La tragedia de una insensata ilusión: Isabel de Urquiola I

30 enero 2012

Isabel de Urquiola

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

“Demasiado poco valor es cobardía y demasiado valor es temeridad”.

Aristóteles

Tan apasionante como puede parecer en los libros o en las películas, la exploración de nuevos territorios ha probado no ser exactamente igual a como seguramente se presentó en la imaginación de los aventureros, quienes arriesgaron su vida en pos de algún descubrimiento que les ganase un sitio en la memoria de la humanidad.

Ahora bien, la literatura en este sentido ha planteado dos opciones: la novela de aventuras o los relatos –a manera de bitácoras, ensayos, artículos o biografías- que provienen del puño y letra del propio trotamundos; de este modo, mientras en la primera podemos ubicar muchos de los relatos elaborados por Julio Verne, Emilio Salgari o Robert Louis Stevenson, en la otra categoría deben localizarse los escritos de personas como David Livingstone, Mary Kingsley, Richard Burton o el mismísimo Marco Polo.

Siendo de ficción los primeros y reales los segundos, la constante lectura de ambos puede llevar a ciertos individuos sensibles a visualizarse a sí mismos cruzando los siete mares, adentrándose en el espacio sideral o atravesando las más escabrosas selvas; pero mientras algunos se conforman con concluir el viaje tras cerrar el libro, otros deciden que lo mejor es tratar de llevar a cabo las ambiciosas hazañas de sus vívidas fantasías.

A tal grupo de hombres perteneció un explorador español, nacido en la ciudad de Vitoria (Alavesa, España) en julio de 1854, de nombre Manuel Iradier. Habiendo perdido a sus padres a temprana edad, el inquieto jovencito quien quedó al cuidado de unos tíos, comenzó a leer sin descanso el tipo de libros que despertaban la sed de aventuras en los chiquillos decimonónicos, de forma que el chico decidió conformar una asociación conocida como La Exploradora, cuyos miembros no pasaban de los dieciséis años, pero tenían una decisión comparable a la del intrépido Fernando de Magallanes.

También a La Exploradora pertenecía otro muchacho de nombre Enrique de Urquiola, quien acostumbraba llevar a su hermana Isabel para que escuchase los discursos dados por Iradier y los demás en las sesiones, siendo sus favoritos los del primero; queriendo entonces el destino que aquella señorita, hija de un panadero de nombre Domingo de Urquiola y una dama llamada Sebastiana de Urtala, se enamorara perdidamente de un hombre –Manuel- cuyo pragmatismo había salido por la ventana en cuanto abrió la primera novela de aventuras y que poseía una temeridad propia de un niño de tres años.

Así, para otoño de 1873 y siendo estudiante de filosofía y letras –aunque quería ser ingeniero de minas-, Manuel acudió a ver al experimentado explorador Henry Stanley – quien se encontraba de visita en Vitoria para cubrir un conflicto armado-, explicándole así su plan para atravesar África desde el Cabo de Buena Esperanza (Sudáfrica) hasta las costas de Trípoli (Libia); sobra decir que el curtido viajero percibió de inmediato la imposibilidad –para el muchacho- de la empresa, por lo que procedió a aconsejarle que se limitase a explorar los territorios españoles ubicados en el golfo de Guinea.

Persuadido por Stanley, el chico llevó la noticia de su próxima –y más sencilla- travesía a La Exploradora, aprobándose el plan el 14 de octubre de 1874; entonces, ante la perspectiva de perder a su amado, Isabel de Urquiola le comunicó inmediatamente que no tenía intención de dejarlo partir sin ella. Tal declaración tomó por sorpresa al caballero, decidiendo así la pareja que contraerían nupcias el 16 de noviembre de 1874, ante el espanto absoluto de la familia de la novia y el beneplácito de los amigos y compañeros del valiente jovencito. No obstante, las sorpresas aún no terminaban para la familia De Urquiola, ya que tan pronto Manuel e Isabel se encontraron proyectando el viaje, la pequeña cuñada de Iradier, Juliana –de diecisiete años- decidió unirse a la expedición.

