La Alhambra: Escenario de política, leyenda y romance

La Alhambra

Por: Patricia Díaz Terés

“La arquitectura es una música congelada”.

Arthur Schopenhauer

Musa de grandes escritores como Washington Irving (“Cuentos de la Alhambra”-1832) o de virtuosos músicos como el guitarrista y compositor Francisco Tárrega (“Recuerdos de la Alhambra”-1896), cuna de misteriosas leyendas, testigo de monumentales batallas y hogar de poderosos monarcas, así se alza imponente, sobre la cima del cerro La Sabika en la hermosa Granada (España), la palaciega fortaleza conocida como La Alhambra.

Bañada por los ríos Darro y Genil, la región de Granada fue durante siglos mudo testigo de la lucha que se llevó a cabo entre moros y cristianos en su afán por dominar el territorio; de este modo, en el siglo XIII surgió la dinastía –los nazaríes– que daría forma y fama a la construcción de La Alhambra, con el soberano Muhammad Ibn Yusuf o Muhammad I de quien se dice que era un hombre con holgados recursos económicos, cuya destreza militar y estratégica le permitieron conquistar a los granadinos.

Ahora bien, la nula relación de este hombre con el Profeta Mahoma, así como su inexistente sangre real o relación con los Omegas –gobernantes de al-Andalus de 750 a 1031- hicieron que tanto él como sus descendientes sufrieran siempre el temor que les generaba su escasa legitimidad para gobernar, de tal suerte decidieron hacer alarde tanto de sus riquezas a través de vestimentas, banquetes y palacios; como de su valor en batalla, dirigiendo así los propios monarcas a sus ejércitos.

 Pero a pesar del cuestionado derecho al trono que tuvieron los nazaríes, no cabe duda de que fue precisamente Muhammad I (1238), al hacer un pacto de lealtad con el rey Fernando III –justo cuando el ejército de Castilla y León había sitiado por completo la ciudad de Jaén– para garantizar la paz, quien logró la continuidad del reino de Granada haciendo de éste una próspera nación.

Así, en una colina en cuya cumbre estaba erigida una antigua alcazaba[1] -refugio del dirigente granadino Sawwar ben Hambrun en el siglo IX– se comenzó la construcción de Qal’at al-Hambra o Castillo Rojo, en cuyo interior el sultán en turno seguía las descripciones del Paraíso contenidas en la poesía musulmana, según la cual el Edén es un jardín donde el hombre podrá disfrutar toda la eternidad.

De esta manera, el tamaño y esplendor que podemos admirar hoy en día en La Alhambra es producto de varias centurias durante las cuales cientos de arquitectos, albañiles, carpinteros, ingenieros, jardineros, etc., trabajaron incansablemente para cumplir con las órdenes de los soberanos quienes continuamente agregaban nuevos elementos a la monumental construcción.

Así, Muhammad II (1272-1301) y Muhammad III (1301-1308) edificaron en el interior de la fortaleza un baño público y una mezquita; mientras que Yusuf I (1332-1354) y Muhammad V (1354-1390) terminaron de remodelar el palacio, agregando la Puerta de la Justicia, la Sala de la Barca y el Patio de los Leones.

Sin embargo, el edificio no cumplió únicamente con los fines lúdicos de los sultanes moriscos; como digna fortaleza, sus poderosas murallas mantuvieron a raya a los enemigos de sus señores, siendo tal la solidez de los muros que reza una leyenda que cuando caigan las paredes de La Alhambra será porque ha acaecido ya el fin del mundo.

Cubriendo a la vez las funciones como sede del gobierno, residencia real y fortaleza militar, La Alhambra –dividida a groso modo en dos partes: la Alcazaba o fortaleza y el Alcázar o palacio de los sultanes- sitúa el centro del poder –el Sultán– en el trono ubicado en la Sala de los Embajadores del Palacio de Comares; esta impresionante construcción de estilo musulmán, rematada por una exquisita cúpula elaborada en madera, era en su tiempo decorada además por emblemáticos estandartes rojos.

