Un canto al amor prohibido: Trovadores y juglares

Juglares

Por: Patricia Díaz Terés

“El amor es una bellísima flor, pero hay que tener el coraje de ir a recogerla al borde de un precipicio”.

Stendhal

Enfrentar indescriptibles peligros y realizar increíbles hazañas eran los deberes del caballero que deseaba el favor de la virtuosa dama, así son descritas las características del amor cortés en las composiciones medievales que hasta nuestros días se conservan.

Talentosos o mediocres, hombres fieles hasta la muerte o empedernidos aficionados a los romances pasajeros, en tales extremos podían situarse aquellos quienes durante la oscura Edad Media, tomaron la pluma para convertirse en los primeros trovadores de los que se tiene recuerdo.

Transcurría más o menos el año 1250 d.C. cuando la primera obra trovadoresca de la historia apareció, por la mano de Guillermo IX, conde de Poitiers y duque de Aquitania. Mujeriego irremediable y poderoso señor feudal en Francia, este hombre dio inicio a una tradición en la cual se ensalzarían hasta el cansancio las bondades de la fémina, que jugaba el papel de musa inspiradora en la imaginación del poeta.

Teniendo poco que ver ha llegado a nuestros días gracias a varias ilustraciones y miniaturas, los verdaderos trovadores, lejos de ser enamoradizos aventureros que recorrían las cortes europeas cantando a voz en cuello hermosos versos dedicados a sus damiselas, eran en realidad nobles cultos que eran consumidos por amores comúnmente prohibidos.

Prevaleciendo durante la Edad Media la terrible costumbre de concertar los matrimonios como si de asuntos comerciales se tratase, la mayoría de las personas –especialmente aquellas pertenecientes a las clases dominantes- se veían privadas de la experiencia del amor verdadero, siendo forzosamente emparentadas con alguien a quien –en la mayoría de las ocasiones- jamás en su vida habían visto. 

De esta manera, la damisela protagonista de la trova era por lo regular una mujer casada, a quien el amante –que no el marido- supuestamente se acercaba con puras y platónicas intenciones.

Habiendo pocos espacios para la igualdad durante el medioevo, en una sociedad estructurada por el poder adquisitivo del individuo, en el gremio de los trovadores todos disfrutaban del mismo estatus ya que, para convertirse en uno de estos personajes, se debían poseer el talento y la integridad suficientes para “cantar” al amor puro. Baste como ejemplo la figura de Folchetto de Marsella, eterno enamorado de la dama Azalaiz, -quien a su vez estaba desposada con el señor de Barral-, y cuyo destino fue dedicarse a la vida religiosa en un intento de aliviar la cruel pena ocasionada por la muerte de la señora.

Así, desde el más rico señor feudal hasta el más humilde artesano, panadero o campesino, podía transformarse en un trovador siempre y cuando cumpliese con la condición espiritual adecuada.

Pero lo cierto es que muchos de estos bardos distaban por mucho de los ideales descritos, llevando a cabo sus intenciones de conquista a través de la promesa de un eterno vasallaje a la dama en cuestión; así algunas de las historias narran cómo un audaz caballero, dejando fuera del castillo a un fiel amigo como vigilante, visita por las noches al sujeto de su peligroso afecto,  teniendo buen cuidado de abandonar a la dama antes de que su esposo retorne al hogar, es decir al rayar el alba.

De este modo imposibles y desesperados amores, épicas historias, apasionadas conquistas o trágicas figuras como Lancelot, Tristán, Ginebra e Isolda, son por tanto los tópicos y protagonistas de las canciones medievales, en las cuales las pasiones abrasadoras hacen que el más disciplinado de los guerreros abandone e incluso traicione a su legítimo señor.

Sin embargo, el trovador únicamente realizaba la mitad del trabajo, ya que normalmente no se trataba de personas con habilidad para las cuestiones musicales; de forma que optaban por contratar a otros personajes a quienes se conoce con el nombre de juglares, con la finalidad de difundir sus poemas.

