El fantástico mito de las geishas

Geisha

Por: Patricia Díaz Terés

“El papel más honroso en una conversación corresponde al que da la ocasión a ella, y luego al que la dirige y hace que se pase de un asunto a otro, pues así uno dirige la danza”.

Sir Francis Bacon

Elegancia, gracia, elocuencia, cultura y belleza son algunas de las características que deben tener las damas que desean dedicarse a una profesión que, fuera del Japón, ha originado una gran cantidad de especulaciones, provocando así importantes confusiones sobre las actividades de una geisha o geiko.

Durante cientos de años, las culturas orientales han suscitado en Occidente una extraordinaria fascinación, esto se debe en parte a que durante mucho tiempo los imperios como China y particularmente Japón, se encontraron fuera de los límites del alcance de los viajeros.

Tan celosos como son los nipones sobre su cultura y tradición, en este lugar del Extremo Oriente donde actualmente se fusionan las más férreas costumbres y las innovaciones tecnológicas más asombrosas, personas dedicadas a la singular profesión de geisha han sido protagonistas de numerosos mitos, que poco tienen que ver con las talentosas damas que cultivan sus habilidades en pos de ser capaces de entretener graciosamente a importantes hombres de negocios.

Fue en el siglo XVII, bajo el shogunato de Tokugawa– cuando el término “geisha” apareció -estructurándose con las raíces gei que significa “cultura” o “arte” y sha, “persona”-, designando en un principio a hombres y mujeres que en roles de comediantes, bufones y músicos, divertían a los asistentes en las fiestas de las clases dominantes, ajustándose el significado de esta palabra paulatinamente hasta tomar su acepción actual.

Pero desde la apertura de la cultura japonesa hacia el exterior en 1854, la mirada de los occidentales ha tergiversado la figura de la geisha, convirtiéndola en una creatura exótica comúnmente relacionada con el erotismo; esta confusión se debe, entre otras cosas, a los relatos difundidos por los marinos norteamericanos que visitaron puertos como Yokohama y Nagasaki, quienes a su vez acudían a las casas de placer donde encontraban a las yujo –también llamadas tayu-, es decir prostitutas con licencia.

Esta equivocación fue generada en parte porque las yujo copian la estética de las geishas, es decir, emplean el maquillaje blanco para la cara, el rojo intenso en los labios y visten kimonos; pero si los marineros hubieran observado con mayor atención, hubiesen percibido que mientras las primeras amarran el obi –especie de cinturón que ajusta el kimono– por la espalda, las segundas lo ataban por delante, para tener fácil acceso a la prenda.

De este modo, la geisha no está en modo alguno –salvo excepciones y únicamente con el caballero que se convierte en su mecenas, dado el caso- relacionada con la actividad sexual, por el contrario se les considera como verdaderas artistas cuya formación es ardua y demandante, ya que deben dominar el ritual de la ceremonia del té, el arte de la danza, la música y sobre todo el de la conversación culta.

Asimismo, estas damas han sido capaces de estructurarse en una verdadera organización; de este modo en 1779 se abrió una oficina de registros, cuya misión era imponer normas de conducta a esta actividad. Ya hacia la mitad del siglo XIX las geiko fueron oficialmente instaladas en tres distritos (kariukai) de Kioto –entonces capital de Japón-, Gion, Kamishichiken y Pontoche, a los cuales acudían los caballeros en busca de entretenimiento intelectual, mientras que si deseaban placeres físicos debían ir hasta Shimbara, único sitio donde podían localizar prostitutas legales.

Ahora bien, esta profesión no siempre fue de carácter voluntario como lo es hoy en día. Hasta finales del siglo antepasado –cuando el gobierno Meiji decidió estandarizar y regular formalmente la actividad de las geishas, liberándolas del régimen de esclavitud-, se tenía por costumbre que familias pobres vendieran a sus hijas –a la edad de 5 ó 6 años- a las “madres” que dirigían las okiyas -casas de geiko-, en donde las niñas eran enviadas a una escuela –dirigida por una maestra o “iemoto”, autoridad del baile y buen gusto-  donde recibían una estricta educación basada en crueles métodos de castigo, con la finalidad de refinar su carácter, comportamiento e intelecto.

