El orgullo del talento: Lord Byron

Lord Byron

Por: Patricia Díaz Terés

“Con las piedras que con duro intento los críticos te lanzan, bien puedes erigirte un monumento”.

Immanuel Kant

Famoso tanto por sus extraordinarios poemas como por su irrefrenable gusto por las damas, Lord Byron ha pasado a los anales de la historia literaria como un personaje tan reprobable como fascinante.

Hijo del capitán John Byron y de su segunda esposa, Catalina Gordon de Giht, George Gordon nació el 22 de enero de 1788 un lugar cuya exacta ubicación se desconoce; quedando huérfano de padre en 1791, el futuro poeta permaneció únicamente al cuidado de una madre desequilibrada.

Abrumado por la constante angustia que le provocaba una deformidad en un pie, que lo hacía cojear, y sorteando los descomunales cambios de humor de Catalina, George tuvo un desarrollo emocional complicado durante su infancia y adolescencia, mismo que se vio también afectado por la caótica situación económica de su aristocrática familia, a la que su padre había arruinado con inefables despilfarros.

De carácter violento y apasionado, desde muy pequeño el postrer autor comenzó a mostrar esa debilidad que le acompañaría durante toda su vida: las mujeres; sin embargo cuando se pasa por la tierna edad de la infancia, “amores” como el que despertó en él la encantadora María Duff sólo pueden guardarse en la memoria como muy gratos recuerdos. No obstante, la madre del infante tenía una singular afición por burlarse de los inocentes afectos de su hijo, situación que no pasó para él desapercibida.

En 1794, cuando George tenía sólo 11 años recibió el título que le valió el nombre con el cual pasaría a la historia, Lord Byron, heredado de su tío William Byron quien legó también al joven la enorme propiedad de la Abadía de Newstead, la cual era en la localidad fuente de numerosos rumores debido a la excéntrica personalidad del viejo lord, quien había mandado a colocar en el bosque que rodeaba sus dominios, una gran cantidad de estatuas de ninfas, sátiros y faunos, cuyas míticas figuras, en la ignorante imaginación de la gente, evocaban seres demoniacos, conociéndose el lugar como “bosque del diablo”.

Por otra parte, para cumplir con las exigencias educativas de su posición, Byron fue inscrito a la escuela de Harrow, donde sorprendió a sus maestros con su ya extenso conocimiento de la literatura universal, habiendo ya repasado “Las Mil y Una Noches”, la “Historia de los Turcos” o los “Viajes de Lady Montagu”, y  leído a gran cantidad de poetas incluyendo a Chaucer (Los Cuentos de Canterbury).

De este modo, es a los 15 años cuando experimenta su primera pasión amorosa, siendo el sujeto de su afecto una jovencita con negros cabellos y azules ojos, que respondía al nombre de Maria Chaworth quien a la sazón contaba con 18 años; mala fue esta experiencia para el adolescente, ya que cuando Byron declaró abiertamente su amor, la chiquilla le contestó con una franca e irónica carcajada, procediendo a despreciarlo de humillante manera.

Siendo un muchacho que disfrazaba un exacerbado –y herido- orgullo como timidez, en 1805 ingresó por fin a la universidad, manifestando gran inconformidad al tener que asistir al Trinity College de Cambridge, en lugar de a su admirada Oxford; sin embargo, en este lugar dio muestras de su prodigiosa inteligencia y su aún más evolucionada vanidad, la cual lo llevó siempre a realizar innumerables excentricidades con la única finalidad de ser original, alejándose así de la tan temida vulgaridad.

Así elaboró su primer compendio de poemas en el libro titulado “Horas de Ocio” (1807), mismo que publicó cuando únicamente tenía 19 años. Esta obra fue gratamente recibida por la sociedad británica, en particular por la aristocracia; sin que por supuesto pudiese faltar quien, lleno de envidia por su juvenil y asombroso talento, le lanzara destructivas críticas como fue el caso de Jeffrey o lord Brougham de la Revista de Edimburgo. Esto no hizo más que provocar –justamente- la ira del escritor, quien siguiendo el consejo de su amigo Scrope Berdmore Davies, publicó a manera de réplica “Bardos Ingleses y Críticos Escoceses” (1809), que se convirtió en su primer éxito literario.

Sintiéndose hastiado de los ingleses, en 1809 decidió poner rumbo al continente acompañado de su amigo John Hobhouse, visitando así España, Malta, Albania, Grecia y Turquía. Ni qué decir tenemos que en cada uno de estos lugares dejó gran cantidad de corazones rotos e ilusiones quebrantadas. Una de las aventuras amorosas más destacadas de este periodo, fue aquella que sostuvo con una joven turca, quien al ser descubiertos sus amoríos con Byron, fue acusada y sentenciada por el crimen de haber mantenido relaciones amorosas con un cristiano, a ser arrojada al mar cosida dentro de un saco. Quiso entonces la suerte que, ignorante como era de la situación Lord Byron, por casualidad pasara cerca del lugar de la ejecución justo en el instante en que su amada iba a ser asesinada, así, escuchando los desesperados gritos de una dama, el caballero prestamente intervino en la situación con el objetivo de salvarla, sorprendiéndose enormemente al descubrir la identidad de la prisionera, por cuya vida abogó con renovado ímpetu. Gracias a la reputación del poeta las autoridades cedieron a permutar la sentencia, condenándola al destierro en la ciudad de Tebas, donde ella murió a los pocos días víctima de una fiebre, sobre lo cual Byron –con un tanto de pedantería- declaró que la damisela había “muerto de amor”.

También durante este viaje, en 1810, el poeta emuló la hazaña de Leandro –personaje de la mitología griega- al cruzar a nado el estrecho de Helesponto, –hoy Dardanelos- que separa a Europa de Asia, partiendo de la ciudad de Sestos y llegando a Abidos en tan sólo una hora y diez minutos. Poco después, y tras pasar una temporada en Constantinopla, regresó a Inglaterra a tiempo para los funerales de su madre y de uno de sus mejores amigos, Matthews.

Basándose en sus previas aventuras, escribió “Las Peregrinaciones de Childe-Harold” (1812), recibiendo únicamente buenas críticas y admiración por parte de los lectores, publicándose además una extensa alabanza al texto en la Revista de Edimburgo, que trató así de hacer olvidar la crítica anterior.

Asimismo, por este tiempo Byron conoció a Carolina Lamb, apasionada y sensible aristócrata de novelescas ideas que se enamoró perdidamente de él; éste durante un tiempo también sintió arrebatadora pasión por la dama, la cual sin embargo –y cual era su costumbre- se extinguió muy pronto, tras lo cual el caballero le informó a su amante que no deseaba seguir manteniendo relación alguna con ella, debido a su “ridícula vanidad” y “absurdos caprichos”. Ella, desesperada, lo persiguió tenazmente, recurriendo incluso al disfraz y el engaño para poder verlo, hechos que únicamente suscitaron incisivas burlas por parte del autor.

Cansado de las aventuras, tomó la terrible decisión de contraer matrimonio con Ana Isabel Noel Milbanke -prima de Carolina Lamb-, una fría e inteligente mujer con quien no logró congeniar ni siquiera cuando nació su hija Ada Augusta en 1816; de esta manera, teniendo ella un estricto sentido de la rectitud, no podía tolerar los excesos y desvíos de su marido, por lo que decidió alejar a su hija de tan monstruoso ser, acudiendo a la casa paterna desde donde anunció a Byron que nunca volvería a ver a su familia.

Así, alejado de su única hija, recriminado por la sociedad debido a su conducta, acusado de una presunta relación incestuosa con su media hermana Augusta –declaración hecha por el autor M. Becher Stowe (La Cabaña del Tío Tom) sin tener prueba alguna-, y excluido de la Cámara de los Lores, Byron vendió Newstead por 140 mil libras esterlinas y partió nuevamente hacia el continente para buscar nuevas experiencias, de las cuales hablaremos con mayor detenimiento en la próxima entrega de esta columna.

 FUENTES:

“Lord Byron: El Precio de la Fama”. Aut. Víctor Freyre. Historia y Vida No. 47. 

“Lord Byron”. Aut. Alfonso Seché y Julio Bertaut. Ed. Louis-Michaud. Paris. S/A.    

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