Refinados caballeros para una honorable batalla: Samuráis

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

“No es más valiente el que no tiene miedo, sino el que sabe conquistarlo”.

Nelson Mandela

Valientes individuos han luchado por sus ideales y su patria –a veces también por motivos más prosaicos- desde hace milenios, hallándose entre ellos algunos para quienes el honor es el elemento principal durante la batalla, tal es el caso de ancestrales guerreros del Japón conocidos como samuráis.

Existiendo de los samuráis, actualmente, una idea en la que se representan adustos individuos de severo gesto vestidos con armaduras que se nos antojan extravagantes, el origen de estos combatientes es mucho más humilde, surgiendo ellos de entre los campesinos de hace varias centurias.

La palabra samurái significa servidor, por lo tanto, es imposible separar la idea de estos personajes de la figura de su señor, quien ejercía sobre aquél un poder prácticamente absoluto, teniendo el vasallo la obligación de responder inmediatamente a la llamada de su superior para entrar en la batalla o bien para desempeñar cualquier otra tarea que se le requiriese.

El origen del término se ubica en el periodo Heian entre los siglos VIII y XII. Habiendo ya una seria discusión sobre la verdadera raíz de estos hombres de armas, se plantea como plausible que los primeros hayan sido mercenarios cuyo campo de acción se situaba en el norte y este de la isla de Honshu –la más grande del archipiélago, donde hoy se sitúa Tokio-, a los cuales se denominaba bushi (hombre de armas); optando otros tantos investigadores por visualizarlos como miembros de la aristocracia que se ponían al servicio del Emperador.

Sin importar la versión que tome como verdadera, lo cierto es que en ambas observamos a un guerrero montado a caballo cuya destreza con el arco –y posteriormente la espada- debía ser destacada; ahora bien, al parecer los primeros samuráis poco tenían que ver con los fieros y disciplinados luchadores que forjaron su leyenda; por el contrario, se trataba de sujetos violentos que lo mismo atendían y defendían a su señor que aterrorizaban a los pobres y humildes campesinos.

Por otra parte, para comprender la figura de estos hombres es necesario primero establecer que por aquél entonces Japón, si bien era un imperio en su estructura –y por lo tanto la lealtad principal se debía al máximo gobernante-, también estaba dividido en pequeños territorios que tenían una suerte de gobiernos “autónomos”, los cuales se regían con su propio código de conducta y a veces con leyes particulares. De este modo, la lucha entre los diferentes clanes dominantes se extendió a lo largo de muchos siglos, llevándose a cabo sangrientas batallas que concluían con la entrega de las cabezas de los vencidos al líder vencedor.

Para finales del siglo XII los dos grupos dominantes eran los Taira y los Minamoto, obteniendo -del Emperador- Yoritomo Minamoto –el líder de los segundos- el título de seii shogun (1192) –generalísimo-, quien montó un gobierno militar en Kamakura –localizada en Kanagawa, a 50 km de la actual capital nipona- ajeno a la corte imperial. Asimismo, surge la figura del daimyo, inferior al shogun –o sogún– cuya actividad era en esencia la de los señores feudales, teniendo a su cargo una gran cantidad de campesinos –principalmente- a quienes se conocía como fudai; por su lado, la jerarquía de los samuráis era igualmente compleja, existiendo entre ellos algunas familias de “abolengo” y prestigio que eran verdaderas “casas militares” las cuales constituyeron verdaderos linajes. Tal estructura –y los lazos que se establecieron entre las familias gobernantes y militares- reforzó la situación de los guerreros, quienes con el paso del tiempo convirtiéronse en una élite, teniéndose también una clase inferior de samuráis conocidos como sotsu –tropas de infantería- a quienes les seguían los ashigaru, los combatientes de menor rango que en su mayoría eran jornaleros entrenados en el uso de las armas como lanzas –y después arcabuces -, cuyas tareas en ocasiones se limitaban a servicios menores.

Ahora bien, el siglo XIII trajo ciertas circunstancias que modificaron la forma de vida nipona – o al menos en ciertas zonas-, ya que en 1224 el regente del shogunato de Kamakura, Hajo Yasutoki, decidió que ya era tiempo de establecer algunas normas que regulasen la conducta de su gente, estableciendo un código que imperaría hasta el siglo XIX –del cual estaban exentos el clero y los aristócratas-, según el cual había cuatro reglas básicas que debía seguir la población: compromiso del señor feudal para proteger a su gente, la lealtad de los vasallos a su señor, el respeto de hijos hacia padres y el deber de la mujer seguir a su esposo. De igual manera, de gran trascendencia fue el intento de Kublai Khan –líder mongol- de invadir Japón en 1274, viéndose rechazado por las valientes tropas de samuráis –quienes se enfrentaban por vez primera a un enemigo foráneo-, a quienes ayudó en gran medida el capricho de los dioses, que dictaminó como oportuno lanzar sobre el territorio un violento tifón que forzó la retirada de los invasores, quienes a su vez perdieron trece mil hombres; fracasando nuevamente la tentativa realizada por el Khan en 1281.

Sin importar la victoria, el bakufu –shogunato- se vio en problemas al no haber conseguido botín de guerra para repartir entre las tropas, generándose enfrentamientos que desembocaron en la caída de los Minamoto y la elevación de Ashikaga Takauji como nuevo sogún. A partir de entonces Japón se sumió en un periodo de conflictos que continuó en el Sengoku o “era del país en guerra”, al final del cual se enfrentaron grandes familias: la Oda –siendo Oda Nobunaga –que fue sucedido por Toyotomi Hideoshi– el responsable de la caída del shogunato Ashikaga-, la Tokugawa y la Takeda, de las cuales tras cruentas batallas –particularmente la de Nagashino en 1575 y la de Sekigahara en 1600– se alzó como vencedor Tokugawa Ieyasu, quien fue nombrado shogun en 1603.

Cabe mencionar que durante estas guerras, los samuráis debieron adaptarse rápidamente a nuevas formas de lucha y sobre todo a la aparición de novedosas armas, como los arcabuces que fueron introducidos en la isla a mediados del siglo XVI por los navegantes portugueses, aprendiendo velozmente a tratar de esquivar los efectos de dicho artilugio y luego a emplearlo –aunque las armas de los samuráis de las clases altas continuaron siendo los arcos de madera recubiertos con bambú, que llegaron a medir entre 1.80 y 2.50 m; las espadas y los wakizashi que eran espadas cortas o dagas-.

Más cambios esperaban aún a los aguerridos caballeros, ya que con la era Tokugawa se dio fin al caótico tiempo que habían vivido, iniciando un largo periodo de paz en el cual –entre otras cosas- se cambió la capital a Edo –ahora Tokio- y se dividió a la sociedad, de manera precisa, en clases hereditarias, de modo que una persona podía pertenecer a la nobleza, a los samuráis, los campesinos, artesanos o comerciantes.

Esta jerarquización favoreció a los samuráis, ya que como clase privilegiada tenían varias libertades, entre las cuales se encontraba la defensa del honor por mano propia, de modo que si sufrían alguna afrenta podían hacer justicia y matar al inferior que los había ofendido –esta situación además estaba reforzada por la Caza de Espadas que habíase realizado por imperial orden en 1588, en la cual se decomisaron todas las armas que se encontraban en posesión de los campesinos, con la finalidad de evitar una posible rebelión, haciendo exclusiva de los samuráis la detentación de tal armamento-.

Aún queda mucho por hablar de los sorprendentes samuráis, dejando así en el tintero cuestiones como el código de conducta de los guerreros, su forma de vida y otros tantos temas interesantes, de los cuales hablaremos en la próxima entrega de esta columna.  

 

FUENTES:

“Samuráis: La historia de los grandes guerreros de Japón”. Aut. Stephen Turnbull. Ed. Libsa. Madrid, 2006. 

“Samuráis: El arte de matar y morir”. Aut. José Ángel Martos. Revista Clío. No. 51. Enero, 2006.  

“Samuráis: Los guerreros de Japón”. Aut. Luis Caeiro. Revista Historia National Geographic. No. 51. Mayo, 2008.  

“Samuráis: Entre la barbarie y el honor”. Aut. Empar Revert. Revista Historia y Vida. No. 430.  

www.britannica.com    

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