por Kristen Stewart y Chris Hemsworth.

Por su parte, la literatura decimonónica parece haber sido un vasto campo de trabajo para los guionistas desde hace varias décadas, por lo que sus protagonistas han sido constantemente vapuleados por las creativas intenciones de revolucionarios sujetos. Así, uno de los intentos más interesantes –y posteriormente desastroso- fue el del creador de cómics Alan Moore cuando en su serie The League of Extraordinary Gentlemen (1999-2003) tuvo la idea de tomar a Mina Murray (Drácula de Bram Stoker), Alan Quatermain (Las minas del rey Salomón de Henry Rider Haggard), el Capitán Nemo (Julio Verne), el Dr. Jeckyll y Mr. Hyde (El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson) y Hawley Griffin, (El hombre invisible de H.G. Wells), para constituir una suerte de liga heroica que se interpone en las nefastas intenciones de un misterioso enemigo conocido como M; hasta aquí Alan Moore y Kevin O’Neill se mostraron razonablemente respetuosos –hasta cierto punto- con los personajes, introduciendo algunas variaciones en su carácter o forma –como en el caso de Mr. Hyde quien aparece como un monstruoso y poderoso gigante-; cosa que no hicieron el guionista James Robinson y el director Stephen Norrington en la película La liga extraordinaria (2003), en donde Mina –interpretada por Peta Wilson- es una feminista mujer vampiro -que pasa de ser la líder en el cómic a un personaje secundario en la cinta- quien había sostenido una apasionada relación con el soberbio y narcisista personaje creado por Oscar Wilde, Dorian Gray (!) –personificado por Stuart Townsend-, mientras que QuatermainSean Connery- se convierte en “mentor” del norteamericano Tom Sawyer (Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain) –Shane West-, enseñándole cómo disparar un rifle. De esta manera, haciendo pedazos los personajes originales y transgrediendo el argumento del cómic, esta película puede bien catalogarse como un desastre mayúsculo en cuanto a reinvenciones se refiere.

De otro talante han sido los resultados obtenidos a través de las numerosas adaptaciones que ha tenido el detective más famoso de la literatura: Sherlock Holmes. Mientras dejamos de lado las adaptaciones cinematográficas y televisivas que en mayor o menor medida se han acoplado a las características originales tanto de Holmes como de su inseparable compañero John Watson, hablaremos sobre las películas y la serie más recientes. El director Guy Ritchie muestra así una muy particular visión de Sherlock en sus películas Sherlock Holmes (2009) y Sherlock Holmes: A Game of Shadows (2011), en las que el investigador británico se ha convertido en un héroe de acción encarnado por Robert Downey Jr., que comparte escena con un apuesto y valiente Watson personificado por Jude Law. Sin estar los argumentos ligados con las obras de Sir Arthur Conan Doyle -excepto en el nombre de sus personajes- la propuesta de Ritchie se basa en la reinvención de las características de estos, introduciendo así elementos que “humanizan” a Holmes, proporcionándole incluso un interés romántico en la persona de Irene AdlerRachel McAdams-, quien a su vez se ha transformado de una astuta cantante que aparece en el relato Un escándalo en Bohemia, a una experta ladrona y espía. En conjunto la fórmula ha funcionado –excepto para algunos puristas quienes amenazaron con rasgarse las vestiduras al ver a Sherlock Holmes saltando osadamente por una ve las ventanas del Parlamento-, logrando acercar el personaje clásico a los a los jóvenes actuales.