Así, a la edad de 15 años se convertían en maiko o aprendiz, y era encargada con una geisha experimentada quien le ayudaba a familiarizarse con las ochayas, y específicamente con la realización de la chanoyu o ceremonia del té. Una vez adiestrada en el entorno real de su actividad, la pupila pasaba por la ceremonia del mizuague, convirtiéndose así en geisha; este cambio, entre otras cosas, era mostrado en su peinado, conocido como shimada, el cual pasaba de ser ui wata –estilo que utiliza una cinta de color y que representa un melocotón dividido- a taka shimada, un gran moño usado por las jóvenes solteras.

De este modo, presentando un rostro ovalado delicadamente maquillado de color blanco, cejas en forma de media luna y boca dibujada como sutil pimpollo, vestida con hermosos kimonos y equilibrándose sobre los okobo –zapatos con 15 centímetros de plataforma-, la nueva artista era llevada a la ochaya para entretener a los generosos clientes, siendo los arreglos financieros puntualizados por el kenban –oficina de la asociación de geiko encargada de realizar las transacciones entre las okiya y las casas de té-.

Pero el imaginario popular ha optado por dotar a las geiko de un halo de misterio y exotismo. Cuando el libro “Memorias de una Geisha” de Arthur Golden se publicó en 1997, un gran revuelo se levantó en el mundo de las geishas, ya que el autor fue demandado por una antigua geiko de nombre Mineko Iwasaki, a quien cita como fuente de información; el motivo de este proceso legal fue difamación e incumplimiento de contrato –supuestamente Golden se había comprometido a no revelar su nombre-. A raíz de esto Iwasaki decidió escribir el libro “Vida de una Geisha: La Verdadera Historia” (2002), en el cual la autora trata de remediar las imprecisiones de las ficticias memorias, sin haber logrado igualar el éxito comercial del best seller original.

Y todo empeoró cuando la versión cinematográfica homónima, dirigida por Robert Marshall, llegó a las pantallas en 2005, ya que el director al parecer se tomó demasiadas libertades con las tradiciones niponas, llegando a colocar en el papel de las geishas a conocidas actrices de origen chino –Ziyi Zhang, Gong Li y Michelle Yeoh-, lo cual fue visto con horror por ambas naciones que lo consideraron un oprobio.

Hoy en día las geishas y su mundo están en serio peligro, su número se ha reducido de 80 mil que existían en 1928 a sólo un millar, siendo éstas jovencitas graduadas de secundaria o preparatoria,  y que tienen gran admiración por las costumbres tradicionales de su país, a la vez que poseen una marcada inclinación por el arte. Sin embargo, aún cuando los castigos físicos han sido eliminados de las okiyas, el entrenamiento de las geiko posmodernas sigue siendo muy demandante, en cuanto a la dedicación que se requiere; de igual manera se tienen algunas desventajas, ya que estas muchachas no pueden contraer matrimonio mientras ejerzan la profesión, la cual además no cuenta con un programa de pensiones para el retiro, condiciones que alejan a las mujeres actuales de tal actividad.

Pero lo cierto es que justamente es el misterio y secretos propios de esta profesión –estén o no alejados de la realidad- los que la hacen tan llamativa a ojos extranjeros, ya que como dijo alguna vez el gran poeta alemán Johann Christoph Friedrich von Schiller: “El encanto de la belleza estriba en su misterio; si deshacemos la trama sutil que enlaza sus elementos, se evapora toda la esencia”. 

FUENTES:

“Real geisha, real story”. Aut. Alyssa Kolsky. Time Magazine. E.U.A. Noviembre, 2002.

“Japanese on edge over Spielberg’s geisha film”. Aut. Justin McCurry. The Guardian. U.K. Octubre, 2004.

“The making of a geisha”. Aut. Richard Corliss. www.time.com Los Ángeles, E.U.A. Noviembre, 2005. 

“Japan through Hollywood’s distorting lens”. Aut. Andrew Lee. Financial Times. Diciembre, 2005.

“Las geishas: Samuráis de la danza”. Aut. David Broggi. Revista Clío No. 59.  Septiembre, 2006.

  “Modern-day geisha triumphs in closed, traditional world”. Aut. Elaine Lies. Reuters. Abril, 2008.

 “Geishas: las últimas formas de arte viviente”. www.lagranepoca.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: