Refinados caballeros para una honorable batalla: Samuráis II

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

“Considera el mayor crimen preferir la propia supervivencia al honor y perder, por la vida, la razón de vivir”.

Juvenal

Conjugar la idea del refinamiento con la guerra, resulta difícil en estos tiempos en los que vemos por televisión la manera inmisericorde en que los seres humanos se masacran unos a otros en todo el mundo. Sin embargo, hace varios siglos el concepto del honor era un precepto imprescindible para todo guerrero que entrara en batalla, particularmente en Japón, donde los samuráis se desenvolvieron en tal medida que llegaron a crear una cultura casi propia, que incluía por supuesto un estricto código de conducta al cual se conocía como bushido, contenido en el libro llamado Hogakure –compilación elaborada por un samurái que se encontraba al servicio de los Nabeshima-.

Habiendo llegado con la era Tokugawa un periodo de paz hasta entonces desconocido en el archipiélago japonés, los otrora hombres de armas debieron dedicar su tiempo a distintas actividades, estando entre ellas la reflexión, el estudio y el arte. Desarrollado en este ambiente, el bushido alberga una serie de especificaciones que incluyen desde la manera propia de pelear para el samurái, su armamento, indumentaria y apariencia, realzando el honor como valor esencial de la vida; en este sentido, se incluían cuestiones como la forma apropiada en que se debía conducir la esposa de un samurái en presencia o ausencia del marido, a la vez que abarcaba todos los ámbitos de la vida personal del guerrero, estableciendo incluso la adecuada manera de morir.

Relacionado con el confucianismo, el bushido proponía los siguientes principios: Gi-actitud justa, Yu-bravura, Rei-comportamiento justo, Makota-sinceridad total, Meylo-honor y gloria, Chigi-lealtad. Asimismo los samuráis debían ser personas templadas en cuerpo y alma, de modo que se les urgía a evitar las celebraciones mundanas y frívolas como el kabuki, mientras que se les animaba a asistir a refinados espectáculos como el teatro noh, en el cual se hacían representaciones ligadas a la historia japonesa; de igual manera, el combatiente en su periodo de descanso, tenía derecho a practicar juegos de estrategia que le ayudaran a tener una mente ágil y despejada, como el Go –debiéndose mantener alejados de los juegos de azar-; o bien ejercitar la caligrafía  y disfrutar de la ceremonia del té.

Por otra parte, el desarrollo de la actividad bélica, el samurái debía prepararse tanto física como mentalmente, de modo que practicaba el jujitsu o combate cuerpo a cuerpo, teniendo en cuenta dos elementos fundamentales: la concentración (haragei) y la energía centrada, atenta (ki); además era necesario que alcanzaran la paz interior que les permitiría pelear sin distracciones, alcanzando un estado llamado munen –sin pensamiento-.

Impresionante debió de haber sido el espectáculo de las guerras cuando tan honorables caballeros participaban en ellas. Tras ser convocados por el sonido del horagai o trompeta de concha, el samurái debía reunir a sus hombres para partir hacia la batalla al amanecer, montados a caballo y vistiendo las tradicionales armaduras –que pesaban alrededor de 30 kilos- que tocaban con un bello y a la vez terrorífico casco –que podía tener toda suerte de garigoleos, cuernos y otros adornos-, así estos hombres se lanzaban espada o arco en mano a enfrentar al enemigo, al cual se enfrentaban fieramente profiriendo un atronador kivi –grito del espíritu-..

Educados desde niños para ser samuráis, a los pequeños se les entregaba una espada de madera que en su adolescencia sería canjeada por una de metal, portando tal instrumento a lo largo de su vida como signo de su rango; de igual manera, recibían una educación especial tanto intelectual como filosófica, inculcándoseles un código de ética según el cual la deuda adquiría un cariz moral denominado como giri. Además, aprendían que los bienes materiales tenían poco valor, mientras que el honor –para con el emperador, su familia y su señor- debía ser salvado aun a costa de sus propias vidas, por lo que se les instruía para terminar con su vida si es que fallaban en su misión.

En caso de haber sido desleales o cobardes –aunque también podía deberse a una rendición o ajuste entre señores-, los samuráis estaban obligados a practicar el seppuku o hara kiri, el cual consistía en arrodillarse -vestido con un kimono blanco- sobre un níveo almohadón y hacerse –con su katana[i]– por propia mano un tajo en el vientre; en esta ceremonia era acompañado por el kaishaku, que solía ser un amigo de confianza, quien tenía la misión de decapitar al inmolado al final del rito.  

