El casanova libertario: Lord Byron (2ª parte)

Retrato de Lord Byron por Thomas Phillips

Por: Patricia Díaz Terés

“El que cae desde una dicha bien cumplida, poco le importa cuán hondo sea el abismo”.

Lord Byron

Atractivo, orgulloso, brillante y con una arrolladora personalidad, poco tenía que hacer el famoso George Gordon -sexto Lord Byron– para lograr que las damas de su época, sin importar su edad, condición social o incluso estado civil, se arrojaran a sus pies perdidamente enamoradas.

Tan famosos como sus extraordinarios poemas, son los amoríos de este escritor inglés -los cuales según el imaginario popular se calculan alrededor de 300-, quien tuvo una gran cantidad de aventuras y un buen número de “amores de la vida”, sin lograr sin embargo casarse con alguna de ellas.

Tras el rompimiento con su esposa –Ana Isabel Milbanke-, siendo comparado por la sociedad con terribles personajes como Nerón o Calígula y viendo cómo su vida en Inglaterra se desmoronaba ante sus ojos, Byron tomó la decisión de emprender un nuevo viaje, esta vez definitivo, para explorar los sitios del continente europeo que más le atraían; de esta manera quiso en primer lugar visitar el lugar del triunfo del Duque de Wellington sobre Napoleón (1815), Waterloo (Bélgica), para continuar su travesía por Coblenza (Alemania), pasando por Basilea en Suiza y concluyendo esta etapa del viaje en la ciudad de Ginebra, con un muy deteriorado estado de salud.

Siendo un reconocido literato, su estancia en las diferentes poblaciones no pasó desapercibida; asimismo, su afán por establecer amistosas relaciones con los aristócratas decimonónicos lo llevaron a frecuentar sus residencias, donde con regularidad fue blanco de la curiosidad y las habladurías.

De este modo en Ginebra tuvo que soportar el colmo del ridículo cuando, asistiendo a una cena en la casa de su amiga Madame StäelAna Luisa Germania Necker, baronesa de Staël-Hostein-, Byron se encontró con gran desconcierto ante una concurrida asamblea cuyo único propósito era contemplar al temible “monstruo inglés”, llegando la anciana Madame Hewey a sufrir un desmayo ante la sola vista del bardo, hecho que sobrepasó la paciencia de éste quien con gran indignación abandonó el recinto.

Y así, para la generación de tal fama fueron necesarios algunos memorables cortejos por parte de Byron, ya que eran las causas de aquélla precisamente su conducta libertina y pensamiento “inmoral”.

 Así uno de los comportamientos más reprobables del autor fue el que mostró durante su relación con Jane Clairmont, hermanastra de Mary Shelley –autora de “Frankenstein” (1818)-. Esta mujer, una culta y apasionada señorita con fecunda imaginación e inusual inteligencia, logró conmover –aunque temporalmente- el caprichoso corazón del escritor cuando se conocieron en Londres, al regresar ella de acompañar en su aventura al fugado matrimonio Shelley; tal fue la mutua atracción que pronto se  convirtieron en amantes, lo cual dio como resultado una hija ilegítima del lord, a quien nombraron Allegra.

Y fue justamente en Ginebra, donde el intelectual casanova se encontró nuevamente con Jane, para tan sólo revivir fugazmente la aventura, tras lo cual una vez más hastiado, la envió hacia Inglaterra mientras él partía con rumbo a Milán y posteriormente a Venecia.

Y fue en esta ciudad donde conoció a Margarita Caghi, una jovencita analfabeta –algo desequilibrada y casada con un iracundo hombretón-, quien quedó irremediable e inmediatamente prendada del guapo extranjero. A primera vista, la chiquilla no tenía ningún atributo lo suficientemente notable como para presentar una tentación para Byron; sin embargo su fuerte, altivo y veleidoso carácter, su ingenuo e ingenioso sentido del humor y sencilla belleza, hicieron que el amorío fuera inevitable.

