El pantano que se convirtió en Estado: Venecia

Venecia

Por: Patricia Díaz Terés

 “En la adversidad conviene muchas veces tomar un camino atrevido”.

Séneca Anneo

Retratada en distintas formas y con los más variados sentimientos en prácticamente todas las Bellas Artes, es un lugar que aparece por igual en la pintura dieciochesca de Canaletto en su obra La llegada del embajador francés, en la música del siglo XX de grupos italianos como Ricchi e Poveri o españoles como los Hombres G, en películas como Dangerous Beauty (1998) o Casanova (2005)  y destacando sin duda alguna en la literatura clásica de William Shakespeare, quien obtuvo la esencia misma de la Dama del Adriático en su obra El mercader de Venecia.

 Con una singular geografía la ciudad italiana de Venecia ha cautivado la imaginación de compositores, pintores, arquitectos y poetas desde hace algunas centurias, pero ¿qué es lo que hace que este sitio cruzado por infinidad de canales, donde se sitúa la magnífica Plaza de San Marcos, fascine por igual al más común de los hombres y al más sublime de los artistas?

La historia de Venecia es un relato sobre cómo el ser humano puede atravesar la adversidad para posteriormente reinventar su historia y salir victorioso; y para comprenderlo debemos remontarnos al final del grandioso Imperio romano, cuando la gente civilizada –de ciudades como Padua, Aquilea o Concordia- huía despavorida ante las invasiones bárbaras dirigidas por Alarico –líder de los godos– en el 402 d.C., el temible Atila y su horda de hunos en el año 453 o Teodoro –cabeza de los ostrogodos– en el 488; buscando un refugio seguro, muchas de las víctimas llegaron al noroeste del mar Adriático, instalándose en la provincia de Venetia et Histria, región que les ofrecía una protección natural al tratarse de una zona pantanosa de difícil acceso para los aguerridos enemigos que carecían de embarcaciones apropiadas.

Muchos de estos “fugitivos” decidieron entonces establecerse definitivamente en este inhóspito territorio, el cual no les ofrecía los beneficios de la agricultura pero sí los de la pesca; muy reducida en primera instancia durante el siglo V, la comunidad cuando se le unieron las personas que durante el siglo VI escaparon de la invasión de los lombardos. 

Trabajadores y cultos, lo primero que hicieron estos individuos fue encontrar la manera de habitar convenientemente su nuevo hogar –había entonces dos colonias principales: Rivo Alto o Rialto y Olivalo o Castello-, de modo que construyeron casas adecuadas y una gran variedad de embarcaciones que les permitían transitar por las 118 –se han mencionado también 120- islas que constituían la región. Habiendo logrado a través de la pesca satisfacer sus necesidades básicas, pronto percibieron la necesidad de integrar una estructura política. Observando complicada la situación del régimen encabezado por el gobernador de Rávena, decidieron “independizarse” y elegir a su propio gobernante a partir del año 751 –también se menciona el año 726-, cuando nombraron al primer dux o dogo –Paolo Lucio Anafesto-. Tal maestría demostraron los antiguos líderes venecianos que lograron permanecer libres aun ante la aparición del Sacro Imperio Romano Germánico, evento que los llevó a trasladar la sede de su propio gobierno -hasta entonces ubicada en Malamocco– a Rialto, en donde el entonces dux Agnello Participazio hizo levantar un gran castillo cuya localización coincide casi exactamente con el actual Palacio Ducal.

Y fue así como al carecer de tierras de cultivo, los habitantes de la Civitas Venetiarum –ciudad de Venecia- vieron en la comercialización de sus salinas la solución a sus problemas, dando inicio la que se convertiría en su principal actividad y sello indeleble durante los siglos venideros.

Detectando la necesidad de tener una flota mercante -y militar- de gran envergadura, los venecianos se dieron a la tarea de montar dos astilleros cuyos hábiles obreros llegaron a construir hasta 150 galeras en tan solo dos meses –con ellas derrotaron por ejemplo a los turcos en la famosa batalla de Lepanto-; con esta capacidad para dominar las aguas y su privilegiada ubicación entre Oriente y Occidente, los inteligentes comerciantes dieron a la tarea de transportar las mercancías de uno a otro imperio, actividad que organizaron a través de las llamadas colleganzas, es decir una sociedad comercial de carácter temporal que agrupaba a un inversor que colocaba el capital necesario y un mercader que hacía el trabajo operativo, mientras las ganancias eran divididas equitativamente.