Dejando de lado las circunstancias extremas, lo cotidiano estaba también regulado. Por ejemplo, el samurái debía ser una persona limpia por lo que era necesario que se bañase diariamente, también era de fundamental importancia el aparecer en público siempre peinado; a este respecto las modas dictaban la manera adecuada de amarrar el cabello; por ejemplo en el siglo XVI se acostumbró afeitar la parte frontal de la cabeza –sakayari-, mientras el resto del pelo se amarraba hacia atrás en una coleta –motodori-, la cual podía ser doblada otras dos veces para formar el mitsuori –triple-.

Por su lado, las mujeres no quedaban exentas de la forma de vida del samurái, si es que llegaban a casarse con uno de ellos. Acostumbradas también desde pequeñas a una existencia austera y disciplinada, las damas sabían que debían sacrificarse antes que sufrir una deshonra, de modo que cuando el marido era derrotado ellas preferían el suicidio a la esclavitud o las vejaciones que sufrirían por parte de los enemigos –se cuenta que hubo algunas mujeres que llegaron incluso a matarse en cuanto su esposo abandonaba el hogar para ir a la guerra, de modo que este pudiese sentirse libre de cualquier tipo de atadura o preocupación adicional y pelease con toda su concentración (!)-. Asimismo, se encontraba entrenada en artes marciales y en el uso de ciertas armas como la naginata -un cayado terminado en una hoja curva de metal-, con la cual debía defender su hogar. La fémina más famosa por su aguerrido espíritu lleva por nombre Masako, viuda de Minamoto Yorimoto, a quien se conoció como “la monja shogun”, quien en el siglo XIII llevó al país con férrea decisión.

Ahora bien, el samurái, independientemente de su actividad guerrera, debía obtener el sustento diario, para lo cual podía ser comerciante o agricultor –principalmente-; aunque por los servicios a su señor recibía como pago los koku, que consistían en la medida de arroz necesaria para alimentar a un hombre durante un año, estimándose la cantidad a recibir de los mismos conforme al rango.

Pero ¿qué pasaba si el señor del samurái era derrotado? En ese caso, pasaría al servicio de otro patrón, aunque también surgió la figura del ronin –hombre de las olas- que debía su nombre a que el mar arrasa con cuanto se le coloca enfrente. Se hacían mercenarios o maestros de artes marciales y esgrima, llegaron a internarse en algunos monasterios, se volvieron guardaespaldas o partieron rumbo a países extranjeros para probar fortuna. Uno de los episodios más destacados que involucran a estos personajes fue el de los “Cuarenta y siete ronin”, quienes en el gobierno de Tsunayoshi –quinto shogun Tokugawa– en el siglo XVII-XVIII vieron cómo el señor de Asano moría instigado por hombre del bakufu [ii]de nombre Kira. Los hombres juraron venganza y aprovecharon el invierno de 1702 para asaltar la residencia del funcionario, dándole muerte. Con tal acción se hicieron ellos mismos merecedores del hara kiri.

Guerreros de marcadas costumbres y firme ideología, los samuráis se presentan en la historia como un tipo particular de combatientes, quienes fueron tan temidos como admirados. Su honorable forma de vida fue decayendo hasta que finalmente no pudo combatir con los cambios del siglo XX y desapareció, dejando tras de sí las historias y leyendas que hoy en día solo se pueden leer en los libros y observar en la pantalla grande.

 

FUENTES:

“Samuráis: La historia de los grandes guerreros de Japón”. Aut. Stephen Turnbull. Ed. Libsa. Madrid, 2006. 

“Samuráis: El arte de matar y morir”. Aut. José Ángel Martos. Revista Clío. No. 51. Enero, 2006.  

“Samuráis: Los guerreros de Japón”. Aut. Luis Caeiro. Revista Historia National Geographic. No. 51. Mayo, 2008.  

“Samuráis: Entre la barbarie y el honor”. Aut. Empar Revert. Revista Historia y Vida. No. 430.  


[i] Sable.

[ii] Gobierno.

Una respuesta a Refinados caballeros para una honorable batalla: Samuráis II

  1. My Homepage dice:

    … [Trackback]…

    […] Informations on that Topic: paty3008.wordpress.com/2012/05/14/samurais2/ […]…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: