Una ambición malevolente: Madame de Montespan

 

Madame de Montespan

 

Por: Patricia Díaz Terés

“Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”.

Nicolás Maquiavelo

De funestos personajes está plagada la historia de las monarquías europeas de los siglos pasados, encontrándose en ella sujetos egoístas, megalómanos y a veces hasta psicópatas; tan extravagantes individuos no siempre detentaron el poder de manera oficial, sino que tuvieron a bien establecer benéficas relaciones que les permitieron pasearse en la corte cometiendo fechorías.

Algunas de tan extraordinarias personalidades surgieron de las habitaciones íntimas de los monarcas –y no precisamente del lecho matrimonial-, apareciendo destacadas y ambiciosas damas que se dieron el lujo en algún momento de presumir la influencia que ejercían sobre sus reales amantes.

Pero dentro del catálogo de estas cortesanas, bien podemos distinguir algunas inteligentes, audaces y bienintencionadas señoras –como en cierta medida Madame de Pompadour– quienes trataron de hacer algún bien al reino; pero también ubicaremos fieras y codiciosas arpías que buscaron el poder para poder regodearse en él y cumplir con fines que nada tenían que ver con el bien común.

En esta última clase se encuentra Françoise Athénaïs de Rochechouart de Mortemart, mejor conocida en la historia como Madame de Montespan. Corría el año de 1640 cuando este singular personaje llegó al mundo el 5 de octubre, en una familia acostumbrada a conducirse en la corte, siendo su padre un reconocido caballero y su madre dama de honor de la reina Ana de Austria.

Voluntariosa, segura de sí misma y hermosa, la joven arrancó suspiros a sus admiradores hasta que, cuando cumplió 22 años, se casó con Louis-Henri de Pardaillan de Gondrin, marqués de Montespan. Difícil debió haber sido tal unión, considerando que la esposa tenía un explosivo carácter y el marido era celoso, violento y despilfarrador; sin que esto les impidiese engendrar dos hijos: María Cristina, quien murió a la escasa edad de doce años y Luis Antonio, marqués de Antín.

Por aquella época reinaba en Francia el Rey Sol, Luis XIV, quien estando desposado con María Teresa de Austria y Borbón, siempre tuvo a bien poner sus ojos y afectos en las bellas acompañantes de su consorte, lo cual le ocasionaba a la reina gran tristeza y desazón.

Habiendo sido Athénaïs nombrada dama de honor de la cuñada del rey, Enriqueta Ana Estuardo, era aún desconocida para el licencioso soberano quien se encontraba cautivado por la ingenua Louise de La Vallière; sin embargo, cuando Montespan pasó a ser miembro del grupo de damas de honor de María Teresa y asistió a un baile en 1666, Luis XIV quedó prendado de la ingeniosa e irónica fémina, quien tenía la inusual habilidad de cautivar a los caballeros no solo con sus azules ojos y su rubia cabellera, sino también con su perspicaz conversación y peculiar sentido del humor.

Extraña combinación se daba en nuestra protagonista, ya que a la vez que se trataba de una fría, encantadora y calculadora mujer, que no temía llevar a cabo cualquier acción con tal de lograr sus metas, también se le conoció como católica devota, que cumplía puntualmente con oraciones, misas y ayunos; combinando estas actividades con sus “desenfrenos” en las reuniones sociales.

Es posible que fuese tan cautivante mezcla la razón por la que el rey quedó a merced de Montespan, a quien nombró “favorita” toda vez que la alejó de su cruel marido, quien tendiendo al melodrama paseaba por las calles parisienses en un carro negro adornado con unos cuernos (!), vistiendo riguroso luto por la “muerte” de su cónyuge, conductas indignaron a la marquesa.

Ahora bien, Athénaïs sabía bien que la debilidad de su amante eran las mujeres exquisitas, por lo que pensó que sería un hijo lo que lograría colocarla no solo en el centro de los afectos de Luis, sino también en una posición prácticamente inamovible. Gobernante de conductas disipadas, pero preocupado por las formas y el protocolo, cuando la chica se embarazó, el rey insistió en que tuviese su condición en el mayor secreto posible, de modo que ella comenzó a utilizar ciertos vestidos carentes de cinturón -a los cuales se les apodó L’Innocente-, siéndole arrebatados los infantes tras su nacimiento.

La dama logró dejar de lado sus sentimientos, siendo lo más importante el reconocimiento del monarca hacia sus vástagos –fueron siete-, cosa que en efecto sucedió. Así, para 1674 Montespan logró ser ama y señora de las estancias cortesanas, ya que habiendo despedido el rey a De la Vallière, la favorita disolvió al grupo de damas de honor de la soberana, para eliminar de a su competencia.

