Una déspota de ojo alegre: Catalina la Grande (2a parte)

Catalina II de Rusia, "La Grande"

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

“Pocas o ninguna vez se cumple con la ambición que no sea con daño de tercero”.

Miguel de Cervantes Saavedra

Por los generales temida, por las damas envidiada y por los caballeros reverenciada, Catalina II de Rusia ha sido catalogada –de acuerdo al autor y enfoque del documento en cuestión- como brillante estadista, incurable ninfómana o implacable tirana, entre otras muchas cosas.

De inteligencia y astucia innegables, Catalina La Grande logró trazar con mucho esfuerzo su propio camino en la complicada corte de Isabel I, la Clemente. Tras un largo periodo en el cual el matrimonio de Pedro Ulrico y Catalina no se había consumado, y después de los devaneos que la bella joven había tenido, sin mencionar las dudas que la Emperatriz albergaba sobre la paternidad de sus nietos Pablo y Ana, la soberana decidió tomar cartas en el asunto mandándola a llamar con el propósito de sancionarla por su disoluta conducta, pretendiendo achacarle toda la culpa sobre el deplorable estado de su matrimonio.

Sin embargo, Catalina, al comenzar a escuchar la retahíla de recriminaciones decidió –con tanta astucia como poca o nula sinceridad- apelar al corazón de la gobernante, por lo que lejos de refutar las acusaciones, optó por echarse a llorar implorando a su tía política que la devolviera a tierras germanas, ya que en suelo ruso no había encontrado sino soledad y desesperación –provocados por supuesto por el desprecio y abandono de su marido-, sentimientos que –según su argumento- la llevaron a entablar las inapropiadas relaciones con distintos caballeros, por las cuales se le amonestaba.  

Pedro Ulrico, quien asistía a la escena casi al margen, no pudo soportar por más tiempo el cinismo de su mujer por lo que –cual un infante- comenzó a acusar duramente a Catalina ante su tía, exigiéndole a ésta un riguroso castigo para aquélla por las continuas deshonras a las que se había visto expuesto gracias a las licenciosas aventuras con Saltikov, Poniatowski y compañía.

Sopesando la situación y tratando de dilucidar la verdad, Isabel terminó por hartarse más rápido de los reclamos de su sobrino –no tanto por su contenido sino por su forma-, cediendo así ante las súplicas de Catalina, a quien dio una segunda oportunidad para demostrar el amor que sentía por su cónyuge.

Pero lejos estaba la germana de cumplir sus promesas, ya que al poco tiempo conoció a un apuesto y joven oficial de una unidad élite de artillería, Grigory Orlov, con quien por supuesto comenzó apasionado romance, aunque por primera vez estaba más basado en la conveniencia que en la atracción.

Para este momento, la salud de la zarina comenzaba a menguar, por lo que las ambiciones de poder latentes en Catalina surgieron como una llamarada; sin embargo, poseyendo la habilidad para supeditar su ansia a la sensatez, decidió esperar y cultivar la relación con Orlov, influyendo cada vez más  sobre su actuar –engendrando incluso un hijo, Aleksei Grigoryevich a quien dio rápidamente en adopción-.

Y así el 5 de enero de 1762 Isabel la Clemente falleció, dejando el trono a Pedro UlricoPedro III– quien para entonces se había convertido en un hombre poco interesado en los problemas de Rusia, poniéndole más atención a su amante, la condesa Vorontsova, y a su desmesurada afición por el alcohol.

De este modo, en el nuevo zar encontramos la respuesta a la pregunta que se hacía el gran filósofo chino Confucio: “¿Uno que no sepa gobernarse a sí mismo, cómo sabrá gobernar a los demás?”, y en este caso la respuesta es rotundamente negativa, ya que muy pronto Pedro se ganó la antipatía no sólo de los miembros de la corte sino del pueblo, generando agrias críticas por parte de los habitantes de San Petersburgo al ir riendo desparpajadamente tras el carro fúnebre que transportaba el cuerpo de su madre.

Catalina asistió a tan lamentable espectáculo guardando el más absoluto silencio, pero dándose cuenta enseguida que su marido había perdido la razón; poco a poco consiguió aliados; siendo Orlov un buen militar, que gozaba de contactos y amistades en el Ejército, la dama utilizó los sentimientos del joven para lograr que empleara sus recursos para ayudarla a derrocar a su insufrible marido –quien a la sazón ya se había enemistado con la Iglesia Ortodoxa y había humillado al Ejército hasta el cansancio-.

Este objetivo fue alcanzado el 29 de junio de 1762 cuando, después de una insurrección al mando de Grigory y Aleksei Orlov –iniciada el día 13 del mismo mes-, Pedro III fue informado por el amante de su esposa sobre su deposición, e inmediatamente conducido como prisionero al castillo de Ropcha, donde murió asesinado el 6 de julio -tan sólo 7 días después de la coronación de Catalina como Emperatriz, a los 33 años-, por órdenes de Aleksei Orlov –aunque la autoría intelectual del crimen siempre le fue adjudicada a su impertérrita viuda-.

Y así comenzó el reinado de Catalina II la Grande, quien, al margen de sus escandalosas aventuras de alcoba, se preocupó desde el inicio de su gobierno por el desarrollo de su imperio. Haciendo pleno uso de su poder absoluto, realizó diversas acciones como la alfabetización del pueblo, creando tanto las primeras universidades como las pioneras instituciones educativas destinadas a las mujeres; además dio gran impulso a las artes, fungiendo como mecenas de diversos poetas, músicos y pintores.

Siendo un destacado personaje del “despotismo ilustrado”, la zarina mantenía correspondencia constante con los filósofos franceses del momento como Montesquieu, Diderot y Voltaire, a quienes apoyó en muchos aspectos debido a que se sentía fascinada por sus republicanas ideas –hasta que se vio amargamente desilusionada por la activa participación de sus amigos en la Revolución Francesa de 1789-.

Por otro lado, siendo como era una estadista tan brillante como falta de escrúpulos, decidió anexar algunos territorios a su ya de por sí vasto imperio, logrando finalmente sumar un total de 518 mil kilómetros cuadrados en los que se incluyeron Nueva Rusia, Crimea, Ucrania, Bielorrusia y Lituania; incluso llegó a un acuerdo con María Teresa de Austria y Federico de Prusia para repartir Polonia entre los tres monarcas.

Ahora bien, Catalina –según lo expresó ella en sus memorias- guardaba por el pueblo ruso un maternal sentimiento –lo cual resulta paradójico cuando se observa que únicamente favoreció a las clases dominantes, reprimiendo con crueldad a siervos y campesinos-, mismo que no se vio opacado por los apasionados amores que vivió con el brillante y generoso Potemkin –quien quizá fuese el verdadero amor de su vida- o con los jovencillos Rimiski-Korsakov, Lanskoy, Mamontov o Zúbov.

Asimismo, enfrentando durante su reinado conflictos como la conspiración liderada por los hermanos Khrushchev y el teniente Gurshev (1762) o la revuelta de los cosacos nacionalistas comandados por Pugachev (1773-1775), entre otros, esta extraordinaria y terrible fémina llegó a convertirse tanto en árbitro de Europa como en una de las mujeres más poderosas de todos los tiempos.

Pero la belleza y el poder no pueden ser eternos, por lo que la “Semiramis del Norte” –como la bautizara Voltaire– expiró a causa de una apoplejía -una prolongada sífilis o un ataque de risa, según el autor a consultar-, dejando tras de sí un monumental y próspero imperio que se conservaría bajo el mando de los Romanov hasta la Revolución Rusa de 1917, gracias a su excepcional inteligencia que consistía, como dijo Aristóteles, “…no sólo en el conocimiento, sino también en la destreza de aplicar los conocimientos en la práctica”. 

FUENTES:

“La zarina ilustrada”. Aut. Antonio Fernández Luzón. Historia, Nat. Geographic No. 35.  España, enero 2007.

“Una extranjera en el trono ruso”. Aut. F. Álvarez. Historia y Vida No. 407. España, octubre 2002.

“Mujeres Perversas de la Historia”. Aut. Susana Castellanos de Zubiría. Gpo. Ed. Norma. Bogotá, Col. 2008.

“Las Zarinas: Poderosas y depravadas”. Aut. Henri Troyat. Ed. Vergara. Barcelona, España, 2003.

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