El optimista creador defensor de los autores: Charles Dickens III

Portrait of Mr. Charles Dickens por Frank Fell

Parte III

Por: Patricia Díaz Terés

“El deber del escritor es reflejar su vida, aportar su experiencia, todo lo que ha aportado, toda su pequeña aventura humana, todo lo que Dios ha querido hacer de él”.

William Faulkner

Poco numerosos son los artistas que han logrado paladear la fama y la fortuna generadas por su obra; sin embargo todos ellos debieron atravesar un tortuoso camino para llegar al pináculo que los consagraría eventualmente como hijos preferidos de las musas. De esta manera, casi todos tuvieron en algún momento que regalar el trabajo en el que mezclaban talento y esfuerzo, con el afán de lograr alcanzar el tan ansiado reconocimiento, tanto por parte de la crítica experta como por parte del pueblo.

Charles Dickens fue entonces uno de ellos, teniendo que tomar varios empleos antes de convertirse en uno de los escritores más conocidos a nivel mundial de todos los tiempos. No obstante, aun cuando el escritor –en este caso- sabía que debía sacrificar algunos ingresos en pro de su renombre en construcción, también tuvo que enfrentar a ciertos inescrupulosos editores que robaban flagrantemente los textos y los publicaban sin dar las merecidas regalías al autor.

De este modo, la celebridad que había alcanzado el novelista hizo que muchos quisiesen aprovecharse de él, particularmente Richard Bentley –apodado por Charles “el bandido de Burlington Street” a quien desacertadamente Dickens había vendido Oliver Twist (1839) por tan solo 500 guineas, prometiéndole también la elaboración de una segunda novela por el mismo precio. Tan pronto como los ejemplares de la novela comenzaron a volar como pan caliente Dickens se dio cuenta de su error, pero era demasiado tarde, por lo que tuvo que recurrir a ciertos abogados –Chapman & Hall– para poder adquirir nuevamente los derechos de su propia obra por la “módica” cantidad de 1200 libras, lo que le daría acceso a las ganancias que esta producía.

Fue así como la chispa de la lucha por los derechos de autor surgió en el alma del escritor, la cual se convirtió en un verdadero incendio cuando se trasladó a los Estados Unidos, lugar que en algún momento él había visto como tierra de ensueño, pero que se convirtió en una triste realidad cuando observó cómo sus obras habían sido plagiadas sin miramientos, siendo publicadas por una gran cantidad de diarios y editoriales sin que él percibiese un solo céntimo por ellas. Tras impartir una serie de conferencias en las cuales proponía un acuerdo internacional que protegiera la propiedad intelectual de los escritores (1842), con el corazón acongojado, acudió a su amigo Thomas Noon Talfourd un diputado que lo ayudó a estructurar un Proyecto de Ley que pretendía conservar los derechos del autor sobre la obra durante 60 años después de su muerte. El proyecto fracasó pero su idea se extendió llegando a otros literatos como Edgar Allan Poe, a quien el inglés ofreció ayuda para editar sus relatos y poemas en el Viejo Continente, encontrando Dickens a su regreso que los escritos del norteamericano habían sido ya publicados de manera “clandestina”.

Pero a pesar de que los reclamos hechos por el creador de Canción de Navidad (1843) eran más que legítimos, los dueños de la industria editorial no dudaron levantar la voz acusándolo como codicioso; así las cosas, Charles probó una vez más que no hay mejor arma para combatir al abusivo que una mente ágil, por lo que precisamente utilizó aquellos escritos que eran copiados por los editores para hacerles una fuerte crítica en la novela Martin Chuzzlewit (1844), en cuyo argumento a través de las aventuras vividas por el protagonista durante un viaje a Norteamérica, logró denunciar en la historia el plagio por parte de los periódicos revelándolos como ladrones, ya que estos antes de revisar su contenido publicaron la historia a diestra y siniestra, difundiendo sin querer el descontento del británico.

