De la servilleta a la Mona Lisa: Leonardo da Vinci

Por: Patricia Díaz Terés

“Todavía no se han levantado las barreras que le digan al genio: ‘De aquí no pasarás’ “.

Ludwig van Beethoven

Visión, inteligencia, amabilidad y elegancia, son algunos de los atributos que poseía un hombre, conocido más por su faceta como pintor que por su extraordinario espíritu científico, y que con el paso de los siglos ha sido reconocido como uno de los más grandes genios de toda la historia.

Cuando la Edad Media casi llegaba a su fin, en 1452, nació en la aldea de Anchiano  -muy cerca de Vinci- un niño de nombre Leonardo, hijo ilegítimo de un influyente notario florentino llamado Piero da Vinci y una campesina, Caterina.

Habiendo comenzado a desarrollar diferentes intereses y habilidades desde muy pequeño, Leonardo mostró ya desde entonces una gran capacidad de observación y análisis, pero sobre todo una curiosidad insaciable que lo acompañaría durante toda su vida; de este modo, estando dispuesto a probar toda suerte de disciplinas, una de las primeras con las cuales tuvo un acercamiento fue la gastronomía, gracias a su padre adoptivo Accatabriga di Piero del Vacca, repostero de la ciudad de Vinci que inculcó en el joven una verdadera pasión por la comida.

De esta manera, el postrer autor de “La Virgen de las Rocas” (1492-1508), probó muchos oficios además de su vocación artística, desempeñando por ejemplo, con gran placer, el puesto de jefe de cocina de la Taberna de los Tres Caracoles, tras lo cual fundó un establecimiento en donde practicó sus ideas culinarias, cuyas delicias eran tan rebuscadas que eran eludidas por los vulgares paladares medievales.

Tras varios años pasados con su madre, fue reclamado por Piero y llevado a vivir a la casa paterna, en donde el caballero sentía la soledad de un hogar falto de descendencia; colocando por tanto al jovencito al cuidado de su esposa Donna Albiera.

Una vez llegado a la adolescencia, ingresó en el taller de un prominente artista de Florencia, Andrea del Verrocchio, de quien aprendió las bases de la pintura y la escultura, desarrollando estas prácticas a tal grado que el maestro sintiéndose humillado ante el genio del discípulo, decidió dedicarse exclusivamente a la escultura, rindiendo un homenaje a Leonardo en su estatua de bronce “David” (1467).

Pero una realidad es que Da Vinci poca necesidad tenía de grandes instructores, ya que gozaba de un espíritu inquieto que lo llevó a ser un autodidacta extraordinario; de esta forma, aún cuando desconocía el latín y la gramática –hecho que le impidió comunicarse adecuadamente con los grandes pensadores de su época- estudió disciplinas tan variadas como geografía, mecánica, botánica, astronomía, hidráulica, óptica, química o anatomía, haciendo de cada uno de sus estudios minuciosas anotaciones que son aún conservadas en los manuscritos resguardados en sitios como la Biblioteca Nacional de París, el Museo Británico o la Biblioteca Ambrosiana de Milán, entre otros; y los cuales se caracterizan por estar escritos en un código inventado por el artista que consistía en escribir de derecha a izquierda –al modo de Oriente- y con muchos signos por él imaginados, tal vez con el fin de evitar el plagio de sus ideas o bien de esquivar a la terrible Inquisición, que no veía con demasiado agrado las extravagancias de Da Vinci.

Sin embargo, todo lo que Leonardo tenía de talentoso lo tenía también de inconstante. Siendo recriminado en numerosas ocasiones por varios de sus mecenas, el creador tenía por costumbre dar inicio con gran entusiasmo a todas sus obras, aburriéndose rápidamente en el desarrollo de las mismas, por considerar la realización demasiado tediosa.

