Un amor víctima de pasiones y venganzas: Abelardo y Eloísa

Abelardo y Eloísa, por Edmund Blair Leighton (1882)

Por: Patricia Díaz Terés

“La pasión para el hombre es un torrente; para la mujer un abismo”.
Concepción Arenal

La imprevisibilidad es una de las características principales de ese fenómeno que tiene la capacidad de hacer de los seres humanos poderosos reyes o lastimosos guiñapos –o al menos que se sientan como tales-, el amor. Los relatos sobre los grandes amores que han aparecido tanto en la realidad como en la ficción tales como Romeo y Julieta, Tristán e Isolda, Enrique VIII y Ana Bolena, Cleopatra y Marco Antonio, Lancelot y Ginebra, etc., contienen una gran cantidad de detalles que nos llevan a reflexionar cuál era el verdadero sentimiento que los unía: ¿era amor o era pasión?

Los testimonios registrados a lo largo de la historia nos han mostrado grandes amores cuyo resultado es el embellecimiento del alma de los amantes, es decir cuyos protagonistas han experimentado la sensación de que el bienestar del amado es más importante que el propio, siendo por consiguiente la generosidad y la comprensión los principales ingredientes de la relación; por otro lado existen otros casos en los cuales la pasión arrebatadora –e irreflexiva- roba la cordura de los involucrados, llevándolos a la catástrofe.

Es así como encontramos un curioso y malhadado ejemplo en las personas de Pierre Abelard y Eloísa. Pierre –o Pedro– fue un notable filósofo de la Edad Media, nacido en el año 1079 en Le PalletPalatinum– una población bretona en la que su padre, Berengario, se encontraba al servicio del duque de Bretaña. Queriendo el progenitor que su vástago se dedicase a la milicia, este no encontraba en su ser las cualidades propias de un soldado, por lo que decidió dedicarse a la filosofía, trasladándose a sus diecisiete años a la villa de Loches para ser discípulo de Roscelino de Compiégne, un sabio que entró en conflicto con la Iglesia Católica por sus peculiares ideas sobre la Santísima Trinidad.

Nuestro “héroe”, apasionado de la dialéctica, gustaba de discutir con cuanto erudito se encontraba, superando en numerosas ocasiones a sus contrincantes, quienes descubrían en el joven tal elocuencia y capacidad de raciocinio que acababan por reconocer la superioridad de Abelardo, tal fue el caso con Guillermo de Champeaux -a cuyas clases Pedro asistió en 1099 al trasladarse a París-, a quien el joven acusó por plagiar las ideas de otros filósofos, careciendo de pensamientos propios.

Tales osadías le ganaron al muchacho merecida fama, la cual le permitió –después de completar los estudios básicos del trivium, que consistían en gramática, retórica y dialéctica- ocupar un puesto como preceptor en las escuelas de Melum y Corbeil. Pero Abelardo tenía una mente tan ágil en lo intelectual como imprudente en situaciones tan elementales como el cuidado de la salud, de tal suerte que su ritmo exhaustivo de trabajo -escribía, leía e impartía clases sin momento de sosiego- lo llevó a caer enfermo teniendo que a retirarse cuatro años a su tierra natal en donde lentamente se recuperó.

En 1108 volvió a París para cursar el quadrivium –aritmética, astronomía, geometría y música- realizando posteriormente sus estudios de teología en Laon con el venerable Anselmo; no obstante ninguno de sus mentores le satisfizo plenamente, por lo que decidió fundar una escuela propia en la cual fueron muchos los alumnos que le escuchaban embelesados. Asimismo en 1114 obtuvo un puesto como profesor en la escuela catedralicia de París, siendo nombrado rector de la escuela de Notre Dame, otorgándosele así el mote de “el león de París”.

Incólume había transitado el hombre por el río de mujeres que sin duda hacían de él sujeto de admiración –se le describe como un individuo alto y apuesto, con una grave voz que cautivaba a sus oyentes-, siendo el celibato una condición ineludible de su profesión –se consideraba que el matrimonio distraía la mente de las cosas importantes-, el caballero dedicaba sus pensamientos y energías al saber.

Orgulloso y vanidoso –según sus propias palabras en su Historia Calamitatum–  un Abelardo de 35 años aceptó con gusto –en 1117 (otros dicen que en 1115)- la comisión del canónigo de Notre Dame, Fulberto, para que se convirtiese en el tutor particular de su amada sobrina, Eloísa, quien a la sazón tenía 15 años y se mostraba como una hermosa señorita, vivaz e inteligente que había quedado al cuidado de su tío al morir sus padres cuando aún era muy pequeña.

Un momento bastó para que El Palatino [i]se convenciera inmediatamente de que la joven era la criatura más hermosa que había posado jamás sus pies en la faz de la tierra, instante en el cual también firmó sin saber su terrible sentencia. Con veinte años más que su pupila, el filósofo cayó en las redes de la más arrobadora de las pasiones, en la cual arrastró también a Eloísa. De esta manera, maestro y alumna dedicaban sus largas sesiones –mismas que podían llevar a cabo sin problema en la residencia de Fulberto, ya que el sacerdote había alquilado una habitación al maestro- a actividades más “sublimes” que el estudio de los clásicos; ni qué decir se tiene que la inexperiencia e insensatez de los amantes provocaron por supuesto el embarazo de la chica.

Buscando una rápida solución a la complicada situación –y sin querer renunciar a su derecho a la enseñanza y el estudio-, Abelardo “sugirió” a Eloísa que esperara el alumbramiento en casa de su hermana en Le Pallet –otras fuentes afirman que fue un rapto-, cumpliendo la dama con el requerimiento y bautizando a su hijo como Astrolabio, quien murió al poco tiempo. Sin embargo el honor de la muchacha estaba aún en juego, por lo que Fulberto suplicó a los amantes que contrajeran matrimonio, petición que encontró una previsible objeción por parte de Pedro quien argumentaba con razón que si este hecho fuese conocido su carrera terminaría, y otro reparo inesperado por parte de Eloísa quien sostenía que prefería ser la amante y no la esposa de su amado. De mala gana los dos accedieron a realizar la ceremonia, siempre y cuando esta se mantuviera en secreto.

Fulberto, desesperado por el bienestar de su sobrina intentó hacer pública la noticia, a lo cual Pedro respondió proponiendo a su enamorada que se recluyera en el monasterio de Argenteuil para acallar los rumores; montando en cólera el canónigo mandó castrar al sabio –crimen que le costó al autor intelectual la expropiación de sus propiedades y el destierro-, con lo cual le impidió que continuara con su carrera, ya que otro de sus requisitos era contar con los varoniles atributos físicos.

Loco de vergüenza y dolor se recluyó en el monasterio de Saint-Denis, donde también discutió con sus compañeros a causa de la leyenda de su santo patrono; posteriormente sus ideas sobre la Santísima Trinidad le acarrearon una condena oficial que le obligó a retirarse a Troyes, fundando entonces en Champagne el monasterio del Paráclito –el “Espíritu consolador”- en donde recibió a su amada Eloísa para nombrarla abadesa. Para este momento la pasión carnal de Abelardo y Eloísa se había convertido forzadamente en un amor platónico, cuya vía de comunicación eran las apasionadas epístolas que intercambiaban incesantemente.

Para 1136 logró regresar a la enseñanza en París, contando con discípulos como Arnaldo de Brescia y Juan de Salisbury; sin embargo sus revolucionarias ideas le habían granjeado ya la enemistad del poderoso Bernardo de Claraval, quien lo acusó de hereje en el concilio de Sens, siendo condenado a la hoguera y, tras una retractación –al parecer parcial-, a pasar el resto de su vida en silencio.

Este periodo no sería largo, ya que falleció en 1142 a los 63 años recluido en el monasterio de Cluny, siendo enterrado secretamente en El Palatino, sobreviviéndole veintidós años su Eloísa a quien únicamente la muerte le permitió reposar junto a su amado Abelardo.

Amor y pasión se unen entonces en esta trágica historia que ilustra las palabras de André Maurois: “En los inicios de un amor los amantes hablan del futuro, en sus postrimerías, del pasado”.

FUENTES:

“Arrebato y castigo”. Aut. Franco Franceschi. Revista La Aventura de la Historia. No. 20. Junio, 2000.

“Abelardo: El filósofo que enamoró a Eloísa”. Aut. José Luis Corral. Revista Historia National Geographic. No. 62. Abril, 2009.

“Abelardo y Eloísa: Pasión y escándalo en la Edad Media”. Aut. Carme Mayan. Revista Historia National Geographic. No. 80. Octubre, 2010.

“Amores prohibidos”. Aut. Anna M. Vilá. Revista Historia y Vida. No. 408.

“Eloísa y Abelardo: Un amor signado por la adversidad”. Aut. Pau Gilbert. Revista Arqueología, historia y viajes sobre el mundo medieval. No. 3.


[i] Nombre con el que se conocía también a Abelardo.

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