El centro de toda esta frenética actividad era sin duda el Gran Canal, ubicación reservada para las familias venecianas más poderosas las cuales eran a final de cuentas las que decidían el destino de sus conciudadanos. Creciendo tanto económica como demográficamente, la ciudad llegó a tener la inusitada cantidad de cien mil habitantes, este hecho pareció darles tanta confianza que para 1200 decidieron embarcarse en la cuarta cruzada, con la cual obtuvieron numerosos territorios –como el Peloponeso, las islas de Eubea y Creta e incluso parte de Constantinopla– transformándose con ello en potencia colonial –cabe mencionar que el crecimiento no fue libre de obstáculos, ya que los venecianos se enfrentaron en largas guerras con sus rivales genoveses, mientras que una terrible peste azotó la ciudad en 1348-.

Para el siglo XV sus acciones para anexar territorios llevaron a Venecia a hacerse con Padua, Verona y Vicenza; y sobreviviendo a la caída de Constantinopla ante los turcos en 1453, habíase ya transformado en una sociedad democrática sin precedentes, erigiéndose como la poderosa República Serenísima, entrando en esta forma al Renacimiento y con este a su época de mayor esplendor.

Imaginándonos a Giacomo Casanova correteando por los puentes y callejones de Venecia, encontramos la visión popular de este importante centro comercial, en la cual las góndolas cubiertas con delicados paños atravesaban los numerosos canales durante los extravagantes carnavales, entre las risas estridentes emitidas por los asistentes a las suntuosas fiestas ofrecidas por los más ricos personajes; no obstante, esta aparente alegría pronto llevó a una pavorosa depravación, de la cual Lord Byron se expresó diciendo que si Venecia se hubiese hundido tan solo hubiera sido una metáfora de su decadencia moral, misma que a su vez se convirtió irónicamente en uno de los atractivos de la ciudad, cuando por ejemplo ya en el siglo XIX, Venecia fue el sitio ideal de escape para los reprimidos ingleses que experimentaban la rigidez victoriana, ya que, en palabras del propio Charles Dickens, “Venecia superaba la capacidad imaginativa del más fantástico soñador”.

Convertida también en capital del arte gracias a extraordinarios personajes como Bernardo Bellotto, Bellini, Lombardo, Coducci, Palladio, Giorgione, Tintoretto o Tiziano, Venecia tuvo que enfrentarse a su decadencia tanto política como moral, terminando por caer en manos de Napoleón Bonaparte (1797), para posteriormente pasar a formar parte del Imperio Austro-Húngaro bajo el dominio de los Habsburgo y finalmente integrarse en la Italia unificada decretada por el Tratado de Viena en 1866.

Habiendo perdido ya toda su sordidez pero no así su encanto, Venecia se erige hoy en día como un destino turístico anhelado por miles de personas, quienes sueñan con atravesar los cientos de puentes que unen esas islas que, mientras actualmente se encuentran cubiertas con portentosas edificaciones y deliciosas obras de arte, algún día estuvieron habitadas por asustados pero inteligentes aldeanos, cuyos hábiles descendientes se dieron cuenta eventualmente de que “la prosperidad es un gran maestro; la adversidad lo es mucho más grande. La posesión embota la mente, la adversidad la fortalece” como dijo el escritor inglés William Hazlitt

FUENTES:

“Venecia: La patria del romanticismo”. Aut. Enrique Cuenca Manero. Revista Clío No. 28. Febrero, 2004.

“La góndola veneciana”. Aut. Fernando Garcés. Revista Clío No. 44. Junio, 2005.

 “Venecia: Una ciudad enamorada del arte”. Aut. Teresa Vallarino. Revista Clío No. 75. Enero, 2008.

 “Venecia medieval”. Aut. Javier Cisa. Revista Historia y vida No. 459.  

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