Pero sin duda alguna la tentativa más acertada para reinventar a Holmes la tiene la cadena británica BBC con su serie Sherlock,(2011-2012) protagonizada por Benedict Cumberbatch como el brillante detective y Martin Freeman como el leal Watson. Siendo las actuaciones de estos hombres uno de los pilares de la producción, los guionistas como Steven Moffat, Steve Thompson y Mark Gatiss, han logrado –maravillosamente- a su vez emplear algunos elementos de las historias originales como Estudio en escarlata, Las cinco semillas de naranja, El tratado naval, El problema final y El sabueso de los Baskerville, entre otras, para elaborar capítulos en los que vemos a un Sherlock del siglo XXI, quien es consultor para Scotland Yard –particularmente del inspector LestradeRupert Graves- y que conserva la personalidad ideada por su autor original, mientras utiliza artilugios de la época actual -como los smartphones y el internet- para dar caza a los criminales. En ciertos aspectos, incluso esta versión supera a la original, como es el caso de la reinvención del némesis de Holmes, James Moriarty, quien en este caso es un magnífico psicópata –y no el personaje bastante secundario que fuera utilizado por Sir Arthur para eliminar al sujeto de sus pesadillas, ya que cuando el villano aparece en El problema final el autor odiaba ya a su creación, y deseaba eliminarlo a toda costa- interpretado magistralmente por Andrew Scott o la de Irene AdlerLara Pulver-, quien en esta ocasión no es una coqueta ladrona o una cantante de ópera, sino una singular “dominatrix” que logra cautivar –e intrigar- al arrogante detective. En fin, la extraordinaria utilización del conjunto de los recursos empleados para la elaboración de este programa le ha granjeado –justamente- gran cantidad de admiradores, quienes por otro lado se han manifestado considerablemente ofendidos por las intenciones de la cadena norteamericana CBS para lanzar su propia versión de la serie, eso sí con una “sorprendente” (?) innovación que consiste en hacer que John Watson sea Joan Watson, encarnada nada más y nada menos que por la actriz Lucy Liu (!).  

Sin embargo, no han sido solo los personajes clásicos quienes han sido reinventados, ya que incluso íconos de la cultura popular del siglo XX han pasado recientemente por ciertas transformaciones. Para ejemplificar lo anterior tomaremos al personaje de Superman -creado en 1932 por el escritor Jerry Siegel y el dibujante Joe Shuster-, el cual fue retomado a partir del año 2001 por Alfred Gough y Miles Millar en la serie Smallville de Warner Bros., cuya intención original parecía ser mostrar el lado puramente humano de Clark Kent antes de que se transformara en el legendario superhéroe; el éxito de la serie llevó a los productores a extenderla por diez temporadas, cumpliendo las primeras con el objetivo primario, pero luego desviándose terriblemente cuando se vieron obligados a intentar –que no lograr- que esta historia encajara con el argumento y los personajes originales del cómic, de modo que después de ver a un Kent atractivo, valiente y seguro de sí mismo, de la nada apareció el Clark original, presentándose entonces como un joven tímido, torpe y bastante miedoso (?).

Así hemos visto cómo los escritores del séptimo arte y de la pantalla chica han intervenido historias y personajes a conveniencia, teniendo mayor éxito en la empresa aquellos que, conociendo los originales, respetaron su esencia, adaptándola y no mutilándola, forzándola o aniquilándola, llegándose entonces a crear personajes e historias que bien quedarán en nuestra memoria como entrañables o como deleznables, según sea el caso.

Para conocer:

Por siempre Cenicienta (1998): http://www.youtube.com/watch?v=Hcj9fyx6DXI

Blancanieves y el cazador (2012): http://www.youtube.com/watch?v=SQaZRqlezG4&feature=fvst

La liga extraordinaria (2003): http://www.youtube.com/watch?v=JADCxdroMz8

Sherlock Holmes (2009): http://www.youtube.com/watch?v=PxeH-4BPf0E&feature=fvst

Sherlock Holmes: A Game of Shadows (2011): http://www.youtube.com/watch?v=QU0SEeQJy0c

Serie “Sherlock” BBC: http://www.youtube.com/watch?v=cSQq_bC5kIw

Smallville: http://www.youtube.com/watch?v=JungYQt0T6c  

FUENTES:

“Novel to film: An Introduction to the Theory of Adaptation”. Aut. Brian McFalane. Claredon Press, Oxford, 1966.

“De mito literario a héroe de acción”. Aut. Gabriella Campbell. 16 de marzo 2012. www.lecturalia.com

“Paramount Looking to Reinvent Tom Sawyer and Huckleberry Finn”. Aut. Ethan Anderton. 21 de marzo 2012. www.firstshowing.net

www.imdb.com   

  


Aciertos y hecatombes: Personajes reinventados I

9 abril 2012

Los Tres Mosqueteros (2011)

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

“En este mundo que habitamos, todo está sujeto a cambios continuos e inevitables”.

Jean De Monet

Características específicas poseen para su autor, los personajes e historias que crea, de manera que cuando elabora una novela o un guion cinematográfico conoce a la perfección cada uno de los recovecos de todo aquello que sale de su pluma.

