Reputaciones conocemos, corazones no sabemos: Oscar Wilde

Óscar Wilde

Por: Patricia Díaz Terés

“Si nosotros somos tan dados a juzgar a los demás, es debido a que temblamos por nosotros mismos”.

Oscar Wilde

Colgar la Espada de Damocles sobre la cabeza de un individuo cualquiera resulta ya de por sí muy peligroso; sin embargo, colocarla sobre la de un genio de impetuosas emociones es un verdadero desatino, tal como descubrió la victoriana sociedad londinense cuando trató  de compaginar el juicio y la admiración que tenían por el polémico y grandioso escritor Oscar Wilde.

Nacido el 16 de octubre de 1854 en Dublín (Irlanda), segundo de tres hijos de un eminente oftalmólogo, Sir Williams Robert Wills Wilde y la poeta Jane Francesca Elgee -conocida como “Speranza”-, Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde heredó el indómito espíritu de su madre, quien criticó duramente la dominación británica sobre su nación, a la vez que participó activamente en el partido Young Ireland (Joven Irlanda), que sentaría las bases para el tristemente célebre ERI (Ejército Revolucionario Irlandés).

Intelectualmente inquieto desde pequeño, Óscar ingresó en el Magdalene College de Oxford, donde rápidamente comenzó a llamar la atención, tanto por su fascinante y algo extravagante personalidad como por su talento como escritor, mismo que cultivó bajo la tutela de maestros como el novelista y crítico Walter Pater, además de con la lectura de las poesías escritas por A.C. Swinburne y Walt Whitman, o de autores clásicos como Virgilio, Esquilo y Horacio, a la vez que se empapó de las ideas de John Ruskin.

También en esta etapa tuvo la posibilidad de desarrollar su exquisito gusto artístico, guardando en su habitación hermosas piezas de porcelana china, finas alfombras y maravillosas obras de arte; este refinamiento, sumado a una carismática personalidad, le ganaron la simpatía de sus condiscípulos, ante quienes exponía sus brillantes ideas sobre política, arte y otros tópicos que a la sazón interesaban a Wilde.

Cúmulo de contradicciones, al tiempo que escribía sobre relaciones amorosas de carácter homosexual, situadas en contextos mitológicos paganos, por ejemplo, el autor educado dentro de la religión Protestante, se sentía atraído por el misterio de la Iglesia Católica, su doctrina y rituales, de manera que asistía con frecuencia a Misa -aún cuando su conversión se suscitó hasta su lecho de muerte-.

Al terminar sus estudios, el escritor irlandés decidió instalarse definitivamente en Londres para probar fortuna, y tal cual había sucedido en la Universidad, pronto adquirió una fama que le hizo objeto de numerosas y frecuentes invitaciones a gran número de diversas tertulias; de igual manera era caricaturizado en las tiras cómicas del diario “Punch”, de las cuales sólo eran protagonistas los más relevantes personajes de la vida social y cultural londinense; además los dramaturgos Gilbert & Sullivan basaron el carácter del personaje principal de su obra “Patience” en las personalidad de Wilde,

Pero el arte raramente reditúa de en igual medida al artista en fama y fortuna, de tal suerte que la situación financiera de Óscar no resultaba tan holgada como para sostener el cómodo estilo de vida al que estaba acostumbrado; sin embargo, habiendo observado la popularidad de la que gozaba el literato, el productor de la obra “Patience” lo invitó en 1882 a realizar una gira por Estados Unidos para impartir una serie de conferencias cuyos tópicos serían las variadas expresiones de la belleza.

Siendo ya víctima de duras críticas por parte de la estricta sociedad victoriana por sus llamativas vestimentas, “soberbia” actitud –se cuenta que al pasar por la aduana y al serle preguntado si tenía algo que declarar, el escritor dijo “sólo mi genio”– e inquietantes ideas sobre la política y la sociedad, Óscar decidió aceptar la oferta para “civilizar” –según él- a la sociedad norteamericana decimonónica.

Muy pronto la industrializada sociedad norteamericana vio severamente criticada su propia estructura por aquel estrafalario personaje que llegaba del otro lado del Atlántico; por tal motivo, críticos e intelectuales trataron severamente el contenido de las ponencias de Wilde. No obstante, sin que éste se dejase amilanar, continuó promoviendo –teniendo curiosamente gran aceptación en los sectores populares como el de mineros y el de las amas de casa- su propuesta estética, según la cual el arte tiene valor por sí mismo, sin que éste deba supeditarse a las ganancias económicas que pueda generar –una idea escandalosa para una sociedad en la que se presentaba ya desde entonces el más acérrimo capitalismo.

A su regreso a Inglaterra, importantes hechos se sucedieron rápidamente. En primer lugar, sufrió un revés sentimental al descubrir que su antigua prometida, Florence Balcome, se había casado con el escritor Bram Stocker (Drácula, 1897); esto le llevó a realizar un viaje por París, donde frecuentaba la vida nocturna, misma que le permitió observar cómo el arte francés había optado por la “decadencia”.

Además, en contra de todo lo aconsejable, sin gozar de rentas fijas y habiendo sido víctima de la sífilis –probablemente contraída durante su furtiva relación con una prostituta del barrio latino parisino-, en mayo de 1884 contrajo matrimonio con la señorita Constance Lloyd, nieta de un renombrado asesor de la Reina Victoria, y con quien tuvo dos hijos : Cyril y Vyvyan, a quienes quería entrañablemente.

Pero si bien muchos eran sus defectos como marido, de él se puede decir que –dentro de sus propios parámetros- Wilde fue un buen padre, siendo una muestra la gran cantidad de relatos infantiles –como “El Príncipe Feliz” o “El Gigante Egoísta”– que aparecen en su producción literaria, de la cual tal vez la obra más famosa sea la historia del egoísta y malévolo Dorian Grey (1891) la cual fue recibida por la intolerante sociedad británica a la vez con fascinación y desprecio, debido a que el personaje principal es un cúmulo de defectos y vicios inmorales que dejaron estupefactos a los conservadores victorianos.

Así, con ideas políticas inconvenientes –de carácter socialista-, con una extravagante y provocativa personalidad y habiendo tenido la “genial” idea de involucrarse sentimental y apasionadamente con un caprichoso aristócrata –Lord Alfred Douglas-, la catástrofe pendía sobre la cabeza del poeta en una sociedad en la cual se hacía gala del más estricto –y absurdo- tradicionalismo. De este modo cuando Sir John Sholto Douglas, Octavo Marqués de Queensberry y padre de Lord Alfred decidió entablar un juicio contra Wilde acusándolo de “sodomía y grave indecencia”, la sociedad británica –casi en su totalidad- reprobó al escritor, quien terminó cumpliendo una condena de dos años a trabajos forzados en la prisión de Reading, periodo durante el cual se gestaron sus obras “De Profundis” y “Balada de Reading Gaol”. 

En 1897, libre de la cárcel pero desterrado por la sociedad, decidió ir a buscar a su amante a París, donde convivieron felizmente durante un breve periodo hasta que las peleas y el escaso dinero hicieron definitiva la separación. Así, el gran genio –cuyos pecados fueron juzgados por una sociedad que adolecía de una corrupción semejante a la que mostraba el espeluznante retrato de Dorian-, abatido,  paupérrimo, derrotado, abandonado por todos -excepto por su gran amigo Robert Ross– y convertido recientemente al catolicismo, Óscar Wilde abandonó -en medio de grandes dolores- este mundo en noviembre de 1900.

Juzgado justamente sólo por el Todopoderoso, Wilde recibió reivindicación en este mundo cuando en 1995 la Iglesia Anglicana permitió que una placa con su nombre fuese finalmente colocada en el Rincón de los Poetas de la Abadía de Westminster, siendo esto una muestra de que el controvertido poeta encarnó a la perfección las palabras de Napoleón Bonaparte: “Una gran reputación es un gran ruido: cuando más aumenta, más se extiende; caen las leyes, las naciones, los monumentos; todo se desmorona. Pero el ruido subsiste”.  

FUENTES:

“The long conversión of Oscar Wilde”. Aut. Andrew McCracken. 2003. www.catholiceducation.org  

“Esplendor y ocaso de un genio”. Aut. Anna M. Vilà. Historia y Vida No. 392.

“La Ciudad del Espíritu: Óscar Wilde”. Aut. Gerardo de la Concha. Periódico Reforma. México, D.F.

“Óscar Wilde: Del arte por el arte a una cena con panteras”. Aut. Dr. Rodrigo Quesada Monge. Espéculo, revista de estudios literarios No. 15. Universidad Complutense de Madrid. España, 2000.

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