El león no es como lo pintan: William Dampier, el pirata científico II

26 marzo 2012

William Dampier

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

“El talento se cultiva en calma; el carácter se forma en las tempestuosas oleadas del mundo”.

Johann Wolfgang von Goethe

Piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros, todos ellos fueron bravos y temibles hombres que cruzaron los siete mares en busca de riquezas –y a veces gloria-, desafiando a los gobiernos y la justicia –aunque no en el caso de los corsarios que tenían el consentimiento de su gobierno para efectuar actos de piratería-, enfrentándose posiblemente a la horca si eran atrapados y juzgados.

Concibiéndose normalmente a este tipo de personas como asesinos o ladrones que en cuanto podían se empinaban una botella de ron, difícil resulta comprender a un personaje como William Dampier, quien si bien participó en numerosos pillajes, también tenía una extraordinaria sensibilidad para el registro de datos científicos –sobre los vientos y las corrientes del Pacífico-, mismos que han sido utilizados hasta el día de hoy por meteorólogos, geógrafos y otros expertos en disciplinas similares.

Junto con el descubrimiento de tierras ignotas, el mayor sueño de Dampier era participar en la captura de un galeón de Manila cargado de inimaginables tesoros; no obstante tal empresa resultaba bastante complicada, ya que tales embarcaciones eran increíblemente escurridizas y la mayor parte de las veces contaban con mejor suerte que los aguerridos piratas.

En busca de tan magnífica presa, la tripulación del Cygnet –en el que navegaba William- comenzó a sufrir los rigores del hambre por no haberse abastecido adecuadamente. Tras haber tenido estrepitosos fracasos en poblaciones como Santa Pecaque -al noroeste de Guadalajara- donde murieron cincuenta hombres –entre los que se encontraba Basil Ringrose-; el capitán Charles Swan lo único que anhelaba era llegar a su patria, mientras que su navegante Dampier deseaba continuar con sus expediciones en las islas Filipinas. A punto de sucumbir por inanición, los fieros marineros comenzaron a fraguar un macabro plan que consistía en cocinar como plato principal a su famélico capitán, obteniendo así una ración de carne (!) como la que no habían comido en meses. Poco faltó para que tan espeluznante proyecto se llevase a cabo, salvando al líder el grito de “¡tierra a la vista!” cuando por fin, el 2 de mayo de 1686, apareció en el horizonte la isla de Guam, en donde obtuvieron suministros entre los que se incluían cocos, limas y los frutos del árbol del pan.

Después de varios meses tratando de atrapar un galeón de Manila, John Read –capitán del Cygnet tras haber ocurrido un motín contra Swan y  haber sido destituido su sucesor Josiah Teat- optó por atracar durante un mes en las islas Condore, para continuar hacia las islas Célebes, donde fueron agasajados por los locales. Para 1688 llegaron al lugar más olvidado del planeta Tierra –o al menos así parecía a los ojos de Dampier-, King Sound –o tal vez Collier Bay-, un sitio cuyos habitantes no tenían aparente medio de supervivencia al escasear la caza y ser imposible la agricultura. Abandonaron este inhóspito sitio y partieron hacia el mar de Arabia, siendo desviados en el camino hacia Sumatra.

William, inquieto ya por la situación y los constantes periodos de inactividad, comenzó a pensar en desertar; pero hábilmente Read leyó sus intenciones, temiendo de inmediato que el rebelde pudiese revelar a oídos inconvenientes los planes del Cygnet. Fue por esto que el capitán agradeció la petición de Dampier para quedarse en la isla de Nicobar, que los piratas abandonaron el 6 de mayo de 1688.

Ahora bien, Dampier parecía pensar que la exploración de territorios desconocidos era tan sencilla como abrir las páginas de un libro. Con desagradable sorpresa se encontró, cuando al poco tiempo de haberse embarcado él y sus compañeros –siete en total- en una canoa con rumbo a Malaya, fueron atrapados por una violenta tormenta que rápidamente los apartó de su rumbo original. Enfermos y agotados, los aventureros tras haber logrado corregir su trayectoria, fueron rescatados por pescadores malayos que vivían en las proximidades de Achin, siendo trasladados a este último sitio al ver la gravedad de los síntomas. Sintiéndose morir, William tomó dócilmente los remedios que les proporcionó un médico –o tal vez curandero-, los cuales a poco estuvieron de matarlo.

