Sublimación de una belleza herética: Nefertiti

 

Nefertiti

Nefertiti

 

 

Por: Patricia Díaz Terés

“La belleza perece en la vida, pero es inmortal en el arte”.

Leonardo Da Vinci

Los inmensos y lejanos desiertos del antiguo país de Kemet – que significa tierra negra- hoy en día conocido como Egipto, fueron testigos de cómo una raza de hombres y mujeres de férrea voluntad y extraordinaria visión, logró erigir un imperio que se conservó durante muchos siglos autónomo e independiente, y cuyo legado de evidencias físicas es tan monumental como las pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos, recintos funerarios de tres faraones de la IV Dinastía o la Gran Esfinge, protectora de la meseta de Gizeh.

Es bien sabido que fueron cuantiosos los hombres que en el Antiguo Egipto detentaron los poderes divinos sobre la tierra, como vástagos y representantes directos de sus principales deidades; sin embargo también existieron – aunque pocas – mujeres que pudieron explorar los beneficios y perjuicios de tan distinguida posición.

 Una de ellas ha logrado trascender a través de los milenios por su legendaria hermosura, llegando a ser designada por los documentos oficiales como “la más grande de Palacio, la hermosa de rostro, Señora del júbilo” (Parra, 2008), la gran Reina Nefertiti.

Nefertiti – cuyo nombre significa en sentido literal “la bella ha llegado” – es un personaje misterioso pero a la vez muy representativo y peculiar en la historia egipcia; de origen desconocido, se sabe que esta dama contrajo matrimonio con el segundo hijo del faraón Amenhotep o Amenofis III, Amenhotep IV, quien obtuvo su derecho a la sucesión gracias a que su hermano mayor, Tutmés, falleció antes de ascender al trono.

Al final del Imperio Nuevo (1552–1069 A.C.), Egipto se constituía como una potencia que participaba activamente en la política del Mediterráneo, ya que sostenía relaciones con otras grandes naciones como Mitanni o el imperio Hitita -aún siendo enemigos ancestrales; de esta forma, cuando Amenhotep III emprendió su viaje hacia el Más Allá, Amenhotep IV y Nefertiti, junto con su primera hija Meritatón se convirtieron en la familia más importante del portentoso reino del valle del Nilo.   

Esta espléndida pareja de soberanos siempre se encontró ligada a la polémica, ya que tan solo cinco o seis años después de llegar al poder, Amenhotep IV cambió su nombre por el de “Akhenatón” que significa el que es provechoso o efectivo para Atón, mientras que la Gran Esposa Real modificó el suyo para ser conocida como “Neferneferuatón” que quiere decir perfecta es la perfección de Atón”.

Es un hecho conocido que el panteón egipcio contenía un gran número de divinidades como Horus, Anubis, Isis o Amón, entre otros; sin embargo Akhenatón decidió transformar la religión para hacerla monoteísta, cuyo sujeto exclusivo de culto sería Atón –de ahí los nuevos nombres de los reyes-  es decir la forma visible del dios Sol conocido como Ra-Horajti.

Esta nueva doctrina –descrita y regulada por el propio monarca en el texto “Gran Himno a Atón”– incluyó también modificaciones en las prácticas y recintos dedicados al culto, de esta manera los nuevos templos eran espacios abiertos con numerosos altares, que se contraponían a los oscuros pasadizos en donde moraban los antiguos y derrocados dioses.

Nefertiti por su parte fue también gran impulsora de la denominada “herejía atoniana o amarniense” -por los fieles a Amón-, llegando a tener una influencia tal en el campo místico, que fue retratada en algunos santuarios como el de Hutbenben en Karnak, en actitudes hasta entonces exclusivas del soberano como el oficio de los ritos, o bajo los rayos del Sol y con el texto “el disco sale para manifestar su favor a Nefertiti”, demostrando así que ella era tan eminente como su esposo.

Otro cambio realizado por Akhenatón fue el traslado tanto de la familia real como de las principales actividades económicas y políticas, a una sola ciudad capital denominada Tell el-AmarnaAkhetatón-, en donde se fusionaron las competencias civiles de Menfis con las facultades religiosas pertenecientes a Tebas.

Es posible que Amenhotep IV estableciera la nueva sede real para combatir el creciente poder del clero de Amón, al cual enfrentó dictaminando prohibiciones e incluso otorgándole a su cónyuge privilegios sin precedentes, llegándose a creer incluso que Nefertiti tuvo a su cargo una clerecía femenina en Tell el-Amarna.

Con gran independencia, Neferneferuatón era una mujer política y religiosamente respetada, a la vez que se destacó en circunstancias con gran valor social, siendo así admirada como efigie de fertilidad por haber tenido seis hijas: Meritatón, Meketatón, Ankhesenpaatón, Neferneferuatón Tasherit (la pequeña), Neferneferure y Setepenre.

Pero Akhenatón murió en el año 17 de su reinado y confusa se torna tanto la sucesión por parte de la Gran Esposa Real, así como el destino final de ésta, ya que el nombre de la soberana desapareció de los registros a partir del año 12-13 del reinado de Amenhotep IV. Hay hipótesis que plantean un cambio de nombre, así Nefertiti se transformaría en “Ankheperure Neferneferuatón” al ser designada como corregente y posteriormente se asumiría como “Ankheperure Smenjkare”, a quien se conoce como legatario del faraón.

Pero también hay quien sostiene que Ankheperure Smenjkare era en realidad el hermano mayor de Tutankhatón y que Nefertiti, o bien murió o fue recluida.

Ahora bien, existen algunas circunstancias que secundan la primera hipótesis. En primer lugar se sabe que el nombre de la segunda esposa del finado gobernante y presunta madre del faraón Tutankhatón o Tutankhamón, Kiya –“la muy amada esposa del rey”-, fue perseguido y eliminado de relieves y documentos, lo cual podría en un momento dado atribuirse al desprecio que Nefertiti sentía hacia su rival.

Asimismo existe una carta, dirigida al rey hitita Suppiluliuma, por parte de una mujer que comunica su reciente estado de viudez y su urgente necesidad de conseguir un nuevo esposo, solicitando para tal efecto a uno de los príncipes de la nación adversaria; si la autoría del documento se adjudica a Nefertiti, puede explicarse como consecuencia de su incapacidad para hacer frente a la crisis que se vivía en Egipto. Lejos de cumplir su propósito, lo que generó la petición fue una guerra entre ambas naciones, al ser asesinado el joven pretendiente.

De este modo hemos llegado al final de una historia que tiene lugar en un imperio en el que las féminas gozaban de libertades y derechos no experimentados por damas de otras naciones; pero ninguna logró tan gran trascendencia como aquella que, para lograr compartir el nicho de su glorioso cónyuge, cuya etérea esencia no le era a ella transmitida por el lazo matrimonial, únicamente necesitó modificar su nombre un par de veces.

FUENTES:

Artículo: “La reina hereje Nefertiti”. Aut. José Miguel Parra, Egiptólogo miembro del equipo del Proyecto Djehuty. Revista Historia. National Geographic No. 52. Barcelona, junio 2008.

Artículo: “Nefertiti. La reina desconocida”. Aut. Covadonga Sevilla, Egiptóloga y profesora de Historia Antigua de la UAM. Revista Historia y Vida No. 426, año XXXV.

Artículo: “Giza”. Revista Guía Máxima de Egipto No. 3. Diciembre 2008.

Artículo: “El esplendor de Egipto: el Imperio Nuevo”. Historia. National Geographic No. 22. Octubre 2005.

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