La tragedia de una insensata ilusión: Isabel de Urquiola II

Isabel de Urquiola

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

“El más desgraciado de los hombres es aquel que no sabe soportar una desgracia”.
Benjamín Franklin

La aventura ha sido un imán ineludible para ciertos apasionados espíritus, de la misma forma que estas personas han ejercido una atracción igualmente irresistible para las almas sensibles; no obstante en tales romances, a menos que la fortaleza de carácter de ambos integrantes de la pareja sea equiparable, siempre uno de ellos es vapuleado o incluso aplastado –generalmente de manera accidental- por el sueño del otro.

Peligrosos han resultado entonces los propósitos de notables individuos como los exploradores decimonónicos que recorrieron el África enfrentando innumerables obstáculos; de este modo en los registros de tales travesías podemos encontrar dos tipos de situaciones: o nos topamos con Samuel y Florence Baker quienes lograron sobrevivir su búsqueda de las fuentes del Nilo gracias a su extraordinaria resistencia y convicción; o bien ubicamos gente con espíritu indomable como Alexine Tinne, rodeada de resignadas acompañantes a quienes el viaje les cuesta la vida –en este caso su madre y su tía-.

Justo en el punto intermedio localizamos a otra pareja –o mejor dicho trío, por la inclusión de la cuñada, Juliana- de exploradores españoles, Manuel Iradier e Isabel de Urquiola, quienes permanecieron en los territorios del golfo de Guinea para realizar numerosas investigaciones científicas. Ahora bien, Iradier no era tan arrojado como Baker quien exploraba con Florence hombro con hombro, enfrentándose ambos a los peligros y salvándose la vida mutuamente en varias ocasiones; por el contrario, Manuel era un hombre aventurero que había “tenido que cargar” con su esposa y su cuñada para poder ver realizado su sueño de conocer el continente negro.

Para algunos romántica situación, la joven Isabel se había empecinado en acompañar a su amado en la exploración, ya que aparentemente no podía vivir sin él; a pesar de sus sentimientos por la señorita, Iradier intentó por todos los medios posibles disuadir a De Urquiola de unirse a la expedición, enumerándole las abominables situaciones a las cuales se enfrentaría: un clima inmisericorde, enfermedades terribles como la malaria, animales salvajes… Pero ni siquiera la perspectiva de enfrentarse cara a cara con un león pudo desviar a Isabel de su propósito.

Pero el destino se encargó de demostrarle a la dama cuán equivocada estaba al pensar que su amor la protegería de todo mal –y no es que a Iradier no le importase su esposa, sino que le era físicamente imposible mantenerla a salvo de todos los riesgos-, ya que con solo diez meses de edad su pequeña hija Isabela –la primera española nacida en África- falleció víctima de las fiebres.

Isabel estaba devastada al igual que Juliana y a Manuel la culpa lo perseguía. Tratando de sobrellevar la pena, la madre ingresó en una escuela para niñas en la cual enseñaba a las pequeñas a leer y a escribir, mientras su marido recorría los rincones inexplorados que quedaban en la región de Santa Isabel. Algún tiempo después la pareja recibió con alegría la noticia de que la señora Iradier se encontraba otra vez en estado de buena esperanza. En esta ocasión su decidido cónyuge no tentó al destino, optando por mandar a la encinta y a Juliana hacia las islas Canarias, de modo que con Manuel ausente –permaneció 15 meses más en África-, Isabel dio a luz a Amalia en la ciudad de Santa Cruz.

En 1877 la pareja se reunió nuevamente para llegar a Cádiz en el anonimato total, sin ser recibidos siquiera por sus familiares. África se convirtió entonces en la obsesión de Iradier y la maldición de Isabel. Sin trabajo ni experiencia en campos “útiles”, Manuel se vio imposibilitado para conseguir un empleo que le remunerara lo suficiente para sostener a su familia; con una situación económica precaria –tanto que tuvieron que refugiarse en casa de  Domingo de Urquiola, incapaces de pagar la renta- y una herida nunca sanada Manuel e Isabel se fueron distanciando, encerrándose cada uno en su dolor y evitando el contacto para suprimir las posibles peleas y reproches. Ambos se estaban consumiendo.

No obstante en los tiempos difíciles es cuando se conoce a los verdaderos amigos y los antiguos integrantes de La Exploradora no dejaron solo a su atribulado líder, de modo que intentaron animarlo invitándole a participar en tertulias y salir en pequeñas excursiones, mientras le ayudaban a conseguir algunas lecciones privadas que le permitiesen ganar algún dinero.

Por otra parte Iradier ansiaba publicar sus investigaciones, logrando realizar esta meta a través del Boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid, lo cual por fin le granjeó el reconocimiento de la comunidad científica, desapareciendo poco a poco los obstáculos; mas había uno que el explorador no podía sortear y era la muralla de indiferencia que su esposa había impuesto a su alrededor. Considerándolo un simple perdedor y culpándolo por la muerte de Isabela, Isabel se dedicaba a criticar a su marido –fuera en silencio o de viva voz-.

A pesar de las terribles condiciones en las que vivía su familia, Manuel Iradier decidió que regresarían a África, emprendiendo el viaje en 1884 siendo esta vez auspiciado por la Sociedad Española de Africanistas y Colonialistas; cinco meses después, tras haber enfrentado él mismo la muerte a causa de espantosas enfermedades, regresaron a España.

En enero de 1885 en medio de grandes vítores los Iradier retornaron a Vitoria, publicándose las anotaciones de ambos recorridos en el libro titulado África en 1887, adquiriendo el aventurero gran fama pero eludiéndolo en igual medida la fortuna. En la miseria, severamente deprimida, llena de rencores y sin un propósito en la vida, Isabel de Urquiola existía sin espíritu un día tras otro.

A pesar de los enormes esfuerzos que hacía Manuel por reconfortar a su esposa y sostener a su familia ejerciendo los oficios más variados -que iban desde la minería hasta los ferrocarriles y el comercio, teniendo la familia que trasladarse de un lugar a otro- la actitud de Isabel no se modificaba; ni siquiera logró transformarla el nacimiento de su pequeño Manuel en 1888.

Y por si no hubiese sido ya suficientemente terrible la vida de Isabel otro gran dolor golpeó su alma cuando su hija Amalia se suicidó el 21 de abril de 1899 en la víspera de su boda –se cree que el sufrimiento ocasionado por las enfermedades que tenía como secuela de su estancia en África la llevó a terminar con su vida-. Esta situación hermetizó a Isabel, no hablaba, no salía de su casa, no vivía. Harto de la actitud “derrotista” de su esposa Manuel un romance con Petra –la niñera de su hijo-, una viuda joven, atractiva y positiva que prestamente lo ayudaba incluso con su trabajo.

Sin importar que Isabel solo mostrase desdén por su marido, la aventura con Petra le dolía; encontrando solo un poco de solaz cuando se trasladaron a la región de Andalucía, donde la dama pudo gozar de su pequeño hijo, paseando tranquilamente por los parques y la ribera del Guadalquivir.

África le pasó una factura muy cara a los Iradier. De esta manera aquello destrozara el alma de Isabel de Urquiola, aniquiló el cuerpo de Manuel Iradier falleciendo el caballero en agosto de 1911 en la ciudad de Balsaín, siguiéndole su esposa a las pocas semanas -ambos habían cumplido 57 años-.

Amor, fama, ilusión, pesadillas y tristeza, todos estos factores estuvieron presentes en la vida de Isabel de Urquiola, quien de una hermosa y testaruda jovencita se transformó en una amargada y taciturna anciana –en espíritu mas no en edad-, por no haber sabido enfrentar los reveses de la vida ya que como bien advertía Gustave Flaubert hay que tener “cuidado con la tristeza” porque “es un vicio”.

FUENTES:

“Las reinas de África”. Aut. Cristina Morató. Ed. Plaza y Janés. España 2003.

“Detrás de hombres como Livingstone había una mujer que salía a cazar”. Aut. Rocío Ruz. www.abcdesevilla.es. Junio, 2003.

 

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