Macabra locura: Aleister Crowley II

Aleister Crowley

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

“Los hombres creen gustosamente aquello que se acomoda a sus deseos”.

Julio César

Oscuros terrenos comenzó a explorar Aleister Crowley cuando conoció al jefe de la Orden Hermética de la Golden Dawn, Samuel Liddell Mathers –conocido también como Mathers MacGregor-, quien con el paso del tiempo se convertiría en su modelo a seguir debido a las mágicas habilidades que el caballero poseía, transformándose entonces Liddell en una especie de mentor que guio al muchacho en el proceso de ingreso a la orden.

La Golden Dawn contaba una estructura más o menos similar a la de cualquier otra sociedad secreta de tipo esotérico a saber: para ingresar debía cumplirse con un ritual específico en el cual el aspirante debía prometer absoluta lealtad y sigilo para con todo lo relacionado con el grupo; además de que una vez aceptado el neófito podía ir adquiriendo mayor jerarquía conforme sus conocimientos de las ciencias ocultas se incrementasen.

Así el 18 de noviembre de 1898, un chico encapuchado escuchó la orden: “¡Hijo de la Tierra! Levántate y entra en el Sendero de las Tinieblas”, tras lo cual Aleister pasó por un rito de purificación -que implicó la utilización de agua y fuego- para posteriormente hincarse y prometer la obediencia absoluta de los preceptos de la orden. Poco después se alzaba como el nuevo hermano Perdurabo, cuyo entusiasmo por las ciencias ocultas era tal que escaló rápidamente los niveles de la organización hasta llegar a Philosophus 4º -sin haber podido hacer lo propio en la universidad ya que nunca se graduó del Trinity College-.

Para este periodo Crowley ya decía y pensaba algunas cosas que constituían el escándalo de su familia, por lo que fue rechazado incluso por su madre quien estaba convencida de que su blasfemo vástago era la encarnación del mismísimo Satanás por lo que lo llamó “la Bestia”, sobrenombre –y “personalidad”- que agradó al desubicado joven quien conservó el “título” hasta el día de su muerte. De igual manera su estilo de vida comenzó a alejarse de lo común para involucrarse en el mundo de lo sobrenatural, cuando en su departamento “montó” dos templos para realizar sus invocaciones: uno blanco y uno negro, colocando en el primero seis grandes espejos que impedirían que las fuerzas atraídas permanecieran en el lugar; mientras que el negro estaba “decorado” con un altar que era sostenido por una figura humana tallada en madera de ébano; huelga decir que ambos recintos contaban con todos los símbolos y adminículos necesarios para los rituales que llevaba a cabo.

Aleister comenzó entonces a “desprenderse” del mundo real para integrarse en el mundo mágico, ya que su afán de controlar todo lo que sucedía a su alrededor –incluyendo a la naturaleza- le resultaba avasallador. Sin embargo también sabía que sus conocimientos en las maléficas disciplinas aún no eran los suficientes para dar rienda suelta a sus sueños, por lo que encontró un “buen” maestro en Allan Bennett, también llamado Iehi Aour, un asmático adicto a la morfina, opio y cocaína –como lo sería más tarde el propio Crowley- que lo orientó para que en un futuro pudiese lograr sus metas.

Ahora bien, Crowley era inquieto en más de un sentido por lo que ya desde la segunda década de su vida utilizó a una gran cantidad de mujeres para tratar de aplacar su insaciable deseo sexual, para lo cual reducía a las féminas a calidad de meros objetos que debían estar a su disposición en cualquier momento; asimismo, este afán por experimentarlo todo lo llevó a recorrer una gran cantidad de lugares de América y Asia, llegando a Estados Unidos y México, lugar este último en donde escaló el Iztaccíhuatl en el año 1900 en compañía de su amigo Óscar Eckenstain, para dos años después intentar conquistar la cima del K2, tarea que le resultó imposible completar debido a que enfermó de malaria no lejos de la cima. 