Por otra parte, le dio al Rey Sol ideas para estructurar el palacio de Versalles, otorgándole su Majestad algunos sitios específicos destinados a su diversión y deleite, construyéndose así suntuosas y excéntricas habitaciones –como el Templo de Venus– a las cuales acudía con regularidad el estadista.

No obstante, conforme pasaba el tiempo Athénaïs detectaba cómo poco a poco el monarca perdía el interés en su persona, llegando la amenaza esperada con Isabelle de Ludres quien con 28 años en 1676 se entregó a Luis, derrocándola su propia soberbia en el momento en que pensó que podía controlar al rey, provocando la ira de este, quien procedió a expulsarla de sus reales dominios. Dos años después llegó a la corte otra dulce jovencita de 18 años, Marie Angélique de Scoraille de Roussille, duquesa de Fontagnes, que pareció regresar al soberano a su época adolescente, ya que el ilustre hombre estaba embebido con la chiquilla, despertándose la cólera de la tambaleante “favorita”.

Siendo la desesperación la más terrible consejera, en esta situación se dice que Montespan recurrió a las más nefandas herramientas para defender su posición, refiriéndose –en el llamado Asunto de los Venenos[i]– que participó en misas negras que involucraban el asesinato de niños y adquirió pócimas diabólicas que le permitirían obtener los favores de Luis XIV; a la vez que se le acusó de haber envenenado a Fontagnes –quien murió en 1681 tras dar a luz a su hijo (quien falleció)- y de haber tratado de asesinar al rey empleando una carta envenenada. Teniendo ya fama de ser una mujer cruel y despiadada, cuando los testimonios de Lesage y La Voisin llegaron a oídos del  horrorizado rey, este disolvió la Cámara Ardiente y mandó quemar todos los documentos contenidos en sus archivos.

Habiendo triunfado en ocasiones anteriores sobre sus detractores –como aquella en la que Luis XIV la despidió para dejar en paz su conciencia antes de partir hacia la guerra en Flandes-, esta vez fue desterrada para siempre de los afectos del rey y por supuesto de la corte –el monarca no se había apresurado a despedir a Montespan por miedo a las habladurías, por lo que desplazó sus habitaciones al primer piso como signo inequívoco de su desprecio y repulsión-, retirándose Athénaïs finalmente en 1691 –en este momento la dama trató de regresar con su legítimo esposo pero fue repudiada- a un convento en donde continuaba actuando como si aún fuese la favorita.

Terrible casualidad fue la causa de su muerte cuando la tan destacada fémina que presuntamente profirió en algún momento la ignominiosa frase “si no tienen pan, que coman pastel” –atribuida erróneamente, de acuerdo con la historiadora Antona Fraser, a María Antonieta– ingirió descuidadamente una dosis excesiva de tártaro emético –un fuerte purgante- falleciendo en el balneario de Bourbon l’ Archambault el 27 de mayo de 1707, con su hijo Luis Antonio como única compañía.

Mujer de encantadora personalidad, aterradora tenacidad y malévolo corazón, Madame de Montespan bien puede ser ejemplo de las palabras del escritor Jonathan Swift: “La ambición suele llevar a las personas a ejecutar los menesteres más viles. Por eso para trepar, se adopta la misma postura que para arrastrarse”.  

FUENTES:

“Amantes y reinas. El poder de las mujeres”. Aut. Benedetta Craveri. Fondo de Cultura Económica. Ediciones Siruela. México, 2008.  

“Mujeres perversas de la historia”. Aut. Susana Castellanos De Zubiría. Grupo Editorial Norma. Colombia, 2008

“Madame de Montespan: Veneno en la corte”. Aut. Manuel Moros. Revista Clío no. 99. Enero, 2010.

[i] En una cacería de brujas llevada a cabo en el siglo XVII, fueron capturados un alquimista de nombre  Adam Coeuret “Lesage”, una mujer de nombre Catherine Deshayes Monvoisin –apodada La Voisin- y a la hija de esta, Marguerite; estas tres personas testificaron que Madame de Montespan había participado en rituales satánicos y había adquirido pócimas mágicas. El proceso de los prisioneros estaba a cargo de Nicolás Gabriel de la Reynie, jefe de policía, a quien le fue cedida la Cámara Ardiente –sitio donde se realizaban los juicios del tribunal especial creado por Luis XIV el 8 de marzo de 1679, que tomó su nombre de las antorchas que rodeaban una estancia tapizada en negro-.

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