Verdades enterradas por las arenas de los mitos: Hatshepsut I

Escultura de Hatshepsut albergada en el Metropolitan Museum of Art (NY)

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

“El tiempo descubre la verdad”.

Lucio Anneo Séneca

De damas de férreo carácter y ambiciones definidas abundan los ejemplos a lo largo de la historia; no obstante en los siglos que precedieron a la tan conocida “liberación femenina” resultaba un tanto complicada para las féminas la consecución de sus objetivos, aunque hay que decir que esta circunstancia dependía de la cultura en la cual se desarrollase la mujer en cuestión.

De esta manera, por ejemplo, las señoritas inglesas de principios del siglo XIX podían verse mucho más limitadas que las damas que vivieron en el antiguo Egipto, ya que en esta ancestral estructura social la mujer podía poseer tierras, acudir a los tribunales o ser la heredera legítima de sus parientes; siendo tal la relevancia del sexo femenino que eran precisamente las mujeres quienes legitimaban a los faraones, ya que el gobernante obligatoriamente debía contraer matrimonio con una joven de sangre real, quien regularmente era su propia hermana.

Pero en la historia egipcia existe un personaje que logró diluir los estándares faraónicos comunes, ya que si bien en los registros aparecen famosas reinas que influyeron en gran medida en el destino del reino como Nefertari, Nefertiti o Cleopatra, nuestra protagonista se entronizó en un puesto exclusivamente masculino erigiéndose entonces como faraón, hablamos así de la enigmática Hatshepsut de la XVIII dinastía –cabe mencionar que se conoce de otras tres mujeres que tomaron el título de “Horus, rey del Alto y Bajo Egipto” a saber: Nitocris en la VI dinastía, Sobekneferu en la XII y Tauseret en la XIX, siendo el nombramiento de breve carácter temporal y respondiendo en cada caso a una crisis que exigía solución inmediata-.

Habiendo nacido en los albores del llamado Reino Nuevo como fruto de la unión de Tutmosis I –también encontrado como Thutmosis o Thutmose- y la Gran Esposa Real Ahmose o Ahmes Tasherit (Ah-mes Ta-Sherit) hacia el 1505 a.C. –existen fuentes que sitúan su natalicio entre 1517 y 1507 a.C.-, la princesa Hatshepsut pareció estar destinada desde siempre para la gloria ya que su propio nombre significa “delante de los nobles” o “primera entre los nobles”.

Ahora bien, la situación de la descendencia de Tutmosis I –y sobre todo la sucesión del trono- se complicó un tanto debido a que el hombre solo tuvo hijos varones –los dos que engendró con Ahmose murieron- con una esposa secundaria de nombre Mutnofret, madre de Tutmosis II; así algunas inscripciones explican cómo el faraón reconoció en su hija a una mujer capaz de encabezar el gobierno, por lo que supuestamente decidió “entrenarla” en tales menesteres –es necesario destacar que estas historias pudieron haber sido alteradas o incluso inventadas por la propia Hatshepsut para dar legitimidad a su posición-, llevándola consigo en las inspecciones que realizaba del norte al sur del territorio, siendo recibida también con grandes honores.

Independientemente de si esto fue cierto o no, el hecho es que Hatshepsut habiendo tomado el cargo sacerdotal de Esposa del Dios Amón, contrajo matrimonio con Tutmosis II convirtiéndose en la Gran Esposa Real de este –al morir Tutmosis I– y logrando que la figura de la reina tomase relevancia en la tarea de la conservación del orden, constituyéndose como un modelo tanto paralelo como complementario de la figura del rey, observándose ambos soberanos como inseparables durante ciertos ritos. De igual manera, el cargo eclesiástico de la dama estaba investido con una especial dignidad, ya que se le consideraba como aquella encargada de continuar la tarea creadora del dios Amón.

Sin embargo, a pesar de que la pareja logró demostrar sus virtudes, no fueron capaces de engendrar varones, teniendo como descendencia sobreviviente únicamente a la princesa Neferura (Neferure o Neferu-Ra) –aunque existen autores que afirman que también tuvieron como hija a Meryt-Ra Hatshepsut, hipótesis refutada por la mayoría de las fuentes, ya que se ha descubierto que la madre esta  mujer fue en realidad la Divina Adoratriz Huy-, por lo que al morir Tutmosis II después de tan solo tres años de reinado y posiblemente a causa de una enfermedad cardíaca, el trono pasó a Tutmosis III quien era un infante aún –tenía 5 años-, por lo que Hatshepsut fungió como regente.

Es aquí donde la ficción y la realidad comienzan a entremezclarse generándose una gran variedad de versiones, una de las cuales retrata a la reina viuda como una mujer ambiciosa y malvada cuyo único propósito era despojar de sus derechos al hijo de Tutmosis II y la concubina Iset (o Isis); por el contrario, otros la muestran como una hermosa y brillante dama que supo engrandecer el reino amado por ella y por su padre.

Ahora, dejando de lado las intenciones macabras o magnánimas de Hatshepsut lo cierto es que la noble fémina abandonó los títulos que le correspondían en su rol de reina a saber: Esposa del dios, Mano del dios, Divina Adoratriz de Amón y Aquella que contempla al Horus-Seth y poco a poco cambió sus protocolos hasta masculinizarlos por completo, tomando el título de Señor del Alto y Bajo Egipto Hatshepsut Maatkaré –aunque tuvo que prescindir de ciertas denominaciones exclusivas del hombre como “toro potente”- en el segundo año de gobierno de Tutmosis IIINeferura pasó entonces a ser Regente del Sur y del Norte y Señora de las Dos Tierras-, es decir, no era reina sino rey y por consiguiente contaba con todos los privilegios monárquicos. Haciéndose representar en un principio de una manera femenina, fue adoptando en sus imágenes los rasgos varoniles como la barba postiza, hasta que cambió la indumentaria del tradicional vestido por el shenti masculino, a la vez que hizo eliminar los atributos propios de su sexo en las representaciones.

Por otra parte es justo decir que Hatshepsut no eliminó a Tutmosis III del gobierno, tampoco lo relegó sino que, según explican las fuentes, compartió con él el dominio de su pueblo, el cual por primera vez tuvo dos faraones en lugar de uno. Esta situación pudo haber traído consigo conflictos de carácter político, de modo que se ha llegado a hablar de una ruptura entre los hombres que se encontraban bajo tan singular régimen, decidiéndose algunos por la dama y otros por el chico; aunque sobre esto último no se han ubicado pruebas concluyentes, lo que sí se sabe con claridad es que Hatshepsut contó con el importante apoyo del clero tebano y particularmente de Hapu-Seneb, sacerdote de Amón y representante de los simpatizantes de la soberana dentro del ámbito sacerdotal.

Hatshepsut se constituyó entonces como una monarca hábil e inteligente, que estableció benéficas relaciones comerciales y diplomáticas con sus vecinos, llegando a realizar una espectacular expedición al país del Punt –tal vez Etiopía-, donde se vendían valoradas esencias y materiales como oro, ébano, marfil o animales sagrados; para tal efecto armó cinco navíos confeccionados con cedro de Líbano que tenían 24 metros de eslora, seis de anchura y dos de calado, los cuales eran impulsados por el viento que capturaban las enormes velas que se ataban a un mástil de nueve metros de altura. Así, tras ocho meses los doscientos diez hombres que conformaban la comitiva al mando del canciller Nehesy regresaron a su hogar cubiertos de gloria, bajo la satisfecha mirada de su faraón, debido al éxito de su empresa.

Pero la revisión de la labor llevada a cabo por Hatshepsut quedaría incompleta si no se contemplase su faceta constructora, ya que la fémina edificó impresionantes templos y monumentos que han quedado hasta hoy como testigos de la grandeza de su magnífico reino; sin embargo, esto no hubiera sido posible de no haber tenido a su lado a un hombre cuyas funciones se han determinado desde la mera arquitectura hasta el lecho real, pero de tan interesante personaje y otras cuestiones hablaremos más extensamente en la próxima entrega de esta columna.

 

FUENTES:

 “Señora de Egipto”. Aut. Francisco J. Martín Valentín y Teresa Bedman. Revista Aventura de la Historia no. 106.   

 “La reina que fue rey: Hatshepsut”. Aut. Rafael Bladé. Revista Historia y Vida no. 428.    

“Hatshepsut: La reina faraón”. Aut. Cristina Gil. Revista Historia y Vida no. 445.     

“Una mujer en el trono de Egipto: Hatshepsut”. Aut. Fernando Estrada Laza. Revista Historia National Geographic no. 40. España, junio 2007.   

“La Reina Hombre de Egipto”. Aut. Chip Brown. Revista National Geographic vol. 24 no. 4. Abril 2009.

  

2 respuestas a Verdades enterradas por las arenas de los mitos: Hatshepsut I

  1. Un ejemplo más de lo interesantes que son los personajes femeninos de la historia. Mucho más que sus compañeros masculinos, cuyo único valor era encontrarse en una situación más visible. Estupendo artículo. ¡Enhorabuena!

    • Paty Díaz dice:

      Hola Álvaro, muchas gracias por tu amable comentario. Por cierto, hoy puedes checar si gustas la segunda parte de este artículo. Saludos!!

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