De igual manera, al momento de la creación, el escritor no tiene idea del alcance que tendrá su invención, es decir, de la aceptación que tendrá entre el público y si este a su vez decidirá hacer de su historia un clásico o de su personaje un ícono –literario o cinematográfico-. Cuando esto sucede la creación parece rebasar al creador, quedando este únicamente con el orgullo de haber sido el originador de la idea, pero sin que detente la capacidad para controlar el curso que seguirán los elementos surgidos de su imaginación. En esta azarosa travesía personajes que vivían en el siglo XV bien pueden ser transportados al siglo XXIII si el adaptador lo considera conveniente, o una recatada princesa puede convertirse en una fiera guerrera, sin ser estas las intenciones de sus primarios artífices.

Pero antes de dar inicio formalmente con el tema que nos compete, he de aclarar que lo que se lee a continuación constituye en su totalidad una opinión personal de la autora de esta columna, sin dejar de lado que como “en gustos se rompen géneros” tal cual reza el dicho popular, seguramente habrá puntos de vista distintos al mío. Comencemos entonces con los clásicos –el orden en que son citados no es cronológico-, tomando primeramente La Isla del Tesoro (1883), escrita por Robert Louis Stevenson; siendo una historia de piratas situada en altamar los estudios Disney en 2002 decidieron dar un giro a la historia transportándola al espacio en la película animada El Planeta del Tesoro[i], siendo el protagonista Jim Hawkins quien es un chiquillo rebelde, aficionado a andar de aquí para allá en un deslizador aéreo, que desea desentenderse de los deberes que implica el negocio familiar. De igual manera Long John Silver –apareciendo como un imponente cyborg[ii]-, no posee en esta versión un curioso perico –como normalmente se visualiza-, sino que tiene como mascota a una criaturita voladora y gelatinosa –Morph- que tiene la habilidad para cambiar de forma, mientras que Ben Gunn se convierte en B.E.N (Bio Electrónico Navegador) un robot que ha quedado un poco trastornado tras haber sido abandonado en el lejano Planeta del Tesoro. Siendo para muchos una película bastante deficiente, el guion no se aleja de forma tan radical del original –sin ser adaptación estricta- en cuanto a la historia –, sino que introduce elementos distintos, particularmente en la forma y carácter de los personajes.  

Un clásico que ha padecido por las extravagantes ideas de ciertos guionistas[iii] es Los tres mosqueteros (1844) de Alejandro Dumas, particularmente en la versión homónima dirigida en 2011 por Paul W.S. Anderson, en la que D’Artagnan (Logan Lerman) es un jovenzuelo insolente y conquistador, mientras que sus compañeros Athos (Matthew Macfayden), Porthos (Ray Stevenson) y Aramis (Luke Evans) poseen habilidades más dignas de James Bond que de un mosquetero descrito por Dumas; asimismo Milady de Winter (Milla Jovovich) rivaliza con las agentes secretas Evelyn Salt o Jane Smith -ambos personajes de acción interpretados por Angelina Jolie-, antes de acercarse su interpretación a la astuta mujer que se aprecia en la novela, y cuya esencia fue captada con bastante justicia por la versión dirigida por Stephen Herek en 1993, en la cual el rol fue asumido por la actriz Rebecca de Mornay. Con secuencias de acción más propias de una película como Misión Imposible (en cualquiera de sus entregas) o La emboscada (1999), en la cinta de Anderson podemos ver cómo nuestros héroes cruzan los aires en sendos dirigibles (!), mientras son perseguidos por el malvado Duque de Buckingham (Orlando Bloom), al tiempo que Milady utiliza sofisticados artilugios para trepar paredes y sortear las trampas que protegen las joyas de la reina, en una escena que hizo que me preguntara si no estaba viendo en realidad una cinta de la serie Resident Evil –protagonizada por Jovovich-.

