De la escoba a la hoguera: Brujas, historia y ficción II

Representación de la obra "Las Brujas de Salem"

Por: Patricia Díaz Terés

“La superstición es a la religión lo que la astrología es a la astronomía, la hija loca de una madre cuerda”.

Voltaire

 “Salen las brujas por las ventanas, a lomos de sus escobas montadas. A media noche alzan el vuelo, perfiladas en el oscuro cielo, con murciélagos y lechuzas se cruzan” así escribía el poeta norteamericano Oliver Wendell Holmes en el siglo XIX, cuando ya habían pasado más de cien años desde que en su país tuviera lugar una de las más terribles cacerías de brujas de toda la historia.

Atribuyéndosele con frecuencia a la misoginia de la época medieval el hecho de que una gran cantidad de mujeres fuesen acusadas por brujería –en comparación de la cifra de varones señalados-, lo cierto es que a los famosos cazadores de brujas poco les importaba el género de su presa.

Debatiéndose entre la ciencia y la superstición, los líderes sociales, religiosos e intelectuales de finales de la Edad Media y principios de la Moderna, se quebraron la cabeza para solucionar un problema que tenía –la mayoría de las ocasiones- más raíz en las envidias vecinales que en el Averno; y es que entre 1450 y 1750 fueron demasiadas las denuncias llevadas ante tribunales tanto civiles como religiosos, siendo inculpados los implicados como herejes hechiceros.

Por su parte la Santa Inquisición –católica-, institución temida por muchos siglos debido a sus horrorosos métodos para tratar a los presuntos culpables de herejía, resolvía los casos de brujería de acuerdo a la región; de esta manera, se tienen registros de que en España, habiéndose tenido 300 ajusticiados, tan sólo 27 encontraron la muerte en manos del Santo Oficio-.

Incluso, se sabe hoy en día que fueron realmente los tribunales civiles estructurados en las pequeñas poblaciones los que sentenciaban a muerte prácticamente a cualquier individuo que fuese acusado de tener tratos con el Diablo; fue así como se lograron las espeluznantes cifras de condenados, teniendo como saldo aproximado para tres centurias de persecución, 500 mil víctimas.

Ahora bien, en una época en la que fenómenos naturales, enfermedades mentales e infecciones desconocidas eran achacadas a la acción de malignos espíritus, fue la bula Summis desiderantes affectibus (1484), del Papa Inocencio VIII, la que lanzó a los devotos católicos a la caza de las brujas.

Alzándose con mayor fuerza las voces de aquellos que gustaban de ver brujas –como reza un dicho mexicano- “hasta en la sopa”, fueron verdaderos ríos de tinta los que se gastaron escribiendo textos como el Formicarius, del fraile dominico John Nider, el Malleus Maleficarum (el martillo de las brujas) de los monjes alemanes Heinrich Kramer y Jakob Sprenger; el Compendium Maleficarum (1608) del inquisidor italiano Francesco Guaso o Demonology del rey inglés Jaime I (1597).

Sin embargo, también existieron algunos pensadores que al ver las atrocidades cometidas contra gente inocente, se sintieron en la obligación de hacer un llamado a la sensatez editando textos como el Tractatus de Pythonicis Mulieribus, de Ulrich Muller, Reprobación de supersticiones y hechicerías de Pedro Ciruelo o el Tratado de las supersticiones y hechicerías de fray Martín de Castañega.

Durante el Renacimiento, el auge de los estudios científicos llevó a la sociedad a transformar a los antiguos brujos en personajes ilustrados; existiendo una fina línea entre ciencia y magia que era cruzada en ambos sentidos por gente como Paracelso o Girolamo Cardan, quienes desarrollaron teorías como la de la magia natural, según la cual el mundo puede manipularse con el empleo de símbolos. Pero el hombre común, con intereses poco regulares, seguía siendo estigmatizado como brujo y perseguido como tal.

Mas no fue en el viejo continente donde se desató la psicosis colectiva que llevó a la más terrible persecución de brujas que haya existido; por el contrario fue en una pequeña villa de Massachusetts, E.U.

