Una loba en piel de oveja: Isabel de Farnesio I

Isabel de Farnesio

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

“No anheles el bien futuro: mira que ni el presente está seguro”.

Félix María de Samaniego

El Poder, esa capacidad que en su máxima expresión provoca que todo el mundo, a una señal del apoderado, se ponga de rodillas si eso complace a la dama o el caballero en cuestión; ha provocado a lo largo de la historia tantas guerras, muertes, intrigas y traiciones como imaginarse pueda.

Situada entre el aguerrido carácter de Catalina de Rusia y la docilidad de la ficticia princesa élfica Arwen, encontramos en los registros históricos españoles la presencia de una fémina que profesó tanto amor por su esposo como ambición por colocarse en el trono ibérico, se trata de Isabel de Farnesio.

Nacida con el nombre de Elisabetta Farnese en el ducado de Parma, Italia, un 25 de octubre de 1692, fue contemplada desde su más tierna edad para que pudiese presentarse en su adolescencia como un “buen partido” para los gobernantes –de cualquier jerarquía- de la Europa del siglo XVIII.

Sin embargo, al año siguiente de su nacimiento la familia sufrió un duro golpe tras el fallecimiento del jefe de la familia, Odoardo Farnesio, quien dejó a su viuda Dorotea Sofía de Neoburgo desprotegida; no obstante, la situación fue rescatada por el hermano del difunto, Francisco María, quien pronto desposó a su desesperada cuñada. De esta manera, la niña tuvo en el nuevo marido de su madre un padre amoroso y comprensivo, mientras crecía en las residencias familiares: el palacio de la Pilotta y la villa de Colorno.

Vislumbrando un futuro más o menos modesto para ella, Francisco y Dorotea la proveyeron de esmeradas lecciones de arte, bordado, historia, geografía, filosofía y lenguas, desarrollándose en la chiquilla una sensibilidad que más tarde sería extremadamente benéfica para algunos músicos y pintores.

Pero el destino volvió a hacer de las suyas cuando una joven y bonita Elisabetta, cayó enferma a causa de la terrible viruela que azotaba de manera inmisericorde al continente europeo. Habiendo salvado la vida, su rostro no fue tan afortunado, quedando marcado para el resto de sus días –las hábiles manos de las camareras que la atendieron a lo largo de su vida, lograban esconder las marcas con maquillaje-.

A pesar de este infortunio, el carácter alegre y resuelto de la damisela la hicieron salir avante, siendo la consecuencia el fortalecimiento de su ya de por sí vigorosa personalidad.

Mientras todo esto sucedía, en España, el rey Felipe V sufría espantosamente por la muerte de su amadísima esposa, María Gabriela de Saboya en 1714, habiendo a duras penas conseguido la ansiada Corona tras una guerra de Sucesión que había durado 15 años, enfrentando a los adeptos de Felipe de Borbón con los del archiduque Carlos de Austria, tras la muerte -sin sucesor designado- de Carlos II.

Devastado y deprimido, Felipe comenzó a pensar en darle otra madre a sus hijos (Luis, Fernando y Felipe) y por supuesto una soberana a España. Para tales menesteres se sabe que el estadista escuchaba sin reparos los consejos de la antigua camarera principal de doña María Gabriela, la francesa Marie-Anne de la Trémoille, princesa de los Ursinos, quien a la sazón tenía 72 años y una noción bastante retorcida del poder, mismo que ejercía con total libertad en el palacio, con el beneplácito de su ilustre patrón.

Por supuesto tan ambiciosa dama buscaba para su señor una joven a quien pudiera controlar a su antojo. Como hemos visto, Elisabetta no cumplía precisamente con tal requerimiento, pero los hábiles discursos del embajador de Parma en la corte española, el cardenal –abate- Giulio Alberoni, -además de los tentadores (aunque lejanos) derechos territoriales sobre Parma y Toscana que tenía la candidata- quien redujo la descripción de los conocimientos de la señorita italiana al bordado y la religión -a la vez que la dotó con una docilidad y pasividad imaginarias- lograron convencer a la anciana y por ende al rey.

Disfrutando de un anticipado triunfo, y segura como estaba de la conservación de su privilegiado puesto, De la Trémoille se atrevió a ordenar que le acondicionaran suntuosos apartamentos en el Real Alcázar de Madrid, situados de tal manera que cuando sus amos se vieran ella se enterase forzosamente.

