Madame Pompadour: La gracia de la inteligencia (Parte I)

Madame de Pompadour

Por: Patricia Díaz Terés

“Elige una mujer de la cual puedas decir: Yo hubiera podido buscarla más bella pero no mejor”.

Pitágoras de Samos

Damas de fama y renombre han existido por centenares en la historia del hombre, ya sea por su belleza, bondad o sapiencia, tales féminas han logrado trascender a su época; sin embargo, de muy pocas podría pensarse que fueron Las Tres Gracias[i] quienes moldearon su carácter y trazaron su camino.

Así, cuando una señorita reúne la hermosura, la alegría y el hechizo combinados con una inteligencia despierta, sin duda puede abrirse paso en la senda de su predilección, como fue el caso de Jeanne-Antoinette Poisson, hija de un especulador de nombre François Poisson –aunque algunas fuentes determinan a Charles Le Normand de Tournehem como su progenitor- y una dama de cuestionable notoriedad –era muy aficionada a la compañía de distintos caballeros- llamada Madeleine de la Motte.

Corría pues el año de 1721 cuando un frío 20 de diciembre llegó a este mundo la pequeña a quien su familia conocería con afecto con el muy apropiado sobrenombre de Reinette –pequeña reina-, teniendo desde muy tierna edad un encanto y primor especiales, conquistó rápidamente el afecto de los varones que convivían con su madre; siendo algunos de ellos acaudalados hombres de negocios –como los hermanos y banqueros Pâris-Duvernay y su presunto padre, Le Normand[ii]-, financiaron gustosamente una esmerada educación para la niña, quien fue discípula dedicada en magníficas lecciones de canto, poesía y clave, así como de diversas materias que le permitieron tener un bagaje cultural poco común en una chiquilla de su posición social.

Sin tener la noble cuna o los recursos necesarios para introducirse en la aristocracia, fueron las conexiones de madame Poisson las que le permitieron entrar en un mundo donde debía destacar no por su belleza sino por su carácter e inteligencia, ya que ciertamente no era poca la competencia que presentaban las lindas damiselas parisina en las fiestas a las que Jeanne asistía.

Fue así como en el salón de Madame Tencine, lugar en el que se reunían los más destacados pensadores como Voltaire y Montesquieu, la jovencita comenzó a brillar y a llamar la atención de numerosos pretendientes, eligiendo a Charles-Gillaume Le Normand d’Étiolles como su esposo.

La boda se realizó un 9 de marzo de 1741, contando él con 24 años y ella con 20, teniendo ambos igual cultura e inteligencia, lo cual ayudaba en gran medida al progreso de la relación; sin embargo quiso el destino darles un duro golpe con la muerte de su primogénito poco tiempo después del alumbramiento, hecho que únicamente pudo ser superado por la alegría que causó la llegada de su hija Alexandrine.

Habiéndose ganado el corazón –o al menos el pensamiento- de muchos hombres a lo largo de sus dos décadas de existencia, fue nada más y nada menos que el Rey de Francia, Luis XV, quien cayó irremediablemente rendido a sus pies.

Sin ser conocida la forma exacta en la que estos amantes legendarios establecieron contacto, se cree que mucho tuvo que ver la intervención de personajes como los hermanos Pâris, Le Normand de Tournehem, Madame de Tencin, Binet de Marchaisvalet de chambre del Delfín- y sobre todo Dominique-Guillaume Le Belvalet de chambre del propio soberano y antiguo amante de la madre de Madame d’Etiolles-.

Prisionero en un matrimonio arreglado efectuado el 5 de septiembre de 1725 –cuando el entonces Delfín tenía tan sólo 16 años-, con María Lezczynska –diez años mayor que él-, hija del rey destronado de Polonia Stanislaw Leszczynski; Luis sufría del terrible tedio que le ocasionaban las actividades que involucraba el gobierno de su reino, hecho que le llevó a buscar siempre placentera compañía femenina.

De este modo conquistó de manera sucesiva a tres bellas hermanas: Madame de Mailly, Madame de Vintimille y Madame de Cháteauroux, muriendo esta última en 1744 y dejando vacante el puesto de “Favorita del Rey”.

Justo en este momento comenzó a gestarse la concreción de un vaticinio dado por una pitonisa  llamada Madame Lebon a la Reinette cuando ésta era una niñita de 9 años, según el cual “reinaría sobre el corazón de un Rey”; ya que, habiendo el monarca posado sus ojos sobre la esbelta, alta y rubia mujer de Charles-Gillaume Le Normand, se sintió inmediatamente hechizado por sus encantos.

Fue entonces un frío invierno en la agitada ciudad de París, cuando el jueves 25 de febrero de 1745, presentóse el Rey a una elegante mascarada –llevada a cabo en honor de la infanta María Teresa, recién casada con el Delfín- disfrazado como árbol de tejo. Esta invaluable oportunidad era esperada por numerosas damas de la Corte ansiosas por visitar las habitaciones del estadista, misma que fue cruelmente desvanecida al encontrar que Luis XV había compartido su idea de vestimenta con otros siete u ocho personajes.

A pesar de esto, las mujeres no cejaron en su intento, coqueteando –evidentemente sin éxito- con cualquiera de los arbóreos individuos. Enorme fue la sorpresa de las candidatas cuando una joven que iba ricamente ataviada con exquisito traje y máscara, al tirar coquetamente un suave pañuelo, fue prestamente atendida por nadie más que por el Soberano en persona.

Pero a pesar de sus considerables cualidades, Jeanne-Antoinette seguía siendo una plebeya y por lo tanto considerada en la Corte como una intrusa vulgar e indeseable. Observando tan terrible situación, el Rey se apresuró a recompensar generosamente a la princesa Contipara para que presentase a su damisela en Versalles; tal ceremonia debió sin duda perturbar la tranquilidad característica de Madame d’Etiolles, ya que debía presentarse ante la Reina. No obstante sus temores fueron infundados, ya que la graciosa soberana la recibió con agradable semblante y dándole un trato por demás amable; tan reacio como era Luis XV a los conflictos, agradeció de corazón la actitud de su comprensiva esposa.

Resuelto el asunto en la Corte, quedaba todavía otro tema sobre la mesa: el esposo de la fémina. Dicen algunos historiadores que la nueva Favorita del Rey era una mujer ambiciosa y calculadora, características que presuntamente la llevaron a escribir una sentida misiva a su amante explicando que si regresaba a su hogar sería “cruelmente maltratada por su marido”; cual flamante caballero al rescate, ni tardo ni perezoso el gobernante le ofreció refugio en su castillo.

Posteriormente, se menciona también que fue la joven quien suplicó a Luis que adquiriera para ella un título nobiliario que disfrazara su “vulgar” condición, haciendo él lo propio con el marquesado de Pompadour en Auvergne, surgiendo así la fabulosa Madame Pompadour.

Belleza, encanto, inteligencia, astucia y gracia eran sin duda las principales cualidades de la parisina recién llegada a una Corte llena de intrigas y envidias; estos atributos fueron transformados con maestría en armas en la nueva batalla que se le presentaba a Jeanne-Antoinette Poisson, de la cual hablaremos más extensamente en la próxima entrega.

FUENTES:

“La mujer más encantadora de Francia”. Aut. Jesús Villanueva. Revista Clío No. 20. Junio 2003.  

“Madame de Pompadour”. Aut. Ana Echeverría. Revista Historia y Vida No. 420. 

“Madame de Pompadour”. Aut. Ana Echeverría. Revista Historia y Vida No. 482. 2008 

“Mujer Iluminada”. Aut. Guadalupe Loaeza. Periódico Reforma, México, 29 de febrero 2004. 


[i] Diosas inferiores de la mitología griega, hijas de Zeus y la ninfa Eurinome, eran llamadas Áglae o Aglaya, Eufrosine y Talía, cuyas cualidades eran la belleza, el hechizo y la alegría.

[ii] Nombre también encontrado como “Lenormand”.

3 respuestas a Madame Pompadour: La gracia de la inteligencia (Parte I)

  1. Jeca dice:

    hola nena. Me parecio bastante interesante tu articulo , estare esperando la segunda parte. Te quiero. Un abrazo

  2. […] Actualizados : Madame Pompadour: La gracia de la inteligencia (Parte I) Cuando las musas confabulan: Jorge Negrete Vagando hacia la perfección: Charles Chaplin. (2a […]

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