Testigo y víctima: Notre Dame de París

Catedral de Notre Dame de París

Por: Patricia Díaz Terés

“La arquitectura es el testigo insobornable de la historia, por que no se puede hablar de un gran edificio sin reconocer en él el testigo de una época, su cultura, su sociedad, sus intenciones…”

Octavio Paz

Cuando admiramos las grandes maravillas arquitectónicas construidas por el hombre a lo largo de los siglos, complicado le resulta a nuestra mente imaginarse el arduo proceso que, habiendo involucrado la participación de cientos y a veces miles de personas durante décadas o centurias completas, dio como resultado edificaciones que en ocasiones parecen haber podido ser logradas únicamente gracias a la intervención de sobrenaturales poderes.

Pero obras como las pirámides de Egipto o de Teotihuacan, la ciudad inca de Machu Pichu, la Gran Muralla China, el Taj Mahal, el palacio de Westminster o el palacio de Versalles, atestiguan que el potencial humano muchas veces va más allá de los límites de su propia imaginación.

Durante la Edad Media, una época en la que la línea entre la Iglesia y el Estado era difícilmente perceptible, el ser humano se avocó a elaborar construcciones cuyo propósito era acercar a Dios y al hombre, creándose gran cantidad de portentosas iglesias, destacando entre ellas la catedral de Nuestra Señora de París o Notre Dame.

Habiendo sido su ubicación previamente utilizada para realizar ceremonias celtas en la antigua Lutecia, cuando Julio César conquistó el territorio en el año 52 a.C., también decidió emplear el sitio con fines contemplativos, construyendo un templo dedicado a Júpiter; continuando después los cristianos con los propósitos espirituales al edificar ahí mismo la primera iglesia cristiana de París, la basílica de Saint-Etienne, un proyecto llevado a cabo por el rey franco Childeberto I aproximadamente en 528 d.C.

Sin embargo fue hasta seiscientos años después (1160 d.C.) cuando el obispo de París, Maurice de Sully destinó a la isla de la Cité para albergar la más grande catedral jamás construida –hasta entonces-. Siendo la idea entusiastamente apoyada por el rey Luis VII, el eclesiástico procedió a ordenar el derribamiento de las iglesias de Santa María y San Esteban, así como de varias casas que ocupaban el terreno.

Fue entonces en el mes de junio de 1163 cuando el papa Alejandro III presidió la ceremonia correspondiente a la colocación de la primera piedra de la catedral, identificándose como arquitectos principales a Pierre de Montreuil y Jean de Chelles. Ahora bien, la obra se terminó hasta 1345, hecho que fue posible gracias a la participación de diversos equipos de expertos en las distintas partes del levantamiento –en aquella época estos grupos se trasladaban hacia los pueblos y ciudades conforme la construcción de sacrosantos recintos requería de su pericia-; obteniendo la materia prima en los alrededores de París, donde podía encontrarse piedra de calidad con diversas características. 

De esta manera con magníficos esfuerzos se erigió una imponente y maravillosa estructura cuyas torres de la fachada principal llegaban a los 69 metros de altura, mientras todo el edificio rebosaba de espléndidos detalles entre los que destacan esculturas de santos –cabe mencionar que las puertas se emplearon para retratar imágenes bíblicas cuya finalidad era hacer llegar algunos de los principales episodios de las Sagradas Escrituras a quienes no sabían leer-, gárgolas y los famosos rosetones –sobreviviendo hasta ahora, principalmente, el central cuyo diámetro es de 10 metros-.

Pero el trabajo de Maurice y Eudes de Sully –sin parentesco alguno, pero provenientes de la misma ciudad, quienes supervisaron eficientemente la construcción- fue “devaluado” cuatrocientos años después de su conclusión, cuando el estilo Gótico característico de la catedral de Notre Dame cayó en desuso –y casi en desgracia- al serle adjudicadas connotaciones negativas durante el reinado de Luis XIV, siendo el recinto bárbaramente ultrajado al removerse tumbas y vitrales, construyéndose a la vez un nuevo altar mayor. Tal era la obsesión de los franceses del siglo XVII por deshacerse de aquello que consideraban como crudo y retrógrada, que acabaron por modificar todo el interior de la iglesia, remodelación que les tomó quince años.

