La fiera insurgente: Leona Vicario I

Leona Vicario

Por: Patricia Díaz Terés

 “Coraje es simplemente la capacidad para tener miedo y actuar de todas formas”.

Dr. Robert Anthony

Difíciles de domar resultan ciertos espíritus, los cuales normalmente se albergan en los cuerpos de aquellos que conocemos como héroes, personas excepcionales que toman sus decisiones basados en un bien situado más allá de su propia persona; de estos ilustres personajes está poblada la historia de la humanidad, sin que sea México una excepción.

Habiendo atravesado nuestro país por difíciles periodos, siempre podemos encontrar a ciertos individuos que han dado todo por su patria –o por la conformación de la misma-, en esta ocasión dedicaremos esta columna a una mujer que ha pasado un tanto desapercibida –o bien no ha sido completamente apreciada en su justa medida- y que fue bautizada con el nombre de María de la Soledad Camila Vicario Fernández de San Salvador, quien encontró su lugar en los anales históricos simplemente como Leona Vicario.

Nacida en un medio confortable y privilegiado –un 10 de abril de 1789-, fue hija del español don Gaspar Martín Vicario y una mexicana –criolla- de nombre Camila Fernández de San Salvador; de medios distintos procedían los señores Vicario, puesto que él era un exitoso comerciante mientras que ella provenía de una decente familia de Toluca con recursos económicos limitados.

Siendo doña Camila la segunda esposa de Gaspar, el caballero tenía ya dos hijas de su primer matrimonio, Brígida y María Luisa, decidiendo la primera de ellas tomar los votos en un convento español, mientras que la segunda contrajo matrimonio con el marqués don Antonio Guadalupe Vivanco; por su parte Leona era una personita independiente y de fuerte carácter, pero con una disposición para el aprendizaje que le permitió absorber de la misma manera tanto conocimientos sobre filosofía, historia o ciencia –era gran aficionada a la astronomía- como acerca de la economía del hogar o el bordado, complementándose todo esto con una formación artística, siendo su disciplina predilecta la pintura.

Todas estas características hacían de la señorita Vicario una dama extraordinaria para su época, sumándose a sus cualidades y habilidades la gran fortuna de su padre –que ascendía a los cien mil pesos-, lo que la colocaba como un “excelente partido” para los jóvenes casaderos. De este modo, el primero en fijar su atención en tan notable fémina fue Octaviano Obregón, un abogado –y oidor honorario de la Real Audiencia de México- originario de Guanajuato que solicitó a don Gaspar permiso para hacer la corte a Leona, siendo concedida su petición.

Comenzó entonces un dulce y casto romance entre los dos –aunque probablemente la jovencita estuviese más enamorada que su novio-, cuando la fortuna se tornó en contra de Vicario al morir sus padres dejándola al cuidado de su tío don Agustín Pomposo Fernández de San Salvador; sin embargo la madre había tomado la precaución de dejar firmadas las capitulaciones matrimoniales, para que la ceremonia se llevara a cabo en el momento que a los muchachos les pareciese conveniente.

Don Agustín percibió seguramente en su sobrina ese aguerrido temperamento que la destacaría a lo largo de sus posteriores aventuras, de forma que decidió albergarla en una casa contigua a la de su familia, con la finalidad de tenerla vigilada pero proporcionándole una independencia que fue causa de escándalo en la sociedad de la época.

De carácter piadoso, nuestra protagonista también dedicaba gran parte de su tiempo a obras caritativas, de manera que visitaba asilos, alimentaba a niños o ancianos y cuidaba de los enfermos, comprendiendo que no toda la gente gozaba de la misma suerte que ella.

Siendo muy observadora y analítica, comenzó a dilucidar la verdadera situación social que le rodeaba, comprendiendo que vivía en un entorno plagado de injusticias; asimismo creía fervientemente en que la Nueva España tenía la capacidad de ser un país independiente, idea absolutamente opuesta al recalcitrante realismo de su tío.

Por otra parte, en grandes problemas se metió su amado Octaviano cuando él y su padre, don Ignacio Obregón se vieron inmiscuidos en el plan que apoyaba un gobierno autónomo que dirigiría el virrey José Joaquín Vicente de Iturrigaray y Aróstegui, tras la invasión de Napoleón a España y el sucesivo encarcelamiento del rey Fernando VII –siendo en realidad la intención del virrey obedecer únicamente las disposiciones directas del legítimo gobernante (si bien este se encontraba preso), y no del pretendido soberano José Bonaparte-, siendo descubierto el proyecto, el antiindependentista Gabriel Joaquín del Yermo se convenció de que la intención de Iturrigaray era crear un país independiente, por lo que procedió a apresarlo y presentarlo a la Inquisición.

Tras estos acontecimientos pareciole a Octaviano como lo más oportuno partir hacia España, abandonando temporalmente a su prometida. Una vez en Europa, el licenciado fue nombrado diputado en las Cortes de Cádiz por la provincia de Guanajuato, regresando a tierras americanas tan solo para sorprender a todos con un discurso en el cual señalaba cada uno de los errores del gobierno virreinal, palabras que lograron inflamar el corazón de su joven enamorada quien aún creía en la devoción de su hombre, cuyos afectos por su parte habían comenzado a enfriarse.

Para entonces Vicario había comenzado a relacionarse –junto con su primo y su hermana María Luisa– con el grupo insurgente llamado “Los Guadalupes”, quienes estaban en constante comunicación con los conspiradores que se ubicaban en Valladolid, San Miguel el Grande y Querétaro; empleando escritos cifrados publicados en El Ilustrador Americano para comunicarse con los rebeldes, a quienes designaba con los nombres de los personajes pertenecientes a sus obras literarias favoritas.

Y es en este contexto donde entra en escena otro joven abogado de nombre Andrés Quintana Roo, quien procedente de Yucatán había estudiado en el Seminario de San Ildefonso, destacándose su apego a las letras; en 1808 llegó a la capital para ingresar en la Real y Pontificia Universidad de la Nueva España, siendo admitido al año siguiente en el bufete dirigido por don Agustín Pomposo con el objetivo de hacer la pasantía que le permitiría obtener título de licenciado.

Fue así como por azares del destino trabó conocimiento con la bella Leona, quien viendo como un callejón sin salida su relación con Obregón, decidió romper el compromiso para quedar en libertad de hacer amistad con Andrés, hecho que su tío vio con muy malos ojos desde el principio, ya que el nuevo pretendiente, si bien era un hombre sano, honesto y trabajador, no tenía los caudales llenos como su antecesor; además de ser públicas sus simpatías por la causa independentista. Todo ello llevó al protector de Vicario a negarle a Quintana Roo su mano en matrimonio, lo que no detuvo a la pareja, historia de la cual nos enteraremos en la próxima entrega de esta columna. 

FUENTES:

“Mujeres por la Independencia”. Aut. Sebastián Alaniz. Ed. Lectorum. México, 2001.

“La imagen de las heroínas mexicanas”. Aut. Alicia Tecuanhuey. La construcción del héroe en España y México. Eds. Manuel Chust, Víctor Minguez. Publicions de la Universitat de Valencia. 2003.   

“Leona Vicario: Heroína insurgente”. Aut. Celia del Palacio Montiel. Revista Relatos e Historias de México No. 32. Abril, 2011.

 “Leona Vicario”. Aut. Conti González Báez. Grupo Radio Centro. http://977.mx/grc/redam.nsf Septiembre, 2003.  

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