El mejor ejemplo de esta característica tal vez sea su único trabajo mural, en el refectorio de Santa Maria delle Grazie, en el cual se invirtieron dos años y medio de trabajo (1495-1497) y se utilizó una técnica experimental para lograr la magnífica Última Cena, elaborada al ritmo propio del genio, quien tomándose su tiempo, durante un año no hizo un solo trazo en la pared que se le había designado, empleando este periodo para hacer infinidad de pruebas en la disposición de los alimentos que aparecerían en su obra –irónicamente en el resultado final la comida que se aprecia consta sencillamente de panecillos, rebanadas de anguila y puré de nabo-, los cuales resultaron mucho menos relevantes que la extraordinaria expresividad capturada en los gestos de Jesús y sus discípulos.

Durante toda su vida, Leonardo pasó siempre de una corte a otra, gozando de la generosidad de Ludovico Sforza “El Moro” –Duque de Milán-, César Borgia –hijo del Papa Alejandro VI-, el soberano galo Luis XII, Carlos de Amboise –Gobernador de Milán-, Juliano de Médicis –hermano del Papa León X– y por último el rey Francisco I de Francia.  

Así, en cada lugar ofrecía sus servicios como artista pero también como ingeniero de guerra –aún cuando consideraba esta actividad como la mayor barbarie cometida por el ser humano-; creando un sinfín de artilugios bélicos para Sforza como cañones, catapultas, granadas o las espingardas, predecesoras de las escopetas.

Pero tan creativo era Da Vinci que diseñaba máquinas para todos los fines imaginables e inimaginables, desde los antecesores del paracaídas y el aeroplano, u objetos tan cotidianos como la servilleta –surgida de su inclinación por la limpieza y pulcritud-, el sacacorchos, el molinillo para pimienta o la batidora, hasta “herramientas” francamente absurdas como la máquina gigante para picar vacas –que acabó siendo instrumento de guerra- o el rastrillo impulsado por vacas para limpiar la cocina.

Sin embargo, aún cuando la invención de todos estos artefactos, así como el desarrollo de cuidadosos estudios científicos ocupaban la mayor parte de su tiempo e intelecto, Leonardo era visto con mayor frecuencia como un pintor superdotado, siendo con tales fines contratado –aunque a veces tuviera que ser forzado a terminar los lienzos-, regalando así a la posteridad magníficas obras como “La Gioconda”  (1503-1506) –retrato de Lisa Gherardini, esposa de Francesco del Giocondo-, “San Juan Bautista” (1508-1513) y “La Virgen con Santa Ana y el Niño” (1510-1513), por mencionar algunas, siendo estas tres las preferidas del autor, conservándolas consigo hasta la muerte.

Sintiéndose relegado al final de su vida, cuando fue alojado por Juliano de Médicis en la villa de Belvedere, cerca del palacio Papal, asignándole aquél una pensión mensual por una inexistente producción, Da Vinci veía con nostalgia como Rafael, Miguel Ángel y Bramante –artífice de la Catedral de San Pedro- se encontraban en el pináculo de su carrera, mientras que él, el más sabio de todos ellos, tuvo que retirarse a la corte francesa de Francisco I, para buscar un tranquilo refugio en el castillo de Cloux –actualmente Clos Lucé– en donde murió a los 67 años el 2 de mayo de 1519 –presuntamente en compañía del propio monarca-, dejando en su testamento a su discípulo Melzi como albacea.

Y así, este hombre de agradable carácter y deliciosos modales, elegante vestimenta e inteligencia inigualable, desbordante creatividad y visión extemporánea, dejó –en el ejemplo de su propia vida- para todas las generaciones a él posteriores, una enseñanza que fue expresada así por el poeta alemán Johann Wolfgang Goethe: “No basta saber, se debe también aplicar. No es suficiente querer, se debe también hacer”.

FUENTES:

“Leonardo da Vinci: El enigma más allá de la muerte”. Aut. Fernando Mtz. Laínez. Historia y Vida No. 415.

 “Leonardo Da Vinci: El Genio Visionario”. Aut. Inés Monteira Arias. Historia, National Geographic. No. 52. Expaña, junio 2008.

“Leonardo Da Vinci: También cocinero genial”. Aut. Daniel Vázquez Sallés. Clío No. 50. Diciembre, 2005.

“El hombre que quiso ser dios”. Aut. Arturo M. Pascual. Clío No. 23. Septiembre, 2003.  

4 respuestas a De la servilleta a la Mona Lisa: Leonardo da Vinci

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