La audacia de la insensatez: Alexine Tinne II

Alexine Tinne

Parte II

Por: Patricia Díaz

“El valor es hijo de la prudencia, no de la temeridad”.

 Pedro Calderón de la Barca

Complicado y a veces traicionero resulta el espíritu aventurero de un avezado o novel explorador, y es que ese llamado que sienten en lo más profundo de su ser, para internarse en lo desconocido parece ser –por los ejemplos en la historia – irresistible y a veces insensato.

Fue precisamente esta ansia de aventuras la que llevó a Alexine Tinne a embarcarse en un peligroso viaje al interior del África, “arrastrando” tras de sí a su valiente madre y a su depresiva tía, combinándose en esta experiencia todo el lujo y el glamour de las damas aristócratas del siglo XIX, con las inusuales características de las exploradoras decimonónicas, cuyas personalidades fueron tan distintas como los propósitos o causas de sus respectivas peripecias. 

Así con más de treinta maletas, numerosas mascotas –entre las que se encontraban dos pequeñas avestruces y un par de gacelas-, vajillas de porcelana china y cubertería de plata, sin mencionar las impresionantes camas, las Tinne emprendieron camino en donde ni siquiera el virrey de Egipto Muhammad Ali –quien no pudo ir mucho más allá de Gondokoro– había podido abrirse paso.

Pero Alexine tenía una combinación tan poco habitual como necesaria para emprender semejante travesía: era valiente y su tenacidad se transformaba con frecuencia en terquedad pura y llana; no obstante sus acompañantes distaban de ostentar semejantes atributos de manera que cuando abandonaron el río y armaron una caravana con cien camellos que las internaría en el continente negro –irían desde Wadi Halfa hasta Abu Hamad-, la tía Addy pensaba que había llegado al mismísimo averno, ya que a pesar de que iba “cómodamente” instalada en burro albino –muy querido por Alexine- sufría lo indecible con el agobiante calor y las constantes polvaredas.

A pesar de las protestas de Adriana, Alexandrine continuó el viaje, siendo alentada hasta cierto punto por su madre quien, comprendiendo a su hija, la apoyaba en cuanto podía con el único propósito de hacerla feliz. De este modo tras poco más de dos semanas de agotador viaje alcanzaron la diminuta población de Jartum –Khartoum-, donde encontraron condiciones tan horrorosas que decidieron establecer un campamento en las cercanías mientras trazaban la ruta para continuar el viaje.

Encontrándose en el punto exacto donde convergen el Nilo Blanco[1] y el Nilo Azul[2] a Alexine se le ocurrió que sería una buena idea –aunque después se arrepintió y no llevó a cabo el plan- construir una lujosa mansión ahí donde la civilización aún no había llegado, para lo cual contrató al albañil italiano Pietro Agasti que se encargaría de la obra en el interior de Sudán.

Con gran inocencia y muchísima temeridad Ali puso en marcha a la caravana el 4 de mayo de 1862, llegando a Jebel Dinka una semana después. Este sitio estaba habitado por la tribu de los amables Dinkas, pero también invadido por los negreros quienes en su afán de obtener “mercancía” para vender en Europa, Asia y América, cazaban literalmente a otros seres humanos a quienes encadenaban de pies y manos, mientras los castigaban de la manera más cruel que imaginarse pueda. No es difícil entender cómo Ali y su familia sintieron una inmediata indignación ante tan nefando espectáculo, por lo que trataron de ayudar a los atormentados nativos de la mejor manera que pudieron, procediendo a comprar varios bueyes que fueron sacrificados para dar de comer a la gente; de igual manera Alexine compró la libertad de una familia entera –bajo riesgo de ser acusada de tráfico ilegal-.

Todas estas situaciones hicieron que su presupuesto y provisiones se vieran severamente afectados, por lo que Harriet decidió regresar a Jartum para reponer las pérdidas. Este viaje coincidió con la estancia en el lugar de Samuel Baker quien concluyó que las damas estaban locas de atar al encontrarse “solas” en el territorio de los Dinkas.

Haciendo caso omiso de las opiniones del explorador, la señora Tinne alquiló el vapor Príncipe Halim para regresar junto a su hija. Una vez alcanzado el destino, y bien abastecidas, emprendieron el viaje río arriba, adentrándose en una región pantanosa e insalubre, en donde la malaria y otras enfermedades atacaron a los exploradores. Por supuesto la más aterrorizada era Addy quien, a diferencia de Mary Kingsley quien la emprendiera a remazos y paraguazos contra hipopótamos y cocodrilos, sentía pánico tan solo al escuchar los rugidos de tales animales.

Después de un penoso viaje de tres semanas la expedición alcanzó la misión católica de la Santa Cruz, encontrando ahí la afable bienvenida del padre Franz Morlang, quien en realidad lejos de ser un desinteresado misionero, se encontraba en el lugar por órdenes de los poderosos Habsburgo quienes tenían la intención de fundar una colonia en tal sitio.

Para finales de septiembre alcanzaron Gondokoro, habiendo ya muerto Osmar Aga –su inseparable intérprete y hombre de más confianza- y habiéndose visto severamente afectados los ánimos de las féminas, quienes habían tratado por todos los medios de enfrentar de forma optimista la situación, llegando incluso Harriet a llevar un diario que tituló “Algunas direcciones generales para los viajeros sobre el Nilo”, mientras peleaba contra las severas hinchazones provocadas por las innumerables picaduras de los mosquitos.

No obstante si Jartum era un lugar terrible, Gondokoro lo era mucho más y Alexine cayó enferma. Una vez recuperada, decidió regresar al punto de partida y planear un viaje a Bahr el Ghazal, hacia donde partieron –esta vez sin Addy, quien permaneció en Jartum– en febrero de 1863 en compañía de los científicos Theodor von Heuglin y Hermann Steudner –que murió en el viaje.

Así seis barcos y tres barcazas transportaron a Harriet y Ali hacia Mashra, pero al llegar a Wau la tragedia cayó sobre las Tinne, llevándose la muerte a la madre el 22 de julio. Sola y con una tristeza inimaginable, la exploradora estaba casi derrotada cuando del cielo vino la ayuda en la forma de ochenta soldados enviados –sorpresivamente- por su tía. La desolada dama pudo entonces volver a Jartum tan solo para ver morir a su tía dos meses después.

Agobiada por las consecuencias de sus temerarias acciones, Alexandrine decidió que no regresaría a La Haya, optando por viajar por el medio oriente en un barco alquilado. Sin poder dejar de lado la melancolía, pensó que una nueva aventura la alejaría de sus penalidades, por lo que armó una nueva expedición –tras haber vivido en Egipto, Argel y Túnez– esta vez para atravesar el Sahara.

Previendo que su mayor problema sería el abastecimiento de agua, mandó construir dos monumentales tanques de hierro que serían transportados por camellos, junto con numerosos regalos que planeaba canjear por ayuda durante su travesía. De esta forma la dama, quien a la sazón había aprendido un poco del lenguaje y las costumbres de los Tuareg, emprendió camino llegando al oasis de Wadi Shergui, donde la parca la alcanzó también al ser cruelmente asesinada por un grupo de doce jinetes quienes pensaban erróneamente que los tanques escondían grandes cantidades de oro.

Alexinne Tinne se nos presenta así como una extravagante mujer, pero también como una exploradora sin igual ya que su espíritu la guió ahí donde ningún otro ser humano –occidental- se había atrevido a llegar, dejando como legado un interesante compendio de dibujos botánicos –publicados como Plantae Tinneanae– y valiosas observaciones sobre la exploración del África, alcanzando así un lugar en la historia junto a los hombres que admiraba como Livingstone, Speke, Baker y Grant

FUENTES:

“Las reinas de África”. Aut. Cristina Morató. Ed. Plaza y Janés. España 2003.

“Alexine and the Nile”. Aut. Leo Hamalian. Saudi Aramco World. Enero-febrero 1983 www.saudiaromcoworld.com

“Alexis Tinné”. W3.mujeresviajeras.com .

“Alexine Tinne”. www.nationalgeographic.de

 


[1] Río de 3 155 km que nace en el Lago Victoria y se une al Nilo Azul en Jartum.

[2]  Río de 1 606 km que nace en Etiopía, pasa por Sudán y se une al Nilo Blanco en Jartum.

 

2 respuestas a La audacia de la insensatez: Alexine Tinne II

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