El Bardo, mejor conocido como William Shakespeare, tampoco se ha librado de las inventivas mentes de sus seguidores, siendo sus obras constante objeto de adaptación. Habiendo unas más afortunadas que otras, tal vez la mayor afrenta que el inmortal escritor haya sufrido sea el filme Romeo+Juliet (1996) –basada evidentemente en Romeo y Julieta (1597)- dirigida por Baz Luhrman quien utilizando el texto shakespeariano, decidió situar la obra en la época actual haciendo que Romeo, Benvolio, Teobaldo, Mercucio y compañía fuesen una suerte de pandilleros que se pelaban a punta de pistola (!); no obstante la cinta logró conquistar –principalmente- a muchas jovencitas que se emocionaron con el protagonista, un jovencísimo Leonardo Di Caprio y su Julieta, Claire Danes. Otra curiosa reinvención de la historia se dio en la película realizada por Robert Wise y Jerome Robbins, Amor sin Barreras (1961) –West Side Story-, la cual sin ser de mi particular predilección sí lo fue de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas, que le otorgó el Óscar a Mejor Película; en su trama –ahora en Nueva York, no en Verona-  Romeo, renombrado como Tony (Richard Beymer) es un joven que había pertenecido a una pandilla conformado por descendientes de inmigrantes irlandeses conocida como Sharks, quien tiene a bien enamorarse de la hermana del líder de la banda contraria –Bernardo, interpretado por George Chakiris-, los Jets, procedentes de Puerto Rico, siendo la nueva Julieta una hermosa y virginal doncella que responde al nombre de MaríaNatalie Wood-. Así vemos cómo los “violentos” delincuentes juveniles, concebidos en la mente de Shakespeare como los miembros de las eminentes familias Montesco (los Sharks) los Capuleto (los Jets), resultan ser extraordinarios bailarines que se enfrentan en una fiesta escolar al ritmo de un mambo. Al final de la historia el argumento original se respeta, constituyendo un drama bastante efectivo.

Las leyendas tampoco han quedado exentas de ser la base de inventivos guiones. Mencionaremos así al ya muy famoso Rey Arturo y los caballeros de la Mesa Redonda; existiendo ya de por sí numerosas versiones literarias de la leyenda en la que se relata la vida y obra de Arturo de Camelot, su amada Ginebra, el mago Merlín, la perversa Morgana y demás personajes, las adaptaciones televisivas y cinematográficas han tendido a emplear un periodo específico de la vida del ficticio monarca para elaborar su argumento. De esta manera, existen aquellas visiones, presuntamente desmitificadoras, que ubican a Arturo como un romano –no como un caballero medieval-, como es el caso de la cinta La última legión (2007), donde el protagonista Rómulo Augústulo (Thomas Sangster) es un niño, el último descendiente vivo del César, correspondiéndole por derecho el trono; ni qué decir se tiene que esta situación es amenazada por sus enemigos –en esta ocasión los hérulos-, saliendo en su defensa un noble soldado de nombre Aurelio (Colin Firth), el hechicero Merlín rebautizado como Ambrosino (Ben Kingsley) y una misteriosa guerrera musulmana, Mira (Aishwarya Rai), quienes acompañan al joven monarca hasta Bretaña para encontrar aliados. Así este filme se puede percibir como una extraña mezcla de la película animada de Disney, La espada en la piedra (1963) y de la “desmitificadora” concepción del legendario soberano que el cineasta Antoine Fuqua muestra en el filme El rey Arturo (2004), protagonizada por Clive Owen, en donde Arturo es un soldado romano que junto con Lancelot (Ioan Gruffudd), Gawain (Joel Edgerton) y sus demás compañeros observan la necesidad que tendrá Bretaña de tener un rey una vez que haya sucumbido el Imperio Romano; toda vez que se enamora de una Ginebra (Keira Knightley) que lejos de ser una tierna damisela es una amazona experta en el tiro con arco y el combate cuerpo a cuerpo.

Habiendo abarcado solo unos cuantos ejemplos, dejaremos para la próxima entrega la apasionante literatura decimonónica, los cuentos infantiles y los comics, los cuales han sufrido reinvenciones un poco más drásticas pero, a veces, también mucho más afortunadas. 

Para conocer:

Treasure Planet (2002): http://www.youtube.com/watch?v=gxVlmXQoq9A

The Three Musketeers (2011): http://www.youtube.com/watch?v=38an1IAG1TA

Romeo+Juliet (1996): http://www.youtube.com/watch?v=6S6IJWilpx4

Mambo, West Side Story (1961): http://www.youtube.com/watch?v=kokbJvSEMUY&feature=fvwrel

The Last Legion (2007): http://www.youtube.com/watch?v=CzxYx-kweZo

King Arthur (2004): http://www.youtube.com/watch?v=g_jllFIpZHU  

FUENTES:

“Novel to film: An Introduction to the Theory of Adaptation”. Aut. Brian McFalane. Claredon Press, Oxford, 1966. 

www.decine21.com

www.filmaffinity.com   

www.imdb.com   


[i] Guion de: Ron Clements, John Musker, Ted Elliott, Terry Rossio, Rob Edwards, Ken Harsha

[ii] Un ente compuesto por elementos orgánicos y electrónicos, en este caso es un humano con partes de robot.

