Casanova: El audaz embustero (2a Parte)

Giacomo Casanova

Giacomo Casanova

 Por: Patricia Díaz Terés

“Un hombre no es desdichado a causa de la ambición, sino porque ésta lo devora”.

Montesquieu

“Comienzo declarando al lector que, en todo cuanto he hecho en el curso de mi vida, bueno o malo, estoy seguro de haber merecido elogios y censuras, y que, por tanto, debo creerme libre”, así da inicio a sus Memorias Giovanni Giacomo Girolamo Casanova, el gran y camaleónico conquistador que ingresó en los anales de la historia, no por sus ideas revolucionarias similares a las de sus amigos Rosseau o Voltaire, sino por la gran popularidad de la que gozó entre las damas del siglo XVIII.

Así, aún cuando la madre de Casanova –Giovanna Farussi “Zanetta”– durante los primeros años de éste, opinaba que se trataba de un débil mental, posteriormente el muchachito demostraría tener una sagaz inteligencia y una gran habilidad para descubrir aquellas herramientas que le permitirían abrirse paso en un mundo en el cual el dinero y la posición social, constituían las llaves para abrir las puertas de todos los palacios que embelesaban al ambicioso conquistador.

De este modo, explotando sus inquietudes intelectuales, Giacomo se licenció en Derecho Canónico en la ciudad de Roma en 1742, iniciando así una carrera eclesiástica al servicio del Obispo de Calabria y Embajador de España en la Santa Sede, Bernardo da Bernardis; sin embargo, la mayor afición del joven –las damas- lo apartó de este camino que él percibía como ideal para alcanzar la posición social que tanto anhelaba.

Pero a pesar de que en ocasiones sus más arraigados deseos se contraponían con sus grandiosas perspectivas, Casanova fue durante muchos años un hombre a quien la suerte sonrió en numerosas oportunidades. De esta manera, corría el año 1744 cuando saliendo a altas horas de la madrugada de un baile, salvó la vida de un destacado noble italiano de nombre Matteo Bragadin, un solterón aficionado a las ciencias ocultas, quien además se convirtió en protector financiero de su joven bienhechor.

La solvencia económica nunca fue una de las condiciones que destacaron la vida de Casanova, en buena parte porque derrochaba gran parte del dinero tratando de complacer a las numerosas féminas con quienes estableció cortísimas relaciones; de este modo hubo un personaje que detectó en el veneciano una amenaza para Bragadin, se trataba de un caballero de nombre Manuzzi, quien se encargó de que la Inquisición atrapara al elusivo individuo que había compartido el lecho con varias jovencitas recluidas en los conventos.

Sin embargo no fueron solamente esas aventuras las que despertaron la ira de la temible y punitiva institución. Detestando que se le considerara como un vulgar arribista, Giacomo prefería que se le percibiera como un filósofo y hombre de letras, pero también pretendió tener profundos conocimientos de las ciencias ocultas –muy de moda en el Siglo de las Luces-, por lo que sus perseguidores tenían una larga lista de crímenes en contra del muchacho, entre los que se incluían conductas inmorales, dominio de saberes maléficos y práctica de alquimia, entre muchas otras.

Los inquisidores cayeron sobre él, encerrándolo en la Cárcel de los Plomos, bajo el Palacio Ducal de Venecia. Dieciséis meses tuvo que aguantar el inquieto Casanova en su celda, pero su ingenio lo llevó a estructurar un plan que llevó a cabo con la ayuda de un monje, compañero de infortunio, llamado Marino Balbi. Éste se dio maña para, sin ser descubierto, hacer un agujero en el techo por el cual ambos prisioneros escaparon saliendo así a la Plaza de San Marcos; se cuenta que la desfachatez de Casanova llegaba a tal extremo que, antes de escapar, tomó una taza de café en las cercanías de la prisión. Era el 31 de octubre de 1756.

Después de su fuga, el esquivo Giacomo visitó numerosas cortes, entre las que se cuentan la de Zurich, Amsterdam, Londres, Florencia y Madrid, donde fue recibido por nobles y príncipes como Catalina la Grande de Rusia. Todos ellos fueron deslumbrados por el extraordinario carisma y el don de palabra del astuto prófugo.

La pericia que poseía Casanova para engañar a todos los que le rodeaban llegaba a tal extremo que logró tener diversas profesiones sin poner jamás un pie en Facultad alguna; así fue médico, poeta, escritor, filósofo y hombre de negocios, cuando en realidad no era más que un impostor, aventurero, jugador y libertino.

A pesar de todos los defectos anteriormente descritos, sí se puede decir que en ciertos momentos utilizó sus destrezas con fines positivos, aunque no desinteresados; de este modo se ha registrado que sirvió como espía para los gobiernos de Holanda, Prusia y Austria, empleando su asombrosa capacidad para envolver a sus interlocutores, con la finalidad de obtener valiosas informaciones.

Sin embargo no siempre estas prácticas embusteras dieron un resultado perfecto, como fue el caso de la Marquesa Madame D’Urfé –a quien Giacomo bautizaría como “Loca Sublime”-, una dama ya entrada en años cuyo único afán era que su alma habitara un cuerpo diferente al suyo, preferentemente el de un varón; sin tardanza y obteniendo grandes beneficios económicos, el pretendido Caballero de Seingalt le prometió que este deseo se haría realidad gracias a sus supuestas habilidades sobrenaturales.

Después de 7 años y tres infructuosos intentos –mismos que Casanova arregló para que los fracasos parecieran accidentales- D’Urfé se percató de la argucia, por lo que persiguió al falso ocultista a través de varios países europeos, hecho que lo llevó a Londres en donde conoció a la terrible Marianne de Charpillon.

Veinte años tuvieron que pasar antes de que Giacomo pudiera regresar a su largamente añorada Venecia. A su retorno el otrora irresistible amante, no tenía ya las cualidades que lo habían caracterizado, principalmente porque la situación con la prostituta londinense había socavado en gran medida su salud mental y emocional.

Así, Casanova terminó sus días como bibliotecario del Conde de Waldstein en el Castillo de Dux, en Bohemia –actual Duchov en la República Checa-. En este lugar, un Giacomo septuagenario, deprimido y en decadencia, decidió revivir sus pasadas glorias a través de la pluma, por lo que escribió sus famosas Memorias, en las que describió con gran detalle sus románticas proezas, concluyendo finalmente su vida a la edad de 73 años.

Habiendo exhibido durante toda su existencia excepcionales cualidades y defectos, Giacomo Casanova trató siempre de ser un hombre congruente –ya que no honesto-, haciendo siempre válidas sus propias palabras “un hombre que se decide a hacer algo sin pensar en otra cosa, supera todos los obstáculos”.

FUENTES:

Casanova. El Veneciano de las mil máscaras”. Aut. Daniel Vázquez. Clío No. 54. Abril 2006.

“Casanova: El amor como una de las bellas artes”. Aut. Eugenia Rico. El Mundo. Abril 2006.

Las mil fugas de Casanova”. Aut. Juan Villoro. Letras Libres. Julio 2006.

 “La Gran Fuga de Casanova”. Aut. Jaime Rosal. La Gran Aventura de la Historia No. 97.

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