De amores y obsesiones: El lado obscuro de la Luna

Pedro "El Justiciero" y Doña Inés de Castro durante la coronación

Por: Patricia Díaz Terés

“La raíz de todas las pasiones es el amor. De él nace la tristeza, el gozo, la alegría y la desesperación”.

Lope de Vega

Marco Antonio, Romeo, Aragorn, Lancelot, Don Quijote o Shahbuddin Mohammed Shah Jahan, todos ellos sin importar que se tratase de una persona real o del personaje de alguna obra literaria probaron en diversas formas, pero seguramente no con tan diferente intensidad, esa extraña “enfermedad” a la que conocemos como amor.

Ríos de tinta han corrido y kilómetros de celuloide se han empleado en la imposible tarea emprendida por literatos, guionistas e incluso músicos al intentar describir ese sentimiento que, desde el comienzo mismo de la humanidad, ha fascinado o torturado a hombres y mujeres alrededor de todo el mundo, sin importar su raza o religión.

Explicaciones para este fenómeno han sobrado, proviniendo éstas de corrientes filosóficas, sociológicas, psicológicas y prácticamente de cualquier otra ciencia que tenga como objeto de estudio al ser humano; de este modo se ha logrado separar el enamoramiento del amor, comparando al primero con un estado equiparable a la locura y estableciendo como sentimiento verdadero al segundo.

Así, por ejemplo, la revista New Scientist en su ejemplar de noviembre de 2003 afirma que cuando una persona se enamora el sujeto del afecto se convierte en una verdadera obsesión, debido a la cual el amado pierde sus cualidades reales para revestirse con gran cantidad de maravillosas características atribuidas por el propio enamorado.

Habiendo demostrado las investigaciones científicas que la parte del cerebro que se ve afectada por el amoroso encantamiento es ínfima, en realidad lo que importa no es la superficie del área afectada sino la gran cantidad de factores fisiológicos que provocan que la persona enamorada actúe de una manera que puede asemejarse con el comportamiento obsesivo-compulsivo; así se ha explicado que los niveles de sustancias como la dopamina o la serotonina tienen mucho que ver con el hecho de que un jovencito o una mujer madura “caminen entre nubes”, al tiempo que perciben como absolutamente imposible la propia existencia si el ser amado se desapareciese de la faz del planeta –o al menos de su vida-.

Ahora bien cuando estos elementos fisiológicos, que ya de por sí desequilibran en cierta medida a un individuo considerado normal, se unen a una personalidad psicológicamente inestable nos encontramos ante una verdadera bomba de tiempo.

De este modo un sujeto que tiene demasiado tiempo de ocio, que carece de confianza en sí misma, quien ha experimentado desde su niñez un opresivo sentimiento de inferioridad o que convierte en objeto de su deseo a una persona francamente inalcanzable –ya sea por su estado civil, belleza, estatus socioeconómico, fama, situación geográfica, etc.-, puede transformarse en una pavorosa amenaza para la persona a la que cree amar.

Pero estas situaciones no son exclusivas de nuestra estresante actualidad, remontándose los ejemplos a muchos siglos atrás, donde la historia nos revela algunos casos verdaderamente macabros.

Recordando la biografía de María Eleonora de Brandenburgo –madre de Cristina de Suecia– encontramos que esta mujer sentía un apego tan insano hacia su marido que, aún después de muerto, mandó colocarlo sobre su propia cama, obligando a su pequeña y aterrada hija a dar el beso de las buenas noches a su difunto padre; sin embargo tan tenebroso relato vióse repetido en el caso de Pedro “El Justiciero”, Rey de Portugal y su adorada Doña Inés de Castro.

Se sabe entonces que siendo Inés la hija bastarda –pero reconocida- de Pedro Fernández de Castro, la bella joven creció en apacible y culto ambiente en compañía de su prima Constanza, quien un afortunado día recibió una propuesta de matrimonio por parte de Alfonso IV, quien solicitó su mano a nombre de su hijo Pedro.