Así, en las tierras parmesanas la propuesta de matrimonio trajo felicidad y satisfacción a toda la familia, apresurándose todos sus integrantes a preparar una ceremonia y una celebración dignas de la ocasión. De este modo, Elisabetta –que contaba con 21 años- y Felipe V se casaron por poderes –siendo el novio representado por el duque de Parma- en territorio italiano el 16 de septiembre de 1714.

Algunos días después del nupcial acontecimiento, la joven emprendió camino para conocer a su esposo, planeando originalmente llegar a la península ibérica por la vía marítima, hecho que le llevó a embarcar en el puerto de Sestri Levante para dirigirse a Génova. Tremendo susto se llevó entonces la recién casada cuando, a mitad del trayecto una terrorífica tormenta sacudió violentamente el barco; como es de suponer, al tocar tierra firme la señora ordenó continuar la travesía por tierra, eso sí de manera muy paulatina para tener a su desconocido cónyuge un poco más de tiempo en suspenso.

Pasando por Mónaco, Marsella y Montpellier llegó luego a Pau, donde se encontró con su tía María Ana de Neoburgo, quien había sido la segunda esposa de Carlos II; ni tarda ni perezosa la anterior soberana le advirtió sobre la influencia de la princesa de los Ursinos, dándole además otras informaciones sobre el comportamiento de la corte de Felipe V.

Habiéndose transformado el nombre de Elisabetta Farnese en Isabel de Farnesio al momento de cruzar las fronteras de su nueva patria, llegó ella a la pequeña población de Jadraque, donde la camarera mayor acudió a “recibirla”. Lejos de una bienvenida, se cuenta que lo primero que la nueva primera dama del reino escuchó por parte de su nueva sirviente fue la insultante frase de “pero qué gorda estás” –aunque no se tienen registros cien por ciento certeros que permitan verificar esta versión-, palabras con las que posiblemente la altanera francesa firmó su sentencia de exilio.

Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que al terminar esta reunión Isabel declaró airadamente que la noble había sido impertinente e insolente, faltas de respeto que una mujer como la reina no estaba dispuesta a tolerar. Entonces, haciendo uso del poder que le había otorgado el casamiento con Felipe, sin mayor miramiento De Farnesio despidió de la corte a la intrigante mujer que había cuidado durante tantos años (15) del soberano y luego también de su primera compañera, sin permitirle siquiera regresar a palacio a recoger sus pertenencias, y ordenándole por el contrario a algunos caballeros que la escoltasen inmediatamente, en medio de una fría y oscura noche de invierno, a la frontera con el país galo.

Tras el enérgico episodio la monarca se dispuso a ir en pos de su ilustre pareja, en tal momento seguramente Isabel de Farnesio hubiese podido ilustrar perfectamente las palabras del escritor francés François de la Rochefoucauld “la esperanza y el temor son inseparables y no hay temor sin esperanza ni esperanza sin temor”, ya que la joven tenía probablemente tanta urgencia por tomar plena posesión de su papel como reina de España, como ansiedad ante el inminente encuentro con su ignoto esposo, de quien no conocía apariencia o temple más que de oídas. Pero de tan emocionante encuentro y otras tantas cosas hablaremos más extensamente en la próxima entrega. 

FUENTES:

 “Isabel de Farnesio: El firme apoyo de Felipe V”. Aut. María de los Ángeles Pérez Samper. Revista Historia y vida. No. 415. Octubre, 2002.

“Isabel de Farnesio”. Aut. María de los Ángeles Pérez Samper. Revista Clío No. 64. Febrero, 2007.

 “Isabel de Farnesio o el cuidado con los jefes”. Aut. Pedro Maestre Yenes. Revista DINTEL No. 11. Junio, 2007.  

“Isabel de Farnesio: El poder a la sombra del rey”. Aut. Revista Historia National Geographic No. 57. Noviembre, 2008.

2 respuestas a Una loba en piel de oveja: Isabel de Farnesio I

  1. . dice:

    Que bella la forma suya de escribir, debe de sentir dicha inmensa ante tan hermoso don.
    No puedo esperar por el siguiente escrito.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: