El filo de la rosa: Christine de Pizan

Christine de Pizan

Por: Patricia Díaz Terés

“El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres”.

Simone de Beauvoir

Cuando son revisados los textos escritos por grandes literatas, poetas e intelectuales como Virgina Woolf, Isabel Allende, Ikram Antaki, Jane Austen o Agatha Christie, muchas veces se desconoce el hecho de que estas famosas damas, portan orgullosamente el estandarte legado por una joven escritora del medioevo que tuvo que enfrentarse a una prejuiciosa sociedad.

Corría ya la segunda mitad del siglo XVI cuando en la hermosa ciudad de Venecia, el matrimonio Di Pizzano vio nacer a la niña que cambiaría la forma en que el mundo medieval, observaba y juzgaba a todas las mujeres de la época: Christine de Pizan.

Habían pasado sólo cuatro años de tal acontecimiento, cuando el brillante Tomasso di Benvenuti di Pizzano, astrólogo y médico reconocido, fue llamado a la corte del rey francés Carlos V de Valois -de sobrenombre El Sabio-, para que fungiera como consejero personal del monarca.

De esta manera la familia italiana se trasladó a París, donde pudieron disfrutar durante mucho tiempo de los favores reales, de forma que les fue permitido vivir en una casa prestada por el soberano; a la vez que la pequeña Christine era educada cual si fuese una princesa.

Sin embargo, la jovencita poseía algo inusual para una señorita de su tiempo: un intelecto activo y curioso, ávido de información y conocimiento.

De haber tenido otro padre, seguramente la chiquilla hubiese sido reprendida y reprimida; no obstante, Tomasso siempre había tenido la ilusión de engendrar un hijo varón, al no haberle sido concedido su deseo, pasó por alto el hecho de que su hija pertenecía al género femenino y le dio acceso a la Bibliothéque Royale, a la cual el propio Carlos V había donado ya más de mil volúmenes antes de ascender al trono.

De este modo, Christine desarrolló un gusto poco frecuente en las féminas medievales por los libros, en especial aquellos que trataban de poesía o política, y poco a poco ejercitó un pasatiempo que posteriormente sería su medio de subsistencia, la escritura.

Habiendo ya desafiado un buen número de costumbres de la época, a la muchacha no le fue permitido por su madre escapar a una de las más arraigadas –y por lo general frustrantes- tradiciones, el matrimonio convenido; a pesar de esto, nuestra avispada y adolescente literata –contaba a la sazón con 15 años– corrió con bastante suerte en el particular, ya que se desposó con Etiènne du Castel, un hombre de 24 años que fungía entonces como notario y secretario real.

Y he aquí que la excepción hace a la regla. En un periodo en el cual los matrimonios por lo regular estaban llenos de tristeza e infelicidad debido a la falta de amor conyugal, Christine y Etiènne estaban locamente enamorados. y vivieron muy felices en compañía de sus tres hijos durante diez años; terminada esta luminosa década, la desgracia empezó a cernirse sobre la familia.

La muerte empezó a rondar entonces muy cerca de Christine, llevándose en primer lugar al rey Carlos V en 1380, tras lo cual se desvanecieron los privilegios de los cuales gozaban su padre y su marido; y poco después ellos también fallecieron, en 1387 y 1389 respectivamente.

Y fue así como Christine de Pizan tuvo que enfrentar sola su destino. Con tres hijos que mantener y habiendo quedado además a cargo de su madre y una sobrina, la joven de 25 años se vio en la necesidad de comenzar a luchar para subsistir.

Así, inició una lucha con la Corte francesa, ya que ésta debía a su esposo una gran cantidad de dinero; de igual forma, peleó aguerridamente en Italia para que las tierras pertenecientes a su progenitor pudieran ser por ella heredadas –pasando por alto las leyes que impedían este legado-.

Catorce fueron los años que tardó el conflicto en solucionarse; mientras tanto, Christine y su familia se vieron obligados a vender sus posesiones para poder colocar algo de comida en la mesa. Sin embargo, de espíritu valeroso y esperanza inquebrantable, la viuda no se dio por vencida, recurriendo al patrimonio más valioso que su padre le había dejado: sus conocimientos y desarrollado intelecto.

Poco tiempo después de haber vivido la muerte de su esposo, la dama buscó santuario en su lugar favorito, la biblioteca; pero poco a poco estos escapes de la realidad se transformaron en su medio de subsistencia, ya que cada vez que empuñaba su pluma, la tinta corría para formar textos que eran admirados por muchas personas dispuestas a pagar por ellos una buena cantidad de dinero.

Su refugio se convirtió entonces en su despacho. Inició su carrera literaria escribiendo algunas baladas como Cent Ballades d’amant et de dame o Ballades du veuvage, que adquirieron gran fama –en especial entre la nobleza-, llegando a tener ediciones ilustradas –por talentosas mujeres que trabajaban en un taller dirigido por la autora-, de las cuales la reina Isabel era gran aficionada.

De esta manera, Christine escribía sobre política, derecho, estrategia militar o ética; a la vez que componía poesías, baladas, rondós o elaboraba biografías.

Al conjugarse en ella talento, juventud y sabiduría, fue por supuesto blanco de numerosos ataques, especialmente por parte de aquellos hombres que vivían una ideología en la cual una mujer era sólo un cúmulo de defectos, entre los que se encontraba la mentira, la infidelidad, la charlatanería, el engaño, la brujería, la avaricia y la volubilidad, entre muchísimos otros.

Dominando en la sociedad textos como los elaborados por Jaime Roig, Andreas Capellanus o Alfonso Martínez de Toledo, existió un manuscrito particular que indignó a tal grado a Christine, que la obligó a refutarlo directa y severamente. Se trató de la segunda parte del poema Le Roman de la Rose, escrito por Jean de Meung y apoyado por el preboste –funcionario público elegido por el Rey- de Lille.

Ante tal afrenta, la autora respondió con Epistre Cristine au Prevost de Lile, en voyé por la dicté conte Le Roman de la Rose (1398), carta que fue esquivada por el funcionario y apoyada por Jean Gerson, canciller de la Universidad de París, en la que Meung impartía una cátedra.

Así se creó la Orden de la Rosa –en defensa de las mujeres- y se provocó la llamada Querelle de la Rose, que se extendió hasta el siglo XVII y de la cual surgieron nombres de brillantes féminas como Margueritte de Navarra y María de Zayas, entre otras.

En 1405 Christine alcanzó su apogeo como escritora con La Cité des Dames (La Ciudad de las Mujeres), historia en la que tres damas –Razón, Justicia y Rectitud-, encargan a la autora crear una ciudad habitada y gobernada por mujeres; así el argumento fue aprovechado para abordar numerosas virtudes femeninas como la paciencia, sabiduría o fidelidad, mismas que habían sido omitidas en el pasado por clérigos, escritores o trovadores.

La vida de Christine de Pizan terminó en un lejano monasterio, poco después de haber escrito una magnífica obra sobre otra heroína de la época, Juana de Arco. Y es así como esta tenaz dama se convirtió en la primera escritora de la historia; una mujer arriesgada sin la que, sin duda, muchas de nosotras no gozaríamos del placer de la palabra escrita, por lo que debemos agradecer a esta valiente mujer quien en una oscura época, puso en práctica las palabras de Mariano José de Larra: “La inteligencia ha sido en todos los tiempos la reina del mundo y ha vencido las preocupaciones”. 

FUENTES:

“Misoginia en la Edad Media”. Aut. Pilar Cabanes Jiménez. Revista Arqueología, Historia y viajes sobre el mundo Medieval. No. 21. España.

“Vivir de la Escritura”. Aut. Elena Almirall. Revista Historia y Vida No. 491. España.

“La Juana de Arco de las Letras”. Aut. Elisabet Tiera. Revista Clío No. 93. España.

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