Un cuento infantil no apto para niños: Lewis Carroll

Ilustración de John Tenniel

Por: Patricia Díaz Terés

“Sólo la fantasía permanece siempre joven; lo que no ha ocurrido jamás no envejece nunca”.

Johann Christoph Friedrich von Schiller

Entre la oscura sombra de una terrible acusación y la cegadora luz de una desbordante imaginación, se debate la figura de uno de los escritores británicos más populares de todos los tiempos, el creador de un misterioso gato, un apurado conejo y un loco sombrerero, me refiero a Lewis Carroll.

Empezaba apenas el año de 1832, cuando un 27 de enero en la localidad inglesa de Daresbury en Cheshire, nacía Charles Lutwidge Dodgson –verdadero nombre de Lewis Carroll-, el tercero de los que serían once hijos procreados por el reverendo Charles Dogdson y su esposa Francis Jane Lutwidge.

Nacido en plena época victoriana y miembro de una familia estrictamente conservadora, el pequeño Charles comenzó su educación en casa, su padre vigilaba su correcta formación a la vez que proporcionaba al niño textos que consideraba adecuados, lo cual aunado con la precocidad intelectual del futuro escritor, resultó en la lectura de varios libros que se consideraban fuera del alcance del resto de los infantes, siendo un ejemplo la compleja alegoría contenida en  The Pilgrim’s Progress de John Bunyan.

Posteriormente, asistió a la Richmond School y a la Rugby School concluyendo sus estudios en el prestigioso Christ Church College de Oxford –misma institución a la que asistiera Albert Einstein-, en donde gracias a sus dotes como matemático consiguió rápidamente una plaza como profesor (1857), en la que permanecería sin mucho entusiasmo durante 26 años.

De prodigiosa inteligencia, pero no así dedicación en sus deberes, perdió una importante beca debido a su pereza; sin embargo, este defecto no supuso para él un obstáculo al momento de ejercer su verdadera vocación, la escritura.

Cuando llegó al Christ Church College un nuevo decano de nombre Henry George Liddell con su esposa e hijas, no imaginaba Charles la repercusión que este hecho tendría en su vida.

Resulta que el joven catedrático tenía -según los estándares decimonónicos- una extraña afición por entablar amistad con damas solteras, hecho inadmisible en un contexto social plagado de reglas, tradiciones y costumbres inquebrantables; así, se dice que para ocultar esto, Charles optó por establecer un amistoso vínculo con las niñas Liddell.

De esta simpatía existen infinidad de versiones, desde aquella que explica que el postrer Lewis Carroll se sentía más cómodo en compañía de gente de menor edad, hasta aquellas en las que se asume una torcida pederastia en el autor; al no poder plantear pruebas irrefutables que dicten una sentencia justa en uno u otro sentido, no nos queda más que citar al respecto al poeta español Antonio Machado quien dijo “la verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”, siendo sólo los detractores o defensores de este controversial personaje, quienes se atreven a emitir un juicio al respecto.

Pero más allá de la naturaleza de la relación con las chiquillas Liddell, el punto es que gracias a ésta Carroll se convirtió en uno de los autores más reconocidos o al menos más populares de finales del siglo XIX, ya que fue una tarde del verano de 1862 -mientras Charles, su amigo Robinson Duckworth y las tres hermanas Alicia, Lorina y Edith, navegaban por el Támesis rumbo a Godstow-, cuando la mítica Alice le suplicó a su amigo que le narrara una historia y al concluir ésta, le pidió que la escribiera.

Lewis Carroll obtuvo entonces de su prolífica imaginación la que sería la obra que lo catapultaría a la fama mundial y la inmortalidad; creó ese agujero de conejo por el cual una niña de nombre Alicia y 7 años de edad, cae en un absurdo mundo en el cual lo único que no tiene cabida es el sentido común; de esta manera en el País de las Maravillas la pequeña se encuentra con el Sombrero Loco quien se expresa siempre con enrevesadas frases, con una confusa Oruga y una violenta Reina de Corazones cuyo único fin parece ser decapitar a todo aquel que se atreva a realizar la más mínima acción en contra de sus deseos.