Para julio de 1688 nuestro protagonista, teniendo ya gran cantidad de valiosas anotaciones en sus preciados diarios, optó por servir en cuanto barco pudo, dirigiéndose a sitios como Vietnam, Camboya y la India. Seguramente harto ya de aventuras malogradas, Dampier decidió regresar a casa, tocando puerto el 16 de septiembre de 1691, breve ocasión que aprovechó para saludar a su esposa. Pero al parecer nuestro buen navegante tenía un pésimo tino para elegir sus empresas, embarcándose ahora en el Dove, cuya tripulación se amotinó en Coruña, permaneciendo William en la región española. Seis años después, tras haber tenido el tiempo suficiente para poner sus notas en orden, nuestro letrado pirata publicó el libro Un viaje alrededor del mundo –que alcanzó su cuarta edición en tan solo dos años-, con cuya aparición fue inmediatamente aceptado en las élites científicas –ya que se encontraba escrito con precisión y era ameno en su lectura-, “lavándose” –al menos de la memoria de sus nuevos colegas- de inmediato sus anteriores faltas y crímenes en altamar.

Reconociendo su extraordinaria habilidad para navegar, el Almirantazgo cometió un error garrafal, cediéndole el mando de una embarcación llamada HMS Roebuck, con el cual Dampier debía explorar la Terra Australis, es decir, le dieron recursos para cumplir con el otro sueño de su vida. Con lo que no contaban sus empleadores era con que William tenía tanto cerebro como pocas cualidades para mandar sobre marineros veteranos, por lo que en un santiamén comenzó a cometer error tras error, siendo el más terrible la designación de su antiguo conocido George Fisher como lugarteniente, para que posteriormente la vergonzosa conducta de este hiciese que el novel capitán lo agrediese y abandonase en Bahía –Brasil-, hecho que le acarreó a Dampier una corte marcial, en la cual se le designó como incapaz de capitanear un barco de Su Majestad; tan infortunado final tal vez valió la pena para nuestro héroe, ya que había ya logrado llegar a Shark’s Bay en la costa oeste de Australia, al Archipiélago Dampier y descubrir las islas de Nueva Bretaña y Nueva Irlanda-. No obstante, cuando de corsarios se trataba la cosa cambiaba, por lo que volvió a dirigir las tripulaciones del St. George y el Cinque Ports, con el fin de pelear contra franceses y españoles; igualmente intentó sin éxito asaltar al Rosario –galeón de Manila-. Tras haber logrado capturar un solo barco español y habiéndolo abandonado la mayor parte de su tripulación –que se marchó en el Cinque Ports- volvió a Inglaterra.

Liberado por fin del –para él- odioso mando, regresó a su legítimo puesto como navegante  bajo las órdenes de un caballero íntegro e intrépido corsario de nombre Woodes Rogers, en las embarcaciones Duke y Duchess, con quien participó en el imprevisto rescate de Alexander Selkirk en la isla Juan Fernández, en donde el desdichado llevaba viviendo solo cuatro o cinco años,-historia que inspiró a Daniel Dafoe para que escribiese su novela Robinson Crusoe (1719)-; y por fin capturó –gracias a la tenacidad y valentía de su líder- (1709) a un galeón de Manila llamado Nuestra Señora de la Encarnación y Desengaño, sufriendo Rogers en el ataque severas heridas en la cara y la pierna, pero logrando su cometido.

1715 fue el año que marcó el final de la existencia de William Dampier, un hombre que si bien no murió rodeado de riquezas, sí falleció con la satisfacción de haber obtenido el reconocimiento de  honorables científicos y también habiendo cumplido su sueño pirata, complaciendo esa tan inusual mezcla de su espíritu reflexivo y aventurero, aunque tal vez también podría ser un ejemplo de las palabras de Diógenes Laercio: “La cultura es un adorno en la prosperidad y un refugio en la adversidad”

FUENTES:

“Piratas del Pacífico”. Aut. Antonio Martín-Nieto. Ediciones Moreton S.A. Bilbao, España, 1968. 

“Los intrépidos: Aventura y triunfo de los grandes exploradores”. Selecciones Reader’s Digest. México, 1979. 

“La fuerza y el viento: La piratería en los mares de la Nueva España”. Aut. Marita Martínez del Río de Redo. Ed. México Desconocido. México, 2002. 

