De esposa vendida a pirata enamorada: Marquesa de Fresne I

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Marquesa de Fresne

 

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

“Hay puñales en las sonrisas de los hombres; cuanto más cercanos son, más sangrientos”.

William Shakespeare

En los anales de la historia, existen singulares personajes que en más de una ocasión han capturado la mente de creativos biógrafos quienes han recreado al sujeto de su interés, provocando el surgimiento de una realidad alternativa la cual muchas veces ha trascendido en el tiempo con mayor fuerza que la verdad.

Hablaremos entonces aquí de una dama que en la Francia del siglo XVII causó revuelo entre sus contemporáneos respondiendo al nombre de Marie Elisabeth Girard du Tillet, en quien el escritor Gatien de Courtilz de Sandras se basó para escribir las Memorias de la marquesa de Fresne, publicada a principios del siglo XVIII, obra que seguramente cautivó la mente de más de un aficionado a las novelas de romance y aventura.

Cuenta entonces tal historia que Marie Elisabeth era una honorable damisela perteneciente a una muy digna familia, teniendo la mala fortuna de enamorarse de un pérfido aristócrata llamado André Hennequin, marqués de Fresne, quien había conquistado a la inocente muchachita gracias a su gallarda y apuesta apariencia. Embelesada hasta lo indecible, la chica se casó con el supuesto caballero en contra de los deseos de su familia, partiendo entonces la pareja con rumbo a Italia –acompañados por la simpática Margot, dama de compañía de la novia- en donde la magnífica belleza de la marquesa de Fresne fue admirada por todos los amigos y conocidos de su cónyuge.

Pero para perjuicio de la encandilada señora, André distaba mucho de ser el hombre con el que ella soñaba, ya que las compañías que frecuentaba aquel eran en su mayoría bastante discutibles, a tal grado que en cierta ocasión uno de estos amigos presentóle a Gerdon, un bravo corsario argelino de origen francés que poco o nada tenía que ver en realidad con el aristócrata.

Ahora bien, Hennequin, si bien podía presentar con orgullo un rimbombante título nobiliario, la fortuna que con frecuencia se asocia a tales linajes en su caso era inexistente, por lo que el hombre buscaba una manera de hacerse con algunos recursos. Con poca disposición para el trabajo honrado, el inteligente marqués vio en el acaudalado pirata una posible fuente de ingresos, si es que un maligno plan que había ideado lograba llevarse a buen fin.

Sucedió entonces que André invitó a Gerdon a cenar en su casa, donde fue recibido por la señora marquesa a quien su esposo presentó hábilmente como la Maîtresse, dejando que el invitado interpretara a su gusto el significado del vocablo, cuya importancia radicaba en que la misma palabra, según su contexto, se refiere en su idioma original tanto a una amante como a la señora de la casa.

Al observar la hermosura avasalladora de su anfitriona, Gerdon prefirió optar por la acepción más ligera y tomar a Marie Elisabeth por amante del marqués, de modo que cuando Hennequin al terminar la cena y aprovechando una ausencia temporal de su “amada”, ofreció en venta a la marquesa –incluyendo además a Margot-, a cambio de una sustanciosa cantidad aceptando el renegado hombre de mar sin dudarlo -pues habíase él enamorado de la dama a primera vista-, ya que –equivocadamente- no sospechaba que hubiese un hombre capaz de vender a su legítima mujer a un pirata despiadado.

Gerdon invitó entonces a los marqueses a cenar en su barco, habiendo previamente orquestado con el traicionero André la logística de un supuesto secuestro, el cual -sin saberlo el honrado bandolero-,  “lavaría” el honor del noble y alejaría de él las sospechas. De este modo al llegar el marqués, Marie y Margot a la embarcación corsaria, se encontraron con un pabellón en el que habían sido dispuestos mullidos cojines y sendas viandas, acomodándose a sus anchas las mujeres a la vez que aceptaban las bebidas que les eran ofrecidas.

