La “Güera” Rodríguez: Mujer de nombres, amores y poderes. I parte.

Por: Patricia Díaz Terés

“Quien es auténtico, asume la responsabilidad por ser lo que es y se reconoce libre de ser lo que es”.

Jean Paul Sartre

Cuando del movimiento de Independencia mexicano se habla, de inmediato se nos vienen a la cabeza nombres como Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, José María Morelos o Josefa Ortíz de Domínguez; sin embargo, en el proceso participaron algunos personajes cuyas historias, dignas de leyenda, han quedado un tanto oscurecidas por la fama y renombre de sus ilustres colegas.

Tal es el caso de María Ignacia Javiera Rafaela Agustina Feliciana Rodríguez de Velasco, Osorio, Barba, Jiménez, Bello de Pereyra, Fernández de Córdoba, Salas, Solano y Garfias, mejor conocida en la sociedad mexicana decimonónica como la “Güera” Rodríguez, o por algunos otros menos respetuosos, como la “Nacha” Rodríguez.

En la segunda mitad del siglo de la Ilustración nació María Ignacia un 20 de noviembre de 1778, en la Ciudad de México, hija de un par de aristócratas de apellidos interminables a quienes referiremos sólo como Doña Ignacia Osorio y Bello de Pereyra; y Don Antonio Rodríguez de Velasco, perteneciente al Consejo de su Majestad y Regidor Perpetuo de la Ciudad de México.

Ingeniosa, inquieta, vivaz y hermosa desde su más tierna infancia, en pocos años María Ignacia se transformó en una linda jovencita que provocaba suspiros en cuanto caballero la veía, cuando paseaba con su madre o hermana en las más famosas calles de la capital.

Pero la juventud y la prudencia no siempre son buenas compañeras, de tal suerte, una tarde se encontraban Ignacia y su hermana María Josefa, conversando con un par de gallardos militares, en lugar público pero sin compañía del consabido chaperón. Gran escándalo suscito esta conducta en el Virrey Don Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla, Conde de Revilla Gigedo, hombre estricto y conservador.

Poco tardó el Virrey en hacer que el padre de las doncellas se apersonara en su oficina, para en el acto reprenderlo duramente por la “laxitud” con la que educaba a sus hijas, y su negligencia como tutor. El sorprendido Don Antonio refirió entonces a su Excelencia que tanto él como su esposa se encontraban a esas horas cumpliendo sus piadosos deberes en un templo cercano. Ajeno a sus excusas, el Virrey le ordenó que arreglara inmediatamente, con las familias de los marqueses de Uluapa y los señores López de Peralta –a las cuales respectivamente pertenecían los acompañantes de las muchachitas-, el matrimonio de los jóvenes con el objetivo de salvar el “honor mancillado” de los Rodríguez de Velasco.

En época tan severa como la Colonia –sin llegar a los extremos de la Inglaterra Victoriana- poco era necesario para que una señorita viera comprometida su honra, de tal suerte, el padre de Josefa e Ignacia tuvo que hacer uso de toda su autoridad para que las renombradas –y reticentes- familias consintieran en el enlace, llevándose éste finalmente a cabo con gran suntuosidad el 7 de septiembre de 1794 y, habiendo sido invitados los personajes de más rancio abolengo de la ciudad, éstos fueron testigos de la unión de María Josefa con Don Manuel Cossio Acevedo, y de María Ignacia con Don José Jerónimo López de Peralta de Villar Villamil y Primo.

Josefa, siempre de plácido ánimo, encontró contento con su esposo, siendo siempre para él una esposa fiel y cariñosa, además de una excelente madre para sus hijos; en feliz compañía pasó esta pareja muchos años antes de que la muerte decidiera separarlos.

Sin embargo, bien sabido es que los libros pocas veces se escriben sobre historias felices y apacibles, prefiriéndose las tramas que tienen como protagonistas indómitos espíritus como María Ignacia.