Sin embargo los Iradier no eran como las Tinne, de modo que lejos de viajar con barcos repletos de equipaje y mascotas exóticas –además de cientos de libras-, tuvieron que empacar sus modestas pertenencias y hacerse a la mar con las escasas diez mil pesetas que poseían, primero hacia las islas Canarias –donde permanecieron un tiempo acoplándose al clima- y luego el 25 de abril de 1875, a bordo de un horrendo buque de carga –el Loanda- que no tenía siquiera un baño, los tres aventureros sortearon tormentas y huracanes hasta llegar a Guinea Ecuatorial.

Llevaban ya veintiún días navegando cuando llegaron a la bahía de Santa Isabel, donde desembarcaron en la isla Fernando Poo, en cuya ciudad principal –Clarence- Manuel sostuvo una entrevista con el gobernador español Diego Santiesteban. Preocupado por la seguridad de sus compatriotas, el caballero trató de disuadirlos, pero ellos continuaron su viaje arribando a Elobey el Chico –un islote que albergaba una diminuta colonia- el 18 de mayo de 1875.

Por esa época las muchachas rebosaban de emoción, así que la pequeñez de la isla e incluso el precario estado en que se encontraba la casa donde se alojarían –que era poco más que una choza- les pareció romántica y fascinante, dedicándose de inmediato a reparar puertas, pisos, techos y ventanas, deshaciéndose a la vez de los numerosos insectos que hasta entonces habían infestado la vivienda. Una vez instalados, Iradier compró una embarcación de nombre La Esperanza, abordo de la cual se dirigió, junto con su fiel sirviente Elombuangani, hacia las costas de cabo San Juan, adentrándose en el río Muni, donde cazó diversos animales, hizo observaciones científicas y se enfrentó con la tribu caníbal, Fang –la misma que quedó aterrorizada cuando Mary Kingsley literalmente cayó sobre ellos-.

Mientras tanto Isabel y Juliana sufrían lo indecible bajo el cambiante y cruel clima –dándose a la tarea de anotar cualquier cambio en la temperatura, el viento, las nubes, etc., por encargo de Manuel-, y con la constante angustia de no saber el estado en que se encontraba Iradier; todo esto sumado a la ineludible monotonía de una vida desarrollada en un pedazo de tierra, sin contacto con sus seres queridos, afectó al ánimo de las damas.

Por ese tiempo Isabel guardaba celosamente un secreto, estaba embarazada, circunstancia conocida únicamente por su querida hermana, quien solícitamente le procuraba todos los cuidados que la futura madre necesitaba, mismos que debieron intensificarse cuando la joven cayó en cama. Al mismo tiempo Manuel yacía al borde de la muerte, habiendo sido envenenado por los traicioneros nativos, el valiente explorador sufrió terribles fiebres le impedían seguir su camino. Una vez recuperado lo suficiente para caminar, regresó prestamente con su familia.

El 18 de enero de 1876 fue un día de gozo para los Iradier, ya que fue la fecha del nacimiento de la pequeña Isabela; con este acontecimiento Isabel pensó que su marido optaría por olvidar su afán aventurero y se dedicaría a actividades menos peligrosas, por ejemplo el comercio, sin embargo nada estaba más lejano de las intenciones de su esposo. Temerario con su persona mas no –tanto- con su familia, Manuel accedió –aunque a decir verdad un tanto a regañadientes- a trasladarse a Santa Isabel para procurar el bienestar de las mujeres; no obstante este hecho fue contraproducente ya que el clima en este sitio era mucho peor que en Elobey por lo que todos cayeron víctimas de violentas fiebres.

Pero los contratiempos no habían terminado en la aventura de los arrojados Iradier, pero ya veremos el resto de sus peripecias en la siguiente entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“Las reinas de África”. Aut. Cristina Morató. Ed. Plaza y Janés. España 2003.

“Detrás de hombres como Livingstone había una mujer que salía a cazar”. Aut. Rocío Ruz. www.abcdesevilla.es. Junio, 2003.