Si Marie hubiese recelado un poco de su nefando marido, se hubiera percatado de que las charolas de las cuales tomaron las copas los caballeros y las féminas respectivamente, eran diferentes, lo cual si bien le había parecido inusual, lo adjudicó la joven a las exóticas costumbres de su convidante. Terrible sorpresa se llevó entonces la marquesa cuando, tras consumir el líquido que contenía secretamente algún somnífero, despertó tiempo después encerrada en una inmunda celda en donde Gerdon aguardaba pacientemente a que ella despertara, para cobrar su recompensa.

Pero el pirata no esperaba la reacción de su presa, ya que la señora púsose de inmediato a proferir indignados y sonoros gritos con los que expresaba su inconmensurable ira, a la vez que reclamaba a su carcelero por haber matado a su valiente marido, ya que ella no concebía que cualquier otra cosa que no fuera la muerte hubiese alejado a su amado de su lado en tan apurado trance. Solo entonces el ladrón comprendió –y explicó oportunamente a su interlocutora- el tamaño de la fechoría cometida por André Hennequin, a quien prometió ajusticiar tan pronto se presentase la ocasión, dejando en paz a Marie Elisabeth una vez expuesta la verdad.

Lejos de sentarse a lamentar su situación –y mientras su marido paseaba por toda Europa su mentira, mostrando un rostro atribulado en el que las lágrimas resbalaban incesantemente tras el infame secuestro de su dulcísima compañera, reuniendo fondos para un ficticio rescate, obteniendo ayuda del mismísimo Papa-, el apasionado corazón de la jovencita se prendó de su captor tras haber observado -prudentemente oculta- entre la fascinación y el horror el primer ataque de Gerdon a un barco mercante holandés, intervención que terminó con muchas bajas para los invadidos –entre los que se encontraban el capitán y su hijo- y tan solo once en el bando de los agresores.

La estupefacta “cautiva” tuvo a bien pues felicitar al capitán por haber logrado su cometido y expresó su pésame por el fallecimiento de los caídos, gesto que el varón apreció en gran medida. Poco tiempo después se emprendió un nuevo asalto, esta vez en contra de algunas naves pertenecientes a la Orden de San Juan. Ante la perspectiva de poder experimentar la acción en pleno, Marie demandó que se le colocase un cómodo sillón en cubierta para que pudiera apreciar el asalto en todo su esplendor. Los preocupados marineros buscaron la autorización de su líder, quien otorgó su venia rápidamente, probablemente porque en esos momentos tenía preocupaciones más apremiantes.

La marquesa quedó seducida entonces por la piratería en tal medida que llegó a convertirse en una suerte de capitana adjunta, lo cual le ganó el respeto de los fieros bucaneros; por otro lado, la dama cedió física y sentimentalmente ante los encantos de Gerdon quien, a diferencia de su marido, tenía unas exquisitas e impetuosas maneras para tratarla, convirtiéndose pronto en amantes.

Así el experimentado bandido colocó toda su confianza en su adorada, encargándole la administración de los tesoros sustraídos y tras muchas correrías, decidió tocar tierra en el puerto de Morea, en donde se instaló con Marie quien no bien llegar despertó un feroz deseo en el gobernante del lugar quien, aprovechando una ausencia de Gerdon, trató –sin éxito- de secuestrarla.

Además, en el puerto los rumores sobre la identidad de la atractiva pirata iban y venían, ubicándola las distintas versiones como la duquesa de Mazarino o la duquesa de Chaulnes, sin que nuestra protagonista coincidiera, en ninguno de los dos casos, con los rasgos con que se describían a las otras mujeres. Y así, entre las mentiras y las habladurías escondíase la genuina identidad de Marie Elisabeth Girard du Tillet, cuya verdadera historia lejana estaba de tales cuentos, de lo cual hablaremos en la siguiente entrega de esta columna.

FUENTES:

“Mujeres piratas”. Aut. Germán Vázquez Chamorro. Algaba Ediciones. España 2004.

2 respuestas a De esposa vendida a pirata enamorada: Marquesa de Fresne I

  1. Ana Lorena dice:

    Me encantó, definitivamente una excelente narrativa que me atrapó…

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