Ahora bien, esta lucha en pro de su trabajo fue acompañada en la vida de Dickens por duros reveses personales. En primer lugar, la situación con su esposa Catherine Hogarth se hacía cada vez más insostenible, hallando solaz el caballero primero en la compañía de una joven de nombre Georgina, quien ayudaba a Mrs. Dickens en las labores del hogar y a cuidar de los diez hijos del matrimonio. Pero la verdadera hecatombe se suscitó cuando Charles se involucró con una actriz de nombre Ellen (Nelly) Ternan, una hermosa señorita de dieciocho años, de azules ojos y rubios rizos, que conquistó inmediatamente la imaginación del autor de cuarenta y cinco años cuando este la vio en el escenario. Siendo una actriz razonablemente talentosa, no fue esta la virtud que avasalló al veterano dramaturgo, sino la sensibilidad de la jovencita a quien en cierta ocasión encontró en su camerino llorando inconsolablemente, porque ella sentía vergüenza debido a que el guion le exigía mostrar sus piernas de manera excesiva.

Dickens perdió entonces la cabeza por la tierna chiquilla, a quien ni tardo ni perezoso comenzó a hacer numerosos y finos presentes que consistían en exquisita joyería; mas el destino quiso que Charles no saliera impune de la “aventura” –la relación entre Ternan y Dickens duró más de diez años- cuando una pulsera destinada a la actriz acabó en manos de la esposa, suscitándose la ira de Kate quien buscó la manera de dar por terminada la unión matrimonial a la brevedad.

De este modo, tras el divorcio, el autor se quedó con una pesada carga financiera ya que debía mantener a una familia conformada aún por varios hijos, habiendo uno de ellos –Sydney– heredado de su abuelo la terrible costumbre de contraer deudas que no podía solventar, mismas que debían ser cubiertas por su padre. Esta situación causaba gran desazón a Charles, quien se sabe que corrió a su vástago del hogar y en ocasiones llegó a desear que desapareciese de la faz del planeta. Asimismo su hija Kate había contraído matrimonio con un artista que tenía una salud demasiado frágil, por lo que también se vio obligado a prestarles ayuda con frecuencia.

Entre tantas vicisitudes el escritor encontraba su santuario en la escritura, logrando así plasmar la imagen de lo que había sido su vida en la novela David Copperfield (1850) sobre la cual se dice que fue intención expresa de Dickens el que se le relacionara directamente con el protagonista, de modo que incluso había hecho que las letras iniciales de sus respectivos nombres (C.D.) coincidieran aunque de manera invertida. Además el genio del talentoso novelista no se restringió al relato de ficción, haciendo un par de libros titulados Notas americanas (1842) e Imágenes de Italia (1846) en los que describe las peripecias que atravesó durante sus visitas a tales lugares.

Por otro lado, Charles Dickens no ha sido reconocido solo por la calidad literaria de sus obras, sino por haber llegado al corazón de los lectores, quienes se han identificado durante décadas con las tragedias y aventuras de los protagonistas. El cariño y admiración por el autor permanece vigente hasta hoy en día, de modo que sus libros se editan por millares, mientras que sus textos son objeto de adaptaciones cinematográficas y teatrales, pudiéndose así mencionar al menos un centenar de películas, algunas de ellas dirigidas por grandes cineastas como Robert Zemeckis (A Christmas Carol, 2009), Roman Polanski (Oliver Twist, 2005) o David Lean (Great Expectations, 1946); y obras de teatro musical tan famosas como Oliver! escrita y musicalizada por Lionel Bart.

Tras una exhaustiva gira de lecturas de sus obras, el 9 de junio de 1870 el cuerpo de Charles Dickens se rindió ante las preocupaciones y el exceso de trabajo y falleció, pero su nombre trascendió  para colocarse con justicia junto a los grandes escritores de la literatura universal, siendo también sus restos mortales acompañados por compañeros tan dignos como William Shakespeare y Henry Fielding, en el seno de la Abadía de Westminster, tras haber vivido una existencia en la que encaja bien la frase del poeta Lord Byron: “Me desperté una mañana y me encontré famoso”.   

 

FUENTES:

“Un viaje por el mar de Dickens”. Aut. José Méndez Herrera. Obras completas de Charles Dickens tomo I. Ed. Aguilar. Madrid, 1960.

 “Tres maestros: Balzac, Dickens, Dostoiewski”. Aut. Stefan Zweig. Ed. Porrúa. México, 2001.   

 Prólogo de “Canción de Navidad y otros cuentos de Charles Dickens”. Aut. Luis Rutiaga. Grupo Editorial Tomo S.A. de C.V. México, 2003.  

“Vida y genio”. Aut. Guillermo Altares y “Dickens contra la piratería” Aut. Matthew Pearl. Sección Babelia, periódico El País. España, 21 de enero 2012.    

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