De la Inquisición a Hogwarts: Brujas, historia y ficción. Parte I

Las brujas "reinventadas" del siglo XXI

Por: Patricia Díaz Terés

“¿Es usted un demonio? Soy un hombre. Y por lo tanto tengo dentro de mí todos los demonios”.

Gilbert Keith Chesterton

“Vuelan las Brujas en grandes escobas al juntarse las agujas del reloj…”[1] De buenas intenciones o perversos propósitos, hermosas o abominables, jóvenes o viejas, las brujas han estado presentes en el imaginario popular durante cientos, si no miles, de años. Desde Morgana de las leyendas artúricas hasta Hermione Granger de la serie de Harry Potter, la figura de las brujas ha sufrido una transformación que ha correspondido a los cambios propios de las diferentes épocas históricas.

De este modo, la literatura fantástica e infantil está plagada de estos personajes cuyo propósito era hacer sufrir al protagonista de la historia, o bien le eran cubiertos ciertos honorarios por el verdadero malandrín, para hacer lo propio. Aparecen así por ejemplo las brujas en los cuentos de los hermanos Grimm (1785 y 1786) –Hansel y Gretel, Blanca Nieves y los Siete Enanos-, de Hans Christian Andersen (1805) –La Sirenita– o de Charles Perrault (1628) –La Bella Durmiente-; o bien las shakesperianas brujas de Macbeth (1623) o las cervantinas Cañizares, Camacha y Montiela del Coloquio de los Perros (1613).

Ahora bien, mientras en la literatura infantil de antaño los objetivos de las brujas eran siempre espeluznantes, actualmente el estereotipo “brujeril” se ha modificado para adaptarse a las características del siglo XXI, cuando es prácticamente imposible imaginarse –en particular a niños y jóvenes que han sido educados en la cultura de la imagen- a una mujer vieja y espantosa que remueve un extraño brebaje en un caldero puesto sobre una fogata, viviendo nada más y nada menos que en el sitio más escabroso del bosque más obscuro o bien en el más nefando de los pantanos.

Por el contrario las “brujas postmodernas” –por llamarlas de alguna manera- se nos presentan como damas cosmopolitas y agradables, que utilizan sus mágicos poderes para ayudar a los demás –como es el caso de las protagonistas de la serie de televisión Sabrina, la bruja adolescente (1996)- o bien que han sido predestinadas para salvar al mundo de terribles males como en la serie televisiva Charmed (1998).

Incluso se ha tratado de dar un origen ya no místico sino psicológico/sociológico a ciertas brujas de la literatura infantil, como es el caso de la Malvada Bruja del Oeste quien aparece en el cuento El Mago de Oz (1900) de Lyman Frank Baum, observándola rodeada de monos voladores en la película homónima protagonizada por Judy Garland (1939), y finalmente reinventada por Stephen Scwartz, Winnie Holzman y Joe Mantello en la obra musical Wicked (2003), donde Elphaba es una bruja inteligente y bondadosa, pero introvertida y un tanto diferente –mas no malévola-, a quien sus compañeros de escuela importunan incesantemente, lo cual –sumado a otras circunstancias- provoca su carácter amargo y extravagante.

No obstante, las brujas no son un invento mediático o literario. Desde la Prehistoria, el hombre ha tratado de encontrar explicación y solución a determinados acontecimientos, en el mundo sobrenatural; de este modo, surgió la hechicería que consistía en una serie de prácticas llevadas a cabo por un hechicero o hechicera para obtener beneficios o causar maleficios. Uno de los primeros rituales conocidos consistía en danzar alrededor de una fogata vistiendo una cabeza y piel de bisonte, con la intención de quitar su fuerza al animal; al mismo tiempo se buscaba protección ante hechos naturales tales como los eclipses.

De esta manera, prácticamente todas las culturas precristianas contuvieron la figura del hechicero y la bruja, siendo en Babilonia y Sumeria donde empezó a considerárseles como sirvientes del mal.

Los griegos y romanos no estuvieron exentos de tales personajes; de este modo, dejando de lado a las sibilas o adivinas, existían algunas damas que se dedicaban a la adoración del dios DionisioBaco para los romanos-, cuyas fiestas estaban plagadas de excesos tanto etílicos como sexuales, de ahí que se piense en dichas reuniones como las antecesoras directas de los supuestos aquelarres medievales.

