Cuando el mito esconde al monstruo: Ernest Hemingway

Ernest Hemingway

Ernest Hemingway

Por: Patricia Díaz Terés

“Actuar es fácil, pensar es difícil; actuar según se piensa es aún más difícil”.

Johann Wolfgang Goethe

Por todos es conocido el hecho de que la vida de muchos famosos escritores, y artistas en general, presenta más elementos tortuosos que impresionantes, pero existen algunos casos en los que el mito creado alrededor del literato refleja una imagen totalmente opuesta al original.

Tal es el caso del afamado autor, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1952, Ernest Hemingway. Habiendo nacido en el año de 1899 en un suburbio de Oak Park, cerca de Chicago (E.U.), este complejo personaje demostró desde muy pequeño su problemática personalidad.

Rebelde desde la infancia miembro de una familia con estrictas creencias religiosas  Ernest fue desarrollando desde muy tierna edad una serie de odios –el más profundo dirigido hacia su madre- y rencores que, más tarde, constituirían un pesado fardo en su vida adulta.

Exhibiendo rasgos tanto del padre como de la madre, heredó del primero -el Dr. Edmunds Hemingway-  un gusto por las actividades al aire libre como la caza y la pesca; y de la segunda –Grace Hemingway- el genio artístico que lo haría leyenda. Pero aún teniendo padres cultos y profesionistas, Ernest pasó gran parte de su infancia tratando de cumplir con las estrictas normas por ellos impuestas.

Al llegar a la adolescencia su carácter intempestivo y su creciente vanidad, provocaron que renegara de todas las enseñanzas hogareñas para convertirse en un ateo que, sin embargo, pregonaba a través de sus escritos una serie de valores fundamentales como la verdad, la honestidad y la lealtad, mismos que nunca puso en práctica.

Pocas ocasiones ha tenido la historia para registrar mayor incongruencia. Pero haciendo caso a la frase del jurista romano Ulpiano, “justicia es el hábito de dar a cada cual lo suyo”, es necesario señalar que Hemingway fue tan extraordinario en el aspecto intelectual como ominoso en el personal, situando la realidad en un plano bastante alejado de la imagen mítica quasi  perfecta que predomina en ciertos círculos de la sociedad “culta”.

Convencido de sus capacidades literarias desde muy joven, y realizando de manera incesante un gran esfuerzo para pulir su singular estilo, Hemingway comenzó a crear relatos que manifestaban un estilo refinado, conciso y casi perfecto, tal como dice el periodista Javier Aparicio en su artículo “Muerte a lo Superfluo”, este famoso autor “impuso en el cuento las leyes de la elipsis, la omisión, el distanciamiento objetivo y la ambigüedad”.

La leyenda comenzó cuando inició su trabajo en el periódico Kansas City Star, para posteriormente participar en la Primera Guerra Mundial como conductor de ambulancias en el frente italiano. Éste es uno de los episodios que más tarde Hemingway acomodaría a conveniencia, inventando gran cantidad de relatos que él refería como verdaderos. De esta manera se convirtió a sí mismo en héroe de grandes batallas, asegurando haber dirigido, por ejemplo, el excelente regimiento Arditi en el Monte Grappa en donde según él había resultado herido.

Su herida consta en los registros, pero en ningún documento se encuentra asentada situación alguna en la que el literato haya recibido 32 impactos de bala calibre 45, como llegó a sostener en algún momento.

De igual forma resulta ambigua su participación en conflictos bélicos como la Guerra Civil Española o la Segunda Guerra Mundial. En cuanto a la primera, según contaba el imaginativo Ernest, llegó incluso a proclamar que acompañó el ataque de infantería en el frente de Teruel, ganando la noticia –por diez horas- a su rival corresponsal, Matthews. En cuanto a su intervención en la segunda, el autor aseguraba haber sido el primero en entrar en el París liberado en 1944.

Por otra parte, si bien deben tomarse en cuenta sus numerosos méritos como escritor entre los que se encuentran narraciones como En Nuestro Tiempo (1925), descrita como prosa “de la más alta distinción”, o las exitosas Fiesta (1926) y Adiós a las Armas (1929), así como la creación que le hizo merecedor del Nobel, El Viejo y el Mar (1952); también debe destacarse que, en el ámbito personal, fue incapaz de sostener durante mucho tiempo una relación de amistad, incluso con famosos escritores de su época a quienes, en un principio, había apoyado e incluso admirado.

Siendo las dos excepciones Ezra Pound y James Joyce, ambos siempre respetados por el envidioso Hemingway, éste tuvo querellas con otros colegas como Scott Fitzgerald o Gertude Stein, provocadas generalmente porque ellos habían “osado” criticarle en cualquier sentido. Incluso, gracias a sus recurrentes mentiras perdió amigos como el general español Gustavo Durán, quien vio la chapucería tras lo que Ernest llamaba “empresa de fulleros” en la cual, viviendo en la Finca Vigía cerca de La Habana, Cuba, patrullaba los mares en busca de supuestos submarinos alemanes.

Con esta empresa se mostró claramente el desmedido egoísmo del literato ya que, aún siendo la gasolina un bien racionado con motivo de la guerra, a él se le daban varios galones para abastecer un yate en el cual, lejos de ejercer un patriótico deber –ya que la operación se hizo en conjunto con el FBI, el cual cabe mencionar, nunca encontró datos de valor en la información proporcionada por el Premio Nobel-  aprovechaba los beneficios para salir de parranda.

Víctima de un severo alcoholismo, también destrozó la vida de cuatro mujeres a quienes hizo sus esposas en forma consecutiva: Hadley Richardson, Pauline Pfeiffer, la famosa periodista de Collier’s, Martha Gellhorn, a quien a la vez admiraba y odiaba por ser su rival profesional; para terminar sus días con la increíblemente tenaz Mary Welsh, a quien despreciaba por su poco carácter y nulas aspiraciones intelectuales; pero en quien encontró a la mujer -sumisa hasta lo absurdo- que había buscado durante toda su vida.

Finalmente, consumido por una insatisfacción generada por su incapacidad para mantener sus propios estándares creativos, así como por una manifiesta inestabilidad mental, Ernest Hemingway decidió quitarse la vida, el 2 de julio de 1961, de  con su mejor fusil inglés.

De este modo y tal vez sin él haberlo imaginado jamás en tales proporciones, Ernest Hemingway se ha transformado en más que un escritor, para convertirse en un ícono reverenciado por muchos; pero que, haciendo una analogía con el personaje del Dr. Jeckyll de Robert Louis Stevenson, también tenía un lado oculto y funesto, con el cual lejos de proyectar la luz que irradiaba con su maravilloso aunque intrincado intelecto, ensombreció la vida de toda persona que se le acercaba, ya que ejerció siempre el proverbio judío que dice “de vez en cuando di la verdad para que te crean cuando mientes”, principio que engendró una aterradora quimera.   

FUENTES:

“Intelectuales”. Aut. Paul Johnson. Javier Vergara Editor. Buenos Aires, Argentina, 2000.

“Muerte a lo Superfluo”. Aut. Javier Aparicio Maydeu. Periódico El País, España. 16 de junio 2007.

“Ernest Hemingway: tener o no tener la foto”. Aut. Manuel Vicent. Periódico El País, España. 25 de abril 2009.

“Ernest Hemingway: Agente Secreto”. Aut. Peter Moreira. Revista Semana. Bogotá, Colombia.    25 de abril 2006.

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