La fiera insurgente: Leona Vicario II

Parte II

Por: Patricia Díaz

“Todas las acciones que se salen de los límites ordinarios están sujetos a torcidas interpretaciones”.

Michel Eyquem de la Montaigne

Algunos de los más grandes romances en la historia del mundo han sido rodeados por las más complicadas circunstancias: guerras, enfermedades, enemistades ancestrales o incluso la escasez de recursos económicos; sin embargo, es el amor verdadero el que logra que los amantes salgan avante y permanezcan unidos a pesar de los inconvenientes e infortunios.

Tal es el caso de Leona Vicario y Andrés Quintana Roo, quienes tuvieron a bien enamorarse justo en la época en la que Miguel Hidalgo y su grupo insurgente decidieron que era momento de liberar a México de sus lazos europeos; mientras que la familia de la dama se oponía tajantemente a la relación entre ellos por diversos factores entre los que destacaban el político y el económico.

De este modo, Vicario y Quintana Roo tuvieron que separarse bien al inicio de su relación, ya que el caballero fue apresado durante dos meses a finales de 1810, habiéndosele acusado de tener en su posesión algunas misivas de Ignacio Allende; no obstante su novia, siendo verdadera patriota, no permaneció con los brazos cruzados, manteniendo una activa comunicación con la Junta de Zitácuaro tratando siempre de poner sobre aviso a sus amigos, sobre los ataques del ejército realista.

Pero el compromiso de Leona con la causa no fue exclusivamente literario. Habiendo ya salido de la cárcel su amado y partido hacia Oaxaca para intervenir en los combates, la señorita recibió mientras tanto en su casa a numerosos insurgentes, a la vez que los apoyaba con considerables recursos económicos; tales actividades no eran desconocidas para sus vecinos, reprobando unos cuantos sus acciones –el resto simplemente se negaba a creer que tan educada e inteligente fémina pudiese estar involucrada con los “revoltosos”- y advertían a su tío don Agustín Pomposo –ferviente partidario del bando contrario- sobre lo inapropiado –y peligroso- de las acciones de la señorita Vicario.

La suerte quiso darle la vuelta a la chica en 1813, cuando uno de sus mensajeros –que se encontraba de camino a Tlalpujahua (Michoacán)- fue descubierto e interrogado, siendo ella delatada de inmediato; al enterarse del asunto el grupo de Los Guadalupes le indicó que era oportuno abandonar la ciudad por un tiempo, por lo que Leona decidió dirigirse hacia Tacuba, encubriendo su huída como un paseo de descanso. Así en San Juanico se le unieron algunas amigas, entre las que se encontraban su ama de llaves y su cocinera, emprendiendo las señoras una complicada travesía.

Que el destino habíale sonreído de nuevo, creyó Leona al encontrar ahí mismo en Tacuba –según se sabe- al rebelde general Trejo; no obstante los buenos augurios desaparecieron cuando el militar, desconociendo la fisonomía de la benefactora a quien bien identificaba por nombre, se negó a acompañarla hasta el emplazamiento insurgente, accediendo únicamente a llevar una nota dirigida a Miguel Hidalgo y José María Morelos.

De esta forma, Trejo llevó y entregó la misiva a sus jefes, encargándose estos prestamente de organizar un grupo de 400 hombres para auxiliar a las afligidas damas; sin embargo ellas lejos de sentarse a llorar sus penas, emprendieron el viaje con gran valor y pocas provisiones, teniendo tanta falta de conocimiento del terreno atravesado, como determinación en llevar a cabo su empresa. Completando esta novelesca escena, encontramos que don Agustín al echar en falta a su sobrina contactó inmediatamente a los realistas, quienes salieron rápidamente a buscar a la audaz jovencita.

Así, habiendo llegado a Huixquilucan tras haber andado durante días mal alimentadas y enfermas, las damas no encontraron refugio entre los indios del lugar, quienes huyeron despavoridos ante el espectáculo de las maltrechas féminas, quienes a la sazón fueron encontradas por los enviados de Pomposo y regresadas a la fuerza a la ciudad de México, de manera que cuando los rescatadores insurgentes alcanzaron la ubicación mencionada era ya muy tarde para prestar el socorro solicitado.

