El optimista creador defensor de los autores: Charles Dickens II

“Charles Dickens” por Chuck Hamrick

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

“Convertir los sucesos en ideas; tal es la función de la literatura”.

Jorge Ruiz de Santayana

Insondables son los caprichos del destino, ya que cuando un hombre está destinado para iluminar con su genio tanto a su generación como a todas las venideras, poco importa si tan distinguido individuo tiene el más humilde de los orígenes o procede de la cuna más noble.

De este modo el grandioso Charles Dickens, cuya fama se ha extendido por más de un siglo -y seguramente nunca se extinguirá mientras el ser humano continúe aficionándose a las letras-, en su más tierna infancia se vio obligado a trabajar duramente en una fábrica, para luego introducirse paulatinamente en la profesión que posteriormente le acarrearía gran notoriedad: la escritura.

Pero antes de pasar a formar parte del firmamento de los grandes literatos universales, Charles tuvo que continuar su vida laboral en humildes oficios por un tiempo, así por ejemplo, fungió como botones y mensajero del bufete legal de Charles Molloy, donde a pesar de la modestia de su puesto y del breve tiempo que ahí se desempeñó –seis o siete semanas- logró aprender las bases del vocabulario legal. Continuando en la misma línea ingresó como pasante en Gray’s Inn, que era una suerte de colegio de abogados, al tiempo que su padre cubría ya para el periódico la respetable fuente de la Cámara de los Comunes, trabajo que llamó sobremanera la atención de Dickens.

Así el futuro novelista se dedicó a aprender taquigrafía para poder encontrar un trabajo como reportero, siendo su primera misión redactar lo ocurrido en el Doctor’s Common, edificio que albergaba tribunales del Colegio de Doctores de la Ley Civil. Muy pronto, cuando tan solo tenía 20 años, fue aceptado como parte del cuerpo de periodistas del True Sun, siéndole asignada la tan ansiada Cámara de los Comunes, desempeñándose con tal pericia que se ganó toda suerte de alabanzas, incluyendo la proferida por un tal Mr. Stanley quien había dictado un discurso sobre cierta ley relacionada con la situación en Irlanda. Dickens fue asignado en tal ocasión por The Mirror of Parliament para hacer una transcripción de las palabras del importante sujeto –junto con otro par de reporteros-, quedando el político maravillado al leer el segmento escrito por Charles e indignado con el resto del texto.

Por aquellos entonces fue cuando nuestro ilustre protagonista conoció las demandas del corazón al enamorarse de Mary Beadnell, hija de George Beadnell, director de la importante firma bancaria Smith, Payne, Smith; y aunque había contado para tal romance con la ayuda de la hermana de su dulcinea, Anne Beadnell y el prometido de esta Henry Kolle, el asunto no llegó a buen fin ya que los padres de la dama desaprobaron la relación por lo que optaron por enviar a la chica a París.

Con el ánimo un tanto atribulado el autor se refugió en el único lugar que le proporcionaría solaz durante el resto de su vida, las letras, por lo que probó a escribir un artículo y enviarlo a la Old Monthly Magazine, que era a la sazón dirigida por George Hogarth. Por supuesto el texto fue admitido y publicado de inmediato, siguiéndole algunas otras piezas por las cuales nuestro aún desconocido escritor no recibió ni un penique, pero que sin embargo fueron abriendo paso en el medio a Charles, que para entonces firmaba como Boz –sobrenombre originado en el seno de la familia Dickens-.

Nadie sabía quién era este misterioso Boz que cautivaba la imaginación con sus bien construidas frases, pero el autor optó por revelar su identidad al director del Morning Chronicle, John Black, quien decidió ofrecerle la redacción de algunas columnas en el diario, dando lugar a la publicación de varios artículos sobre sitios destacados de la ciudad de Londres, los cuales obtuvieron un aluvión de elogios por parte de distinguidos personajes como Albany Fanblanque del Examiner y William Jerdan de la Gaceta Literaria. No obstante, el literato se encontraba en esa difícil situación en la que su fama aumentaba mientras su sueldo permanecía inalterado.

Poco a poco el reconocimiento hacia el talento del prosista hizo que su cartera también se diera por enterada de sus éxitos, así puede decirse que obtuvo ganancias considerables con la publicación de Los apuntes de Boz (1836), en donde sus textos iban acompañados por las exquisitas ilustraciones de George Cruikshank; las ganancias proporcionadas por este trabajo le permitieron a Dickens formalizar el compromiso con su novia.

Con relación a este último tema puede decirse que aun cuando Charles era sumamente hábil para inventar o relatar vidas de personas ficticias, no lo era tanto al momento de crear la propia, de modo que tuvo el mal tino de casarse con la hermana de George Hogarth, Catherine, quien era una mujercita apocada que no tenía la menor idea de cómo ser esposa de un escritor y la tendría aún menos cuando su esposo se convirtiese en un ícono de la literatura mundial. Así, esta desigual pareja contrajo nupcias el 2 de abril de 1836, lo que dio inicio a un calvario para ambos, ya que mientras el carácter jovial y alegre de Dickens lo hacía popular en sociedad suscitando una lluvia de invitaciones a tertulias y convites, su esposa se escondía asustada en su casa –situación que se vio agravada conforme nacieron los hijos, ya que tuvieron en total diez vástagos-, negándose terminantemente a acompañar a su marido. Puede decirse entonces que fue en parte el carácter de Kate el “culpable” de los deslices que tuvo el autor con algunas damas, los cuales sin llegar a la infidelidad física, sí capturaron sus pensamientos y sentimientos.

Por qué Charles se casó con Kate y no con la hermana de esta, Mary, es un gran misterio, ya que el caballero profesaba desde antes de su matrimonio un tierno amor por su cuñada, quien en cierto modo –debido a que la chica se había instalado en casa de los Dickens– suplió a la legítima cónyuge en los eventos sociales; no obstante el destino pronto deshizo tan singular triángulo amoroso –la joven Hogarth correspondía el sentimiento del escritor- cuando la chica falleció a los diecisiete años dejando a su clandestino enamorado únicamente un anillo –que el literato removió del cuerpo ya sin vida- como recordatorio de su imperecedero afecto.

Por otra parte, aunque el hogar de Dickens se sacudía con las tristezas y diferencias entre el matrimonio, él logró consagrarse como escritor profesional tras la publicación de los Papeles póstumos de Pickwick (1836-1837), aumentando su renombre conforme se publicaron las obras en las que retrataba a la sociedad victoriana en todo su esplendor y toda su miseria, lo cual generó un vínculo inquebrantable entre él y sus lectores, pero al mismo tiempo despertó la ira de muchos burócratas al denunciar la verdadera situación de ciertas instituciones gubernamentales como los hospicios, los cuales se habían convertido en sitios terroríficos para aquellos que tenían que someterse a la Ley de los Pobres, la cual los expulsaba de las calles introduciéndolos en horribles edificios mal administrados.

Así la habilidad de Dickens llevó a la gente a esperar con ansia sus publicaciones periódicas o sus libros como Oliver Twist o Nicholas Nikleby, de manera en las pequeñas poblaciones inglesas, incapaces de esperar al cartero, las personas corrían a las afueras del pueblo para arrebatar al funcionario los anhelados impresos, los cuales eran leídos con fruición en el camino de regreso a casa, mientras los lectores más generosos incluso hacían algunas pequeñas “lecturas públicas” para que aquellos menos privilegiados que no podían costear la lectura se enterasen de cómo triunfaría en esta ocasión el bien sobre el mal.

Aún falta por conocer la lucha de nuestro protagonista en pro de los derechos de los autores, pero de eso y otras vicisitudes de la vida de Charles Dickens hablaremos en la próxima entrega.

 

FUENTES:

“Un viaje por el mar de Dickens”. Aut. José Méndez Herrera. Obras completas de Charles Dickens tomo I. Ed. Aguilar. Madrid, 1960.

 “Tres maestros: Balzac, Dickens, Dostoiewski”. Aut. Stefan Zweig. Ed. Porrúa. México, 2001.   

 Prólogo de “Canción de Navidad y otros cuentos de Charles Dickens”. Aut. Luis Rutiaga. Grupo Editorial Tomo S.A. de C.V. México, 2003.  

“Vida y genio”. Aut. Guillermo Altares y “Dickens contra la piratería” Aut. Matthew Pearl. Sección Babelia, periódico El País. España, 21 de enero 2012.    

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