Justicia de soga y daga: La Santa Vehma

Santa Vehma

Sentencia de los tribunales secretos

 Por: Patricia Díaz Terés

“El que no quiera vivir sino entre justos, viva en el desierto”.

Lucio Anneo Séneca

Durante las épocas de la Historia en que reinan el caos y la inseguridad, el clamor demandante de justicia por parte del pueblo se convierte en un grito desesperado, y en ocasiones esto es aprovechado por severos individuos quienes han tomado el papel de justicieros, regidos por códigos de conducta que imponen rigurosos castigos a los presuntos malhechores.

Así, la Edad Media fue una etapa particularmente conflictiva en la historia de la humanidad, la existencia de abusivos señores feudales que impartían justicia de acuerdo a su beneficio particular, provocó que tanto las más altas jerarquías gobernantes como la población en general, buscaran alternativas para mantener el orden y sancionar los crímenes.

Bajo estas circunstancias es como surge una de las sociedades secretas más temidas de todos los tiempos, la Santa Vehma.

Teniendo su propio nombre un confuso origen, ya que la palabra Vehma tiene según algunos etimólogos una raíz latina, mientras que otros afirman que ésta es germánica; se ha llegado al común acuerdo de que el significado del vocablo es “juicio”, de manera que se habla del Santo Juicio.

En un periodo conocido como el Gran Interregno –interrupción entre la sucesión de monarcas, sucedida tras la muerte del Emperador Federico II y que abarcó de 1250 a 1273- del Sacro Imperio Romano Germánico, la proliferación de los malandrines obligó a la sociedad a tomar cartas en el asunto.

Esta situación llevó a los hombres honestos, principalmente de la región de Westfalia, a retomar los tribunales secretos –y populares- instituidos por el Emperador Carlomagno aproximadamente en el 722 d.C.; en estos foros eran juzgados crímenes de carácter tanto civil como religioso, de forma que se perseguía por igual al perjuro, al violador, al asesino o al profanador de iglesias, por ejemplo.

Adoptando la estructura de una sociedad secreta y limitando su campo de acción –primero a la llamada Tierra Roja (Westfalia) y posteriormente a todo el Imperio-, la Santa Vehma era una organización de carácter iniciático, es decir, nadie fuera de sus propios integrantes tenía permitido asistir a las sesiones en las que se dictaba sentencia; de igual modo, los miembros eran iniciados con un ritual en el cual el neófito se arrodillaba ante el conde-presidente o franco-conde y, colocando los dedos índice y medio de la mano derecha sobre la espada de éste, prestaba un juramento en el cual se comprometía a defender a la Santa Vehma “aún en contra de sí mismo”, de cualquier amenaza, viniera ésta de la Naturaleza o de un individuo, aún si se tratase de un familiar o amigo; para posteriormente ser instruido en los rituales y palabras secretas, como el santo y seña: “palo, piedra, hierba y grano”.

Asimismo todos los afiliados se comprometían, so pena de muerte, a jamás revelar los secretos de la orden, ya que de lo contrario sufrirían la misma pena que los condenados, es decir, serían colgados con una soga del árbol más cercano clavando después en el tronco una daga, como señal de que este acto no habíase tratado de un robo o asesinato, sino del ejercicio de la justicia del Santo Tribunal.

Ahora bien, esta obscura “corte” estaba conformada por varias jerarquías; el primer grado era el de los jueces-francos –libres-, el segundo pertenecía al Verdadero Juez Franco y el último se conocía como Santo Juez del Tribunal Secreto.

Estos hombres, tenidos por “Sabios” debido a sus extensos conocimientos sobre las actividades y rituales de la sociedad, eran apoyados por los “juramentados” o Eidelshelfen, es decir, todos aquellos miembros del grupo quienes, con un menor rango, servían como policía secreta para denunciar delitos, anunciar acusaciones o ejecutar las sentencias.

Así, a través de los años la red véhmica llegó a tener 100 mil afiliados, siendo todos ellos objeto de temor para sus vecinos ya que, de recibir un citatorio de la Santa Vehma, nada ayudaría al proscrito a escapar de la pretendida justicia.

De este modo, si un individuo –sin importar su posición social, sexo, edad o jerarquía- recibía un citatorio de la Santa Vehma, mismo que sería clavado en la puerta de su hogar con una daga o, si el domicilio del acusado resultare desconocido, el pliego podría ser clavado en el “árbol de los pobres” -que se encontraba en un llano cercano a un crucifijo o capilla-, o en el lugar de nacimiento del sujeto perseguido; el proscrito no tenía cuartel.

La imputación le sería anunciada en numerosas ocasiones, si se hacía caso omiso de los avisos, se realizaba el juicio en ausencia del acusado –durante una Heimliche Acth o Sesión Secreta– y era condenado y sentenciado de forma que todos los miembros de la orden deberían, en cuanto lo vieran, ejecutar el mandato del tribunal y con una soga, colgar por el cuello y hasta la muerte al infeliz criminal, dejando como firma el puñal clavado en el tronco del árbol; de hecho, si el forajido era atrapado en flagrante delito y era traicionado por “sus ojos, manos o boca” delante de tres o más jueces-francos, éstos tenían el  deber de ahorcar inmediatamente al delincuente.

Poco importaba a los justicieros señores la ocupación o jerarquía de los malhechores, se cuenta que hombres como el duque de Baviera (1934) fueron llamados a comparecer; sin embargo, de ser el inculpado miembro de la Santa Vehma podía salvarse a través de prestar únicamente un juramento impugnando la denuncia, ya que un requisito para pertenecer a la asociación era ser un hombre recto, sin tacha alguna y honesto por sobre todas las virtudes.

Pero en este afán de impartir justicia de manera tan categórica, los jueces-francos llegaron a ser crueles, como calificaba Santo Tomás de Aquino a la “justicia sin misericordia”; de igual forma, no faltaron aquellos individuos que, buscando el beneficio propio, no dudaron en tergiversar los principios de la orden y la utilizaron para vendettas personales.

Durante muchos años estos santos tribunales fueron por todos temidos y respetados, particularmente durante el siglo XV; sin embargo, la modificación de las estructuras del gobierno, así como la estabilización, movilización o desaparición de los imperios, mermaron en gran medida la influencia de la Santa Vehma; este declive se dejó ver durante la Guerra de los Treinta Años, decayendo paulatinamente hasta que al ser restablecido el reino de Westfalia por Napoleón Bonaparte a principios del siglo XIX, finalmente desapareció muriendo el último de sus jueces supremos en 1835.

Impartiendo justicia originalmente y sembrando el terror de manera posterior, la Santa Vehma fue una organización que ayudó a mantener el orden en tiempos de caos, pero que por la acción de infames individuos se vio corrompida a tal grado que en numerosas ocasiones se les pudo imputar el haber hecho realidad las palabras del gran filósofo griego Sócrates: “Es peor cometer una injusticia que padecerla porque quien la comete se convierte en injusto y quien la padece no”. 

FUENTES:

“Enigmas de las Sociedades Secretas”. Aut. G.K. Morberger-Thom. Ed. Daimon. Madrid-Barcelona, 1961.

“El Nazismo, sociedad secreta”. Aut. Werner Gerson. Ed. Diana. México, 1976.

“Las Sociedades Secretas”. Aut. Jorge Francisco Ferro. Ed. Lumen México. Argentina, 2008.

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