La irresistible llamada de Céfiro : Amelia Earhart

Amelia Earhart

Amelia Earhart

Por: Patricia Díaz Terés

“Acepta los riesgos, toda la vida no es sino una oportunidad. El hombre que llega más lejos es, generalmente, el que quiere y se atreve a hacerlo”.

Dale Carnegie

Al momento en que una persona siente ese extraño e irresistible llamado conocido como vocación, sabe en ese preciso instante a qué se dedicará el resto de su vida, o al menos en la medida de lo posible; y así hay quienes a pesar de obstáculos o prejuicios, experimentan una irrefrenable atracción hacia actividades tan extraordinarias como el arte, la ciencia o la aventura.

Tal fue el caso de la más asombrosa aviatriz que la historia ha registrado hasta ahora: Amelia Earhart –personificada en el cine por Hilary Swank-, quien experimentó esta pasión la primera vez que subió a un aeroplano con el aviador Frank Hawks, y sobre esta vivencia ella escribiría más tarde: “Para cuando me había alzado 200 ó 300 pies sobre el suelo, supe que tenía que volar”.

Pero Amelia tuvo que luchar duramente para ver este sueño cumplido. Nacida en la ciudad de Atchinson, Kansas, en 1897, vivió durante una época en la que muchas actividades eran vetadas para el sexo femenino; sin embargo, contó con unos padres –Amy Otis Earhart y Edwin Stanton Earhart– quienes lejos de limitar su mundo, la dejaron expandir sus horizontes tan lejos como ella deseara, alentándola desde muy niña a realizar ejercicios reservados para los muchachos como el football, el baseball o la pesca.

Habiendo participado en la Primera Guerra Mundial como enfermera voluntaria en el Hospital Militar Spadina para convalecientes, al concluir el conflicto y pensando en la Medicina como su verdadera vocación, ingresó en la escuela de Pre-Medicina en la Universidad de Columbia; poco tiempo pasó antes de que la muchacha se percatara de que el aspecto práctico de tan difícil carrera no la hacía feliz.

De esta manera, en 1921 comenzó a tomar lecciones de vuelo con la primera mujer graduada como piloto de la Escuela Curtiss de Aviación, Anita “Neta” Snook; pero el pasatiempo era costoso y Amelia debía primero buscar el sustento antes de atravesar los cielos.

Sus padres le ayudaron a conseguir trabajo en una compañía telefónica y con sus ganancias adquirió su primer aeroplano, estableciendo con él un récord al alcanzar los 14 mil pies de altura.

A partir de entonces Amelia rara vez bajó de las nubes; después de participar en un rodeo aéreo, en 1923 obtuvo su licencia como piloto, siendo la primera dama en adquirir tal por parte de la Asociación Nacional Aeronáutica (AAN).

Por estas mismas fechas, la joven decidió comprometerse con Sam Chapman, a la vez que intentó por todos los medios salvar el matrimonio de sus padres, a quienes el alcoholismo de uno y la incapacidad para administrar correctamente el dinero por parte de ambos los llevaron al desastre, situación que afectó profundamente a la aeronauta.

Poco después, corría el año de 1928 cuando recibió una llamada telefónica que daría un giro a su vida, quien llamaba era el capitán Hilton H. Railey, quien ofreció a la indómita fémina un lugar en la aeronave Friendship para acompañar al piloto Wilmer Stultz y al mecánico Louis “Slim” Gordon, en un vuelo que cruzaría el Atlántico. Sobra decir que Amelia aceptó rápida y gustosamente.

A pesar de haber terminado con éxito el viaje, esta experiencia –registrada en su libro “20 hrs. 40 min”– no le satisfizo, debido a que en ningún momento le fue permitido controlar el timón.

Sin embargo, la piloto no se desanimó y en la segunda mitad de los años 20’s formó, junto con otras pilotos como Ruth Nichols y Phoebe Omlie, el grupo conocido como las 99’s -nombre sugerido por la propia Amelia y Jean Davis Hoyt-, haciendo referencia al número de integrantes.

 Pero sin duda alguna fue la década de los 30 la que le trajo a Amelia gloria y fama. Apenas empezaba el decenio cuando estableció el récord femenino de velocidad de vuelo, alcanzando las 181.18 mph; en 1931 realizó el primer vuelo transcontinental en solitario, para posteriormente ser elegida como Vicepresidente de la AAN –siendo la primera oficial femenina del organismo-.

Así llegamos a 1932, año en el que grabó su nombre en la historia al convertirse en la primera mujer que cruzó el Océano Atlántico en solitario –no sin percances ya que en el trayecto sufrió fuga de gasolina, un incendio y una caída que la obligó a aterrizar en las costas de Irlanda-, a la vez que se alzaba como la única persona en haber atravesado dichas aguas en dos ocasiones. La hazaña le valió el sobrenombre de “Lady Lindi”, haciendo referencia a Charles Lindbergh.

Este logro le hizo acreedora a un sinnúmero de condecoraciones, entre las cuales se encuentran el Trofeo Harmon, la Army Air Corps Distinguished Flying Cross del Congreso de los E.U.A., la Medalla de Oro de la National Geographic Society, la Cruz de Caballero de la Legión de Honor del gobierno francés, e incluso la Orden del Águila Azteca de México, entre muchos otros.

Con todo, la dama no eligió dormirse en sus laureles. Muy por el contrario, continuó asombrando al mundo con su imparable actividad; de esta manera escribió un segundo libro titulado “The Fun of It”, participó en carreras aéreas, logró el record por el vuelo transcontinental más rápido al volar de Los Ángeles a New Jersey, e incluso obtuvo un reconocimiento especial al convertirse en la primera persona en volar a través de los océanos Atlántico y Pacífico, cuando realizó un viaje de Hawai a Oakland y así la lista continúa.

Pero el final de tan libre espíritu fue de igual forma inesperado y misterioso. Era el año de 1937Amelia contaba con 39 años– cuando, junto con el navegante Fred Noonan, decidió llevar a cabo un vuelo alrededor del mundo, con el ecuador como guía. Después de un intento fallido de despegue -el cual le costó mucho tiempo y dinero en reparaciones-, ambos aventureros lograron atravesar Sudamérica, África, Europa y parte de Asia; sin embargo, después de tocar la costa de Lae en Nueva Guinea, cuando enfilaron hacia Howard Island, todo contacto con la nave se perdió.

La búsqueda emprendida por el gobierno norteamericano duró varias semanas, y al ser suspendida, el esposo de la aviadora –George Putnam– financió durante algunos meses más la expedición, dándose por vencido al no encontrar ni rastro de la nave de su amada, declarándola muerta oficialmente, la Suprema Corte de Los Ángeles, en 1939.

Desde una rápida y trágica muerte, hasta una intrincada historia de espionaje en la que Amelia era capturada y ejecutada por los japoneses, existen muchas versiones sobre su desaparición. Recientemente el investigador Richard Gillespie, -con algunas evidencias- ha sostenido que lo más probable, es que los aviadores aterrizaran en la isla de Nikumaroro en el Pacífico Sur, en donde ya sea por enfermedad o inanición ambos sucumbieron.

Así, en realidad no importa cómo terminó sus días esta admirable mujer, si no que Amelia Earhart se permitió a sí misma gozar de la aventura y de la vida, fue feliz y con sus hazañas logró abrir camino para damas que con el mismo espíritu indomable, se convertirían incluso en pilotos de transbordadores espaciales –Eileen Collins-; aunque en sus travesías ella, tras su primer vuelo sobre el Atlántico, prefirió seguir la máxima del poeta alemán Heinrich Heine: “Si quieres viajar hacia las estrellas, no busques compañía”.

 FUENTES:

“Amelia Earhart”. U.S. Centennial of Flight Comission. 2003.

“History of the 99’s”.  Aut. Jason Jorsky. 99s Museum of Women Pilots. Oklahoma City, 2008.

“Amelia Earhart Biographical Sketch”. Purdue University Libraries Archieves and Special Collections, 2009

“Earhart’s Final Resting Place Believed Found”. Aut. Rossella Lorenzi. Discovery News. Oct. 2009.

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