Macabra locura: Aleister Crowley I

Aleister Crowley

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

Nadie se hizo perverso súbitamente”.

Juvenal

En esta época, cercana a la celebración del Día de Muertos y del popular Halloween, los temas fúnebres o “maléficos” parecen flotar en el ambiente, sensación que se ve reforzada por la presencia en las calles de los vendedores de flores de cempasúchil; o los disfraces de brujas, diablos y monstruos que cuelgan en el exterior de innumerables comercios.

Así, siendo el diablo importante personaje en las “inocentes” fiestas del Día de Brujas, también ha sido protagonista en otro tipo de celebraciones mucho más solemnes, oscuras y nada divertidas, cuyo propósito es justamente invocar realmente al amo de los avernos. Así a lo largo de los siglos han existido personas que a pesar de reconocer los peligros de involucrarse en tan malignas actividades, han decidido zambullirse en ellas alegremente tal como lo hizo el legendario satanista Aleister Crowley.

En peculiar familia nació Edward Alexander Crowley el 12 de octubre de 1875, ya que su padre Edward Crowley –lejos de ser un descendiente de la nobleza como Aleister quiso hacer siempre creer a sus seguidores, era un cervecero de posición acomodada- y su madre Emily Bertha Crowley, que residían a la sazón en Leamington, Warwickshire (Ing.), eran dos adeptos convencidos de una estricta secta llamada La Hermandad de Plymouth, la cual tenía tintes más bien puritanos e imponía a sus miembros una gran cantidad de reglas.

Así el pequeño Edward Alexander solía acompañar a su progenitor durante sus largas caminatas, en las cuales se dedicaba a predicar “el verdadero cristianismo” a todo aquel que desease escucharlo; mientras que al llegar a casa el chico debía conformarse con entretenerse gracias a su propia imaginación ya que en los preceptos religiosos estaban terminantemente prohibidos los juguetes, sucediendo lo propio con la Navidad, a la cual se consideraba como una fiesta pagana.

Mucha represión y poco cariño recibió entonces Alexander durante su infancia, factores que probablemente fueron moldeando su impresionable espíritu, hecho que se vio aderezado por las lecturas diarias que se hacían de la Biblia después de la cena, en las cuales participó el niño a partir de los cuatro años. Sin que sus padres tuviesen cuidado de lo que llegaba a oídos del chiquillo, escuchó a muy temprana edad pasajes del Apocalipsis con los cuales extasiado escuchó por primera vez todo lo referente al fin del mundo, la Bestia y la Mujer Escarlata, dándose cuenta con el paso del tiempo cómo sus simpatías recaían en los enemigos de Dios.

Tales ideas rondaban ya por su cabecita al morir su padre en 1886, cuando Edward Alexander tenía tan solo 11 años, quedando al cuidado de su madre a quien detestaba con vehemencia tanto física como emocionalmente, sentimientos que albergó durante toda su vida llegando a calificar a Emily como “una fanática lógica e inhumana”. Al parecer la dama no prodigaba al niño cariño maternal, sino únicamente le exigía el cumplimiento de las normas que regían su austera vida.

Privándole de una vía por medio de la cual el muchachito pudiese conocer otros puntos de vista o a diferentes personas, fue inscrito en una escuela que recibía a los hijos de los miembros de la Hermandad, teniendo como único material de estudio a la Biblia y como aliciente una dura vara de abedul que era utilizada cuando los niños incurrían en desobediencias. Fue aquí donde mostró ya signos de malevolencia cuando intentó corromper a un menor. No mejor suerte le tocó al estudiar en las escuelas de Malvern y Tonbridge, a las que detestaba; mientras que uno de sus preceptores tuvo a bien mostrar al adolescente todas las “virtudes” de las apuestas, el juego y las féminas.

Ahora bien, cabe mencionar que el chico tenía una curiosidad insaciable, pero esta no era regida por estándar ético o moral alguno, de manera que en “pro de la ciencia” cometió varias atrocidades, siendo recordada una ocasión en la que asesinó a un mismo gato de nueve maneras diferentes –que incluyeron elementos tan horripilantes como el veneno, un cuchillo, el fuego y un mazo- para asegurarse de que había aniquilado las supuestas nueve vidas del pobre animalito (!).

