Una loba en piel de oveja: Isabel de Farnesio II

Retrato de Isabel de Farnesio por Miguel Jacinto Meléndez

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

“La ambición está más descontenta de lo que no tiene que satisfecha de lo que tiene”.

Fénelon

Bien decía el filósofo griego Epicuro de Samos que “el hombre que no se contenta con poco no se contenta con nada”, un ejemplo de ello lo podemos observar en la extraordinaria historia de Elisabetta Farnese, después conocida como la reina Isabel de Farnesio.

Elegida para ser la esposa del rey viudo español Felipe V, la joven Isabel llegó al tan esperado encuentro con su esposo el 24 de diciembre de 1714, celebrándose en el acto una ceremonia simbólica en la capilla del palacio de los duques del Infantado, para ratificar los votos matrimoniales que habían sido pronunciados en Italia algunos meses antes. Aun cuando se sabe que la nueva reina no era una dama precisamente agraciada, su magnífica personalidad y desenvoltura conquistaron de inmediato al monarca español, quien ni tardo ni perezoso, dirigió a su nueva señora a la alcoba nupcial donde permanecieron hasta la medianoche, momento en el que decidieron oportuno asistir a la misa de Gallo y festejar la Navidad con el resto de la familia real.

Y como dice el refrán popular –y una conocida ley física- “polos opuestos se atraen”. De carácter melancólico y ciertamente inseguro, Felipe V encontró su complemento ideal en esa joven inteligente que tenía “un aire de bondad, hasta de cortesía, con equilibrio y mesura”, como la describió el embajador francés Louis de Rouvroy, duque de Saint Simon; pero que sin embargo poseía una ambición de poder que pensaba satisfacer con el oportuno apoyo que brindaba al rey y la natural influencia que sobre él ejercía, la cual era provocada en buena parte por una convivencia constante, ya que se dice que sus majestades realizaban absolutamente todas sus actividades juntos, desde recibir a sus súbditos o a los delegados de otros reinos, hasta dormir –lo cual cabe mencionar era bastante inusual en los matrimonios de la época, cuyos integrantes preferían poner prudente distancia entre ellos, a menos que fuera inevitable-.

Habiendo despedido sin miramientos a la princesa de los Ursinos, Isabel aprovechó la oportunidad para colocar en el lugar de la intrigante camarilla gala, a su predilecto grupo italiano, encabezado por el abate Alberoni, a quien prontamente nombró como ministro y con quien estructuró algunos planes que eventualmente ayudarían a la corona española a recuperar los tan ansiados territorios italianos.

Pero la reina sabía que con la previa descendencia de su esposo, ella debía apresurarse a tener al menos un hijo, deseo que se cumplió con el nacimiento de Carlos en enero de 1716, extendiendo su prole –por amor más que por deber- con María Victoria, Francisco –que falleció al poco tiempo de nacer-, Felipe, María Teresa, Luis Antonio y María Antonia. Con grandes proyectos en mente, De Farnesio apoyó con fuerza a Alberoni para ir en pos de Cerdeña y Sicilia; sin embargo, tan belicosas acciones despertaron la ira del resto de los imperios, siendo los españoles vencidos por los británicos e invadidos por los franceses.

Con el amargo sabor a derrota en la boca, los reyes españoles decidieron retirar al ministro italiano del poder y hacer algunas alianzas estratégicas con sus enemigos para recuperar la paz, concertándose así los matrimonios de Luis, el príncipe de Asturias –hijo de la difunta María Gabriela de Saboya– y de María Victoria con Luisa Isabel de Orleans y el rey francés Luis XV, respectivamente. El primer matrimonio se llevó a cabo, no así el de la pequeña María Victoria –que a la sazón tenía solo 3 años- ya que requiriendo descendencia inmediata, los franceses cancelaron el acuerdo.

Diez años en el trono pasaron Felipe e Isabel cuando la melancolía del primero lo hundió en el más obscuro de los abismos, convenciéndose el caballero –sin razón- de que moriría muy pronto. Tal idea lo llevó a dejar el trono en manos de su hijo Luis –el 14 de enero de 1724-, para refugiares junto con su resignada cónyuge en la muy lujosa Granja de San Ildefonso, ubicada en la sierra de Guadarrama, donde permanecieron durante breve temporada, ya que el nuevo monarca falleció en el verano, logrando convencer la italiana a su voluble marido para que retomase el mando de España.

