El genio de una estrella fugaz: Amadeus Mozart I

Retrato de Mozart por Jean Baptiste Greuze

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

 “Un genio no es planta que brota únicamente en los centros académicos; es flor salvaje que nace en el bosque por sí sola, sin requerir ayuda ajena”.

Dale Carnegie

Caprichosas son a veces las musas al momento de prodigar sus favores, surgiendo de vez en cuando una persona con un talento tan descomunal para alguna de las artes o las ciencias, que su fama resuena cada vez con más fuerza conforme los años, las décadas y los siglos van pasando.

Nevaba con relativa copiosidad sobre el número nueve de la Getreidegasse, ubicada en el sector comercial de la ciudad de Salzburgo, cuando el 27 de enero de 1756 nació el séptimo hijo del matrimonio formado por el adusto Johann Georg Leopold Mozart y la jovial Anna Maria Pertl, -quienes ya tenían con ellos a su hija de cuatro años Maria Anna Walburga Ignatia, por todos conocida como Nannerl, habiendo fallecido los otros cinco pequeños a causa de las insalubres condiciones que reinaban en la ciudad por aquella época-, a quien llamaron Joannes Chrisostomos Wolfgang Gottlieb –este último nombre algunas fuentes lo establecen originalmente como Teophilus; pero el hecho es que a final de cuentas el joven lo italianizaría para dar lugar al legendario Amadeus-, llamado cariñosamente Wolferl, Wolfangerl o Wolfg.

Para entender la personalidad y formación de Wolfgang es necesario hablar primero de Leopold. Este hombre de carácter severo y rígido, era un compositor e intérprete destacado y aplicado, que provenía de una familia poco o nada interesada en las artes y por el contrario dedicada a la encuadernación de libros; quien sin embargo logró encontrar un lugar como músico empleado por Johann Baptist el conde Thurn-Valsassina y Taxis, para en 1743 ocupar el sitio del cuarto violín de la orquesta auspiciada por el arzobispo Von Firmian, ascendiendo aún más en su carrera cuando fue nombrado compositor de la corte y vice-kapellmeister (vicemaestro de capilla).

Las obras de Leopold son buenas y correctas, pero se encuentran penosamente alejadas de las genialidades producidas por su inquieto vástago; no obstante, la notoriedad del padre se debe a los métodos de violín y piano que ideó para el aprendizaje de los nóveles aspirantes a músicos, siendo el primero publicado en 1756 y el segundo (conocido como Notenbuch y utilizado por Wolfgang) informalmente estructurado para las lecciones de clavicémbalo que el caballero impartía a Nannerl.

De este modo la niña poco a poco demostró tener extraordinarias cualidades en la ejecución del clavicémbalo –posteriormente también intentaría componer algunas piezas de uso doméstico que su hermano menor alabó, animándola a continuar-, siendo seguido entusiastamente su desempeño por su hermanito, quien asombraba a su padre al trepar al banco al concluir las clases y ejecutar él mismo algunas piezas a la tierna edad de tres años. Con la música corriéndole por las venas, el chiquillo a los cinco años elaboró dos piezas para clave; y entre los 6 y 7 años el niño mostró sus dotes de autodidacta cuando aprendió a tocar el violín sin recibir ningún tipo de instrucción o asesoría.

Cuando Leopold percibió los dones maravillosos de sus retoños sintió la obligación de compartirlos con el mundo –también se ha establecido que vio en ellos una fuente de ingresos que eventualmente le aseguraría una vejez tranquila y despreocupada-, por lo que solicitó permiso a su patrón, el príncipe arzobispo de Salzburgo Sigismund von Schrattenbach para realizar una gira por Europa, con la finalidad de presentar a sus asombrosos hijos en sociedad.

El permiso fue concedido y así entre 1763 y 1766 los Mozart visitaron varias de las ciudades más importantes del continente, habiendo ya realizado una presentación en 1762 –en el palacio de Schönbrunn –Viena- ante la propia emperatriz María Teresa de Austria, quien quedó fascinada con este atrevido pequeñín que osó trepar a su regazo para prodigarle numerosos besos, y que tuvo la infantil audacia de pedirle futuro matrimonio a una gentil damita que lo ayudó a levantarse tras una caída durante uno de sus juegos, quien respondía al nombre de María Antonieta.

Lo mejor de los viajes eran por supuesto sus destinos finales, siendo recibidos con gran pompa en aristocráticas residencias y las sedes de los gobiernos menores, a donde llegaban tras haber recorrido interminables y accidentados caminos, comido en cutres hospederías y enfrentado el peligro de ser atracados por peligrosos bandoleros.

Sin embargo la recompensa valía la pena a los ojos de Leopold, aun cuando no obtenía en estas representaciones la cantidad de dinero contante y sonante que hubiese querido –por lo regular recibían valiosos presentes pero no dinero-, sí logró que la fama de sus hijos –y en particular de Wolferl– se extendiera por el territorio europeo, siendo recibido tanto en la corte francesa como en la inglesa.

Los viajantes tocaron entonces suelo galo en noviembre de 1763, llegando a la Versalles del rey Luis XV y siendo cómodamente instalados en el palacete de Cormier. De esta manera el pequeño músico deleitó los oídos del monarca y de su amante, Madame Pompadour, a quien Mozart se acercó tras su actuación para recibir muestras de afecto similares a las que le había dado la emperatriz austríaca; pero se vio decepcionado por la fría acogida de la cortesana, quien se negó terminantemente a regalarle un beso–Amadeus tenía por costumbre medir su éxito en proporción a las muestras de afecto que recibía-, al contrario que las hijas y la esposa del rey, quienes lo festejaron con gran entusiasmo.

En el palacio parisino también deslumbró a la corte al interpretar con gran maestría una pieza en el órgano de la Capilla Real, por solicitud del soberano, sin haber tenido demasiada experiencia con el instrumento. Así, tras una estancia de 4 meses los músicos vuelven al camino, esta vez para dirigirse a Inglaterra, llegando a la capital británica el 23 de abril de 1764 y siendo bienvenidos en la corte del rey Jorge III y la reina Carlota. En este lugar tuvo la oportunidad de conocer a varios músicos de renombre, estableciendo especial amistad con Johann Christian Bach –hijo menor de Johann Sebastian Bach-.

El Wunderkinder (niño prodigio) era entonces una verdadera sensación en cuanto lugar pisaba, ya que Mozart era una curiosa personita –a quien el escritor Johann Wolfgang von Goethe recuerda haber visto a los 14 años en Frankfurt describiéndolo como “aquel diminuto personaje con su peluca y su espada”– capaz de escribir una sinfonía –compuso la primera a los ocho años-, tocar el clavicémbalo con los ojos tapados e interpretar –e incluso realizar variaciones- cualquier partitura que se le presentara.

Por supuesto este tipo de increíbles personajes generan grandes sospechas entre los escépticos –muchos creyeron que las piezas no eran compuestas por el chico sino por su progenitor-. En este sentido Leopold Mozart –un poco por su paranoia natural y otro poco por ataques reales- se vio obligado a defender a capa y espada a su hijo, quien en su momento (1770) fue probado por todos los medios ideados por suspicaces especialistas, quienes parecían regirse por el proverbio latino “no creas nada y desconfía de todo”, quienes observaron con detenimiento sus manos, a la vez que le daban partituras inéditas para que las ejecutara al instante. Huelga decir que el joven genio salió victorioso de todos estos “exámenes”.

Poco a poco vemos entonces cómo Wolfgang Amadeus Mozart se va transformando en un adolescente, etapa en la que se le presentarían numerosos retos entre los cuales estaba demostrar que era un músico genuino y no únicamente una suerte de prodigio fugaz cuyo genio se extinguiría con la edad, pero de ello hablaremos con más detalle en la próxima entrega.

 

FUENTES:

 “Mozart, amado de los dioses”. Aut. Michel Parouty. Ed. Aguilar Universal. Madrid, 1990.  

“Mozart”. Aut. Peter Gay. Ed. ABC. 2004.

“Las tribulaciones de un niño prodigio”. Aut. Marina Alfonso Mola. Revista Aventura de la Historia No. 88. Junio, 2008.

“Mozart: Un músico revolucionario”. Aut. Isabel Margarit. Revista Historia y vida No. 465.

“Mozart, un genio enamorado”. Aut. Guadalupe Loaeza. Periódico Reforma. México, 5 de junio 2005.

 “Visita de Mozart siendo niño”. http://es.chateauversailles.fr   

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