Para cuando cumplió veinte años ingresó en el Trinity College de Cambridge con la intención de estudiar filosofía; sin embargo, sin mostrar particular interés en el estudio el joven -que para entonces había elegido ya la traducción gaélica de su nombre (Alexander), Aleister, para autodenominarse-, empleaba la mayor parte de su tiempo en escribir poesía o leer; asimismo gustaba de viajar por toda Europa durante sus vacaciones llegando incluso hasta San Petersburgo. Además practicó uno de sus pasatiempos favoritos: el alpinismo, escalando en 1894 los acantilados de Beachy Head, hecho que le puso en contacto con un renombrado alpinista, Albert Frederick Mummery. Al año siguiente Crowley tuvo una frenética actividad en este ámbito escalando el Eiger, el Eigerjoch, el Jungfraujoch, el Mönch, el Jungfrau, el Wetterlücke, el Mönchsjoch, el Beichgrat, el Petersgrat y el Tschingelhorn.

Habiendo sido siempre una persona con ansias de actividad, el estudiante no paraba un instante de ir de un lado para otro en cuanto la oportunidad se le presentaba, fue así como la noche del 7 de diciembre de 1896 lo atrapó en un hotel en Estocolmo. Esta fecha no fue especialmente relevante para el mundo, pero sí lo fue para Crowley ya que fue el día en el que –imaginaria o no- tuvo la “iluminación” que marcaría su vida a partir de ese momento y le trazaría el rumbo a seguir.

Percatándose de la gran atracción que el esoterismo ejercía sobre él, también coqueteaba con la literatura y la poesía de modo que se decidió a publicar su primer poema titulado Aceldama en 1898, firmándolo como “un gentilhombre de la Universidad de Cambridge” emulando al poeta inglés Percy Bysshe Shelley, que signó su obra La necesidad del ateísmo como “un gentilhombre de la Universidad de Oxford”. No obstante su verdadera ambición no era convertirse en un afamado escritor sino en un poderoso mago, para lo cual deseaba aprender las Artes Secretas para poder controlar las fuerzas ocultas de la naturaleza.

Cabe mencionar que como bardo, a pesar de tener una obra de tamaño considerable, Crowley nunca se destacó ya que no poseía la madurez o la imaginación necesaria para sobresalir de entre el común de los mortales; incluso su compendio conocido como White Stains (1898) fue calificado por el experto en erotismo Peter Fryer como lo más obsceno que había leído en su vida. Al parecer Aleister siempre tuvo una fijación con el acto sexual, pero regularmente contemplándolo desde un punto de vista pervertido y retorcido –de hecho muchos de los rituales que inventara posteriormente estuvieron basados en actividades de tal índole-.

A partir de este momento podemos notar en la historia de Crowley que tuvo una suerte descomunal para encontrarse con personas que pensaban igual que él, siendo uno de los primeros un químico inglés aficionado a la alquimia de nombre Julian L. Baker, a quien Aleister refirió su intención de buscar el Santuario Secreto de los Santos, un recinto mágico en el que se encontraban contenidos todos los enigmas de la Naturaleza. Convencido de la sinceridad de su joven conocido, Baker decidió presentarle a alguien que podría fungir como su maestro, este hombre era George Cecil Jones quien a su vez era miembro de una sociedad mágica secreta llamada Golden Dawn.

Hasta aquí Aleister Crowley –quien eventualmente llegó a creer que era la Bestia del Apocalipsis encarnada- puede ser tomado como un hombre excéntrico y poco más, no obstante en las siguientes entregas podremos observar cómo este  estrambótico individuo se devaneó siempre entre la locura y la maldad absoluta, dando lugar a uno de los más extraños personajes del siglo XX.

 

FUENTE:

“La gran bestia”. Aut. John Symonds. Ed. Siruela. Madrid, 1990.  

 

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