Aunque las intenciones del señor Agustín fueron legítimas, no se imaginó que se encontraría imposibilitado para detener el proceso judicial al que se enfrentaba su amada sobrina, quien al momento de entrar en la capital fue apresada y llevada al Colegio de San Miguel de Belén, donde se enfrentó tenazmente con Miguel Bataller, líder de sus implacables jueces –quienes pertenecían a la Inquisición-. Negándose terminantemente a revelar la identidad de los destinatarios de las cartas, fue formalmente apresada el 20 de marzo de 1813, tan solo para ser liberada -el 22 de abril- de su prisión por seis misteriosos encapuchados –entre los que se encontraban Francisco Arroyave, Antonio Vázquez Aldana y José Luis Rodríguez Alconedo, bajo las órdenes de Ignacio López Rayón-, quienes a punta espada se abrieron camino para rescatar a Leona. Una vez fuera, cabalgaron a toda velocidad hacia la ciudad de México, de donde sacaron a la fugitiva disfrazada con harapos y rodeada de arrieros, siendo posteriormente conducida a salvo hasta los brazos de su amado Andrés.

Una vez juntos, la pareja se apoyó mutuamente en sul compartido fervor hacia la causa insurgente, de modo que mientras Quintana Roo empuñaba las armas, su novia atendía por igual enfermos y heridos o incluso dirigía una que otra campaña cuando lo consideraba necesario. Tan valiente pareja se desposó formalmente en 1816 en Chilapa (Guerrero), emprendiendo su nueva vida de casados al lado del ejército de López Rayón, naciendo su primera hija, Genoveva, el 3 de enero de 1817 en una escondida cueva cerca de Achipixtla, en el Estado de México.

Con creciente preocupación veía Andrés cómo su mujer y su hija pasaban toda clase de penurias, sin que su Leona claudicara, rechazando ella constantemente los indultos ofrecidos por los realistas, quienes ya habían incautado sus bienes. Escondiéndose donde podían, llegaron a una ranchería en la sierra de Tlatlaya, donde fueron descubiertos por el enemigo Vicente Bargas (sic), quien no tardó en dar parte a las autoridades.

Observando que la situación era insalvable, Quintana Roo firmó por su mujer e hija un indulto y huyó; pero la dama y la niña sufrieron tantas humillaciones y maltratos con el ejército enemigo, que al enterarse de ello un furioso y arrepentido Andrés, juró ofrecer cuanta información quisiesen los realistas a cambio de la seguridad de su familia, palabra que fue tomada por el comandante Miguel Torres, quien consiguió para la familia insurgente un indulto que debía ser hecho efectivo en España.

Con pocos o nulos recursos económicos la pareja tuvo que quedarse en Toluca, donde Andrés volvió a ejercer su oficio literario, siéndole imposible el ejercicio legal por no pertenecer al Colegio de Abogados. Más adelante, en 1821, cuando la situación era un poco más favorable nació su segunda hija, María Dolores. Siendo un año benévolo, la Independencia por fin se logró en ese mismo año, permaneciendo Leona fuera de la vida pública para cuidar de su familia, pero compartiendo con su marido la triunfal entrada del Ejército Trigarante, encontrándose ella –al igual que la Güera Rodríguez– en uno de los cientos de balcones atestados de gente que vitoreaba a Agustín de Iturbide.

Siéndole concedidas algunas propiedades como pago por sus bienes confiscados, Vicario y Quintana Roo continuaron activos en la vida política –teniendo incluso como inquilino a Antonio López de Santa Anna– y luchando por su Patria, muriendo la Fiera Insurgente el 21 de agosto de 1842 –recibiendo funerales de estado- y siguiéndola al Paraíso su amado Andrés nueve años más tarde, habiendo ambos hecho tangibles con su vida las palabras de Maurits Cornelis Escher: “Sólo quien intenta lo absurdo consigue lo imposible”

FUENTES:

“Mujeres por la Independencia”. Aut. Sebastián Alaniz. Ed. Lectorum. México, 2001.

“La imagen de las heroínas mexicanas”. Aut. Alicia Tecuanhuey. La construcción del héroe en España y México. Eds. Manuel Chust, Víctor Minguez. Publicions de la Universitat de Valencia. 2003.    

“Leona Vicario: Heroína insurgente”. Aut. Celia del Palacio Montiel. Revista Relatos e Historias de México No. 32. Abril, 2011.

 “Leona Vicario”. Aut. Conti González Báez. Grupo Radio Centro. http://977.mx/grc/redam.nsf Septiembre, 2003.  

2 respuestas a La fiera insurgente: Leona Vicario II

  1. guillo rodriguez dice:

    Buen escrito

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