Quiso el destino que al conocerse los futuros esposos, el príncipe posara por breves instantes sus ojos en la delicada Primera Dama de su prometida, quedando desde ese momento prendado de Inés. Ocurrió entonces que al nacer su tercera hija, Constanza falleció dejando libre tanto el corazón como la voluntad del joven para que se desposase con el verdadero amor de su vida.

Felices días tuvieron entonces Pedro e Inés hasta que la Muerte reclamó la vida de la dama un 7 de enero de 1355, cuando ella cayó víctima de una intriga palaciega urdida por su propio suegro; ciego de ira y con el corazón oprimido por la venganza, el heredero inició una furiosa guerra contra su progenitor, misma que sólo concluyó al morir éste.

Una vez coronado como Rey de Portugal, Pedro mandó exhumar los restos de Doña Inés para que fuesen colocados junto a él durante la ceremonia, disimulando sin éxito el cuerpo sin vida por medio de estratagemas que incluían un velo negro e inciensos aromáticos; no contento con ello, obligó a sus cortesanos a rendir homenaje a su legítima soberana a través del acostumbrado beso en la mano.

Menos siniestra pero igualmente arrebatadora fue la pasión que sintió Juana I –hija de los Reyes Católicos– por su marido Felipe I de Habsburgo “El Hermoso”, quienes apenas se encontraban por primera vez cuando sintieron con toda su fuerza el flechazo lanzado por Cupido.

Tormentoso romance vivieron estos personajes ya que, siendo Felipe un hombre demasiado aficionado a la compañía femenina, disfrutó de apasionados encuentros con su esposa sólo por breve periodo antes de sorprenderse agobiado por el aburrimiento; no obstante, mientras el fervor del caballero disminuía en equiparable medida la devoción de su cónyuge aumentaba.

Recurriendo ella a cualquier artimaña, legítima e ilegítima –optó tanto por tratamientos de belleza como por acciones de franco espionaje-, lo único que la pobre Juana la Loca logró fue alejar de forma irremediable a su voluble marido, sucediendo que tras jurar ambos como Príncipes de Asturias, Felipe comunicó a su mujer su decisión de trasladarse a la ciudad de Rotterdam –alegando que su presencia era requerida ahí con urgencia-, partiendo presuroso tras hacer caso omiso de la terrible desesperación que a ella le embargó. Imposibilitada como estaba para viajar, puesto que acababa de ocurrir el nacimiento de su hijo, la princesa saltó un día de su cama en medio de la noche con el firme propósito de ir en pos de su amado, siendo retenida por la fuerza por el Obispo de Córdoba, apoyado por la Reina Isabel quien inútilmente trató de hacer entrar en razón a su hija.

Parecidos a estos casos pueden observarse miles a lo largo de la historia, presentándose de manera recurrente también hoy en día, sin importar si el caballero o la dama en cuestión son tan hermosos como Lord Byron y la “Guera” Rodríguez, o tan feos como Luis XIV y María de Médici, lo cierto es que cualquiera puede convertirse en objeto de deseo y obsesión; tan espeluznante situación puede ser superada por los afectados mediante la esperanza de que en algún momento podrá encontrar aquel amor estable, que se logra al concluir el enamoramiento –e incluso a veces sin que este loco episodio tenga lugar-, ese amor que está conformado por miles de momentos y pequeños rasgos que nos hacen recordar que “amar no es solamente querer, sino comprender”, como dijo la escritora francesa Francoise Sagan.

FUENTES:

“La psicosis obsesiva y el amor”. Revista Creces, enero 2004.

“Locas de amor”. Aut. Concha Calleja. Revista Muy Interesante, especial Historia No. 50. 2008.

“Does love make you sick?”. Aut. Sarah Vine y Tania Kindersley. The Times. 14 de febrero 2009. http://women.timesonline.uk

www.artandpopularculture.com

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