Sin ninguna promesa hecha por parte del autor, Margarita tuvo a bien abandonar a su marido para ir a refugiarse a casa del inglés –cosa que no hizo nada de gracia al solitario viajero, quien disfrutaba sobre todo de su libertad e independencia-, quien a su vez tuvo que esquivar al furioso cónyuge al llegar éste vociferando, llorando y suplicando el regreso de su amada; de tal suerte, el escritor le aseguró entonces que él nada había tenido que ver con la fuga de su señora, y que podía llevársela cuando le apeteciera.

Necia hasta el extremo, la joven se empeñó en quedarse donde estaba, siendo necesaria la intervención de las autoridades policíacas para regresarla a su hogar, de donde ella ni tarda ni perezosa volvió a escaparse para regresar con su amante. Analizando la situación, el literato decidió tolerarla un tiempo más, hasta que sus caprichos y demandas se hicieron verdaderamente insoportables; en tal punto, el caballero procedió a desalojar a la intrusa, quien a su vez amenazó con asesinarlo utilizando un cuchillo, siendo detenida justo a tiempo por el mayordomo de la residencia.

Pero fue en Roma donde conoció a la mujer que probablemente conquistó por más tiempo su esquivo espíritu, Teresa Gamba era entonces una damita de 16 años que llevaba tres días de casada con un maduro Conde Guiccioli, cuando conoció al apuesto poeta, encendiéndose inmediatamente una violenta pasión, misma que lo llevó a concluir terminantemente su relación con Clairmont, demandando así la custodia de su hija Allegra para internarla en un convento, impasible ante el llanto y las súplicas de Jane. Esta cruel separación tuvo como consecuencia la muerte de la pequeña, a causa de una fiebre tifoidea, cuando únicamente tenía 5 años (1822).

En tácito y singular acuerdo con el marido, la Condesa y Lord Byron disfrutaron de una abierta, cariñosa y apasionada “amistad”, que orilló al bardo a seguir a su dama por toda Europa, mientras los condes viajaban por Italia, viviendo de manera sucesiva en Rávena, Bolonia, Romaña y Mira, levantando ocasionalmente habladurías que eventualmente pusieron en guardia al Conde, que trató sin éxito de romper la relación. Finalmente, en un arranque de sensatez los Guiccioli solicitaron al Papa la anulación de su matrimonio, misma que fue concedida en 1820.

Al tiempo que se desarrollaba el romance, la Condesa introdujo a Byron en el contexto de los Carbonarios, sociedad secreta que luchaba por la independencia de Italia, cuyas ideas fueron compartidas y difundidas por el escritor, interesándose desde entonces  en los movimientos nacionalistas.

Así, una vez libre Teresa decidió establecer residencia permanente con su amante en Génova, pero éste, tras un breve periodo de tranquilidad perdió nuevamente la calma, reencontrándola al conocer a un par de inteligentes amigos: Lady Blessington y el Conde de Orsay, quienes pasaban una temporada en la ciudad; sin embargo al partir ellos, Byron torturó a su dama con violentos ataques de cólera.

Finalmente, en 1823 el inestable caballero abandonó a Guiccioli partiendo a Grecia, donde se estableció en Metaxata (Kefalonia), para participar en la lucha de los helenos contra los turcos; mas el destino quiso que el poeta partiera de este mundo sin sangre en sus manos, ya que falleció a causa de una fiebre el 19 de abril de 1824. Regresando sus restos a Inglaterra, se prohibió que fuera enterrado en la Poet’s Corner de la Abadía de Westminster –debido a sus inapropiados procederes-, por lo que sus restos recibieron sepultura en la mansión familiar, quedando su corazón en Grecia. Y así  la vida de este gran poeta romántico, refleja bastante bien la frase del filósofo griego Sócrates que reza: “El orgullo engendra al tirano. El orgullo, cuando inútilmente ha llegado a acumular imprudencias y excesos, remontándose sobre el más alto pináculo, se precipita en un abismo de males, del que no hay posibilidad de salir”. 

FUENTES:

“La Novela Perdida de Lord Byron”. Aut. John Crowley. Ed. Booket. México, 2009 

 “Lord Byron: El Precio de la Fama”. Aut. Víctor Freyre. Historia y Vida No. 47. 

“Lord Byron”. Aut. Alfonso Seché y Julio Bertaut. Ed. Louis-Michaud. Paris. S/A.    

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