La Biblioteca de Alejandría: Voz de la Sabiduría

Biblioteca de Alejandría

Por: Patricia Díaz Terés

“Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”.

Jorge Luis Borges

Común y sencillo resulta hoy en día consultar cualquier tipo de libro que por algún motivo se nos ocurra buscar, así podemos localizarlo en la librería más cercana, en el Internet a modo de e-book o bien en esos recintos un tanto relegados y olvidados conocidos desde hace varios milenios como bibliotecas.

Designando originalmente un lugar cualquiera en el cual se colocaba un libro, ya se tratara de un armario, nicho o estante, el significado del vocablo bibliotheke fue evolucionando conforme el uso de los libros se transformaba; de esta manera, paulatinamente se le dio la implicación que entendemos hoy en día, es decir, que una biblioteca es una colección o un almacén de libros y más allá, se le percibe como un lugar en donde se puede acudir en busca de conocimientos, los cuales posteriormente serán transformados en sabiduría a través de la experiencia del estudioso.

El intrincado desarrollo de las bibliotecas comenzó en el tercer milenio antes de la Era Cristiana, en el interior de un templo de la ciudad babilonia de Nippur; sin embargo fue con el Liceo de Aristóteles y la Academia de Platón como empezó a estructurarse y comprenderse el concepto, ya que estos sitios contaban con estancias dedicadas a salvaguardar los textos de los filósofos helenos. Pero sería la magnífica visión de un macedonio la que opacaría inexorablemente a tan ilustres santuarios.

Cuando Alejandro Magno, el gran conquistador, ideó la Perla del Mediterráneo (Alejandría la Grande), se imaginó una extraordinaria metrópoli con una estratégica ubicación que sirviera como encrucijada entre Oriente y Occidente; de esta forma en abril de 331 a.C. tuvo lugar una ceremonia de fundación, tras la cual el guerrero partió hacia la batalla para nunca retornar con vida.

Diseñada por el arquitecto Dinócrates de Rodas y supervisada su construcción por Cleómenes, Alejandría fue levantada en un pequeño puerto de pescadores llamado Rakotis. Rodeada por una gran muralla y alumbrada por el gigantesco Faro, la ciudad albergó una comunidad cosmopolita en donde se reunían los más importantes pensamientos y las más destacadas culturas de la Antigüedad.

Esta conjunción de cosmovisiones hizo que el rey Ptolomeo I, en el año 290 a.C. ordenara a Demetrio de Falero -exalumno de Aristóteles y quien fuera anteriormente tirano de Atenas durante 7 años, antes de ser expulsado de Grecia por la excesiva simpatía que mostraba hacia los macedonios-, la construcción de un recinto dedicado al cultivo del conocimiento.

Este lugar fue en primera instancia un museo, el cual se cree que tuvo la capacidad de albergar hasta cinco mil estudiantes. Localizado en el barrio de Brucheion, poseía una stoa o pórtico empleado para discusiones entre los eruditos que habitaban el recinto; de igual manera tenía una exedra –estancia semicircular con bancos pegados a las paredes-, jardines, un observatorio y un pequeño zoológico.

La intención primordial de tan especial lugar era albergar el saber en todas sus expresiones, de manera que se utilizaba también como biblioteca; pero tal fue el ansia de los reyes Ptolomeos por guardar todos los ejemplares escritos, que la capacidad del espacio fue agotada, por lo que se hizo necesaria la construcción de la Biblioteca Hija, también conocida como Serapeo.

Y aunque Alejandría tenía un rival en la Biblioteca de Pérgamo, los reyes egipcios no se dejaron amilanar y por el contrario pusieron restricciones en el suministro de papiro, por lo que sus competidores crearon su propio material de escritura dando así lugar al surgimiento de los pergaminos.

Pero, ya fuera en papiro o en pergaminos, reflexiones y ficciones eran registrados por diestras manos, que se dedicaban a plasmar con la palabra escrita las extraordinarias ideas de los eruditos de la época, a quienes –al menos en Alejandría– los gastos les eran subsidiados por las arcas reales, por lo que los sabios podían dedicarse en cuerpo y alma a la investigación, el estudio y la discusión.