El resto de los funcionarios públicos importantes estaban emplazados en las zonas de Machuca y Mexuar, siendo el más importante de ellos el Visir o Ministro de Estado, seguido por el Canciller del Sello y el Jefe de la Oficina de Interpretación; por otro lado los cortesanos pertenecientes a la alta nobleza como los Alamines, embajadores en Castilla y Aragón; los Bannigas, Cegríes y Banu al-Qabsani, caudillos fronterizos o los poderosos AbecerrajesIbn al Sarray o “hijos del sillero”-, que en algunas ocasiones llegaron a ser una peligrosa amenaza para el dominio de los sultanes nazaríes; además, respecto a este último linaje existe una leyenda en la cual se dice que el óxido que se observa en la fuente localizada en la Sala de los Abencerrajes, es en realidad evidencia de la sangre de 36 caballeros ejecutados por el último soberano nazarí, Boabdil (1482-1492), a causa de un episodio amoroso poco apropiado.

Junto a la corte, en un hermoso recinto que muestra influencias de la arquitectura cristiana –debidas a la amistad de Muhammad V y el rey castellano Pedro I “El Cruel”-, vivía la Familia Real, cuyas damas principalmente, se alojaban cómodamente en el lujoso Palacio de los Leones, cuyos maravillosos jardines estaban decorados con exuberante y fragante vegetación, numerosas y deliciosas fuentes, así como por delicados azulejos e inscripciones, siendo así escenario de legendarios romances como el de Zoraya (Turayya), una antigua cautiva cristiana que se convirtió al Islam por el amor del rey Muley Hacén (1466-1485); asimismo estos jardines sólo encontraban parangón en el GeneralifeYannat al-Arif o “jardín del arquitecto”-, recinto construido al pie del Cerro del Sol por Muhammad II y reformado por Ismael I (1319), separado de la fortaleza principal por un barranco, cuya construcción es una muestra fiel de la descripción que hace el poeta andalusí Ibn Luyun, de las viviendas de carácter agrícola en su Tratado de Agricultura.

Y así, tras muchos años de lucha entre moros y cristianos finalmente, el 2 de enero de 1492, la puerta de la Torre de los Siete Suelos vio salir al último de los gobernantes nazaríes, Boabdil, ya que los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, habían logrado derrotar al ejército musulmán; sin embargo, conscientes de la belleza de la edificación de La Alhambra –a pesar de su origen-, no la tocaron. Incluso su nieto, el Emperador Carlos V, durante un tiempo (1526) albergó la intención de establecer en ella la Residencia Real, para lo cual ordenó demoler una de sus alas para conectar el Alcázar con un nuevo palacio imperial; sin embargo esta obra causó tantos problemas que el estadista acabó por perder todo interés en el asunto, dejando la fortaleza en imperdonable descuido, estado que se fue agravando hasta caer en el total abandono durante el siglo XVIII, para comenzar a recuperarse nuevamente a mediados del siglo XIX, y ser completamente rescatada y terminada hasta 1960.

Constituyendo un objeto de admiración debido a su innegable Belleza, La Alhambra ha pasado a la historia tanto por sus habitantes como por las leyendas que ha suscitado, en particular gracias a la imaginación de grandes escritores como el norteamericano Washington Irving (1783-1859)o el español Ginés Pérez de Hita (1544-1619), afianzando este último la romántica imagen del palacio al poblarlo de gallardos y valerosos caballeros moros que luchaban por el amor de damas de belleza sin igual, a la vez que combatían a los cristianos; pero a pesar de las ficciones que ha generado, cada una de las huellas mostradas en cada rincón de La Alhambra, hacen de ella una prueba de las palabras del escritor Octavio Paz: “La arquitectura es el testigo menos sobornable de la historia”. 

 Escucha “Recuerdos de la Alhambra” de Francisco Tárrega: http://www.youtube.com/watch?v=hjU5csliIBc

 FUENTES:

“Alhambra: Las Mil y una Noches en Granada”. Aut. Oriol Puges. Clío No. 77. Marzo, 2008.

“Los Sultanes de la Alhambra”. Aut. Enrique Soria Mesa. Historia. National Geographic No. 53. Julio, 2008.

“El Castillo Rojo”.Aut. Javier Moncayo. Historia y Vida No. 472.

“El Generalife”. “Jardines de la Alhambra”. Aut. Javier Guillén Berrendero. www.alhambradegranada.org

“Leyendas sobre la Alhambra”. www.alhambra.org   

 


[1]Recinto fortificado dentro de una población amurallada

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