Valor, osadía, honor y crueldad: Mujeres en altamar. Parte II

La Monja Alferez

Catalina de Erauso

Por: Patricia Díaz Terés

“Creí que era una aventura y en realidad era la vida”.

Joseph Conrad

Cruzando los siete mares, desde los tiempos de la antigua Grecia, han existido gran cantidad de aventureros y ladrones acechando a los barcos mercantes en sus rutas, para apoderarse de los productos y tesoros pertenecientes a los grandes imperios y potencias.

Pero no todos han sido iguales. Así por ejemplo, mientras que un pirata no distinguía en su presa al amigo del enemigo o su nacionalidad, los corsarios eran bandidos “a sueldo” o “legales”, contratados por algún imperio, como el Británico, para atacar las naves de las naciones contrarias; a este tipo pertenecieron Anne Bonny y Mary Read cuando fueron parte de la tripulación comandada por el capitán Rakham, armada por el gobernador de la isla de Providence, Woddes Rogers.

Además podemos encontrar a los filibusteros – palabra que derivó de la expresión alemana “frei-beuter” o libre botinero-, que tuvieron su auge en las Antillas y el Caribe, vendiendo sólo en ocasiones sus servicios al imperio que ofreciera la mejor recompensa. Y por último tenemos a los bucaneros, quienes fueron simples cazadores que refugiándose en tierra firme  en lugares como la Isla de la Tortuga y la ciudad de Port Royal en Jamaica, únicamente izaban las velas cuando la escasez de ron y brandy así se los exigía, momento en que buscaban navíos comerciales que les abastecieran con nuevas provisiones.

Con rufianes de tan diversa calaña vigilando por igual mares, golfos y océanos, algunas de las mujeres que decidieron equipararlos en el tipo e intensidad de correrías, exhibieron una personalidad, audacia y arrojo tales que lograron incluso superarlos.

Haciendo caso omiso del orden cronológico o geográfico en la aparición de tan singulares señoras, remontémonos ahora a las turbulentas aguas del ancestral imperio chino para enfrentarnos con la temida capitana de la embarcación “El Azote de los Mares Orientales”, conocida por el nombre de Ching Shih.

La Viuda de Ching, transformada en tal cuando murió su marido víctima de un tifón en 1807, lejos de recluirse o amilanarse ante un destino incierto, decidió por el contrario tomar el mando de las naves pertenecientes a su difunto esposo y subyugar con ellas gran cantidad de aldeas costeras de la China imperial.

Con una gran habilidad para la actividad comercial, la señora Ching llevaba una contabilidad exacta de los bienes usurpados a las embarcaciones del Emperador y sustraídos a los sumisos aldeanos; a la vez que controlaba las algaradas realizadas por los hombres que tripulaban sus más de 500 barcos, a quienes tenía sometidos a un estricto código de conducta según el cual se les impedía bajar por su cuenta del barco, robar de los botines y tributos obtenidos, así como el ejercicio de cualquier clase de violencia hacia las prisioneras.

Diez años logró Ching Shih esquivar las constantes persecuciones emprendidas por el ejército imperial, invirtiéndose ocasionalmente los roles de cazador y presa. Pero finalmente fue derrotada por la superioridad técnica y numérica de su adversario, tras lo cual y habiendo sido beneficiada por una amnistía eligió retirarse y terminar sus días en el anonimato.

Compatriota y compañera de oficio de la Viuda de Ching, pero casi un siglo después, apareció, esta vez en el río Si Kiang – o río de las perlas-  la “Reina de los Piratas de Macao”, Lai Choi San con quien el periodista Aleko Lilius emprendió una pequeña pero ilustrativa travesía en la tercera década del siglo XX.

Delgada, de semblante serio, siempre acompañada por dos fieles guardaespaldas femeninas y conocida como “Gran Jefe” por sus subordinados, tuvo el control sobre doce juncos armados que presuntamente fungían como protectores que vengaban las fechorías perpetradas por las bandas piratas enemigas en los territorios por ella dominados. Pero en realidad esta  impasible mujer oriental sembró el terror en muchos rincones del Si Kiang, caracterizándose siempre por ser “salvaje y cruel” de acuerdo con las palabras del reportero, características que sin embargo, no le privaron de gran cantidad de amantes y algunos hijos.

