Cristina de Suecia: Cuando el Poder no es suficiente

Greta Garbo como Cristina de Suecia

Por: Patricia Díaz Terés

“Es más fácil reprimir el primer capricho que satisfacer a todos los que le siguen”.

Abraham Lincoln

De grandes figuras femeninas está poblada la historia de la humanidad, pero pocas veces la imagen que nos presenta el imaginario popular o cinematográfico está relacionada con la realidad; así al ver un retrato de la Reina Isabel I de Inglaterra quedamos un tanto decepcionados un ante un físico que, si se compara con el de la actriz Cate Blanchet en la película Elizabeth, la Reina Virgen (Dir. Shekhar Kapur 1998), deja mucho que desear; sin mencionar la diferencia entre la personalidad de la verdad y la ficción.

Tal es el caso también de la Reina Cristina de Suecia, interpretada en la pantalla grande por la legendaria Greta Garbo en la cinta de 1933, teniendo poco que ver la atractiva y elegante presencia de la intérprete con la verdadera soberana, quien era una dama de baja estatura y gruesa complexión.

Hija de Gustavo Adolfo II –el León del Norte-, nació el 6 de diciembre de 1626, teniendo por madre a la desequilibrada María Eleonora de Brandenburgo quien, ansiando de irracional manera un hijo varón, la emprendió contra su hija cuando ésta era una pequeña niña. Así, mientras el padre decidió educar a la chiquilla como a un varón -entrenándola desde su más tierna edad actividades como la equitación, la esgrima o la cacería, e instruyéndola en estrategia bélica y las argucias políticas-, por su parte Eleonora le tomó una verdadera animadversión a Cristina, maltratándola de cuanta forma se le ocurría llegando incluso a dejarla caer cuando aún era un bebé –lo que le provocó una deformidad en un hombro-.

Cuando el Rey falleció en la batalla de Lützen en 1632 su esposa enloqueció por completo, haciendo colocar el cadáver embalsamado sobre su cama y guardando el corazón del difunto en una urna que exhibía en la cabecera de su lecho; por si esto no fuera bastante, obligaba a la niña a dar a su padre un tétrico beso de buenas noches. Ante tal situación, los consejeros reales decidieron colocar a Cristina bajo la custodia de su tía Catalina de Palatinado-Zweibrücken, ya que una heredera del trono a sus escasos 6 años, no podía encontrarse constantemente asediada por tan espeluznantes trastornos familiares.

Considerando que la nueva soberana carecía aún del criterio suficiente para tomar las riendas del reino, se nombró como regente a Axel Oxenstierna –en cuya persona algunos ven al Richelieu[1] sueco-; entretanto la jovencilla se formaba con la ayuda del obispo luterano Johan Matthiäe, quien inculcó en ella el interés por la filosofía, teología, historia o geografía, que se sumaban al gusto que sentía por las artes.

Al cumplir 24 años (1650) fue coronada con gran pompa en Estocolmo –contraviniendo la tradición que establecía como escenario de tal ceremonia el castillo de Uppsala-, empezando aquí su vertiginoso reinado -cuya corta duración de 4 años contrasta con los más de 44 que permaneció Isabel I en el poder o con los 64 que ocupó el trono su equivalente decimonónico, la Reina Victoria-, en el cual principalmente trató de mediar en la confrontación entre católicos y protestantes, basando su trabajo en la firma de la Paz de Westfalia[2] (1648) e intentando a la vez hacer de la capital sueca una ciudad de ciencia y arte.

Para lograr esto último, estableció Cristina relación con numerosos artistas y pensadores de la época, siendo el caso más famoso el llamado hecho al filósofo René Descartes –cuya atención obtuvo al preguntarle si eran peores los efectos del amor o el odio, a lo que el francés respondió que “no existe nada por que las acciones emprendidas a causa de un amor perturbado”– quien acudió a la península Escandinava, impartiendo una breve cátedra en la Biblioteca Real, que se vio abruptamente truncada por la muerte del estudioso a causa de una neumonía contraída durante el crudo invierno escandinavo.

Asimismo, la llamada Minerva del Norte tuvo siempre como objetivo hacerse de un amplio acervo artístico, mismo que se vio nutrido por las obras obtenidas durante la conquista del Palacio Real de Praga en 1648, hecho que le permitió contar en su colección privada con piezas de Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci, Rafael y Brueghel entre otros muchos; de igual manera decidió fungir como mecenas de diversos artistas –lo que ocasionó un severo desequilibrio en las arcas del reino-.

Sin embargo, aquella que daba gracias a Dios por haberla hecho una mujer sin las “debilidades propias de su sexo”, no se encontraba tan firmemente plantada en su real escalafón como a ella le hubiera gustado, hecho que llevó a sus consejeros a instarle enfáticamente que contrajera matrimonio, a lo que la dama rehusó de modo vehemente, despachando así a pretendientes como Federico Guillermo de Brandenburgo o Juan José de Austria. Pero aunque se le conoce como acérrima detractora del matrimonio, se le ha relacionado románticamente con personajes como el Conde Gabriel de La Gardie, cortesano instruido cuya recompensa fue la embajada sueca en París –una vez que la reina se aburrió de su compañía-; o el embajador español Antonio Pimentel, con quien pasaba horas conversando en privado. No obstante, también se ha hablado de la peculiar  -y tal vez demasiado cercana- relación que estableció con la Condesa Ebba Sparre, la cual ha hecho de la sexualidad de la soberana un tema a discutir.

De esta forma observamos a una Cristina de libre espíritu y poco sumisa a las exigencias de su posición. Esta situación la llevó a dejar el trono en manos de su primo Gustavo Carlos el 6 de junio de 1654 –en una ceremonia realizada en el castillo de Uppsala, al final de la cual nadie se atrevió a retirarle la Corona, teniendo que hacerlo por sí misma-, día en que vestida de varón abandonó su reino dirigiéndose a Dinamarca, Hamburgo y Münster instalándose en Amberes, desde donde pidió ayuda al español Felipe IV para que intercediera a su favor ante el Papa Alejandro VII, para que se le permitiera radicar en Roma.

Tras anunciar su conversión al catolicismo en la ciudad de Innsbruck, fue recibida en el Vaticano por el propio Colegio Cardenalicio, recibiendo la Confirmación por parte del Pontífice en persona –tomando el nombre de María Cristina Alexandra– el 27 de diciembre de 1655. A pesar de esto su intranquilo espíritu la llevó equivocadamente a buscar numerosos conflictos, uno de ellos incitado por el Cardenal Mazzarino quien le propuso conquistar el trono de Nápoles (1656) –en manos de Felipe IV-, conjura para la cual pidió la ayuda del monarca galo Luis XIV, pero que falló por culpa del traidor Conde de Monaldesco a quien Cristina mandó matar sin reparo alguno, sin solicitar la venia de un estupefacto y furioso Rey Sol.

Perdida la confianza de los franceses trató de regresar a su propio trono, cuando su primo murió dejando a su hijo menor de edad como sucesor, hecho que fue evitado por el Consejo de Estado; frustrado este segundo intento de retomar el Poder, intentó hacerse con el trono polaco, mismo que quedó vacante en 1672 tras la muerte del Rey Juan III Casimiro, pero la intención tampoco se concretó.

A pesar de sus contribuciones al desarrollo artístico -creó la Academia de Artes y Ciencias y el primer teatro público-; los italianos ya percibían a su huésped como una molestia –particularmente tras sus imprudentes aventuras políticas- poseyendo la dama especial talento para granjearse poderosas enemistades pertenecientes a la cúpula de la Iglesia Católica –misma que censuraba su extraña relación con el Cardenal Decio Azzolino-, y permaneciendo en la capital italiana sólo gracias al nombramiento del Papa Clemente IX y la designación de Azzolino como Secretario de Estado.

Así, la que fuera amiga de Scarlatti y protectora de Bernini, falleció el 19 de abril de 1689, siendo enterrada Cristina de Suecia junto a los Pontífices en la Basílica de San Pedro en Roma, dejando tal vez tras de sí la controvertida fémina, una lección que en palabras del autor Publio Terencio Afer reza: “Mala cosa es tener un lobo cogido por las orejas, pues no sabes cómo soltarlo ni cómo continuar aguantándolo”.

 FUENTES:

“Nacida Libre”. Aut. Laura Manzanera. Revista Clío No. 75. Barcelona, enero 2008.

“La Reina Rebelde”. Aut. Ferrán Sánchez. Historia National Geographic No. 34. Barcelona, diciembre, 2006.

“La Reina Transgresora”. Aut. Ignacio Merino. Revista Historia y Vida No. 459.

“Christina, Queen of Sweden: A Royal Mess”. Aut. Bruce Bawer. www.nytimes.com 7 de diciembre, 2004.

“Queen of Sweden”.  Aut. Jone Johnson Lewis. http://womenhistory.about.com  


[1] Prelado francés que ejerció el poder como ministro de Luis XIII. www.biografiasyvidas.com

[2] La consagración de la libertad religiosa de los príncipes, que impondrían su fe en sus Estados se extendió al calvinismo y puso fin al ciclo de guerras religiosas que habían ensangrentado Europa desde el siglo XVI. www.portalplanetasedna.com.ar

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