 “Los piratas de las islas británicas”. Aut. Joel Baer. Grupo editorial Tomo. México, 2007.

 “William Dampier”. http://gutenberg.net.au

“William Dampier”. www.nndb.com   

  


El león no es como lo pintan: William Dampier, el pirata científico I

21 marzo 2012

William Dampier

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

“El deseo de conocimiento, como la sed de riqueza, aumenta a medida que se va adquiriendo”.

Laurence Sterne

Cuando pensamos en los piratas –entendidos como aventureros que se hacen a la mar-, hoy en día casi siempre se presentan dos imágenes en nuestra mente, la del extravagante Jack Sparrow de la saga de películas de Disney, Piratas del Caribe; o bien rememoramos los dibujos incluidos en aquellos libros leídos en la infancia o la juventud como La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, en donde aparecía un feroz Long John Silver, normalmente presentando una “pata” de palo y con un perico al hombro. No obstante, cualquiera de las dos presentaciones implica a un sujeto ignorante, rudo y cruel, normalmente dado al alcohol y las mujeres, que dedicaba su vida a asaltar a cuanto barco –normalmente cargado de asombrosas riquezas- atravesase su camino.

No se puede negar que muchos de los piratas que han pasado a la historia cumplen con al menos parte de este estereotipo, caracterizándose estos individuos por sus actividades criminales; pero también existieron otros hombres que con un perfil más de aventureros que de malandrines, cruzaron los siete mares combinando la ciencia y la piratería, siendo uno de estos peculiares personajes William Dampier.

Dampier nació en East Coker, Inglaterra, el 5 de septiembre de 1651 –algunas fuentes establecen la fecha, aunque con imprecisión, en 1652-, como fruto del matrimonio entre un granjero de nombre George Dampier y su esposa Ann. Aún no terminaba William la escuela primaria, cuando el destino decidió arrebatarle a sus padres lo que provocó que el terrateniente William Heylar se hiciese cargo de él, decidiendo el chiquillo hacerse a la mar, siendo consentida la decisión por su tutor.

De este modo el avispado jovencito se enroló en la marina, llevando consigo no más que su gran capacidad de observación, su insaciable curiosidad y gusto desmedido por la naturaleza. En este periodo (1673) participó en un par de batallas durante la Tercera Guerra Anglo Holandesa, en una embarcación comandada por Sir Edward Sprague, hasta que cayó enfermo y tuvo que desembarcar.

Posteriormente y después de navegar en algunos barcos de comercio, el muchacho resolvió probar suerte en otras actividades y aceptó el ofrecimiento de Heylar para ser ayudante en la administración de una plantación de azúcar en Jamaica. Detectando Dampier inmediatamente que los menesteres de oficina no eran su ocupación preferida, se lanzó nuevamente a la aventura esta vez en una nave que comerciaba suministros de Palo de Campeche[i].

De este modo el chico permaneció en la Nueva España un tiempo, tomando nota de la naturaleza que lo rodeaba y de las costumbres de los taladores; pero desde el punto de vista práctico esta tarea no fue redituable, el clima caótico le impedía cumplir su cometido, siendo orillado a elegir la piratería como medio de sustento, lo cual al principio tampoco funcionó. Regresando a Inglaterra en busca de un poco de solaz, se enamoró de Judith, una chica al servicio de la duquesa de Grafton, y contrajeron matrimonio.

Su nueva situación le requería encontrar una manera para sostenerse, de manera que se embarcó nuevamente hacia Jamaica y probó suerte en la actividad comercial asociándose con un hombre de apellido Hoby, quien pretendía establecer intercambios con los indios mosquito de Honduras y Nicaragua, desertando Dampier aun antes de comenzar. Optó entonces por unirse a la flota comandada por los capitanes John Sharp y Bartholomew Watling, cuyos ataques e incursiones se encontraban tan mal organizados que provocaron la muerte de Watling en Arica –Chile-, huyendo muchos de los bucaneros hacia el istmo de Darien, incluidos Dampier y su amigo el doctor Lionel Wafer.

En esta travesía tuvieron que enfrentar numerosos obstáculos, pero recibieron la ayuda de una tribu indígena, los cuna, quienes particularmente prestaron su ayuda a Wafer cuando este tuvo un grave accidente al estallar un montón de pólvora que le despedazó la rodilla. Al principio el inválido no fue bien recibido por la comunidad, situación que se modificó cuando el herido logró a su vez curar la fiebre que padecía la esposa principal del jefe, ganándose así el favor de sus anfitriones.