Pero a pesar de que las piratas del lejano oriente no se han distinguido por su número sino por sus fieras cualidades, han sido empatadas en este último ámbito por sus colegas europeas.

Uno de los casos más famosos es sin duda el de don Antonio Erauso, cuyo nombre en el acta bautismal aparece como Catalina de Erauso. Nacida en la ciudad de Donostia, nombre en euskera (vasco) de la ciudad de San Sebastián, ubicada al norte de España, desde muy pequeña mostró un carácter indómito y rebelde, razón por la cual sus aristocráticos padres decidieron recluirla en el Convento de las Dominicas de San Sebastián, de donde escapó antes de tomar los votos.

Al recuperar su libertad, Catalina decidió tomar el nombre de Alonso Díaz Ramírez de Guzmán y bajo el mando del capitán Esteban Eguiño, partir rumbo a tierras americanas

Habiendo llegado en el año de 1607, participó valerosamente en las guerras araucanas, en Chile, hecho que le proporcionó el grado de alférez. De aquí en adelante, destacó siempre por ser un soldado pendenciero, particularidad que le ocasionó numerosas contrariedades, siendo la más grave el haber matado de noche y por error a su hermano, Miguel Erauso, quien a pesar de haber compartido su casa con Catalina disfrazada de varón nunca la reconoció.

Esta desventura hizo que Catalina, saliera huyendo con rumbo a Bolivia en donde, en la ciudad de Chuquisaca, fue acusada y torturada por un delito que no cometió, lo cual sirvió en cierta forma a la joven, como medio de expiación por el asesinato de Miguel.

Después de sufrido el tormento y continuando con su larga odisea, Catalina acudió con su amigo Bautista de Arteaga, quien al momento servía como secretario al Obispo de Guamanga (Perú), y le confesó su secreto para posteriormente solicitar la reincorporación a la vida religiosa en el Convento de Santa Clara, misma que continuó en el Convento de la Santísima Trinidad localizado en la ciudad de Lima.

A pesar de su gran arrepentimiento por sus acciones pasadas, entre las cuales se contaban varios homicidios, su espíritu inquieto no le permitió acatarse a la vida contemplativa demasiado tiempo, por lo que volvió a hacerse a la mar viajando hacia Italia y España.

En 1645 regresó al continente americano instalándose en esta ocasión en la Nueva España y bajo el nombre, con la venia del rey Felipe IV y el papa Urbano VIII, de Antonio Erauso, en el puerto de San Juan de Ulúa (Veracruz), en donde ejerció el corso terrestre acosando los humildes campesinos. Catalina murió tan sólo cinco años más tarde en la ciudad de Cuitlaxtla, cerca de Orizaba.

Sin importar si fueron renombradas aristócratas, simples aldeanas, hijas ilegítimas, princesas o novicias prófugas e impulsadas por diferentes motivos; habiendo desplegado muy diversas características, pero a la vez  compartiendo el mismo espíritu intrépido e incontenible, aquí se han presentado algunas de las damiselas más peculiares en la apasionante historia de la piratería.

Fuentes:

“Mar Brava”. Aut. Gerardo Gonzàlez de Vega. Barcelona, 2000.

“Navegando con los Piratas Chinos”. Aut. Aleko E. Lilus. Ayma S.L. Editores. Barcelona 1955.

“Piratas, corsarios y bucaneros”. Aut. Álvaro Armero. Ed. Libsa. Madrid, 2003.

“Piratas, corsarios y filibusteros”. Aut. Daniel Eduardo Tangír. Barcelona, 2004.

Artículo: “La Monja Alférez”. Aut. Francisco Igartua. Euskonews & Media No. 211. San Sebastián, Mayo 2003.

2 respuestas a Valor, osadía, honor y crueldad: Mujeres en altamar. Parte II

  1. Daniel Leal dice:

    Mira que no sabia , bueno , es como la de piratas del caribe III pero yo pense que era un cuento o una leyenda …. Y lo de Catalina de Euraso suena como a novela ….solo q aun no recuerdo el nombre .
    Sigue asi Paty , investiga mas a fondo algunas imilitudes .

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