Compleja historia sin duda resulta esta para haber sido inventada en una sola tarde y escrita esa misma noche. Con el nombre de “Las Aventuras Subterráneas de Alicia”, en la Navidad de 1864 y con ilustraciones elaboradas por él mismo, Lewis regaló el manuscrito a su querida Alice.

Siendo amigo de la familia Liddell el novelista Henry Kingsley, éste encontró por casualidad el relato y animó a la madre para que fuera publicado.

De este modo, Carroll decidió revisar y corregir el original para publicarlo – esta vez bajo el nombre de “Alicia en el País de las Maravillas” y con la editorial Mac Millan– finalmente en 1865 acompañado de exquisitas ilustraciones creadas por John Tenniel, a quien terminar el trabajo le costó muchísimos disgustos con el exigente escritor.

Tal fue la fama que alcanzó el cuento, que Charles escribió “A través del Espejo y lo que Alicia encontró allí” (1871), para continuar con la oscura “La Caza de Snark” (1876) y la complicada “Silvia y Bruno” (1889).

Sin embargo, “Alicia en el País de las Maravillas” no fue el primer manuscrito publicado por el autor. A partir de 1856 había tenido ya apariciones en “The Comic Times”, “The Train”, “Whitby Gazette” y “Oxford Critic”; su primer escrito fue un poema titulado “Solitude”, firmado por un desconocido Lewis Carroll –seudónimo surgido de la latinización de su nombre y el apellido de su madre, convirtiéndose Lutwige en Ludovicus y luego en Lewis, a la vez que Charles era traducido como Carolus y transformado en Carroll-.

Pero no sólo de ficciones rebuscadas se alimentaba el intelecto de este enigmático literato, ya que elaboró gran cantidad de obras concernientes a la lógica y la matemática, tales como “El Juego de la Lógica” (1876) o “Euclides y sus Rivales Modernos” (1879), entre otros.

Por otro lado, a pesar de su éxito como escritor, en su vida personal Lewis se vio forzado a abandonar la amistad con las jovencitas Liddell. Habiendo también sobre este acontecimiento un sinnúmero de versiones, se cree que la más atinada es aquella en la cual la madre de Alice veía con malos ojos al profesor –no debido a las características de la relación-, sino porque Carroll era a fin de cuentas un pobre profesor universitario, que no podía ofrecer a la señorita el futuro planeado por su ambiciosa madre, cuyo objetivo era obtener para sus hijas los mejores partidos posibles.

De este modo, en 1864 se produjo el distanciamiento forzado, sin que ello impidiera que Alice y Lewis continuaran escribiéndose hasta 1892 –doce años después de que ella contrajera matrimonio con Reginald Hargreaves-; poco más de un lustro después el autor sucumbió ante una enfermedad respiratoria en 1898 a punto de cumplir 66 años; mientras que Alice tuvo que subastar su manuscrito de “Alicia…” en Sotheby’s a principios del siglo XX.

Así, un hombre que sufrió de tartamudez, sordera parcial y dolorosas migrañas, excesivamente soñador y reservado, logró grabar su nombre en la historia de la literatura universal con un cuento infantil que no es para niños; con una vida que posee la extraña cualidad de poder convertir en villano al Caballero Blanco con el que tanto se identificaba el autor y sin saber si como veredicto final la Reina de Corazones debería gritar , con respecto a su singular creador, su famosa frase “¡Qué le corten la cabeza!”.

FUENTES:

“Charles Dodgson”. Dossier Revista Bimestral Cultural. Montevideo, Uruguay. Diciembre, 2008.

“Lewis Carroll en tres conceptos: fiesta, juego y símbolo”. Aut. Xavier Laborda. Universitat de Barcelona.

“El Sueño de una Tarde de Verano”. Aut. Miguel Ángel Jiménez Guerra. Suite101.com. Diciembre, 2009.

“Nueva biografía detalla la relación de Lewis Carroll y Alicia”. Aut. La Tercera.com. Santiago de Chile. Febrero 2010.

“Migrañosos que hicieron historia: Lewis Carroll”. Aut. Jorge E. Tacconi. Medicina & Cultura Año 1 No. 8. Argentina, 2007.

“Murió Lewis Carroll, autor de Alicia en el País de las Maravillas”. Universia. Enero 2010.

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