No obstante, lo peor estaba aún por venir. Cuando en 1789 estalló la Revolución Francesa, la ferocidad de sus anticlericales y antimonárquicos ideales llevó a los agitadores a emprenderla de forma inmisericorde contra Notre Dame, de manera que destruyeron las veintiocho estatuas de la galería de los reyes de Judá e Israel, pensando equívocamente que se trataba de los reyes de Francia (!); de este modo, arrojaron furiosamente frente a la catedral los rocosos cuerpos decapitados, llevándose este hato de ignaros las cabezas de las esculturas como botín de guerra.

Por supuesto los líderes del movimiento no se quedaron atrás. Impugnando el carácter espiritual del recinto, Maximilien Robespierre “invistió” a Notre Dame como templo para el culto de la diosa Razón; al mismo tiempo que otros elementos fundamentales de la iglesia fueron destruidos como las campanas conocidas como Angélique-Françoise, Antoinette-Charlotte, Hyacinthe-Jeanne y Denise DavidEmmanuel, la más grande (con un peso de 13 toneladas) y localizada en la torre sur fue la única respetada-, las cuales se fundieron para hacer cañones.

Tras la Revolución la majestuosa Notre Dame había perdido su dignidad, pero se alzaba aún incólume como corazón de París en la Place du Parvis, siéndole restituido su honor por Napoleón Bonaparte quien en 1801 le devolvió la catedral a la Santa Sede, procediéndose de inmediato a su restauración para que el dictador pudiese coronarse a sí mismo como emperador en 1804.

En 1831 Notre Dame de París recibió gustosa un nuevo aire proporcionado por la publicación de la novela Notre Dame de París de Víctor Hugo, quien hizo al templo protagonista del famoso relato de las aventuras del jorobado Quasimodo y la gitana Esmeralda. La atención captada entonces por el santuario llevó a su completa remodelación entre 1845 y 1865, la cual estuvo a cargo del arquitecto parisino Eugène Viollet-Le-Duc quien le retornó su justa gloria –aunque hay quienes afirman que el experto realizó las reparaciones y añadiduras de manera arbitraria, no completamente adecuada-, regresando incluso el hermoso sonido de sus cuatro campanas perdidas al ser estas donadas por Napoleón III en 1856 para celebrar el bautismo de su hijo.

A partir de entonces Emmanuel –reservada para eventos especiales como celebraciones litúrgicas relevantes, funerales presidenciales o visitas papales- ha celebrado grandes acontecimientos como la beatificación de Juana de Arco (1909), el fin de la Primera Guerra Mundial (1918) y la liberación de París tras la ocupación nazi (1944); habiendo recordado también solemnemente a las víctimas del fatídico 11 de septiembre de 2001 y anunciado la muerte de Juan Pablo II (2005) con 84 repiques.

Este año 2012 Notre Dame de París vuelve a tomar especial relevancia, ya que el próximo 21 de diciembre cumplirá 850 años, hecho que ha llevado a su actual rector el Rev. Patrick Jacquin a iniciar varias acciones para hacer ciertas remodelaciones, siendo la mayor de ellas la refundición de las cuatro campanas donadas por Napoleón III, ya que de acuerdo con expertos en campanas como Hervé Goirou los instrumentos han perdido ya su sonoridad original repicando en tonos poco armónicos.

Dejando de lado los presuntos significados ocultos que Notre Dame de París pudiese albergar –de acuerdo con Fulcanelli[1]– lo cierto es que esta monumental construcción se erige como un magnífico testigo de la intrincada historia europea, habiendo presenciado algunos de los episodios tanto reales como ficticios más memorables para el hombre, ya que como dijo el propio Víctor Hugo: “La arquitectura es el gran libro de la humanidad”.

 

FUENTES:

 “Notre Dame de París: La majestuosidad del Gótico”. Aut. D. Fuentes. Revista Arqueología, historia y viajes sobre el mundo medieval. No. 19. España, abril 2007.

“Notre Dame de Paris”. Aut. José Luis Corral Lafuente. Revista Historia National Geographic. No. 49.

“A Melodic Emblem Falls Out of Tune”. Aut. Maïa de la Baume. The New York Times. 18 de oct. 2011. www.nytimes.com

“Notre Dame de Paris”. Aut. Rhey Cedron y Nicole March. www.elore.com


[1]  Autor de identidad no corroborada quien publicase en 1929 (aunque hay fuentes que afirman que fue en 1922 y otras en 1926) el libro El misterio de las catedrales.

Una respuesta a Testigo y víctima: Notre Dame de París

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