Como vencer con un paraguas a un hipopótamo: Mary Kingsley. 2ª parte

28 junio 2010

Mary Kingsley

Por: Patricia Díaz Terés

“No me arrepiento en absoluto de haber corrido todos los riesgos por aquello que me importaba”.

Arthur Miller

Admirada por reconocidos escritores como Rudyard Kipling –autor de El Libro de la Selva (1894), colega aventurera de exploradores como Henry Stanley –famoso por sus expediciones en África Central- y asesora de políticos como Joseph Chamberlain –Ministro Británico de las Colonias-, Mary Kingsley fue el vivo ejemplo de que, como dice el refrán popular, “el hábito no hace al monje”, ya que al verla caminar tranquilamente por las calles londinenses, nadie podía imaginarse por su simple apariencia que estuviesen ante una de las exploradoras pioneras del África más tenaces y valientes de las cuales se tenga registro.

Después de hacer un “breve” reconocimiento de las costas del Continente Negro durante nueve meses, Mary Henrietta Kingsley decidió lanzarse nuevamente a la aventura, esta vez apoyada por diversas organizaciones a quienes sus hallazgos habían impresionado, entre ellos el Museo Británico, que había quedado en posesión de los varios especímenes de peces e insectos por ella recolectados, o la compañía Hatton and Cookson que percibió en ella un elemento valioso en su labor comercial con los nativos africanos.

Así, el 23 de diciembre de 1894, a bordo del vapor Batanga y con lady McDonald por compañera, regresó a sus entrañables selvas y sabanas. Tras dejar a su amiga en Nigeria, la científica emprendió camino hacia los bosques de Duke Town y Creek Town, ejerciendo ahí por primera ocasión como enfermera al cuidar a enfermos víctimas de una epidemia de tifus.

Cuando el peligro de la epidemia hubo cesado, Mary decidió satisfacer la curiosidad que sentía por conocer a una mujer quien, como ella, había abandonado su hogar para vivir como una nativa en los lejanos territorios de Okoyong; diferente tanto en carácter como en propósito, Mary Slessor era una misionera escocesa, bajita y pelirroja, que había encontrado la felicidad entre los caníbales. A pesar del poco respeto que Kingsley sentía por los evangelizadores –por considerar que interferían negativamente en la forma de vida de las tribus-, las referencias que había recibido sobre Slessor eran tan extraordinarias que no podía dejar escapar la oportunidad de conversar con aquella dama.

De este modo y a punta de machetazos, la intrépida aventurera se abrió camino hasta la aldea de Ekengue, en donde gracias a su tocaya consiguió valiosos datos sobre los pueblos Igbo e Ibibioyefik.

Terminada su estancia en este lugar, fijó rumbo hacia territorios aún menos conocidos, llevando como única defensa un cuchillo largo, un revólver y su inseparable paraguas, así Mary remontó caudalosos y peligrosos ríos, a la vez que atravesó espeluznantes pantanos; en uno de ellos, viajaba tranquilamente sobre una endeble canoa cuando tuvo que emprenderla a paraguazos contra un hipopótamo que estaba decidido a derribar su vehículo, la misma suerte corrió un pobre cocodrilo que fue alejado por ella a punta de remo al tratar de embestir la embarcación.  

Si algo no conocía Kingsley era el miedo, de tal suerte llegó a una misión francesa dirigida apaciblemente por un matrimonio francés de apellido Jacot en la región de Gabón en el Congo Francés; los misioneros habían erigido con sus propias manos una pequeña escuela en la cual enseñaban a los niños de la tribu Fang –conocidos y temidos caníbales- e Igalawa.

Extravagante fue el primer encuentro entre la londinense y los caníbales. Resulta que caminaba ella por aquellos inhóspitos parajes, en busca de nuevos especímenes, cuando en un descuido rodó colina abajo de forma estrepitosa; cual no sería su sorpresa cuando al llegar al pie del montículo vio correr despavoridos a un grupo de caníbales a quienes semejante intrusión de una extraña creatura de negros ropajes, sorprendió cual la llegada de un monstruo horripilante. Fue este el inicio de una relación en la cual los nativos aprendieron a respetar a esa extraña mujer extranjera, solitaria y comprensiva; valorando a su vez la científica costumbres tan poco victorianas como la poligamia y la misma antropofagia –ambas extensamente explicadas, y en cierta forma defendidas, en sus relatos-.

De este modo, fueron muchas las características propias de Mary las que le ayudaron a sobrevivir en su aventura, siendo una de ellas su marcada tozudez. Conocidos, amigos y parientes, durante su estancia en Londres, le habían aconsejado abandonar su victoriana indumentaria para vestir como una “genuina” exploradora, recomendándole vestir pantalones al estilo de Florence Baker –esposa del explorador Samuel Baker-; sin embargo, la enjuta fémina se negó terminantemente a cambiar sus ropas, queriendo la suerte que fueran precisamente sus amplias faldas y estorbosas enaguas las que salvaran su vida cuando cayó accidentalmente en una trampa para animales, que consistía en un profundo agujero en la tierra, cubierto con maleza, en cuyo interior se encontraban afiladas estacas, y de la cual asombrosamente Kingsley salió vociferando y con sólo unos cuantos moretones.

Así, tras recorrer las selvas, ser la primera mujer en subir a la cumbre del Mungo Mah Labeh –Trono del Trueno-, el pico más elevado -4 070m- del Monte Camerún, y reunir invaluable información sobre diferentes etnias africanas, la dama conocida por los Fang como “Only Me” –por su costumbre de viajar siempre sola-, regresó a Inglaterra en donde ya, en el puerto de Liverpool, la esperaba una marabunta de ansiosos periodistas.

Instalándose en un pequeño apartamento adornado con los numerosos –y a veces aterradores- trofeos obtenidos en África, Mary se dedicó una temporada a compartir sus experiencias con cuantos quisiesen escucharla; de esta manera impartió conferencias, publicó libros –por ejemplo Viajes por el África Occidental (1897)- y asistió a numerosas cenas de beneficencia, acordándose nuevamente en una de éstas de que era un ser humano, con sentimientos y emociones como cualquier otro, al conocer a un joven del Cuerpo de Ingenieros –y que posteriormente sería Gobernador de Sierra Leona- de nombre Matthew Nathan, con quien la simpatía surgió inmediatamente, pero cuyo amor fue desvanecido por las diferentes opiniones políticas que ambos sostenían –él frenó súbitamente su correspondencia cuando Kingsley publicó en 1899 el libro Estudios del África Occidental, en donde proponía un gobierno conjunto de los colonos británicos y los nativos africanos-.

Para 1899, la exploradora se sentía ya nuevamente infeliz en Londres, por lo que decidió embarcarse otra vez hacia el inhóspito continente africano, en esta ocasión con rumbo a Sudáfrica, en primera instancia para recolectar desconocidas especies en el Río Orange, pero donde finalmente decidió trabajar como enfermera voluntaria en los hospitales de campaña colocados durante la Segunda Guerra de los Boers (1899-1902) –enfrentamiento de colonos independentistas, también llamados afrikáners, de origen germano, y la Gran Bretaña-. Ahí, combatiendo las condiciones insalubres, atendiendo heridos y enfermos de tifus, su salud no pudo aguantar más y murió víctima de la disentería el 3 de junio de 1900.

Imparable aventurera, comprometida científica y dama polémica, Mary Kingsley es recordada tanto por su incomparable valor y alegría, como por sostener opiniones gravemente censuradas en el siglo XIX, ya que ella prefería comprender al ser humano en lugar de juzgarlo, evaluando sus condiciones de vida, costumbres y tradiciones con ojos nativos en vez de británicos, y así esta mujer nos recuerda a la frase de G.K. Chesterton que reza: “La aventura podrá ser loca, pero el aventurero ha de ser cuerdo”. 

FUENTES:

“Travel, gender and imperialism”. Aut. Alison Blunt. Ed,. Guilford Press. Nueva York, E.U., 1994.

