Se hace camino al andar: Gitanos

"Niña Gitana" de Theodor Aman

Por: Patricia Díaz Terés

“Donde mora la libertad, allí está mi patria”.

Benjamin Franklin

Ya sea que veamos una bandera con una franja azul y una verde, con una rueda roja de carro en el centro o bien cuando un romani chiriklo –doradillo o pájaro gitano- vuela por los aires, podemos estar seguros de que hemos sido testigos de un signo que anuncia la presencia cercana –y certera-, de un campamento perteneciente a un pueblo que desde hace ya cientos de años abandonó el continente asiático, para comenzar su imparable deambular a lo largo y ancho del mundo.

Existiendo diversas teorías sobre el verdadero origen de los gitanos, una de las más aceptadas por los pocos expertos que existen en el estudio de este singular pueblo, explica cómo su cuna puede establecerse en la India, desde donde avanzaron poco a poco hasta llegar a Europa pasando por países como Afganistán, Irán o Turquía, la cual se dice que atravesaron en compañía de los guerreros que regresaban de las Cruzadas desde Jerusalén hacia los reinos europeos.

Siendo un pueblo tan versátil como celoso de su identidad, los usos y costumbres de los gitanos suelen ser conocidos únicamente por ellos y pocas veces revelados; de este modo si un forastero preguntara sobre temas específicos –y a menos que por algún motivo hubiese ganado la confianza del cíngaro-, lo que obtendría como respuesta sería únicamente una mezcla de leyendas y tradiciones que poco le revelarían al investigador sobre la realidad.

Habiendo sobrevivido a periodos de esclavitud e intento de exterminio en varios lugares de Europa, los gitanos han aprendido con el tiempo a adaptarse en cierta medida a los usos de los lugares donde se establecen temporalmente; de este modo en ámbitos como el religioso, esta cultura no comparte una creencia religiosa única, sino que adopta la de su país anfitrión de modo que en Inglaterra son anglicanos, presbiterianos en Escocia o musulmanes en Turquía.   

Otra característica que nos muestra claramente las transformaciones a las cuales se han sometido los gitanos, es el nombre con el cual se les ha denominado en los diferentes lugares; de esta manera por ejemplo mientras en Grecia fueron los athínganis, se conocieron como bohemios en Francia o tártaros –sin relación alguna con el pueblo que asoló las estepas asiáticas alrededor del siglo XII- en Alemania. Otros apelativos hacían referencia al supuesto origen egipcio de los gitanos, conociéndose en Hungría como “el pueblo del faraón” y en las islas británicas como “egipcios” (egyptian), que posteriormente derivó en el vocablo actual “gipsy”.

Por otra parte e independientemente del nombre o el lugar de “residencia” de los gitanos, este pueblo tiene características particulares que le proporcionan ese aro de misticismo con el cual se les ha introducido en la literatura y el cine.

Así, tal como la bailarina Esmeralda de El Jorobado de Notre Dame -de Víctor Hugo-, los gitanos han estado siempre vinculados al arte y a la superstición. Siendo la música un elemento fundamental en el desarrollo de su cultura, los cíngaros tienen predilección por los instrumentos de cuerda, destacando de todos ellos el violín que es acompañado en las orquestas por chelos,  contrabajos, clarinetes y salterios, con los cuales se interpretan melodías como las tristes y lentas mesalako dyila durante la cena –que puede consistir por ejemplo de sopa fría de frutas, pollo a la paprika y goulash en Hungría-  y pasando a las alegres khelimaske dyila para bailar.

Por otro lado, se reconoce a los gitanos como creyentes de gran cantidad de supersticiones –aunque no todos continúan con estas convicciones-, como por ejemplo aquellas relacionadas con la región rumana de la Tierra de las 7 Montañas Afortunadas, una zona “mágica” cuya tierra tiene supuestamente el poder de revelar –si se ingiere- los tesoros escondidos, o bien de guiar a los espíritus hacia el País de los Muertos, si se espolvorea sobre su tumba.

Sin embargo, con tantos rasgos distintos entre sus diversas comunidades, los gitanos comparten un elemento común que es el idioma –aunque incluso éste se ha visto afectado por las lenguas de los territorios que visitan-, conocido como romany –idioma que viene de una familia lingüística llamada neosánscrita o indoirania-, y cuyas variaciones han tomado nuevos nombres como es el caso del caló en España.

Ahora bien, muy aparte de sus costumbres, tradiciones o supersticiones, el gitano desde su aparición ha tenido que luchar contra muchos estereotipos impuestos por la sociedad, siendo tal vez los más importantes aquellos que los señalan como ladrones, tunantes y vividores; esta perspectiva se ha generado debido a que no se les ha reconocido una actividad económica estable, aún cuando se sabe que desde finales de la Edad Media se han dedicado a oficios como el comercio de caballos –al cual denominan lóvari por el vocablo que significa caballo- o la herrería, entre muchos otros; sin mencionar que su esencia nómada no inspira confianza en las civilizaciones sedentarias y estructuradas ya sea en forma de Reinos, Imperios o Estados. Pero lo cierto es que los gitanos no son diferentes de cualquier otra cultura del mundo, en el sentido de que, como en cualquier sitio, encontraremos gente trabajadora que lucha día a día para salir adelante, de la misma forma que nos toparemos con aquellos individuos que en la búsqueda de obtener de manera fácil y rápida el sustento diario, se dedica a la estafa, el asalto y otros crímenes –nada que no pueda observarse en grandes capitales como la Ciudad de México o Nueva York-.

Vendidos como esclavos durante más de 500 años en regiones como Moldavia y Valaquia –actual Rumania-, en el otro extremo de Europa, en Inglaterra fueron justamente estas etiquetas las que durante la Edad Moderna, provocaron que el monarca Enrique VIII prohibiera definitivamente la inmigración de gitanos, expulsando de su reino a aquellos que se habían adaptado a las tierras inglesas; incluso en 1562 el modo de vida de los gitanos fue decretado como delito criminal, recuperando su libertad de movimiento hasta 1783 cuando el Rey Jorge III abolió las antiguas leyes.

Ocupándose los tronos con detractores o simpatizantes de los gitanos, fue el escritor George Borrow quien elevó la reputación de este pueblo, logrando que incluso la Reina Victoria redactara un documento para ellos favorable, en el cual los describió como “tranquilos, afectuosos y discretos”, pero aclarando que en la misma comunidad, existían sujetos charlatanes y timadores.

Ya en el siglo XX una de las mayores amenazas que tuvo que enfrentar la cultura gitana fue el embate de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, ya que junto con otras minorías como el pueblo judío, fueron encerrados en los campos de concentración y exterminio.

Y es así como actualmente, todavía las comunidades gitanas deben luchar contra la discriminación para obtener su lugar en la vertiginosa sociedad del siglo XXI, habiendo peleado durante siglos para conservar su modo de vida, amenazada por los regímenes tanto monárquicos como fascistas, y sobreviviendo a una época posmoderna que parecería absolutamente hostil ante un pueblo que se rige por valores como el de la familia o la libertad, y cuya propia identidad lo arrastra irremediablemente por los caminos, haciendo de todo el mundo su lugar de origen o como dijo el filósofo latino Lucio Anneo Séneca: “No he nacido para sólo un rincón, mi patria es todo el mundo”. 

FUENTES:

 “Los Gitanos”. Aut. Bart Mc Dowell. Ed. Diana. México, 1978.

“El romanó, el caló, el romanó-kaló o el gitañol”. Aut. Nicolás Jiménez González. Anales de la Historia Contemporánea No. 25. Febrero, 2009.

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