Los juglares, si bien en ocasiones optaban por componer sus propias letras, normalmente se limitaban a elaborar melodías que acompañaran las palabras trovadorescas –obteniendo a cambio la paga correspondiente-, complicada tarea sólo por algunos dominada.

Utilizando la vihuela –instrumento de cuerda pulsado con arco-  y no el laúd como aparece en numerosas ilustraciones, el compositor medieval optaba por las armonías simples y un tanto repetitivas, característica que ayudaba a que las melodías fueran comunicadas fácilmente de manera interpersonal empleando la memoria como recurso principal; por otra parte, la dificultad que existía para encontrar un experto copista que plasmara por escrito las partituras, dio como resultado que muy pocas de ellas sobrevivieran al paso del tiempo y llegaran hasta nosotros. De hecho se sabe que únicamente son más o menos 250 composiciones musicales las que se conservan en cuatro manuscritos guardados por la Biblioteca Nacional de París y la Ambrosiana de Milán.

Ahora bien, otra característica del trovador era que no necesariamente empleaba todo su tiempo en la creación versos, algunos de ellos fueron conocidos guerreros que participaron en las Cruzadas como fue el caso de Ricardo Corazón de León, hijo de Leonor de Aquitania, quien aprendió de su madre el cultivo de las artes, ya que fue esta reina quien convirtió al movimiento trovador occitano –Occitania era una región que comprendía el sur de Francia y parte de Cataluña– en todo un fenómeno cultural, de manera que en los grandes banquetes de los castillos era esperada con ansia la intervención de los juglares, a la vez que cualquier dama que llegara a protagonizar uno de los cantos, lejos de despertar la ira de su cónyuge le proporcionaba gran satisfacción, ya que esto aumentaba el prestigio del caballero.

Por otro lado, cabe destacar que la composición trovadoresca no fue exclusiva del género masculino. Teniendo como cualidad particular el hecho de que sus textos nunca trataron temas de sátira política o épicos relatos, sino únicamente el amor cortés, las damas dedicadas a esta actividad demostraban en sus obras un profundo conocimiento de la cultura de la época, de igual manera su habilidad técnica daba como resultado exquisitos versos que eran dedicados al anhelado amante, como fue el caso de Raimbaut de Aurenga de quien la Condesa de Dia –esposa de Guillermo de Poitiers– estaba perdidamente enamorada.

Así, habiendo logrado aplacar con los trágicos finales de sus osados protagonistas los embates de la despiadada Inquisición, los trovadores se mantuvieron siempre en el límite del bien y el mal, de lo virtuoso y lo concupiscente, ya que con una hábil utilización del lenguaje, los autores lograban esconder la esencia de los relatos, haciendo parecer el burdo adulterio como el más legendario de los romances, en los que era el amante caballero y no el estricto marido, quien verdaderamente merecía a la dama que a su vez poseía belleza, gracia, sabiduría y virtud incomparables.

Y así, entre el mito y la realidad medieval, las composiciones de los trovadores nos muestran que el llamado amor cortés  era capaz de transformar a francos caballeros en poderosos héroes o traicioneros villanos, ya que como dijo el escritor Alejandro Dumas: “Cuando el amor desenfrenado entra en el corazón, va royendo todos los demás sentimientos; vive a expensas del honor, de la fe y de la palabra dada”. 

FUENTES:

“Un oficio de nobles”. Aut. Yolanda Goday y Alberto Magnani.

“Maridos en peligro”. Aut. Stefano Torelli.

La Aventura de la Historia No. 20. España, Junio 2000.

“El secreto de los trovadores”. Aut. Luis G. de la Cruz. Ed. América Ibérica. Madrid, 2003.

“La Trova: Vehículo de la superación personal”. Aut. Julián Elliot. Historia y Vida No. 449. España.

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