“Ideals of womanhood in Victorian Britain”. Aut. Lynn Abrams. www.bbc.co.uk Londres, U.K., 2001.

 “Las reinas de África: viajeras y exploradoras por el continente negro”. Aut. Cristina Morató. Ed. Plaza y Janés. 2003

“Tan lejos, tan cerca”. Aut. Christian Kupchik. www.henciclopedia.org.uy


Como vencer con un paraguas a un hipopótamo: Mary Kingsley – Parte I

22 junio 2010

Mary Kingsley

Por: Patricia Díaz Terés

“El mundo entero se aparta cuando ve pasar a un hombre que sabe adónde va”.

Antoine de Saint-Exupery

Época represiva  y llena de estereotipos fue aquella en la que el trono de Inglaterra fue ocupado por la Reina Victoria quien, en su afán por defender todo lo que su sentido de la moral indicaba como correcto, llevó a la sociedad británica a llenarse de prejuicios y al colmo de la intolerancia.

Sin embargo, como en toda etapa de la historia en la cual se ha querido encasillar al ser humano en estándares generalizados, olvidando los principios básicos de su individualidad y libertad, en el siglo XIX surgieron algunos de los personajes más apasionantes de los cuales se tiene registro, y cuya vida no sólo hace competencia sino que supera a la novela de aventuras más emocionante de Rudyard Kipling, Emilio Salgari o Sir Henry Rider Haggard.

Cuando el llamado Continente Negro ejercía una fascinante atracción sobre los aburridos ciudadanos londinenses y todos ellos soñaban con lanzarse hacia la aventura en las selvas africanas, algunos individuos tuvieron el coraje suficiente para llevar a cabo sus anhelos, convirtiéndose así en exploradores pioneros, cuyos nombres quedaron para siempre grabados en la memoria del hombre.

Pero mientras Samuel Baker o Henry Morton Stanley eran vistos como grandiosos aventureros, las damas que seguían el mismo camino eran vistas como mujeres francamente anormales, llegándose a dudar incluso de su estabilidad mental.

Imaginemos en este contexto, a una delgada y severa dama vestida a la más estricta usanza decimonónica: falda negra hasta los tobillos y estorbosas enaguas, blusa blanca de algodón de manga larga y cuello alto, recios botines de cuero negro, el cabello recogido en un sobrio moño y por supuesto un indispensable paraguas; pero cuya adusta imagen nada tenía que ver con el indómito espíritu que durante toda su vida, arrastró a una siempre alegre, franca y burlona Mary Kingsley por los lugares más salvajes y olvidados del hasta entonces poco explorado continente africano.

Nacida en la zona de Islington, ubicada al norte de Londres, en el año de 1862 y registrada bajo el nombre de Mary Henrietta Kingsley, esta mujer aprendió desde niña a valerse por sí misma y a lograr sus objetivos por medios propios. Habiéndosele negado la educación formal en una escuela o internado, debido a que su madre enferma –Mary Bailey- requería de especial y constante atención, Mary absorbió tanto los conocimientos científicos como la cultura general de los libros que guardaba su padre George Kingsley –un renombrado médico y explorador- en su vasta biblioteca.

De manera independiente, y en los ratos libres que encontraba tras atender a su madre y cuidar a su pequeño hermano Charles, la pequeña aprendió materias como física, química o biología, a la vez que dominó idiomas como el latín o el alemán; asimismo devoró libros que narraban las historia de los primeros exploradores de las tierras vírgenes, siendo siempre el más admirado por ella Sir Richard Francis Burton.

Durante sus primeros años los roles que jugó en su vida Mary Kingsley fueron los esperados y pertinentes, hija obediente, hermana leal y mujer sumisa, su existencia transcurrió durante treinta años de manera aburrida y poco relevante, abandonando en escasas oportunidades la casa de sus padres –un pequeño viaje a Gales y otro a París- por  muy breves periodos y con una vida social prácticamente nula, la mayoría de sus conocidos la percibían ya como la típica solterona victoriana, cuya única finalidad en la vida sería seguir sirviendo prácticamente como ama de llaves a su hermano escritor.