Así, después de tales andanzas Aleister decidió visitar a su amigo Gerald Kelly, donde conoció a su peculiar hermana Rose. Para el momento en que estos dos personajes se encontraron, la dama estaba en medio de un apuro que la estresaba sobremanera: había aceptado al mismo tiempo la propuesta de matrimonio de dos caballeros diferentes, quienes se encontraban ya dispuestos a emprender el viaje para pedir a Rose en matrimonio. Observando la aflicción de la joven, y sin que a un Aleister de 28 años la palabra “matrimonio” le connotase algo más que la unión de dos personas con un fin práctico determinado, le propuso a la señorita Kelly que él se convertiría legalmente en su esposo para “salvarla” de los otros dos individuos. Ofuscada como estaba Rose aceptó la propuesta del estrambótico joven. Ni que decir se tiene que Gerald al enterarse de esto puso el grito en el cielo ya que conocía de sobra las licenciosas y misteriosas costumbres de su compinche.

Sin que hubiesen importado las protestas de la familia Kelly, tras la ceremonia los Crowley partieron hacia Escocia, en donde Aleister, que poseía una residencia, se “dio cuenta” de que estaba locamente enamorado de su nueva esposa –esta sensación se repetiría en infinidad de ocasiones durante la vida de Crowley quien se enamoraba y desenamoraba con la misma facilidad con la que respiraba- quien además compartía sus sobrenaturales convicciones, por lo que accedía a cuanta actividad exótica le requería su cónyuge. De este modo iniciaron su luna de miel en París para posteriormente ir a Egipto en donde “pasaron una noche en la Cámara del Rey de la Gran Pirámide para invocar al dios de la sabiduría Toth” para luego continuar la travesía  hacia Ceilán.

Es importante mencionar que ya en Egipto Aleister había comenzado –aunque en realidad todo inició cuando se hizo llamar bajo el apócrifo título de Laird de Boleskine y Abertarff– a desplegar la serie de personajes ficticios que lo acompañarían en distintas etapas de su existencia, eligiendo en esta ocasión al príncipe Chioa Khan, para cuya caracterización se cubría la cabeza con un turbante y adornaba sus ropas nada menos que con diamantes; asimismo para hacer más verosímil esta farsa mandó a imprimir un pasquín que anunciaba por adelantado la visita de un famoso príncipe de oriente.

Al concluir su visita a la India los Crowley regresaron a Egipto, en donde Varda la Vidente[i] le dijo a su pretendido miembro de la realeza que el dios Horus estaba molesto con él –no se sabe por qué-; ignorando su marido la identidad de la deidad mencionada, Rose tuvo que llevar a Aleister a un museo cercano para señalárselo en una estela –la estela de Ankh-f-n-Khonsou-, pieza que causó gran impacto en el muchacho al descubrir que exhibía la cifra 666, con la cual se autodenominaba.

La invocación del dios egipcio se realizó y Crowley “recibió la noticia” de que la Humanidad se acercaba a una nueva etapa hacia la cual debía ser dirigida por la Bestia (Aleister). En esta misma sesión mística estableció contacto con su Santo Ángel de la Guarda –sin relación con la concepción católica de los ángeles de la guarda- llamado Aiwass el cual le refirió que para encontrar el sentido de la vida debía dedicarse a “hacer lo que quisiera” en sentido absolutamente literal; así este “haz lo que quieras” se transformó para Aleister en un credo –el cual fue contenido en el Libro de la Ley, volumen que fue difundido u ocultado por Crowley a contentillo- irrefutable a partir de la “Gran Revelación de El Cairo”, y que era muy fácil de seguir en esta época cuando las preocupaciones de carácter económico aún no tocaban a su puerta.

Hasta aquí hemos podido ver el nacimiento del Aleister Crowley como “entidad mágica”, por llamarlo de alguna manera, pero aun nos falta por explicar por qué este hombre fue uno de los personajes más siniestros del siglo XX de lo cual hablaremos en la próxima entrega.

 

FUENTE:

“La gran bestia”. Aut. John Symonds. Ed. Siruela. Madrid, 1990.  


[i] Así llamaba Aleister a Rose.

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