[iii] Los guionistas de The Three Musketeers (2011) son Alex Litvak y Andrew Davies.


El león no es como lo pintan: William Dampier, el pirata científico II

26 marzo 2012

William Dampier

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

“El talento se cultiva en calma; el carácter se forma en las tempestuosas oleadas del mundo”.

Johann Wolfgang von Goethe

Piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros, todos ellos fueron bravos y temibles hombres que cruzaron los siete mares en busca de riquezas –y a veces gloria-, desafiando a los gobiernos y la justicia –aunque no en el caso de los corsarios que tenían el consentimiento de su gobierno para efectuar actos de piratería-, enfrentándose posiblemente a la horca si eran atrapados y juzgados.

Concibiéndose normalmente a este tipo de personas como asesinos o ladrones que en cuanto podían se empinaban una botella de ron, difícil resulta comprender a un personaje como William Dampier, quien si bien participó en numerosos pillajes, también tenía una extraordinaria sensibilidad para el registro de datos científicos –sobre los vientos y las corrientes del Pacífico-, mismos que han sido utilizados hasta el día de hoy por meteorólogos, geógrafos y otros expertos en disciplinas similares.

Junto con el descubrimiento de tierras ignotas, el mayor sueño de Dampier era participar en la captura de un galeón de Manila cargado de inimaginables tesoros; no obstante tal empresa resultaba bastante complicada, ya que tales embarcaciones eran increíblemente escurridizas y la mayor parte de las veces contaban con mejor suerte que los aguerridos piratas.

En busca de tan magnífica presa, la tripulación del Cygnet –en el que navegaba William- comenzó a sufrir los rigores del hambre por no haberse abastecido adecuadamente. Tras haber tenido estrepitosos fracasos en poblaciones como Santa Pecaque -al noroeste de Guadalajara- donde murieron cincuenta hombres –entre los que se encontraba Basil Ringrose-; el capitán Charles Swan lo único que anhelaba era llegar a su patria, mientras que su navegante Dampier deseaba continuar con sus expediciones en las islas Filipinas. A punto de sucumbir por inanición, los fieros marineros comenzaron a fraguar un macabro plan que consistía en cocinar como plato principal a su famélico capitán, obteniendo así una ración de carne (!) como la que no habían comido en meses. Poco faltó para que tan espeluznante proyecto se llevase a cabo, salvando al líder el grito de “¡tierra a la vista!” cuando por fin, el 2 de mayo de 1686, apareció en el horizonte la isla de Guam, en donde obtuvieron suministros entre los que se incluían cocos, limas y los frutos del árbol del pan.

Después de varios meses tratando de atrapar un galeón de Manila, John Read –capitán del Cygnet tras haber ocurrido un motín contra Swan y  haber sido destituido su sucesor Josiah Teat- optó por atracar durante un mes en las islas Condore, para continuar hacia las islas Célebes, donde fueron agasajados por los locales. Para 1688 llegaron al lugar más olvidado del planeta Tierra –o al menos así parecía a los ojos de Dampier-, King Sound –o tal vez Collier Bay-, un sitio cuyos habitantes no tenían aparente medio de supervivencia al escasear la caza y ser imposible la agricultura. Abandonaron este inhóspito sitio y partieron hacia el mar de Arabia, siendo desviados en el camino hacia Sumatra.

William, inquieto ya por la situación y los constantes periodos de inactividad, comenzó a pensar en desertar; pero hábilmente Read leyó sus intenciones, temiendo de inmediato que el rebelde pudiese revelar a oídos inconvenientes los planes del Cygnet. Fue por esto que el capitán agradeció la petición de Dampier para quedarse en la isla de Nicobar, que los piratas abandonaron el 6 de mayo de 1688.

Ahora bien, Dampier parecía pensar que la exploración de territorios desconocidos era tan sencilla como abrir las páginas de un libro. Con desagradable sorpresa se encontró, cuando al poco tiempo de haberse embarcado él y sus compañeros –siete en total- en una canoa con rumbo a Malaya, fueron atrapados por una violenta tormenta que rápidamente los apartó de su rumbo original. Enfermos y agotados, los aventureros tras haber logrado corregir su trayectoria, fueron rescatados por pescadores malayos que vivían en las proximidades de Achin, siendo trasladados a este último sitio al ver la gravedad de los síntomas. Sintiéndose morir, William tomó dócilmente los remedios que les proporcionó un médico –o tal vez curandero-, los cuales a poco estuvieron de matarlo.

Para julio de 1688 nuestro protagonista, teniendo ya gran cantidad de valiosas anotaciones en sus preciados diarios, optó por servir en cuanto barco pudo, dirigiéndose a sitios como Vietnam, Camboya y la India. Seguramente harto ya de aventuras malogradas, Dampier decidió regresar a casa, tocando puerto el 16 de septiembre de 1691, breve ocasión que aprovechó para saludar a su esposa. Pero al parecer nuestro buen navegante tenía un pésimo tino para elegir sus empresas, embarcándose ahora en el Dove, cuya tripulación se amotinó en Coruña, permaneciendo William en la región española. Seis años después, tras haber tenido el tiempo suficiente para poner sus notas en orden, nuestro letrado pirata publicó el libro Un viaje alrededor del mundo –que alcanzó su cuarta edición en tan solo dos años-, con cuya aparición fue inmediatamente aceptado en las élites científicas –ya que se encontraba escrito con precisión y era ameno en su lectura-, “lavándose” –al menos de la memoria de sus nuevos colegas- de inmediato sus anteriores faltas y crímenes en altamar.

Reconociendo su extraordinaria habilidad para navegar, el Almirantazgo cometió un error garrafal, cediéndole el mando de una embarcación llamada HMS Roebuck, con el cual Dampier debía explorar la Terra Australis, es decir, le dieron recursos para cumplir con el otro sueño de su vida. Con lo que no contaban sus empleadores era con que William tenía tanto cerebro como pocas cualidades para mandar sobre marineros veteranos, por lo que en un santiamén comenzó a cometer error tras error, siendo el más terrible la designación de su antiguo conocido George Fisher como lugarteniente, para que posteriormente la vergonzosa conducta de este hiciese que el novel capitán lo agrediese y abandonase en Bahía –Brasil-, hecho que le acarreó a Dampier una corte marcial, en la cual se le designó como incapaz de capitanear un barco de Su Majestad; tan infortunado final tal vez valió la pena para nuestro héroe, ya que había ya logrado llegar a Shark’s Bay en la costa oeste de Australia, al Archipiélago Dampier y descubrir las islas de Nueva Bretaña y Nueva Irlanda-. No obstante, cuando de corsarios se trataba la cosa cambiaba, por lo que volvió a dirigir las tripulaciones del St. George y el Cinque Ports, con el fin de pelear contra franceses y españoles; igualmente intentó sin éxito asaltar al Rosario –galeón de Manila-. Tras haber logrado capturar un solo barco español y habiéndolo abandonado la mayor parte de su tripulación –que se marchó en el Cinque Ports- volvió a Inglaterra.

Liberado por fin del –para él- odioso mando, regresó a su legítimo puesto como navegante  bajo las órdenes de un caballero íntegro e intrépido corsario de nombre Woodes Rogers, en las embarcaciones Duke y Duchess, con quien participó en el imprevisto rescate de Alexander Selkirk en la isla Juan Fernández, en donde el desdichado llevaba viviendo solo cuatro o cinco años,-historia que inspiró a Daniel Dafoe para que escribiese su novela Robinson Crusoe (1719)-; y por fin capturó –gracias a la tenacidad y valentía de su líder- (1709) a un galeón de Manila llamado Nuestra Señora de la Encarnación y Desengaño, sufriendo Rogers en el ataque severas heridas en la cara y la pierna, pero logrando su cometido.

1715 fue el año que marcó el final de la existencia de William Dampier, un hombre que si bien no murió rodeado de riquezas, sí falleció con la satisfacción de haber obtenido el reconocimiento de  honorables científicos y también habiendo cumplido su sueño pirata, complaciendo esa tan inusual mezcla de su espíritu reflexivo y aventurero, aunque tal vez también podría ser un ejemplo de las palabras de Diógenes Laercio: “La cultura es un adorno en la prosperidad y un refugio en la adversidad”

FUENTES:

“Piratas del Pacífico”. Aut. Antonio Martín-Nieto. Ediciones Moreton S.A. Bilbao, España, 1968. 

“Los intrépidos: Aventura y triunfo de los grandes exploradores”. Selecciones Reader’s Digest. México, 1979. 

“La fuerza y el viento: La piratería en los mares de la Nueva España”. Aut. Marita Martínez del Río de Redo. Ed. México Desconocido. México, 2002. 

 “Los piratas de las islas británicas”. Aut. Joel Baer. Grupo editorial Tomo. México, 2007.

 “William Dampier”. http://gutenberg.net.au

“William Dampier”. www.nndb.com   

  


El león no es como lo pintan: William Dampier, el pirata científico I

21 marzo 2012

William Dampier

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

“El deseo de conocimiento, como la sed de riqueza, aumenta a medida que se va adquiriendo”.

Laurence Sterne

Cuando pensamos en los piratas –entendidos como aventureros que se hacen a la mar-, hoy en día casi siempre se presentan dos imágenes en nuestra mente, la del extravagante Jack Sparrow de la saga de películas de Disney, Piratas del Caribe; o bien rememoramos los dibujos incluidos en aquellos libros leídos en la infancia o la juventud como La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, en donde aparecía un feroz Long John Silver, normalmente presentando una “pata” de palo y con un perico al hombro. No obstante, cualquiera de las dos presentaciones implica a un sujeto ignorante, rudo y cruel, normalmente dado al alcohol y las mujeres, que dedicaba su vida a asaltar a cuanto barco –normalmente cargado de asombrosas riquezas- atravesase su camino.

No se puede negar que muchos de los piratas que han pasado a la historia cumplen con al menos parte de este estereotipo, caracterizándose estos individuos por sus actividades criminales; pero también existieron otros hombres que con un perfil más de aventureros que de malandrines, cruzaron los siete mares combinando la ciencia y la piratería, siendo uno de estos peculiares personajes William Dampier.

Dampier nació en East Coker, Inglaterra, el 5 de septiembre de 1651 –algunas fuentes establecen la fecha, aunque con imprecisión, en 1652-, como fruto del matrimonio entre un granjero de nombre George Dampier y su esposa Ann. Aún no terminaba William la escuela primaria, cuando el destino decidió arrebatarle a sus padres lo que provocó que el terrateniente William Heylar se hiciese cargo de él, decidiendo el chiquillo hacerse a la mar, siendo consentida la decisión por su tutor.

De este modo el avispado jovencito se enroló en la marina, llevando consigo no más que su gran capacidad de observación, su insaciable curiosidad y gusto desmedido por la naturaleza. En este periodo (1673) participó en un par de batallas durante la Tercera Guerra Anglo Holandesa, en una embarcación comandada por Sir Edward Sprague, hasta que cayó enfermo y tuvo que desembarcar.

Posteriormente y después de navegar en algunos barcos de comercio, el muchacho resolvió probar suerte en otras actividades y aceptó el ofrecimiento de Heylar para ser ayudante en la administración de una plantación de azúcar en Jamaica. Detectando Dampier inmediatamente que los menesteres de oficina no eran su ocupación preferida, se lanzó nuevamente a la aventura esta vez en una nave que comerciaba suministros de Palo de Campeche[i].

De este modo el chico permaneció en la Nueva España un tiempo, tomando nota de la naturaleza que lo rodeaba y de las costumbres de los taladores; pero desde el punto de vista práctico esta tarea no fue redituable, el clima caótico le impedía cumplir su cometido, siendo orillado a elegir la piratería como medio de sustento, lo cual al principio tampoco funcionó. Regresando a Inglaterra en busca de un poco de solaz, se enamoró de Judith, una chica al servicio de la duquesa de Grafton, y contrajeron matrimonio.

Su nueva situación le requería encontrar una manera para sostenerse, de manera que se embarcó nuevamente hacia Jamaica y probó suerte en la actividad comercial asociándose con un hombre de apellido Hoby, quien pretendía establecer intercambios con los indios mosquito de Honduras y Nicaragua, desertando Dampier aun antes de comenzar. Optó entonces por unirse a la flota comandada por los capitanes John Sharp y Bartholomew Watling, cuyos ataques e incursiones se encontraban tan mal organizados que provocaron la muerte de Watling en Arica –Chile-, huyendo muchos de los bucaneros hacia el istmo de Darien, incluidos Dampier y su amigo el doctor Lionel Wafer.

En esta travesía tuvieron que enfrentar numerosos obstáculos, pero recibieron la ayuda de una tribu indígena, los cuna, quienes particularmente prestaron su ayuda a Wafer cuando este tuvo un grave accidente al estallar un montón de pólvora que le despedazó la rodilla. Al principio el inválido no fue bien recibido por la comunidad, situación que se modificó cuando el herido logró a su vez curar la fiebre que padecía la esposa principal del jefe, ganándose así el favor de sus anfitriones.