Pero la suerte quiso llevarla por un camino muy diferente y mucho más adecuado al férreo e ingobernable carácter de Mary. En el año de 1891, al regresar de una muy larga expedición, su padre mostró signos de una extraña y agresiva enfermedad que acabaría con su vida en pocas semanas; después de tan sólo seis semanas, su madre falleció también dejando huérfanos a los hermanos Kingsley.

Consternada por la tragedia familiar, Mary decidió tomarse unas vacaciones en las Islas Canarias con el objetivo de pensar cuál sería el rumbo que tomaría su vida ahora que se veía libre de los deberes domésticos; poco tiempo tardó en sentir ese extraño llamado que describen todos los exploradores decimonónicos, el cual implacable los arrastraba hacia peligrosos terrenos poblados por fieras salvajes e “incivilizados” nativos.

Su situación terminó por resolverse cuando Charles decidió viajar a China, dejándola absolutamente dueña de su tiempo. De este modo, lo primero que Mary buscó fueron algunos recursos para poder emprender el que sería su primer viaje al África, mismo que inició en 1893 a bordo del carguero Lagos, dirigido por el Capitán Murray con quien trabó una entrañable amistad que duraría muchos años.

Mujer práctica por naturaleza –y a diferencia de algunas contemporáneas como Alexine Tinne que viajaba incluso con una vajilla completa de porcelana china- Kingsley optó por el equipaje ligero, consintiéndose únicamente con un peine, un cepillo de dientes y una almohada; sin embargo, intercambió la comodidad personal por el interés científico, ya que cargaba con un pesado equipo fotográfico con el cual registraría todos sus descubrimientos, además de ciertos adminículos de laboratorio que le servirían para conservar las especies de insectos y animales que en su camino encontrase.

Siendo testigo en este primer viaje de la manera como los agentes coloniales y los misioneros trataban por todos los medios de intervenir en sociedades abismalmente diferentes a las europeas, transgrediendo de esta forma los principios y costumbres propios de los nativos, lo único que ella sintió fue indignación, misma que aumentó al ver el grado de explotación al cual sometía el rey Leopoldo II de Bélgica a los habitantes de sus colonias, ya que el soberano exigía el trabajo de los indígenas –a quienes incluso secuestraba-, amenazando a los potenciales rebeldes con el asesinato de un familiar cercano o la amputación de las manos; mucho trabajo le costó a la viajera atravesar estos terrenos, lográndolo únicamente al prometer que jamás escribiría sobre los hechos atestiguados –hábilmente Mary cumplió su promesa pero denunció las atrocidades a través de un periodista amigo de nombre Edmund D. Morel-.

Durante un año la científica se dedicó a explorar territorios más o menos conocidos, entre los que se encontraron las regiones de Sao Paulo de Loanda, Cabinda y Gabón, llevando a cabo diversos estudios científicos con los animales que en su camino encontraba; el resultado de esta última actividad, que entregó al Museo Británico, le valió un patrocinio de la institución la cual le solicitaba su pronto regreso a las tierras africanas, con el objetivo de que reuniese otros especímenes en los ríos Congo y Níger.

Habiendo financiado su primer viaje a través del comercio de distintos productos con los nativos africanos, Mary poco tardó en embarcarse nuevamente hacia la aventura, en esta ocasión acompañada por la esposa del Gobernador de Calabar, lady MacDonald –quien se dirigía a Nigeria para reunirse con su esposo-; dando inicio al que sea tal vez el viaje más emocionante emprendido jamás por una severa y “amargada” dama victoriana, en el cual la acompañaremos en la siguiente entrega de esta columna.

 FUENTES:

“Travel, gender and imperialism”. Aut. Alison Blunt. Ed,. Guilford Press. Nueva York, E.U., 1994.

“Ideals of womanhood in Victorian Britain”. Aut. Lynn Abrams. www.bbc.co.uk Londres, U.K., 2001.

 “Las reinas de África: viajeras y exploradoras por el continente negro”. Aut. Cristina Morató. Ed. Plaza y Janés. 2003


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