De vuelta en el poder, Isabel no estaba dispuesta a tolerar otro retiro forzado, de manera que hizo cuanto estuvo en su mano para tener tranquilo a su marido; no obstante, la conducta del soberano era cada vez más estrambótica, de manera que solía acusar a todo el mundo por quererlo envenenar, rehusándose terminantemente a cambiarse la camisa por temor a que esta fuera el arma elegida por su imaginario ejecutor (!). No conforme con ello, tuvo a bien colocar “de cabeza” el horario de la corte, estableciendo un poco conveniente horario nocturno, de modo que se levantaba a la una de la tarde, escuchaba misa a las tres, comía a las ocho, cenaba a las cinco de la mañana y se iba a descansar a las siete.

Empleando todas las herramientas que se le venían a la cabeza, Isabel optó por hacer caso de las sabias palabras de don Miguel de Cervantes: “la música compone los ánimos descompuestos (…)”, haciendo traer a la corte al mejor cantante de la época, que resultó ser Carlo Broschi, nada menos que Farinelli, quien fascinó de tal modo al atormentado estadista que este en cuanto concluyó la balsámica melodía, ofreció al intérprete cualquier recompensa que su imaginación pudiese concebir; se cuenta entonces que el castrato lejos de solicitar riquezas, le pidió de la manera más atenta que se aseara y se pusiese a trabajar, cosa que Felipe hizo gustoso al día siguiente. A partir de entonces, la reina decidió mantener al músico en la corte, haciéndose así su trabajo exclusivo de la corte española.

Mientras trataba de controlar el abatimiento de su ilustre pareja, De Farnesio se había dado maña para colocar a su hijo Carlos como rey de las Dos Sicilias, mientras que a Felipe le consiguió los ducados de Parma, Piacenzo y Guastalla –tras el fallecimiento de Antonio de Farnesio-, y Luis Antonio fue nombrado cardenal; en cuanto a sus hijas, María Victoria se convirtió en reina de Portugal, María Teresa murió muy joven poco después de haber desposado al delfín de Francia, toda vez que la pequeña María Antonia se convirtió en la esposa de Victorio Amadeo y con ello en soberana de Cerdeña.

En 1746 Felipe V vio su último amanecer, falleciendo el 9 de julio en brazos de su amadísima esposa, quien fue rápidamente sacada de la jugada por el trono por Fernando VI y Bárbara de Braganza, quienes la recluyeron “amable” y lujosamente en la Granja de San Ildefonso, donde pasó los siguientes doce años, hasta que Fernando VI falleció en 1759 –sin descendencia-. En este momento Isabel vio cumplido su más grande deseo, ya que sería sucesor su propio hijo, Carlos III. Mientras el caballero llegaba, nuestra ambiciosa protagonista vio cumplido el sueño de su vida, al fungir como reina gobernante por un breve pero delicioso periodo, tras lo cual ejerció la muy digna tarea de reina madre.

Así, tras la muerte de su no muy querida nuera, María Amalia de Sajonia, Isabel de Farnesio pasó sus últimos años cuidando, queriendo y apoyando tanto a su hijos como a sus nietos, muriendo el 11 de julio de 1766 en el Palacio Real de Aranjuez, tal vez a causa de la pena que le ocasionó la cobarde reacción de su hijo ante el motín de Esquiloche, -23 de marzo de 1766-, conflicto que Carlos III enfrentó con una huída de Madrid hacia Aranjuez.

Nuestra valerosa dama alcanzó el eterno descanso al lado de su marido en la capilla del Real Sitio de la Granja de San Ildefonso, habiendo sido durante su vida una reina admirada, querida, comparada, odiada y vilipendiada, aunque ella bien sabía que, como dijo el filósofo Séneca: “El primer arte que deben aprender los que aspiran al poder es el de ser capaces de soportar el odio”.  

FUENTES:

 “Isabel de Farnesio: El firme apoyo de Felipe V”. Aut. María de los Ángeles Pérez Samper. Revista Historia y vida. No. 415. Octubre, 2002.

“Isabel de Farnesio”. Aut. María de los Ángeles Pérez Samper. Revista Clío No. 64. Febrero, 2007.

 “Isabel de Farnesio: El poder a la sombra del rey”. Aut. Revista Historia National Geographic No. 57. Noviembre, 2008.

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