Encontrando en su nuevo marido una aceptable fuente de cariño y atenciones, la “Güera” durante algunos años fue una esposa fiel, sumisa y abnegada; pero el fuego que corría en su sangre y el ímpetu de su travieso intelecto no le permitieron permanecer en este estado demasiado tiempo. De tal suerte comenzó Doña Ignacia a frecuentar amistades masculinas que pronto despertaron las sospechas de su cónyuge.

De este modo, corría el año  de 1799 cuando un adolescente Simón Bolívar –después conocido a lo largo y ancho del mundo como El Libertador– desembarcó en suelo mexicano durante una escala en su viaje hacia España. Exhibiendo en las fiestas y reuniones de la capital el jovencito una charla ingeniosa y un trato afable, hizo amistad de inmediato con la “Güera”, quien a la sazón era una bellísima dama de 21 años, que además poseía el rarísimo don de saber combinar su avispado ingenio y característico sentido del humor –y amplia cultura- con el complejo arte de la conversación, por lo que resultaba siempre una compañía –particularmente para los caballeros- deseable.

En breve y apasionado romance, los muchachos se robaron mutuamente el corazón, pero fueron drásticamente separados cuando a los oídos del Virrey Don José Miguel de Azanza –y por propia boca de Simón– llegaron las libertarias ideas del sudamericano, quien sin mayor recato criticaba los altos impuestos establecidos por el gobierno de la Nueva España, a la vez que defendía las virtudes de la libertad de pensamiento. Tan reaccionarios pensamientos provocaron que el oidor don Guillermo de Aguirre y Viana, tuviese que solicitar amablemente al “Caraqueñito” –apodo con el que se conoció a Bolívar– que retornara a Veracruz para que pudiese embarcar a tiempo en el San Ildefonso; como “al buen entendedor, pocas palabras”[1], el muchacho obedeció la orden, para continuar su travesía y llevar para siempre en la memoria a su adorable María Ignacia.

Pero resulta que a la “Güera” no sólo le atraían caballeros de la talla de Bolívar, en incomprensible enamoramiento cayó ella por un insufrible mequetrefe, canónigo de la Metropolitana y a quien, en un ataque de insensatez, Ignacia decidió albergar en su propia casa -so pretexto de que el estudioso necesitaba la calma del hogar de los López de Peralta para elaborar su extensa Biblioteca Hispano Americana Septentrional– ante las mismas narices de su ilustrísimo marido. Tratábase así de José Mariano Beristáin de Sousa, “hombre presumido, sabihondo, vanidoso, feo, chaparro y regordete” como lo refiere con no mucha caridad el autor Artemio de Valle-Arizpe.

No obstante, como las mujeres en ocasiones tenemos esa terrible costumbre de caer en brazos de aquellos que menos nos merecen –o así lo expresa De Valle-Arizpe-, la “Güera” estaba endiabladamente encaprichada con tan nefando caballero, quien lejos de encontrar la paz requerida para armar sus documentos, se entretenía constantemente con la compañía de su “entrañable amiga”.

Y así, hemos llegado al final de esta primera parte de la vida de Doña María Ignacia Rodríguez, quien poseía tan variados atributos que definitivamente no se hubiera dado por aludida si hubiese escuchado las palabras del periodista y escritor español, Severo Catalina, quien dijo: “Por muy poderosa que se vea el arma de la belleza, desgraciada la mujer que sólo a este recurso debe el triunfo alcanzado sobre un hombre”. 

FUENTES:

“La Güera Rodríguez”. Aut. Artemio de Valle-Arizpe. Ed. Diana. México, 1977.

“El Águila en la Alcoba”. Aut. Adolfo Arrioja Vizcaíno. Ed. Grijalbo. México, 2005.

“La Güera Rodríguez”. Aut. Karina Velasco. La Crónica de Hoy. 21 de agosto 2010.   


[1] Dicho popular en México.

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