Siendo la cultura y la sapiencia dos cualidades excepcionales en los bucaneros, destacan con ellas algunos hombres como Basil Ringrose, Lionel Wafer, Richard Gopson y William Dampier –quien, cabe mencionar, no había sido empujado hacia la vida en alta mar tanto por su interés en fascinantes descubrimientos, como por la historia del capitán Thomas Cavendish quien en 1587 había logrado capturar un galeón de Manila llamado Santa Ana, asalto que le redituó en varios miles de pesos en oro, además de gran cantidad de joyas-, entre quienes surgió una camaradería particular animada por el interés de todos ellos en la ciencia, sus abundantes lecturas y afán por la escritura. Por supuesto en el difícil oficio del pirata, una sociedad como esta se vio rápidamente disuelta por los intereses monetarios, eligiendo cada quien tomar su propio rumbo –excepto Gopson, quien falleció-.

William decidió entonces ir a Virginia, donde permaneció un año en el cual halló la prosperidad tan pronto como la perdió. La desaparición de sus recursos lo hizo unirse a la tripulación del capitán John Cook, quien a bordo del Revenge partió hacia África. El primer éxito de la misión lo tuvieron cerca de Cabo Verde, en donde capturaron un barco negrero holandés que se dirigía a Virginia; continuando con sus victorias al capturar en las proximidades de Sierra Leona un barco danés de 36 cañones al cual bautizaron como Batchelor’s Delight y que se convirtió en el barco insignia.

Dirigiéronse entonces a la isla Juan Fernández donde rescataron de manera impremeditada a William, un indio mosquito que había sido olvidado en este lugar tres años atrás. Continuaron entonces hacia las islas Galápagos, las cuales hicieron la delicia del afán científico de Dampier, quien se dedicó a registrar minuciosamente todos los detalles sobre la vegetación, la fauna y otros elementos –tales anotaciones captaron años después la atención de Charles Darwin hacia este sitio particular-. Siguieron de esta manera su camino a El Salvador, falleciendo repentinamente el capitán Cook y sucediéndole en el mando Edward Davis quien ordenó desembarcar en la isla Ampolla, donde fueron recibidos por unos amistosos indígenas que los invitaron a una folklórica cena. Poco les duró la paz a los piratas al concluir abruptamente el banquete, cuando alguien de la tripulación tuvo a bien disparar accidentalmente al único nativo que hablaba su idioma. Los invitados se vieron forzados entonces a poner pies en polvorosa, saliendo a toda la velocidad que el Batchelor’s Delight fue capaz de alcanzar.

Tras el infortunado incidente pusieron rumbo hacia Ecuador, encontrando así al capitán Charles Swan a bordo del Cygnet a cuya tripulación se unió Dampier como como oficial de navegación. Habiendo tenido algunas empresas exitosas, un ataque malogrado hizo que Charles y Edward se enemistaran, lo que separó sus fuerzas, encaminándose entonces el Cygnet con el propósito de interceptar un galeón de Manila –con lo cual Dampier esperaba cumplir finalmente su sueño-, que transportaba valiosos artículos de Filipinas a Acapulco.  

Carácter curioso tenía nuestro protagonista, un hombre que en su azaroso recorrido por el istmo de Darien, luchando por su vida, hizo meticulosas anotaciones en unos diarios que guardaba como preciados tesoros, dentro de tubos de bambú taponados con cera en ambos extremos. Pero las aventuras de nuestro letrado pirata no han concluido aún, por lo que en la próxima entrega relataremos cómo un excéntrico pirata se convirtió en una referencia casi obligada para los hombres de ciencia de los siglos venideros.   

FUENTES:

“La fuerza y el viento: La piratería en los mares de la Nueva España”. Aut. Marita Martínez del Río de Redo. Ed. México Desconocido. México, 2002. 

“Los piratas de las islas británicas”. Aut. Joel Baer. Grupo editorial Tomo. México, 2007.

“The English reprise: Fenton and Cavendish en The Spanish Lake. The Pacific Since Maguellan, volume I”. Aut. Oskar Hermann Khristian Spate. http://epress.anu.edu.au 

“William Dampier”. http://gutenberg.net.au

“William Dampier”. www.nndb.com   

  


[i] Planta de la cual se obtenía un tinte muy valorado en el siglo XVII.


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