Por otro lado la palabra bruja –según algunos autores- al parecer surgió hasta el siglo XIII en su forma original bruxa, que designaba a un súcubo o demonio femenino; otros investigadores como el Profr. Russel de la Universidad de California, establecen el origen del término en el vocablo indoeuropeo weik. Además, si tomamos la traducción al inglés de la palabra –witch-, encontramos que ésta deriva del anglosajón wicce y el alemán wisseii (conocer saber) y widden (adivinar o predecir).

Así, poco a poco la bruja fue convirtiéndose en la hechicera diabólica temida durante la Edad Media y la Edad Moderna, estableciéndose como rasgo característico de estas figuras el establecimiento de un pacto formal con el Diablo, con el objetivo de satisfacer caprichos personales relacionados con el dinero, el amor y otros asuntos.

Atribuyéndose a las brujas el poder de volar –ya fuera en escobas o animales-, predecir el futuro,  causar enfermedades, destruir cosechas, causar tempestades e incluso la muerte, así como las terribles costumbres de devorar niños o participar en multitudinarias orgías en las cuales participaba nada más y nada menos que el mismísimo Satán en la forma de un macho cabrío; la superstición se apoderó de un ignorante imaginario colectivo, causando en los sencillos campesinos –y aún en los poderosos señores feudales y gobernantes- un terror irracional hacia tan malignas criaturas.

Igualmente el folklor popular establece los aquelarres o sabbats como las reuniones oficiales de las brujas, quienes -según las leyendas- se entretenían pisoteando crucifijos, esparciendo el mal de ojo u ocasionando el naufragio de numerosas embarcaciones; en dichos eventos se llevaban a cabo distintos rituales en los cuales las maléficas participantes daban rienda suelta a sus vicios, con el objetivo de convivir con su siniestro amo. El aquelarre más “famoso” –aunque aparentemente el segundo del año- era el que se realizaba en la Walpurgisnacht (Noche de Walpurgis), en el pico Brocken de las montañas de Harz en la región alemana de Sajonia-Anhalt, durante la noche del 30 de abril al 1º de mayo –este día coincide con la celebración celta llamada Beltane (en honor al dios celta Baal), distinguiéndose del Samhain (31 de octubre al 1º de noviembre), inicio del invierno, que coincide con el actual Halloween-.

Esta fecha también estaba marcada como el inicio del verano y, en las sociedades medievales, se llevaban a cabo numerosas celebraciones en las cuales se representaba el triunfo de la luz sobre las tinieblas (el verano sobre el invierno), saliendo siempre triunfante el primero; en Alemania por ejemplo, los pueblerinos encendían esa noche gran cantidad de hogueras, hacían sonar las campanas de las iglesias, así como cascabeles, cacerolas y trastos e invocaban el nombre de santa Walpurgis (710 d.C.), con la finalidad de alejar a las brujas que se dirigían a su macabro encuentro en las montañas.

De esta forma hemos podido apreciar cómo la verdadera Noche de las Brujas, poco tiene que ver con el tergiversado concepto de Halloween que se maneja hoy en día; además hay que recordar que si bien las brujas han sido convertidas actualmente en personajes de cuentos, obras de teatro, novelas y películas, durante las edades Media y Moderna hubo muchas personas fueron sentenciadas a muerte al haber sido encontradas como culpables de herejía por la práctica de brujería, tema del que hablaremos más extensamente en la próxima entrega.

FUENTES:

“Las Brujas de Cervantes”. Aut. José Luis Lanuza. Academia Argentina de Letras. Buenos Aires, Arg. 1973.

 “Las novias del diablo”. Aut. Julián Elliot. Historia y Vida No. 450. España.

 “Mujeres malas y perversas”. Aut. Rosa Ma. Santidrián Padilla. Ed. Perymat. Madrid, España. 2007.

 “Manual de la magia y de la brujería”. Aut. Osvaldo Pegaso. Ed. De Vecchi. Barcelona, España. 1968.

“Breve historia de la brujería”. Aut. Jesús Callejo. Ed. Nowtilus. España, 2006.

“Noche de Walpurgis”. Aut. Leona Frommett, Oliver Samson y Evan Romero Castillo. www.dw-world.de. Bonn, Alemania. Abril, 2010.

www.wickedthemusical.com

www.rinconcastellano.com/cuentos/


[1] Fragmento de la canción infantil “Canción de las Brujas” de Francisco Gabilondo Soler, Cri-Cri

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