La tragedia de una insensata ilusión: Isabel de Urquiola I

Isabel de Urquiola

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

“Demasiado poco valor es cobardía y demasiado valor es temeridad”.

Aristóteles

Tan apasionante como puede parecer en los libros o en las películas, la exploración de nuevos territorios ha probado no ser exactamente igual a como seguramente se presentó en la imaginación de los aventureros, quienes arriesgaron su vida en pos de algún descubrimiento que les ganase un sitio en la memoria de la humanidad.

Ahora bien, la literatura en este sentido ha planteado dos opciones: la novela de aventuras o los relatos –a manera de bitácoras, ensayos, artículos o biografías- que provienen del puño y letra del propio trotamundos; de este modo, mientras en la primera podemos ubicar muchos de los relatos elaborados por Julio Verne, Emilio Salgari o Robert Louis Stevenson, en la otra categoría deben localizarse los escritos de personas como David Livingstone, Mary Kingsley, Richard Burton o el mismísimo Marco Polo.

Siendo de ficción los primeros y reales los segundos, la constante lectura de ambos puede llevar a ciertos individuos sensibles a visualizarse a sí mismos cruzando los siete mares, adentrándose en el espacio sideral o atravesando las más escabrosas selvas; pero mientras algunos se conforman con concluir el viaje tras cerrar el libro, otros deciden que lo mejor es tratar de llevar a cabo las ambiciosas hazañas de sus vívidas fantasías.

A tal grupo de hombres perteneció un explorador español, nacido en la ciudad de Vitoria (Alavesa, España) en julio de 1854, de nombre Manuel Iradier. Habiendo perdido a sus padres a temprana edad, el inquieto jovencito quien quedó al cuidado de unos tíos, comenzó a leer sin descanso el tipo de libros que despertaban la sed de aventuras en los chiquillos decimonónicos, de forma que el chico decidió conformar una asociación conocida como La Exploradora, cuyos miembros no pasaban de los dieciséis años, pero tenían una decisión comparable a la del intrépido Fernando de Magallanes.

También a La Exploradora pertenecía otro muchacho de nombre Enrique de Urquiola, quien acostumbraba llevar a su hermana Isabel para que escuchase los discursos dados por Iradier y los demás en las sesiones, siendo sus favoritos los del primero; queriendo entonces el destino que aquella señorita, hija de un panadero de nombre Domingo de Urquiola y una dama llamada Sebastiana de Urtala, se enamorara perdidamente de un hombre –Manuel– cuyo pragmatismo había salido por la ventana en cuanto abrió la primera novela de aventuras y que poseía una temeridad propia de un niño de tres años.

Así, para otoño de 1873 y siendo estudiante de filosofía y letras –aunque quería ser ingeniero de minas-, Manuel acudió a ver al experimentado explorador Henry Stanley – quien se encontraba de visita en Vitoria para cubrir un conflicto armado-, explicándole así su plan para atravesar África desde el Cabo de Buena Esperanza (Sudáfrica) hasta las costas de Trípoli (Libia); sobra decir que el curtido viajero percibió de inmediato la imposibilidad –para el muchacho- de la empresa, por lo que procedió a aconsejarle que se limitase a explorar los territorios españoles ubicados en el golfo de Guinea.

Persuadido por Stanley, el chico llevó la noticia de su próxima –y más sencilla- travesía a La Exploradora, aprobándose el plan el 14 de octubre de 1874; entonces, ante la perspectiva de perder a su amado, Isabel de Urquiola le comunicó inmediatamente que no tenía intención de dejarlo partir sin ella. Tal declaración tomó por sorpresa al caballero, decidiendo así la pareja que contraerían nupcias el 16 de noviembre de 1874, ante el espanto absoluto de la familia de la novia y el beneplácito de los amigos y compañeros del valiente jovencito. No obstante, las sorpresas aún no terminaban para la familia De Urquiola, ya que tan pronto Manuel e Isabel se encontraron proyectando el viaje, la pequeña cuñada de Iradier, Juliana –de diecisiete años- decidió unirse a la expedición.

Sin embargo los Iradier no eran como las Tinne, de modo que lejos de viajar con barcos repletos de equipaje y mascotas exóticas –además de cientos de libras-, tuvieron que empacar sus modestas pertenencias y hacerse a la mar con las escasas diez mil pesetas que poseían, primero hacia las islas Canarias –donde permanecieron un tiempo acoplándose al clima- y luego el 25 de abril de 1875, a bordo de un horrendo buque de carga –el Loanda– que no tenía siquiera un baño, los tres aventureros sortearon tormentas y huracanes hasta llegar a Guinea Ecuatorial.

Llevaban ya veintiún días navegando cuando llegaron a la bahía de Santa Isabel, donde desembarcaron en la isla Fernando Poo, en cuya ciudad principal –ClarenceManuel sostuvo una entrevista con el gobernador español Diego Santiesteban. Preocupado por la seguridad de sus compatriotas, el caballero trató de disuadirlos, pero ellos continuaron su viaje arribando a Elobey el Chico –un islote que albergaba una diminuta colonia- el 18 de mayo de 1875.

Por esa época las muchachas rebosaban de emoción, así que la pequeñez de la isla e incluso el precario estado en que se encontraba la casa donde se alojarían –que era poco más que una choza- les pareció romántica y fascinante, dedicándose de inmediato a reparar puertas, pisos, techos y ventanas, deshaciéndose a la vez de los numerosos insectos que hasta entonces habían infestado la vivienda. Una vez instalados, Iradier compró una embarcación de nombre La Esperanza, abordo de la cual se dirigió, junto con su fiel sirviente Elombuangani, hacia las costas de cabo San Juan, adentrándose en el río Muni, donde cazó diversos animales, hizo observaciones científicas y se enfrentó con la tribu caníbal, Fang –la misma que quedó aterrorizada cuando Mary Kingsley literalmente cayó sobre ellos-.

Mientras tanto Isabel y Juliana sufrían lo indecible bajo el cambiante y cruel clima –dándose a la tarea de anotar cualquier cambio en la temperatura, el viento, las nubes, etc., por encargo de Manuel-, y con la constante angustia de no saber el estado en que se encontraba Iradier; todo esto sumado a la ineludible monotonía de una vida desarrollada en un pedazo de tierra, sin contacto con sus seres queridos, afectó al ánimo de las damas.

Por ese tiempo Isabel guardaba celosamente un secreto, estaba embarazada, circunstancia conocida únicamente por su querida hermana, quien solícitamente le procuraba todos los cuidados que la futura madre necesitaba, mismos que debieron intensificarse cuando la joven cayó en cama. Al mismo tiempo Manuel yacía al borde de la muerte, habiendo sido envenenado por los traicioneros nativos, el valiente explorador sufrió terribles fiebres le impedían seguir su camino. Una vez recuperado lo suficiente para caminar, regresó prestamente con su familia.

El 18 de enero de 1876 fue un día de gozo para los Iradier, ya que fue la fecha del nacimiento de la pequeña Isabela; con este acontecimiento Isabel pensó que su marido optaría por olvidar su afán aventurero y se dedicaría a actividades menos peligrosas, por ejemplo el comercio, sin embargo nada estaba más lejano de las intenciones de su esposo. Temerario con su persona mas no –tanto- con su familia, Manuel accedió –aunque a decir verdad un tanto a regañadientes- a trasladarse a Santa Isabel para procurar el bienestar de las mujeres; no obstante este hecho fue contraproducente ya que el clima en este sitio era mucho peor que en Elobey por lo que todos cayeron víctimas de violentas fiebres.

Pero los contratiempos no habían terminado en la aventura de los arrojados Iradier, pero ya veremos el resto de sus peripecias en la siguiente entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“Las reinas de África”. Aut. Cristina Morató. Ed. Plaza y Janés. España 2003.

“Detrás de hombres como Livingstone había una mujer que salía a cazar”. Aut. Rocío Ruz. www.abcdesevilla.es. Junio, 2003.

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2 Responses to La tragedia de una insensata ilusión: Isabel de Urquiola I

  1. Miguel dice:

    Bonito artículo; solo un apunte: en realidad a Guinea fue Isabel con su hermana, que no se llamaba Juliana sino Manuela Urquiola. Juliana era una tercera hermana que nunca marchó a África. Además el hermano no era Enrique Urquiola, sino Esteban. Cristina Morató, gran escritora y amiga, se basó en escritos modernos, serios pero equivocados. Te recomiendo “Apuntes de la Guinea” libro donde se subsana ese error. Abrazo. Miguel Gutiérrez.

    • Paty Díaz dice:

      Muchísimas gracias por el comentario y por la recomendación del libro Miguel, es un verdadero honor que un amigo de la maestra Morató se haya tomado la molestia de leer este humilde escrito. Un abrazo y nuevamente muchas gracias.

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