Irónico es entonces el caso de Salem, ya que si bien su nombre fue una adecuación al idioma inglés de la palabra hebrea Shalom –paz-, lo único que no tenían sus habitantes era tal. Habiendo atravesado sus pobladores, a finales del siglo XVII, por una terrible epidemia de viruela, luchando además por su vida contra varias tribus indígenas y peleando con sus propios vecinos –había una cruenta rivalidad entre Salem Town y Salem Village– por el control de las tierras más fértiles en la ribera del río Naumkeag, prácticamente cualquier situación podía ser detonante para serios conflictos.

Corría el año de 1689 cuando llegó a Salem Village el reverendo Samuel Parris, procedente de Boston. Hombre ambicioso y egoísta, poco le importó manipular a sus puritanos feligreses de acuerdo a sus propios intereses; esta situación y la marcada preferencia del reverendo sobre algunos individuos, pronto generó profundas y violentas envidias. Y precisamente, fue cuando la hija y la sobrina del pastor cayeron repentinamente enfermas ( primavera de 1692) como comenzó a buscarse la causa de esto en intervenciones demoníacas, situándose inicialmente la culpa sobre una esclava caribeña, Tituba, para continuarse con algunos miembros poco apreciados de la comunidad como Sarah Good o Sarah Osborne.

Rápidamente incrementó el número de jovencitas afectadas por violentas convulsiones y que mostraban histéricas conductas como arrojar objetos con furia, reptar o dar espantosos alaridos sin motivo alguno; de este modo las autoridades vieron la necesidad de crear un tribunal especial con 7 jueces, presidido por William Stoughton, un teólogo sin el más remoto conocimiento de las leyes o la vida cotidiana del pueblo. Esta improvisada corte aceptaba sin recelos las llamadas “evidencias espectrales”, es decir acusaciones sin bases reales, en las cuales se establecía que los espíritus de las enfermas eran atacados por malintencionadas personas con ayuda del Diablo; dicho argumento era en general rechazado por los cazadores de brujas más serios como Increase Mather –rector de Harvard- y su hijo.

La situación se salió de control, convirtiéndose en irrelevante el hecho de que los acusados fuesen respetados miembros de la comunidad o incluso descendientes de los venerados “padres peregrinos” del Mayflower –embarcación en que llegaron los colonos puritanos-, como fue el caso del Cap. John Alden. Impactado por la dimensión que había alcanzado el problema, el gobernador de Massachusetts, Sir William Phips, suspendió los juicios el 20 de octubre, dejando en libertad a la mayoría de los presos; sin embargo, el saldo de la histeria colectiva fueron 20 ahorcamientos -14 mujeres y 6 hombres- más un sinfín de afectados por el embargo de tierras o la estancia en prisión, siendo de todos tal vez la más horrible la muerte de un anciano de nombre Corey, quien negándose a confesar hechicería alguna, fue condenado a una tortura en la que murió aplastado por las rocas colocadas en su pecho por los verdugos.

Así, hemos visto cómo aquello que en la actualidad es parte del imaginario popular, fue en su momento pretexto suficiente para que una persona se hiciera candidata a la pena de muerte, si es que algún vecino malicioso juraba sobre la Biblia haber visto a la dama –o caballero- en cuestión volar sobre una escoba o echar el mal de ojo a sus presuntos enemigos. Y aquí haríamos bien en recordar la frase de Johann Wolfgang Goethe que dice: “El mal está sólo en tu mente y no en lo externo. La mente pura siempre ve solamente lo bueno (…), pero la mala se encarga de inventar el mal”.  

FUENTES:

“Enciclopedia de la magia y de la brujería”. Aut. Constantino de María. Ed. De Vecchi S.A. Barcelona, España, 1971.

“Los mundos mágicos de Harry Potter”. Aut. David Colbert. Ediciones B. México, 2002.

“Brujas”. Aut. Fernando Martínez Lainez Historia y Vida No. 423. España.

 “Las novias del diablo”. Aut. Julián Elliot. Historia y Vida No. 450. España.

 “Las brujas de Salem”. Aut. Julián Elliot. Historia y Vida No. 474. España.

“Histeria, su historia, las brujas de salem, el holograma del inconsciente: El Exorcista revisitado”. Aut. Félix E.F. Larocca.

Una respuesta a De la escoba a la hoguera: Brujas, historia y ficción II

  1. Bertrand Russell~ Man needs for his happiness not only the enjoyment of this or that but hope and enterprise and change.

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