Mientras que actualmente estamos acostumbrados al hecho de que al entrar a una biblioteca se nos exige guardar el más riguroso silencio para no interrumpir la lectura de otras personas, en la Biblioteca de Alejandría se escuchaba nada más y nada menos que cientos de voces que pregonaban importantes conocimientos, ya que los griegos tomaban a los libros como útiles instrumentos para registrar un discurso o conversación, pero éstos debían ser devueltos a la vida con la voz humana.

Mas la organización de tan especial almacén no era sencilla labor. Llegando a tener en su época de máximo esplendor alrededor de 700 mil volúmenes, se le debe a Calímaco –siglo III a.C.- la primera catalogación de las obras, para lo cual se basó en el sistema elaborado por Aristóteles, de modo que en sus Pinakes o Tablas registraba el orden de los documentos por temas, especificando además un listado alfabético de los autores, de quienes también se poseía una biografía y bibliografía.

Así, se distinguían la filosofía de las ciencias de observación y deducción como la matemática o la astronomía, además de las ciencias aplicadas tales como la medicina. Asimismo, el interés despertado por la palabra escrita dio lugar a la creación de nuevas disciplinas como la gramática, surgiendo los primeros signos de puntuación, la edición o el análisis de los clásicos.

Mas el afán de los Ptolomeos por acumular volúmenes escritos no conocía límites. Se tiene registro de que en cierto momento se proclamó una orden real, la cual dictaba que cualquier libro contenido en una embarcación que atracara en el puerto debía ser confiscada para ser copiada; el duplicado era regresado al dueño inicial, mientras que el original pasaba a formar parte del acervo de la biblioteca. Esta artimaña fue utilizada por el rey Evergetes, nieto de Ptolomeo I, quien pidió en préstamo a los atenienses las tragedias de Sófocles, Esquilo y Eurípides, de las cuales ordenó una reproducción, mismas que fueron enviadas a la ciudad griega, aún a sabiendas de que con esta acción se perderían los 10 talentos pagados previamente a manera de garantía.

Pero tan magnífico patrimonio no pudo ser conservado para la posteridad, a pesar de los esfuerzos de los monarcas. Existiendo tres teorías sobre su desaparición, lo cierto es que la Biblioteca de Alejandría fue destruida; haya sido durante un asedio suscitado durante una guerra de sucesión, por las acciones de una enloquecida e ignorante turba, o bien la terrible –e improbable- decisión del califa Omar, a quien se ha acusado de utilizar los libros alejandrinos para alimentar el fuego de los baños públicos, lo que nos consta es que de los rollos pertenecientes al Museo poco fue rescatado y guardado.

Después de esta tristísima pérdida para la cultura universal, durante los siglos posteriores en todos los continentes se han hecho esfuerzos por conservar las ideas y relatos de todos los autores, talentosos o no, ya que es justamente esto lo que constituye la memoria del mundo, lo que nos recuerda día a día de dónde venimos y puede arrojar cierta luz sobre el futuro; así, fue un sacerdote francés de nombre Jacques Benigne Bossuet quien captó por entero la esencia y propósito de la Biblioteca de Alejandría –y de las bibliotecas en general- cuando dijo: “En Egipto se llamaban las bibliotecas el tesoro de los remedios del alma. En efecto, curábase en ellas de la ignorancia, la más peligrosa de las enfermedades y el origen de todas las demás”.  

FUENTES:

“Alejandría: El Espejo del Egipto Ptolemaico”.  Aut. Cristina Gil Palenque. Historia y Vida No. 448. Madrid, España

“El Detonante de la Fiebre del Libro”. Aut. Ana Echeverría. Historia y Vida No. 479. Madrid, España.

“La Memoria del Mundo”. Aut. Vicente Battista. Conozca Más Año 9 No. 5.

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