Siendo la cultura y la sapiencia dos cualidades excepcionales en los bucaneros, destacan con ellas algunos hombres como Basil Ringrose, Lionel Wafer, Richard Gopson y William Dampier –quien, cabe mencionar, no había sido empujado hacia la vida en alta mar tanto por su interés en fascinantes descubrimientos, como por la historia del capitán Thomas Cavendish quien en 1587 había logrado capturar un galeón de Manila llamado Santa Ana, asalto que le redituó en varios miles de pesos en oro, además de gran cantidad de joyas-, entre quienes surgió una camaradería particular animada por el interés de todos ellos en la ciencia, sus abundantes lecturas y afán por la escritura. Por supuesto en el difícil oficio del pirata, una sociedad como esta se vio rápidamente disuelta por los intereses monetarios, eligiendo cada quien tomar su propio rumbo –excepto Gopson, quien falleció-.

William decidió entonces ir a Virginia, donde permaneció un año en el cual halló la prosperidad tan pronto como la perdió. La desaparición de sus recursos lo hizo unirse a la tripulación del capitán John Cook, quien a bordo del Revenge partió hacia África. El primer éxito de la misión lo tuvieron cerca de Cabo Verde, en donde capturaron un barco negrero holandés que se dirigía a Virginia; continuando con sus victorias al capturar en las proximidades de Sierra Leona un barco danés de 36 cañones al cual bautizaron como Batchelor’s Delight y que se convirtió en el barco insignia.

Dirigiéronse entonces a la isla Juan Fernández donde rescataron de manera impremeditada a William, un indio mosquito que había sido olvidado en este lugar tres años atrás. Continuaron entonces hacia las islas Galápagos, las cuales hicieron la delicia del afán científico de Dampier, quien se dedicó a registrar minuciosamente todos los detalles sobre la vegetación, la fauna y otros elementos –tales anotaciones captaron años después la atención de Charles Darwin hacia este sitio particular-. Siguieron de esta manera su camino a El Salvador, falleciendo repentinamente el capitán Cook y sucediéndole en el mando Edward Davis quien ordenó desembarcar en la isla Ampolla, donde fueron recibidos por unos amistosos indígenas que los invitaron a una folklórica cena. Poco les duró la paz a los piratas al concluir abruptamente el banquete, cuando alguien de la tripulación tuvo a bien disparar accidentalmente al único nativo que hablaba su idioma. Los invitados se vieron forzados entonces a poner pies en polvorosa, saliendo a toda la velocidad que el Batchelor’s Delight fue capaz de alcanzar.

Tras el infortunado incidente pusieron rumbo hacia Ecuador, encontrando así al capitán Charles Swan a bordo del Cygnet a cuya tripulación se unió Dampier como como oficial de navegación. Habiendo tenido algunas empresas exitosas, un ataque malogrado hizo que Charles y Edward se enemistaran, lo que separó sus fuerzas, encaminándose entonces el Cygnet con el propósito de interceptar un galeón de Manila –con lo cual Dampier esperaba cumplir finalmente su sueño-, que transportaba valiosos artículos de Filipinas a Acapulco.  

Carácter curioso tenía nuestro protagonista, un hombre que en su azaroso recorrido por el istmo de Darien, luchando por su vida, hizo meticulosas anotaciones en unos diarios que guardaba como preciados tesoros, dentro de tubos de bambú taponados con cera en ambos extremos. Pero las aventuras de nuestro letrado pirata no han concluido aún, por lo que en la próxima entrega relataremos cómo un excéntrico pirata se convirtió en una referencia casi obligada para los hombres de ciencia de los siglos venideros.   

FUENTES:

“La fuerza y el viento: La piratería en los mares de la Nueva España”. Aut. Marita Martínez del Río de Redo. Ed. México Desconocido. México, 2002. 

“Los piratas de las islas británicas”. Aut. Joel Baer. Grupo editorial Tomo. México, 2007.

“The English reprise: Fenton and Cavendish en The Spanish Lake. The Pacific Since Maguellan, volume I”. Aut. Oskar Hermann Khristian Spate. http://epress.anu.edu.au 

“William Dampier”. http://gutenberg.net.au

“William Dampier”. www.nndb.com   

  


[i] Planta de la cual se obtenía un tinte muy valorado en el siglo XVII.


Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 432 seguidores